Las campanadas al viento contaban, sus mieles los sueños amargos, vestidos de abejorros fascinados. ¡Enlaminados del menoscabo!. Al escoscar el raciocinio dislocado, más que desdoro mengua el despliegue. Al unísono al amarillar el galema. ¡Tan pobremente gigantesco!. corroborando al patíbulo una congoja.
¡Pintiparado estrago pintiparado!.
Campana tras campana disímil. Desanudando lo mínimo en exceso. Por el itinerario endilgado taladrar. Al intríngulis desprotegido despotricando. ¡La andanada antitética!. ¡Del áspero péndulo estólido!. Traspapelar envilecido. Del espíritu estafermo agarrotado. Campaneando inconmovible.
¡Estrago pintiparado estrago!.
Por la caduca consciencia expulsada. Al viento contaban los sueños amargos. Sus noches denegadas. Sus calabrotes perdidos. Un descalabro consentido. Una partícula inestable. Un esparcido repeluzno. ¡Artífice que forja la trama!. Encamapanadoramente siniestra.
La luz del genio en su apacible cielo para él brilla con claror divino y, cual poeta, al fin de su camino debió la gloria coronar su anhelo. Pero fue desgraciado, y un consuelo demandó en vano al porvenir mezquino: cobarde ante el horror de su destino, rasgó de su existencia el frágil velo. Y cuando libre el alma del suicida, dejó a la tierra la materia inerte; en las eternas puertas esculpida leyó, temblando, su futura suerte: ¨A quien por no sufrir deja la vida vida para sufrir le da la muerte ¨.
AL RECRUDECER TEMPESTUOSO (Texto Experimental Neosurrealista) Por el gris que arrastra de la mano al año en la bonanza sangrienta una pesadilla despierta porqué amarillean los verdores secos ecos.
En la parte inferior de la escena, cinco veces repelente, especialmente en aquéllos de mayor autonomía, húmedos, por las tácticas brutales de la pobreza, de las presas y el viento, desprevenidos por el néctar de una polilla, cuando sacaba del polvo al cuervo curvo, en el crecimiento de los huecos olvidados, en la distancia escurridiza, que es el desliz desafiante del margen, en el domicilio de las controversias, con la discreción absoluta de todos los engaños, y la decisión inapelable del cementerio.
¡Al triptongar la tripulación las triquiñuelas triunfales!
En la voz que cubre la ceniza de las noches en la carne de la tierra con el sueño anegado en las raíces devoradas ¡Por la inocencia tierna!.
En los efectos visuales, que deforman la lengua en trance, por el poder portador de las señales, con la bendición de medio litro de sed, sobre cualquier hoja del aire, dónde los problemas tienen un precio razonable, para los panteones plagiados por el estiércol de un caballo, con la corteza de un sauce, en el amargor persuasivo, de cualquier planta o palma, pie o mano, virtud venenosa, siguiendo así la tendencia de los resultados impredecibles, en la repetición más fascinante de todo lo ignorado, y la mezcla complicada que más confunde.
¡Al reverberar la reverencia del revoloteo retrechero!.
Porqué el silencio se ha marchado al cielo desabrido y ocultado entre lámparas de sangre seca la consciencia abundante en el desprecio de la lengua al alma ajena.
Encerrando la verdad, al mundo de la sierra abierta, del bosque, del pasado omitido, en estos años que vencieron a los meses, y dejaron paralíticos los días, en el gran progreso hacia el abismo, con los cambios más espirituales, del plomo en manos del infierno, en los bordados funerarios, del ortoedro virtuoso, acomodado en el cálculo infinitesimal, de una lágrima regular, que ocupa las pocas funciones trascendentes, en la vinculación de los logaritmos con los números imaginarios, en la tangente respuesta, y la secante en los catetos indispuestos, por la tempestad en el plano simétrica... ¡Al recrudecer tempestuoso, de las relaciones, de sucesos aleatorios!
