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O Espírita Louco
Claudêncio era um homem incomum. Além de ser espírita, ele também se dedicava a arte da adivinhação, aos jogos, aos prazeres mundanos e principalmente gostava de fazer coisas estranhas como gritar nomes de trás para frente, andar nu dentro de casa e também tinha um gosto de ficar atiçando seu gato com um pedaço de pau. Claudêncio sempre se dedicava também à necromancia e tinha orgulho em dizer de já ter conversado com 300 mortos que o auxiliaram em sua vida. Certo dia, Claudêncio acordou e começou a fazer suas loucuras pela casa, essas seriam suas últimas, pois ele começou a ter uma apoplexia enquanto realizava suas loucuras. Ele foi encontrado depois de um dia com a boca repleta de sangue. Todos achavam que Claudêncio havia morrido por suas loucuras e por seus rituais estranhos de invocação dos mortos.
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Voltando para a Alemanha
[i]Ana tinha pais na Alemanha. Sua mãe era alemã e seu pai naturalizado alemão por causa do casamento com sua mãe. Ana tinha certa predileção pela Alemanha, mas ela era uma excelente estudiosa da História, principalmente da alemã, e ela sabia o que havia acontecido na Segunda Guerra Mundial e os nazistas. Ela falava sempre com sua mãe sobre as tragédias cometidas pelos alemães na Segunda Guerra Mundial. Sua mãe é claro não gostava de lembrar disso, mas não podia negar que havia acontecido. Já o pai de Ana não gostava de vê-la falando sobre isso. Ana se tornou uma defensora de direitos humanos no mundo todo e sua família a apoiava, mas Ana sabia que só poderia contar com ela mesma.[/i]
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O Dia Sossegado
Lucas era um homem que gostava de descansar. Ele sempre descansava todos os finais de semana. Em um final de semana, do ano de 1920, ele decidiu descansar o dia todo e a noite toda. Ele descansou quase dois dias, no domingo de noite, ele decidiu então ir para a cama, pois estava dormindo em sua rede, e quando dormiu, teve um sonho em que descansava por toda a vida.
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Mudando uma linha do tempo catastrófica
No futuro da Terra no ano de 2500, havia acontecido um grande cataclisma, originário de uma guerra totalmente com armas avançadas e que podiam detonar tudo ao redor. Mas as pessoas tinham noção de linhas do tempo, então um grupo resolveu mudar tudo. No começo não foi fácil, eles tinham que tomar extremos cuidados com tudo que faziam no passado. Eles tentaram seis vezes, na última, eles conseguiram prevenir um acontecimento que havia desencadeado a guerra. Voltaram ao seu tempo e o povo pôde prosperar novamente em paz e harmonia com o Universo.
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Numa constelação longínqua, havia um planeta cuja sacralidade era presente em todos os momentos da vida. Eles respeitavam esse sagrado em tudo que faziam. Era um planeta em que realmente as pessoas poderiam dizer que havia Amor e Harmonia. Nele, todos realmente tinham tudo que precisavam. A felicidade era presente e nele podia-se ver que a felicidade era realmente um bem conquistável.
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Eram dias ruins para Marcos. Ele estava numa maré de azar e acreditava que alguma coisa estava acontecendo com ele. Mas o que seria? Ele não sabia. Ele gostaria de saber. Como não era muito místico, mas que era uma das muitas pessoas que quando precisam de uma ajuda que não vem de meios convencionais, ele apelou para uma adivinha. A adivinha disse a ele que sua morte era iminente. Marcos queria saber o porquê, mas ela não sabia dizer. Passaram-se dois dias, e nenhuma morte ocorreu, mas um amigo de Marcos morrera em um trágico acidente de carro. Então ele soube que não era realmente nada com ele.
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Assistindo dois programas estranhos
Marcos adorava tudo que era diferente. Ele simplesmente não conseguia viver sem nada que era considerado totalmente diferente. Suas coleções eram todas consideradas pelos poucos que haviam visto muito inusitadas. Mas ele adorava acima de tudo programas que eram considerados estranhos demais. Certa vez, ele vira um vídeo na internet que era considerado estranho. Um vídeo de uma menina que estava praticamente possuída, mas que não se via quase nada do rosto dela. Era uma predileção tão grande, que ele ainda preservava antigas fitas com vídeos curtos e não tão curtos sobre tudo que hoje chamamos de estranho, ou alguns chamam de fringe. Ele não se sentia nenhum pouco estranho, ou mesmo isolado, pois ele sabia que mais e mais pessoas estavam começando a se interessar por todos esses assuntos. Marcos começara a assistir dois programas em uma rede da dark web. Um deles se chamava Knives in red, que mostrava alguns assassinatos e algumas relações estranhas que as pessoas podiam ter com armas brancas.
