Cuentos :  LUZ Y SOMBRAS (III)
Las veladas para paliar mi fobia a la noche comenzaron a perder sentido, ya me había acostumbrado tal vez a la compañía permanente de Darío, Gonzalo y Vanesa y no necesitaba más historias prestadas, pensé que tal vez era un síntoma de mejoría, más aún cuando mis horas de sueño se extendieron de cuatro a ocho y a veces diez, lo único que me incomodaba era el estado de mi finca, porque sin darme cuenta mis criados empezaron efectivamente a faltar y los restantes no estaban dispuestos a trabajar doble aunque les pagara triple ni por mucho aprecio que me tuvieran; no me considero una persona tacaña ni explotadora, realmente traté de suplir a los que se fueron, pero al parecer nadie estaba ya dispuesto a trabajar en mi finca mientras mis tres huéspedes permanecieran ahí y yo me sentía incapaz de correrlos, pues ya eran parte de mí, así que debí resignarme a ver pasearse a los caballos buscando comida y agua por su cuenta, a permitir que la hierba creciera sin control mezclándose con las flores (excepto los rosales, que Gonzalo tomó a su cuidado), a dejar sin resanar las paredes ni reemplazar la vajilla o los muebles deteriorados y a conformarme con una concurrencia cada vez menos numerosa en las veladas, nada de eso me dolió, después de todo la vida consiste ciclos de esplendor y de decadencia y yo, en plena juventud me sentía ya hastiado de vivir con miedo en una jaula de oro en compañía de cotorras y papagayos noctámbulos, conforme mis sueños se prolongaba noté que mi fobia nocturna disminuía así que me gustaba soñar, hoy a Vanesa desnuda, acostada en el lomo de un cisne, dejando caer la mano, contemplándose en el agua al pasar, luego su reflejo le toma la mano y se levanta y entonces las dos Vanesas hacen el amor sobre el cisne, creando formas plateadas, mientras Gonzalo, sentado en el cuerno que forma la luna va entonando una melodía al ritmo suave de un arpa, la hierba crece, los árboles se multiplican, se mezclan con rosas, con lavanda y jazmines tan altos que no me dejan ver, entonces llega Darío con su caballo y corta todas las plantas, hay lluvia de flores, de hierbas y de cigarras asustadas, las dos Vanesas ríen y yo también; mañana Vanesa está en la cocina, comiendo melocotones en almíbar, hasta ahí llega la voz de Gonzalo cantando una melodía para enamorados, un hombre y una mujer excitados entran y ella les invita a subirse a la barra, como en un altar los tres se despojan de sus prendas y Vanesa le introduce a la mujer un melocotón entre los labios vaginales y comienza a comerlo despacito, con mordiscos breves y suaves lengüetazos, el hombre a su vez ya le introdujo a ella otro y acomodado abajo también come, en poco tiempo llegan más y más invitados que se pelean por el frasco de los melocotones, llega Darío en su caballo, se los arrebata y sale derribando la puerta con toda la multitud detrás de él para tratar de alcanzarlo, como si los melocotones fueran el más potente afrodisíaco de la Tierra.
Otro día soñaba a mis invitados reclamándome la falta de limpieza del comedor, los arañazos de las paredes, la escasez de licor, se quejaban de los jardines invadidos de malezas e insectos, y conforme más elevaban la voz más se distorsionaba hasta convertirse en relinchos, sí, todos mis invitados se convirtieron en una manada de caballos, entonces llegaba Darío con un látigo, se trepaba en uno y los iba arriando hacia los rosales que se habían expandido y crecido desmesuradamente formando un monte que impedía el paso y les obligaba a comérselos con todo y espinas, cuando algún caballo respingaba, él enseguida sacaba la espada y se la clavaba en el lomo, los ijares, el pecho, el pescuezo o las patas, entonces llegaba Gonzalo llorando y suplicándole que no destruyeran los rosales, pero Darío lo embestía con su montura, entonces aparecía Vanesa y se acercaba a un caballo negro, se le colgaba del pescuezo, acariciando la crin, le mordía las orejas y conforme lo acariciaba, el animal recuperaba su anatomía humana, a excepción de la cabeza, ella lo montaba de frente y comenzaba un excitante forcejeo, Vanesa tan negra como el hombre-caballo, sus manos calvadas en sus hombros, subiendo y bajando de su miembro mientras los relinchos retumbaban por toda la quinta, la lengua de caballo deslizándose por sus pechos, Darío, excitado también azotaba violentamente al resto de la manada hasta que los rosales se cubrieron de sangre, un lago de sangre que atrajo a los cisnes y yo, gozoso de no temerles comenzaba a torcerles el cuello, uno a uno, ese día desperté exultante y no me importó saber que mis últimos criados abandonaban la finca, esa misma noche sólo había licor para los escasos invitados que aún llegaban, más por morbo que por costumbre, enseguida quise comprobar si ya estaba curado de la fobia y por primera vez me di el gusto de ser grosero e impertinente con ellos con el fin de que no volvieran, tan eficiente fui en mi propósito que los invitados se retiraron mucho antes del amanecer y yo, satisfecho me fui a leer a la biblioteca.