Eres como el vino llena de aromas y dulzura Eres como el vino que llena mis papilas gustativas Eres como el vino que dilata mis pupilas Eres como el vino que aturdes mi mente con tu sabor y deleite Eres como el vino seductora y embriagante Eres como el vino que a mi cerebro enloquece y me vuelves adicto a tu sabor y hermosura Eres como el vino al que el tiempo va llenando de encantos y va moldeando tu atractiva y erótica figura Eres como el vino hermosa y adictiva ECM 15122013
]Quisiera mis dedos fueran, pétalos de margaritas, Con delicadeza tocarte... Para embriagarte abeja, con el alma de las flores Con mi voz y mi aliento suave, derramándose por tu cuello.
Quisiera en cada mañana Llevarte hasta tu lecho el café y una rosa temprana Despertarte con un beso, y así entre dormida creyeras Que es un sueño aquel beso.
Quisiera ser un flautista encantador Para que mi música primorosa vibrara Que a ti de día te encantara Y por las noches, te abrigara con amor.
Quisiera también, que tú me bailaras Con tu cuerpo moreno cimbreante de orquídeas Con un traje ceñido, la espalda desnuda y tus manos al viento Las castañuelas cantando , rasgando el silencio…
Y yo que te cantara con mi voz doliente por falta de abrigo Trágicas melodías de melancólicas coplas Mientras el duende de mi guitarra copara tu corazón Y me transformara de sueño, en tu amor.
Quisiera envolverme en tu vestido y en tu pasión Y hacer contigo de todas las noches, la única, Derramar contigo mis ríos, mis ganas, Y luego abrazado a ti… morir, si Dios me lo permitiera.
Delalma Domingo, 15 de diciembre 02:26 p.m.[/size][/size]
Nicasio Paz, es ladrón. Antes de salir a robar, se persigna y les reza a Cristo y a la Virgen, como si ellos, secundaran y ampararan a los predadores de su prójimo. Algo paradójicamente opuesto a lo que dictan, el séptimo mandamiento: “No robarás” y el décimo: “No codiciarás los bienes ajenos”.
De todos modos, Nicasio, como Dimas, “el buen ladrón” crucificado junto a Jesús, se siente protegido y redimido de antemano, por el hecho de estar demostrando respeto a Dios, a su hijo y a la virgen María, madre. “Cosa que no todos los honestos hacen y por tanto quedan expuestos a cualquier tipo de vicisitud, incluida la de una acción ofensiva por fuerza mayor y aprobada por Dios como la mía”, sentencia Nicasio. Además, él está convencido que “los mandamientos fueron fraguados en parte, por una gavilla de mercaderes capitalistas de esos tiempos, para así, resguardar sus bienes contra los ladrones ignorantes y temerosos de Dios”. En definitiva, las razones por las cuales Nicasio termina ahora de rezar, son: por la ejecución de un trabajo fácil y de buen dinero y por un retorno sano y salvo.
Nicasio, razona adecuando la religión a su actitud, que no es su única religión; además, profesa fidelidad al código criminal, y de entre sus varios artículos, es mentor del precepto que dice que quien no es “del palo” (clase delincuente) o policía, (la contra) es “civil” (ciudadano común) y “al civil le cabe”: Le cabe el robo y de resistirse le cabe la golpiza y de rebelarse le cabe la muerte. Aunque, Nicasio, trata en lo posible de no matar; primero: porque en caso de caer preso, la condena no sería tan severa, y segundo, porque desde que vio la película “Perro Rabioso Morgan”, sobre un antiguo y legendario bandolero australiano, real, (que le dio unas monedas a un campesino y le dijo más o menos que: “eran para que progresara, así cuando fuese rico, él, lo podía robar”) al igual que el bandido, Nicasio, decidió preservar su “materia prima de subsistencia”; o sea, la salud de los comerciantes pasivos. “Lo mismo piensa y hace con ellos el gobierno, razona Nicasio, que es ladrón de guante blanco como seré algún día yo; que en escala, por ahora enturbio esa categoría como hace el ratero simple; “rastrillo” que vive preso dos por tres por paparruchadas, haciendo proyectos de robos imposibles. En fin, hablando pavadas todo el tiempo con otros estúpidos iguales y violándose entre ellos. Ensuciando la jerarquía del ladrón de oficio que soy. ¡Aborrezco esa calaña!”.