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Era un jardín rebosante de colores y formas, resultado del esmerado y paciente trabajo su dueño, a quien la tierra entregaba en profusión ramilletes de las más bellas flores, Éstas eran como niñas consentidas por él; nada más bello que verlas recibir los primeros rayos, reían con el viento, cantaban con la lluvia, las mariposas, las abejas y los chupaflores continuamente sobrevolaban tan suntuoso jardín; al anochecer besaban la oscuridad intensificando su aroma. Ahí en el brocal de la fuente reinaban las rosas, contemplándose en los ventanales platicaban los geranios, colgadas en los balcones se columpiaban las campánulas, escoltando los senderos inmaculadas azucenas alegraban el camino, todo, todo rincón estaba destinado a una especie y eran así un deleite para los ojos. Sin embargo la tierra no hace distinciones y entre toda esa comunidad floral brotó una hierba espinosa de color azul verdoso con hojas dentadas que creció dando unas pequeñas flores blancas; las demás, al verla comenzaron a cuchichear: -¿Acaso nuestro querido jardinero no se ha percatado de esa planta? ¿Cómo puede permitir una hierba fea y espinoza en su jardín? Rosa es alabada por los enamorados, Lirio es espigado y elegante. Gardenia es apreciada por su aroma, todas tenemos atributos que nos hacen valiosas, pero, ¿y esa? -Chicalote- Dijo silbando el viento a quien ningún cuchicheo se le escapa – ese es su nombre y toda ella es útil, por eso es amada. Pasaban los días, como siempre, el jardinero prodigando sus cuidados a todas las flores, excepto a Chicalote que permanecía en un rincón pedregoso del muro, casi oculta por los rosales y macetas.
-A ti nadie te querrá-le dijo Violeta- no tienes aroma. -Y eres espinosa- agregó Dalia -Pequeña y sin tallo- continuó Hortensia. -Ya basta, hijas- replicó la Tierra- cada quien es como es y a todas amo. Chicalote se entristeció por la actitud de sus hermanas, todas se alzaban orgullosas para recibir los primeros rayos del Sol, mientras ella tenía que batallar entre el follaje y las macetas de las demás. -Mirenla -dijo Camelia- de padre sólo heredó el color, apenas si la mira… -Silencio, hijas -interrumpió él, cortando la risa incipiente que ocasionó su observación- cada quien es lo que es y a todas amo. Chicalote dejó de reír cada vez que el Viento pasaba rozando su rígido tallo mientras sus hermanas bailaban graciosas con su brisa. -Miren - dijo Nardo - Chicalote está tan tiesa como una roca… -Ya basta hijas - replicó él, silbando entre las hojas- cada quien es lo que es y a todas amo. Un día llegó el jardinero con su hijo a a recoger todas sus flores para llevarlas al mercado. -Miren –dijo Orquídea- yo adornaré el cabello de una hermosa joven y todos compararán su belleza con la mía. -Pues a mí un apuesto caballero me pondrá en el ojal de su bolsillo para llamar la atención de las damas- contestó Violeta. -Pero yo formaré el ramo de la novia durante sus nupcias y por mi blancura y su vestido, todos dirán que su alma se halla rodeada por las nubes del cielo- replicó Azucena. -Ah, pero a mí una mujer me pondrá a los pies de una Virgen- continuó Gladiola- como se ofrenda el oro a los reyes terrenales para suplicar algún favor… -¿Y qué? A mí me pondrán en un jarrón chino en medio de la mesa – interrumpió Dalia- y después del almuerzo alguien me admirará tanto que querrá plasmarme en un dibujo. Cuando los hombres se fueron, Chicalote se entristeció al ver que ni siquiera se habían fijado en ella, pero en esos momentos llegó una abejita en busca de polen y al verla se acercó muy contenta. -Éstos hombres, por poco me dejan sin alimento, gracias a Dios todavía estás tú. Al poco rato, una mariposa se posó cuidadosamente en su corola diciendo: -Qué barbaridad, éstos hombres por poco me dejan sin abrigo, gracias a Dios todavía estás tú. No pasó mucho tiempo cuando un chupaflor voló amistoso a su encuentro. -Pero qué hombres tan egoístas, se llevaron a todas mis novias, gracias a Dios te dejaron a ti. Chicalote recuperó nuevamente la alegría, después de todo, ¿qué satisfacción más grande puede existir que la de sentirse tan útil?, el día que sus pétalos cayeron supo que sus semillas también servirían y se imaginó a sus hermanas agonizando en una cabellera, en un ojal de bolsillo, en un ramo de novia, en un altar o en un jarrón chino, sin más mérito que el de haber sido hermosas y, seguramente sin recibir un solo agradecimiento antes de caer marchitas en el suelo o en el bote de basura; en cambio, ella había dado de comer al hambriento, había cobijado al peregrino y había conocido el amor, volvió al regazo de su madre repitiendo: “Soy lo que fui y así me amaron”.