No bien había avanzado las primeras páginas de un ejemplar de biología cuando me di cuenta de la presencia de un niño de aproximadamente diez años mirándome desde el umbral, por un momento pensé que ahora mi casa se convertiría en guardería, le dije: “ah, ya sé, tú también has hecho un viaje largo y ahora vienes para quedarte”, el niño se acercó muy serio mirándome con compasión, me dijo que ahora estábamos completos y viviríamos como siempre debió ser, le pregunté a qué se refería y entonces me tomó la mano y me pidió que lo siguiera, al bajar vi la sala donde hacía poco había corrido a los invitados, llena otra vez de gente, entre ellos estaban Darío, Gonzalo y Vanesa, todos bailando y bebiendo animadamente, era mi casa, sin duda, pero con gente desconocida y adornada estrafalariamente, una mezcolanza de cuadros y adornos antiguos sin orden, escaleras y recámaras pintadas de colores y tonos diferentes, pero lo que me impresionó realmente fueron los espejos que no reflejaban nada, el niño me dijo que ahora que yo había corrido a mis invitados ahora ellos habían traído a los suyos y adornaron la casa a su gusto, luego me jaló fuera de la casona, me llevó a los rosales, los cuatro estaban cuajados de rosas, como nunca antes los había visto y dijo: “Yo soy Adrián, todos debimos nacer antes que tú, mamá fue una gitana que vivía en una feria ambulante con un grupo de familiares y al casarse con papá fue repudiada por ellos; al principio fue feliz, pero el amor de papá no fue suficiente, añoraba esa vida nómada que tenía, para colmo nos fue perdiendo uno a uno, solo tú conseguiste ver la luz, pero para ella fue demasiado tarde, para recordarnos mamá plantó un rosal por cada uno de nosotros”, yo temblaba, pero no podía desprenderme de su mano y así, pálido y desencajado fui conducido a la laguna y ahí agregó: “mamá siempre creyó que tú no habías nacido, para ella nunca saliste de su vientre, te sentía, pero no te veía, la noche que su corazón estalló sintió tanta sed que quiso beberse toda el agua de la laguna, solo entonces supo que tú no estabas en ella, para que no sufrieras tanto papá te dijo en ese entonces que se había extraviado, pero tú sabías la verdad, luego te envió al internado, ahora recuerdas ¿no?”
Sí, recordé que esa noche la vi salir de su cuarto y la seguí, como tantas veces, la miré dirigirse a la laguna, era un maniquí de caoba cubierta con su bata blanca que brillaba bajo la tenue luz de la luna, soplaba una suave brisa que hacía flotar sus cabellos y así se fue introduciendo en el agua, yo estaba hipnotizado y mientras se hundía su camisón flotaba hasta que sólo quedó una mancha blanca, unos espasmos y nada, para mí fue un acto de magia y quise esperar a ver que pasaba, así que me acomodé en unos arbustos, luego de un rato mamá emergía de nuevo, flotando sobre el agua, muda y rígida, dirigiéndose a mí, tuve miedo, eso no era normal, yo era quien siempre la seguía, ella nunca me buscó, nunca me miraba y ahora se acercaba a mí con sus cuencas llenas de agua turbia donde seguramente nadaban gusarapos y sanguijuelas, algo andaba mal, el agua estaba fría, el aire estaba frío, su abrazo seguramente sería frío, sus labios estarían tan fríos y palpitantes como la piel de un sapo, conforme se acercaba podía apreciar la tez azulada de su piel y sus brazos abiertos dirigiéndose a mí, deseosa de sentarme en sus piernas y no dejarme ir hasta cantarme todas las canciones que me negó en vida, la parálisis de mi cuerpo fue roto por algún grito cercano que yo aproveché para escabullirme y correr desesperadamente a la tibieza de mi cama; sí, recordaba el grito que me despertaba siempre años atrás en la escuela y la sensación de miedo al anochecer, porque que ella se acercaría para darme su lúgubre abrazo.
Hacía frío y temí como entonces, pero la mano de Adrián ahora me tranquilizaba, me dijo que ella era hija de gitanos, vivían de pueblo en pueblo haciendo diversos trabajos y no aspiraban a más y por lo general eran vistos con desconfianza por la gente. En la finca la vida sedentaria le sentó mal, aún así pensó que sus hijos podrían llenar su vacío pero los fue perdiendo uno por uno; Adrián me llevó de regreso a la casona, un pálido resplandor se alzaba en el horizonte, lo suficiente apreciar el deterioro de mi querida finca: era como si hubiera estado abandonada durante años y yo regresara de un largo viaje: había malezas, fuentes rotas y secas, las caballerizas vacías y derruidas, mis caballos tal vez huyeron o habían muerto, la casona con sus muros agrietados, manchados por la lluvia, cubiertos de enredaderas, con sus ventanales sucios y rotos, Adrián dijo: “No te preocupes, ya no necesitas dormir ni hacer diligencias, vivirás tus propios sueños, como siempre quisiste, nosotros estaremos contigo, como la familia que siempre fuimos, buscaremos a los caballos y saldremos a cabalgar por todo el mundo, mamá espera adentro, por fin verás sus ojos.”
Poeta

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