En realidad, Nicasio ve el delito como “un oficio tan viejo como la prostitución, que está legalizada y todo. Un medio de vida lógico y riesgoso como muchos, que ya debería ser reconocido y aceptado socialmente, sin tanto aspaviento moral; y además, modificando con todo respeto el nunca bien ponderado accionar mafioso, sindicalizarlo y decretarlo servicio de protección obligatorio para la comunidad, con un costo mensual como cualquier otro servicio público. Con esto, la víctima de delito dejaría de serlo para convertirse en cliente, que ya no sería llamado “candidato, punto”, etcétera, sino: contribuyente. Y, hasta sería tratado cordialmente y quizá, con descuento por buen pagador. Dicho servicio, estaría regido y controlado por el sindicato; quien impediría proceder a los recaudadores con violencia innecesaria y ni muy drogados y/o alcoholizados, y todo el mundo en paz” (argumenta Nicasio entre colegas). En fin, aunque por las dos razones antedichas, no mata, y sólo en caso extremo de defensa propia llegaría a tal punto, entonces, más que nada para amedrentar, de un vistazo, chequea balas a un cargador extra y procede a limpiar cuidadosamente su pistola (antes depositada junto la estatuilla de la virgen María, “para que salga bendita”). En eso, a fin de ver que esté limpio, cerrando un ojo, mira por el cañón de su arma dirigido hacia la luz de la ventana, y por el orificio del mismo, ve llegar a Lito, su compinche, en la moto en que se trasladan habitualmente y que usarán en unos momentos. Hoy les toca como “trabajo”, la pizzería “La Pacífica”.
Treinta y cinco minutos después, están frente al negocio. Con gorras de visera y capuchas cubriéndoles casi el rostro, entran pistola en mano: Lito, directo a las mesas con público, poco, y Nicasio, a la caja registradora. Lo que no advierten, (por confiados en que allí no había servicio de vigilancia) es que disimulado por un alto cartel de promociones que cubre parcialmente una de las vidrieras, hay un guardia que justamente hoy, comenzó a custodiar el lugar. Tras la voz de alto de éste, se oyen dos disparos seguidos. Lito, cae muerto de frente sobre una mesa y entre una pareja que está almorzando. Nicasio, paralizado de espaldas al hecho, oye los gritos de algunos clientes, mezclados al sonido del estropicio de platos y sillas por el suelo.
Al no oír la voz de Lito, avisando que todo está bien, sino la del vigilante dando de nuevo la voz de alto, tras un par de segundos más de sorpresa y cálculo, está a punto de soltar el arma y entregarse. Pero no, “para qué había rezado, sino para salir entero”. Se vuelve, ágil como un resorte y apuntando a la altura de un pecho o cabeza, pero se encuentra con el vacío de la puerta de entrada. El guardia, que había sido herido por Lito, está tirado en el suelo y desde allí dispara de nuevo. Nicasio, siente un ‘puñetazo’ en el pecho y se ve sangre. Tras herirlo, el guardia se despatarra y agoniza. Nicasio, suelta la pistola y corre hacia la puerta. Pasa cerca del vigilante que, en insólito y gran esfuerzo, vuelve a disparar. Nicasio, siente otro golpe a la altura de las costillas. No le importa. “Picotones de avispa”, se dice. “Aunque algo esté fallando, estoy protegido por el poder divino”.