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Las veladas para paliar mi fobia a la noche comenzaron a perder sentido, ya me había acostumbrado tal vez a la compañía permanente de Darío, Gonzalo y Vanesa y no necesitaba más historias prestadas, pensé que tal vez era un síntoma de mejoría, más aún cuando mis horas de sueño se extendieron de cuatro a ocho y a veces diez, lo único que me incomodaba era el estado de mi finca, porque sin darme cuenta mis criados empezaron efectivamente a faltar y los restantes no estaban dispuestos a trabajar doble aunque les pagara triple ni por mucho aprecio que me tuvieran; no me considero una persona tacaña ni explotadora, realmente traté de suplir a los que se fueron, pero al parecer nadie estaba ya dispuesto a trabajar en mi finca mientras mis tres huéspedes permanecieran ahí y yo me sentía incapaz de correrlos, pues ya eran parte de mí, así que debí resignarme a ver pasearse a los caballos buscando comida y agua por su cuenta, a permitir que la hierba creciera sin control mezclándose con las flores (excepto los rosales, que Gonzalo tomó a su cuidado), a dejar sin resanar las paredes ni reemplazar la vajilla o los muebles deteriorados y a conformarme con una concurrencia cada vez menos numerosa en las veladas, nada de eso me dolió, después de todo la vida consiste ciclos de esplendor y de decadencia y yo, en plena juventud me sentía ya hastiado de vivir con miedo en una jaula de oro en compañía de cotorras y papagayos noctámbulos, conforme mis sueños se prolongaba noté que mi fobia nocturna disminuía así que me gustaba soñar, hoy a Vanesa desnuda, acostada en el lomo de un cisne, dejando caer la mano, contemplándose en el agua al pasar, luego su reflejo le toma la mano y se levanta y entonces las dos Vanesas hacen el amor sobre el cisne, creando formas plateadas, mientras Gonzalo, sentado en el cuerno que forma la luna va entonando una melodía al ritmo suave de un arpa, la hierba crece, los árboles se multiplican, se mezclan con rosas, con lavanda y jazmines tan altos que no me dejan ver, entonces llega Darío con su caballo y corta todas las plantas, hay lluvia de flores, de hierbas y de cigarras asustadas, las dos Vanesas ríen y yo también; mañana Vanesa está en la cocina, comiendo melocotones en almíbar, hasta ahí llega la voz de Gonzalo cantando una melodía para enamorados, un hombre y una mujer excitados entran y ella les invita a subirse a la barra, como en un altar los tres se despojan de sus prendas y Vanesa le introduce a la mujer un melocotón entre los labios vaginales y comienza a comerlo despacito, con mordiscos breves y suaves lengüetazos, el hombre a su vez ya le introdujo a ella otro y acomodado abajo también come, en poco tiempo llegan más y más invitados que se pelean por el frasco de los melocotones, llega Darío en su caballo, se los arrebata y sale derribando la puerta con toda la multitud detrás de él para tratar de alcanzarlo, como si los melocotones fueran el más potente afrodisíaco de la Tierra. Otro día soñaba a mis invitados reclamándome la falta de limpieza del comedor, los arañazos de las paredes, la escasez de licor, se quejaban de los jardines invadidos de malezas e insectos, y conforme más elevaban la voz más se distorsionaba hasta convertirse en relinchos, sí, todos mis invitados se convirtieron en una manada de caballos, entonces llegaba Darío con un látigo, se trepaba en uno y los iba arriando hacia los rosales que se habían expandido y crecido desmesuradamente formando un monte que impedía el paso y les obligaba a comérselos con todo y espinas, cuando algún caballo respingaba, él enseguida sacaba la espada y se la clavaba en el lomo, los ijares, el pecho, el pescuezo o las patas, entonces llegaba Gonzalo llorando y suplicándole que no destruyeran los rosales, pero Darío lo embestía con su montura, entonces aparecía Vanesa y se acercaba a un caballo negro, se le colgaba del pescuezo, acariciando la crin, le mordía las orejas y conforme lo acariciaba, el animal recuperaba su anatomía humana, a excepción de la cabeza, ella lo montaba de frente y comenzaba un excitante forcejeo, Vanesa tan negra como el hombre-caballo, sus manos calvadas en sus hombros, subiendo y bajando de su miembro mientras los relinchos retumbaban por toda la quinta, la lengua de caballo deslizándose por sus pechos, Darío, excitado también azotaba violentamente al resto de la manada hasta que los rosales se cubrieron de sangre, un lago de sangre que atrajo a los cisnes y yo, gozoso de no temerles comenzaba a torcerles el cuello, uno a uno, ese día desperté exultante y no me importó saber que mis últimos criados abandonaban la finca, esa misma noche sólo había licor para los escasos invitados que aún llegaban, más por morbo que por costumbre, enseguida quise comprobar si ya estaba curado de la fobia y por primera vez me di el gusto de ser grosero e impertinente con ellos con el fin de que no volvieran, tan eficiente fui en mi propósito que los invitados se retiraron mucho antes del amanecer y yo, satisfecho me fui a leer a la biblioteca. No bien había avanzado las primeras páginas de un ejemplar de biología cuando me di cuenta de la presencia de un niño de aproximadamente diez años mirándome desde el umbral, por un momento pensé que ahora mi casa se convertiría en guardería, le dije: “ah, ya sé, tú también has hecho un viaje largo y ahora vienes para quedarte”, el niño se acercó muy serio mirándome con compasión, me dijo que ahora estábamos completos y viviríamos como siempre debió ser, le pregunté a qué se refería y entonces me tomó la mano y me pidió que lo siguiera, al bajar vi la sala donde hacía poco había corrido a los invitados, llena otra vez de gente, entre ellos estaban Darío, Gonzalo y Vanesa, todos bailando y bebiendo animadamente, era mi casa, sin duda, pero con gente desconocida y adornada estrafalariamente, una mezcolanza de cuadros y adornos antiguos sin orden, escaleras y recámaras pintadas de colores y tonos diferentes, pero lo que me impresionó realmente fueron los espejos que no reflejaban nada, el niño me dijo que ahora que yo había corrido a mis invitados ahora ellos habían traído a los suyos y adornaron la casa a su gusto, luego me jaló fuera de la casona, me llevó a los rosales, los cuatro estaban cuajados de rosas, como nunca antes los había visto y dijo: “Yo soy Adrián, todos debimos nacer antes que tú, mamá fue una gitana que vivía en una feria ambulante con un grupo de familiares y al casarse con papá fue repudiada por ellos; al principio fue feliz, pero el amor de papá no fue suficiente, añoraba esa vida nómada que tenía, para colmo nos fue perdiendo uno a uno, solo tú conseguiste ver la luz, pero para ella fue demasiado tarde, para recordarnos mamá plantó un rosal por cada uno de nosotros”, yo temblaba, pero no podía desprenderme de su mano y así, pálido y desencajado fui conducido a la laguna y ahí agregó: “mamá siempre creyó que tú no habías nacido, para ella nunca saliste de su vientre, te sentía, pero no te veía, la noche que su corazón estalló sintió tanta sed que quiso beberse toda el agua de la laguna, solo entonces supo que tú no estabas en ella, para que no sufrieras tanto papá te dijo en ese entonces que se había extraviado, pero tú sabías la verdad, luego te envió al internado, ahora recuerdas ¿no?” Sí, recordé que esa noche la vi salir de su cuarto y la seguí, como tantas veces, la miré dirigirse a la laguna, era un maniquí de caoba cubierta con su bata blanca que brillaba bajo la tenue luz de la luna, soplaba una suave brisa que hacía flotar sus cabellos y así se fue introduciendo en el agua, yo estaba hipnotizado y mientras se hundía su camisón flotaba hasta que sólo quedó una mancha blanca, unos espasmos y nada, para mí fue un acto de magia y quise esperar a ver que pasaba, así que me acomodé en unos arbustos, luego de un rato mamá emergía de nuevo, flotando sobre el agua, muda y rígida, dirigiéndose a mí, tuve miedo, eso no era normal, yo era quien siempre la seguía, ella nunca me buscó, nunca me miraba y ahora se acercaba a mí con sus cuencas llenas de agua turbia donde seguramente nadaban gusarapos y sanguijuelas, algo andaba mal, el agua estaba fría, el aire estaba frío, su abrazo seguramente sería frío, sus labios estarían tan fríos y palpitantes como la piel de un sapo, conforme se acercaba podía apreciar la tez azulada de su piel y sus brazos abiertos dirigiéndose a mí, deseosa de sentarme en sus piernas y no dejarme ir hasta cantarme todas las canciones que me negó en vida, la parálisis de mi cuerpo fue roto por algún grito cercano que yo aproveché para escabullirme y correr desesperadamente a la tibieza de mi cama; sí, recordaba el grito que me despertaba siempre años atrás en la