Ya en la calle, corre por la vereda. Obvia la moto. Su meta no queda lejos: la iglesia, a un par de cuadras. Tiene que rezar más allí, ‘reblindarse’ de bendición. Corre como puede, regando sangre. La gente se aparta de su trote de herido. Llega frente a la iglesia. Cae de rodillas y luego de pecho y rostro al pie de la escalinata de seis escalones, donde, sentado en su escalón superior, un indigente pide limosna. Nicasio, se siente sin fuerzas para entrar a la iglesia. Mira al mendigo como para pedirle ayuda. Éste, con su pelo largo y barba, se parece notablemente a Perro Rabioso Morgan, quien se parece notablemente a Jesús. El paria, tiene los ojos encendidos de un sereno candor y a la vez, destellando severidad. Siempre viendo a los ojos a Nicasio, que se desangra tendido de barriga y con su cabeza erguida a duras penas, el menesteroso introduce una mano en su lata de monedas y tomando algunas, las arroja con precisión por la escalinata, repicando y tintineando hasta las manos desvaídas de Nicasio, quien, instintivamente y sin saber por qué, recoge lentamente una a una las monedas y las sostiene con fuerza, como amuletos.
La mayoría de los transeúntes ha huido, y los que no, se mantienen a prudente distancia curioseando el trágico episodio como de ficción. Comienzan a oírse las sirenas policiales y de ambulancia. Entonces, parecido a Jesús pero más bien como Perro Rabioso Morgan, con su voz de la película, el ‘mendicante’ le dice a Nicasio: “Vivirás. Las monedas, son para que te enmiendes y progreses. Y quiero mi diezmo en pan, jamás en dinero; de lo contrario sería robo a Dios. Lo de mendigar es fachada".
Presidente de Gobierno que Escucha Misa y Justo en la Eucaristía se le Ocurre un Nuevo Impuesto.
Barroca la Iglesia vidrieras de oro, La Virgen de Plata, los ángeles rubios, El demonio negro, relamido, sucio, De lilas violetas las voces del coro.
El Cristo exhalando su último aliento, Atento al responso el cruel presidente Escucha del cura el sermón valiente Salmos de David en ese momento.
Cayó sobre Egipto la Bíblica plaga, Vamos al pobre a darle una paga O vamos a darle al pobre un disgusto
Piensa el Presidente al tomar la Hostia. No sé como Cristo no le da dos Ostias O al bajarse Cristo de la Cruz, un susto. ...................................................................... Francisco Antonio Ruiz Caballero. (Esto no es un critica a Rajoy, es una crítica a todos los gobernantes del Planeta Tierra).
Donde el núbil fuego adorna, su deseo que tiembla, ciego el viento de opaco, nublado borrascoso en él, espejo de los secretos.
Con todos sus inconvenientes, el amor fortalece el latir de los corazones débiles, que dan cuenta de sus labios enrojecidamente peligrosos, con toda su habilidad y sus jugos explosivos, que cultivan con los años, las defensas que terminan en un callejón sin salida, como prueba el mar al peinar la jungla, fabricante de ilusiones entre noches de pomadas sobrevivientes, que abren horizontes alegres armados del crecimiento, que ofrece ventanas de peltre.
Por la música de nácar, el instante ha cesado, en la infancia del otoño, escribiendo al viejo, invierno de núbil nieve.
Porqué el sucio camino serpentea hasta la cumbre rosa, que se asoma entre la inusitada pastura, con las astas que apuntan al cielo altamente desarrollado, en la roca en su esfuerzo por ser esponja, con el impulso de una cuadra, patrullando la playa de un kilómetro, que a nivel de la calle no se siente, ni más abajo de él, para mostrar el respeto debido, que derrama su verdad cruenta, dentro de una canasta de seis milímetros de diámetro...
En la memoria, de la mirada silencia, una libélula canta, al último trineo. ¡Qué trina qué truena!.
En cada detalle del nuevo colchón, que reconoce la tarde, por la exquisita extensión del cilindro, en perfecto trance de equilibrio, y sorprendente actuación, al trepar los árboles, y fotografiar los orangutanes cara a cara, muy baratos, y entre un montón de pelambre enmarañado. ¡Por el fuego del cristal!. Dada la baja densidad del incremento de los quesos, en la incesante cornucopia de los suculentos osos, por estar ahí, la bonanza del cristal tropical fuego.
En el alma que suspira, por los bienes fugaces, campanas arcanas, de fúlgido atavío. Por el ardor vidrioso.