escuela y la sensación de miedo al anochecer, porque que ella se acercaría para darme su lúgubre abrazo. Hacía frío y temí como entonces, pero la mano de Adrián ahora me tranquilizaba, me dijo que ella era hija de gitanos, vivían de pueblo en pueblo haciendo diversos trabajos y no aspiraban a más y por lo general eran vistos con desconfianza por la gente. En la finca la vida sedentaria le sentó mal, aún así pensó que sus hijos podrían llenar su vacío pero los fue perdiendo uno por uno; Adrián me llevó de regreso a la casona, un pálido resplandor se alzaba en el horizonte, lo suficiente apreciar el deterioro de mi querida finca: era como si hubiera estado abandonada durante años y yo regresara de un largo viaje: había malezas, fuentes rotas y secas, las caballerizas vacías y derruidas, mis caballos tal vez huyeron o habían muerto, la casona con sus muros agrietados, manchados por la lluvia, cubiertos de enredaderas, con sus ventanales sucios y rotos, Adrián dijo: “No te preocupes, ya no necesitas dormir ni hacer diligencias, vivirás tus propios sueños, como siempre quisiste, nosotros estaremos contigo, como la familia que siempre fuimos, buscaremos a los caballos y saldremos a cabalgar por todo el mundo, mamá espera adentro, por fin verás sus ojos.”
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Darío se instaló como si nunca se hubiera ido y tuvo la desfachatez de presentarse en las veladas, no me molestaba que conviviera con mis invitados, pero sí que no me tomara en cuenta para presentarlo, él era un joven aventurero y por lo tanto encajó perfectamente con el grupito de don juanes que de presumían sus viajes y sus conquistas, él contaba anécdotas emocionantes de pueblos bárbaros adonde llegaba por mar o aire y de los cuales había escapado milagrosamente, para colmo mostraba con orgullo cicatrices de heridas en diferentes partes de su cuerpo, yo no pertenecía a ningún grupo, yo era una polilla que sobrevolaba y se asentaba un rato aquí y otro allá mientras los cerebros brillaban con ideas profusas y los labios y las manos gesticulaban incansablemente, en realidad a mí no me importaba integrarme a mis invitados, tan solo escuchar y degustar la gran variedad de temas que salían a flote, yo terminaba siendo un caleidoscopio de todos ellos, ellos se divertían y yo me distraía de mis temores, era una simbiosis perfecta, así me entretenía en las noches y en el día descansaba intercalando a veces los sueños de mi madre ahogada con el de cualquiera de mis invitados para vivir sus aventuras y pasiones, incluso las de Darío, de quien supe por las quejas de los criados que le gustaba salir desbocado con alguno de los caballos fuera de la finca, espiaba a las criadas y le gustaba practicar esgrima por toda la casa ocasionando la ruptura de adornos o el rayado de paredes y muebles, yo minimizaba esas quejas, eran desahogos propios de la juventud y un carácter dinámico, Darío me trataba con camaradería, pero manteniendo una respetuosa distancia; en cuanto a mis invitados, ninguno se quejaba de él en nuestras conversaciones, es más ni siquiera lo mencionaban por lo tanto deduje que no tenía nada que reclamarle, pronto me acostumbré a verlo como un habitante más de la casona, algo escandaloso y descuidado, pero tolerable. Gonzalo llegó un tiempo después, se presentó en la biblioteca al igual que Darío; al principio pensé que era una sombra deslizándose por la entrada, pero al levantar la vista vi su figura delgada y pálida dar pasos silenciosos hacia uno de los muebles para tomar un libro de poemas, recuerdo que era un par de años menor que Darío pero su carácter era completamente diferente, Darío era un joven vigoroso y activo, en cambio Gonzalo era pálido y serio, su voz se escurría de sus labios en palabras a veces inaudibles, débiles, monótonas y no se tomaba la molestia de repetirlas, cuando entró (dirigiéndome apenas una mirada triste) le pregunté si andaba de viaje, y me contestó, como si recitara, que le parecía haber perdido la conciencia en algún lugar de la casona, tal vez a causa de una caída, tal vez una decepción y apenas estuviera despertando, sí, Gonzalo era extraño, mucho más retraído que yo, a él le gustaba sentarse en la laguna y jugar en las orillas, hablar con los cisnes, alimentarlos si se acercaban, o tumbarse entre los rosales para aspirar su aroma, a veces lo veía acariciando el de los pétalos pálidos, o los de rosa intenso, con delicadeza casi femenina, tan delicado que parecía fundir sus dedos con los pétalos, esa devoción me enfermaba y me atraía como una droga, Gonzalo no era escandaloso pero su sigilo exasperaba por igual a los criados, su cercanía les producía escalofríos y sus susurros eran como serpientes arrastrándose por pisos, techos y paredes, no pensé que el asunto fuese serio, fuera de sus comentarios no externaban deseos de que tomara medidas al respecto, comprendía que en menos de un mes dos intrusos habían perturbado mi tranquilidad pero yo no era capaz de correrlos, en realidad no tenía motivos sólidos para hacerlo, para mí lo principal era que la noche transcurriera como siempre en mis veladas y me di cuenta que a Gonzalo también le agradaban, como es lógico él se integró al grupo de los bohemios, de los que yo creía que cualquier noche alguno se cortaría las venas entre los rosales o tomaría una balsa para arrojarse con una gran piedra amarrada al cuello en medio de la laguna para luego emerger convertido en cisne, o tal vez en otra luna que mirara (junto a la original) como cuencas brillantes hacia la casona, y entraran alumbrando toda la noche como enormes lámparas y de esa manera no tuviera yo que recurrir más a las veladas, eran ideas macabras que a veces me divertían, pero nunca se materializaron, tan sólo me incitaban a sueños sicodélicos, donde a todos mis invitados les salían plumas y empezaban a graznar como cisnes, era gracioso ver a las mujeres en minifaldas, con los picos en tonos cálidos, antifaces verdes, azules o rosas, los largos pescuezos enredados de collares, sus patas apretujadas en zapatillas y a los hombres con la corbata colgando del pescuezo, cubiertos con camisas de seda o chamarras de cuero, algunos con lentes ridículos y mientras unos aleteaban o barrían con sus picos las mesas llenas de bocadillos otros los hundían en los vasos de licor, pero entonces llegaba Darío con su caballo y arremetía contra todos, tirando mesas, rompiendo lámparas, arrastrando cortinas, esgrimiendo su espada y encabritando al caballo mientras yo en una esquina reía como nunca lo he hecho ni haré jamás viendo a los cisnes correr despavoridos, desplumándose al chocar, cortándose las patas y las alas con los vidrios que estallaban, la ropa desperdigada por todas partes, más de uno era atravesado por la afilada espada de Darío, luego alcanzaba a Gonzalo que declamaba una oda en medio del desastre y lo ensartaba también, formando así una gran brocheta, mientras continuaba su carrera afuera, persiguiendo a los fugitivos. También soñaba que Gonzalo comenzaba a cantar una de sus trágicas canciones y los invitados se ponían tristes y comenzaban a llorar y a gemir como ánimas en pena, se rasgaban la ropa, comenzaban a beber y mientras más bebían más se inflaban hasta convertirse en grandes globos de licor que flotaban por toda la casona, yo me divertía entonces jugando con ellos rebotándolos contra las paredes, pateándolos hasta que llegaba Darío y los pinchaba con su espada, al hacerlo los globos estallaban como petardos mojando toda la sala con los licores y vinos consumidos y luego yo gozaba lamiéndolos, a veces alguno de esos globos humanos no explotaba, entonces Darío lo desollaba como si fuera una naranja y lo exprimía, pedazo por pedazo sobre su boca chupando ruidosamente la piel hasta dejarla seca y delgada como papel. Me sorprendía la sangre fría que demostraba en mis fantasías hacia esa muchedumbre que yo mismo busqué para curar mis temores, analicé detalladamente y no pude encontrar en mis primeros invitados los sentimientos que compartíamos al inicio, sólo pude deducir que los invitados de mis invitados siempre eran más entretenidos que yo, por eso ellos mismos me fueron segregando de sus conversaciones relegándome a la calidad de testigo (con suerte) o mueble, la transición de ese pasado a mi presente fue tan paulatina que solamente con mis dos huéspedes pude apreciar su dimensión, nunca he sido una persona sociable, por más que papá trató de rodearme de niños de mi edad y nunca me prohibió visitar a mis familiares, pero era bien poco lo que podía compartir con ellos a pesar de llevar la misma sangre, mis tíos decían que papá era un amargado y a mí me trataban como a un leproso, debido tal vez al trastorno padecido por mi madre antes de mi nacimiento, yo odiaba esa compasión, para ellos yo estaba estigmatizado, el hijo de la demente, siempre en riesgo de repetir ese patrón, por lo tanto mi círculo social era muy estrecho y muy contadas mis distracciones, limitadas a la biblioteca, las faenas de la finca y mis veladas. Tal vez entonces me di cuenta de que las veladas no eran tan entretenidas como yo pensé, la triste realidad era que a pesar de tener la casa a rebosar cada noche siempre estaba completamente solo, pero al mismo tiempo era demasiado cobarde para enfrentar una noche sin ellos, la llegada de Darío y Gonzalo con sus manías hacían volar mi imaginación creando algo propio por más descabellado que fuera, y cuando apenas me estaba acostumbrando a su compañía llegó Vanesa; no sé por qué no me sorprendió, ella era una jovencita, casi niña, uno o dos años menor que Gonzalo; ella primero se asomó al umbral de la biblioteca, como hacen las criadas para espiar, me miró con su carita traviesa, era muy bonita, con rizos castaños resbalándose por las sienes, sus ojos de un intenso color ámbar y una piel sonrosada que hacía juego con sus mejillas arreboladas, Vanesa esperaba tal vez que la invitara a pasar, pero ante mi pasividad, entró con donaire de princesa y se plantó frente a mí colocando sus brazos en jarra, preguntándome si no le iba yo a preguntar dónde estuvo, entonces le contesté que si Darío y Gonzalo no habían platicado de sus aventuras conmigo tampoco albergaba la esperanza de que ella lo hiciera; Vanesa se rio como si le hubiera contado un buen chiste, me besó la frente y me dijo que tuvo un amante a quien acababa de abandonar porque le había propuesto matrimonio y ella, siendo ave de paso no podría tolerar una relación así, la miré fijamente y me pareció que estaba bromeando, por su físico pensé que no podría tener más de quince años, una edad en la que no es común entablar ese tipo de relaciones, Vanesa se alejó dejando un aroma a lavanda, tomó al azar un libro de química y comenzó a leerlo en voz alta, gesticulando como si ella lo hubiera escrito, le pedí que se callara, que se sentara otra vez conmigo, quería sentir su aroma nuevamente, mas no me hizo caso, dejó el libro y tomó otro de historia leyéndolo también en voz alta, con vehemencia, como protagonizando la historia, entonces me levanté para tratar de arrebatárselo, pero ella, ágil, siempre me esquivaba, riendo y besándome las mejillas con cada fracaso, por último aventó el libro y salió corriendo, salí tras ella, era la primera vez desde que era niño que volvía a correr, la vi perderse entre los arbustos del huerto y de repente reaparecía atravesándose frente a mi, se escondía detrás de un árbol y cuando estaba seguro de encontrarla atrás escuchaba su risa y la veía columpiándose de una rama, yo estaba feliz con su juego, pero quedé paralizado cuando vi que se dirigía al lago, la vi llegar a él, quitarse toda su ropa y meterse al agua, su piel blanca brillaba con los reflejos del sol y sentí un escalofrío, miraba alelado a mi alrededor, podía oír los cascos del caballo desbocado de Darío y una canción triste proveniente de los rosales, los criados miraban para todos lados y en sus miradas podía percibir dudas y temor, yo no acostumbraba hablar con ellos mas que para lo necesario, y ellos nunca hacían preguntas indiscretas, pero cuchicheaban entre sí. En los primeros días a la llegada de Darío habían hecho comentarios al respecto por los daños al mobiliario y las cortinas, por los caballos constantemente encabritados, de Gonzalo no hablaban, tal vez por su pasividad y ahora con la llegada de la promiscua Vanesa percibí cierta incomodidad, era muy desinhibida para su edad y en cierta forma me sentía responsable por su seguridad, sin embargo, en poco tiempo pude darme cuenta que mis temores eran infundados, ella podía exhibirse desnuda o provocativa en plena luz del día por toda la finca, treparse a los árboles, colgarse de las enredaderas, montar a caballo o simplemente revolcarse en la hierba como gata en celo y nadie se le acercaba o respondía a sus provocaciones, ni siquiera cuando acariciara suavemente los pechos o los hombros de los mozos, éstos sólo se sobresaltaban y miraban a su alrededor fingiendo no verla, aunque estoy seguro que podían percibir su aroma, imposible no hacerlo, imposible no deslumbrarse con su cara de virgen barroca, con su piel de alabastro y mejillas de manzanita, sí, no cabía duda de su latente poder de seducción, era juguetona y muy alegre, justo lo que faltaba en mi casona de orates, en cuanto a Darío y Gonzalo, ninguno cambió sus modales, cuando se encontraban con ella Darío la tomaba de la cintura y le daba vueltas simulando un vals mientras ella reía gustosa, espigando su esbelto cuerpo, cuando se encontraba con Gonzalo ella se recostaba en su espalda y le acariciaba los brazos mientras le cantaba algunas canciones de cuna, le revolvía el pelo y se alejaba saltando mientras el otro seguía sumido en sus cavilaciones, a mí me tomaba de la mano y me jalaba a los huertos donde jugaba a esconderse mientras se iba quitando la ropa, prenda por prenda, pero a pesar de que despertaba en mí instintos dormidos no fui capaz de desearla como mujer, cosa rara en alguien a quien a veces las invitadas a se le insinuaban discretamente pero siempre terminaban encontrando a otro más interesante que yo para saciarse, Vanesa era para mí una ardilla traviesa, una niña que no tomaba nada en serio , sobre todo en las veladas, donde siempre la perdía de vista llevándome a imaginar innumerables escenas eróticas, ella me indujo a sueños mucho más placenteros, sueños en los que la seguía a escondidas con el invitado en turno hasta las recámaras, la biblioteca, las fuentes, a los jardines e incluso a las caballerizas, Vanesa se acomodaba en cualquier sitio e incitaba a su pareja que le seguía el juego encantado, la soñaba en mi alcoba, sentada en el ventanal abierto, la luna escurriendo sobre su piel, con sus mejillas encendidas y la eterna sonrisa mientras le mordían los pechos y le apretaban los glúteos, así, con las cortinas flotando parecía tener alas, y conforme el sediento recorría su cuerpo esos pechos se llenaban, su cuerpo espigado se estiraba y sus caderas se ensanchaban hasta adquirir las proporciones propias de una mujer adulta, y no sólo eso sino que la tonalidad de su piel cambiaba de color entre gemido y gemido, pasando por tonos olivo, esmeralda, magenta, celestes, índigo, oro y púrpura, como un camaleón y oh, maravilla, que se encendían con cada embestida del afortunado galán al penetrarla, Vanesa era versátil en ese sentido, su cuerpo podía adaptarse a cualquier posición, en la cocina se embarraba chocolate o miel en los sitios precisos, en los establos se hacía faldas y sostenes de paja que se desbaratan poco a poco al son de un baile lento que ella inventaba, mojada su piel al bañarse en la laguna su aspecto era igualmente tentador, parecía un pescadito de plata reverberando a la luz del sol, sus rizos mojados eran tirabuzones de grenetina cuajados de azúcar, así, noche a noche mis sueños con ella hicieron olvidar los desórdenes de Darío y de Gonzalo, incluso cuando los criados se quejaban de que los caballos se escapában constantemente y porque la presencia de Gonzalo les amedrentaba, eso sumado a las travesuras de Vanesa ocasionaron estragos visibles por toda la casa: en la cocina con los frascos de fruta en conserva, de miel y cremas abiertos, pisos y mesas manchados, los libros de la biblioteca revueltos, en el comedor cristales y loza rotos, una constante corriente de aire frío llena de susurros tristes, guirnaldas de flores olvidados en cualquier parte, paredes rayadas por el filo de las espadas, cortinas desgarradas, puertas azotadas, alcobas en desorden, incluso mencionaron que mi aspecto estaba muy desmejorado y dormía más de lo habitual, me aconsejaron consultar a un médico, me atendían como a un párvulo, me preparaban no sé cuántos menjunjes para despertarme el apetito y me recomendaban que saliera de viaje, pero todo eso me tenía sin cuidado, y poco a poco ese desinterés no pasó desapercibido para los invitados que notaron el deterioro en que había caído la casona, algunos fueron muy sutiles cuando me preguntaron si acaso mi servidumbre estaba incompleta, ahí fue cuando me di cuenta de lo poco que yo les importaba, porque a mi parecer lo que debieron preguntar es por qué me hallaba tan desmejorado como decían los criados en cuyo caso me habría tomado la molestia corregir esos detalles, no siendo así respondía que efectivamente muchos habían renunciado y dejé que las cosas siguieran su curso.
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Poeta
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