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¡Que se apaguen las lumbres, que se paren los labios, que las voces no digan ya más: «Te quiero» ¡Que un gran silencio reine, una quietud redonda, y se evite el desastre que unos labios buscándose traerían a esta suma de aciertos que es la tierra! Que apenas la mirada, lo que hay más inocente en el cuerpo del hombre, se quede conservándole al amor su futuro, en esa leve estrella que los ojos albergan y que por ser tan pura no puede romper nada.
Tan débil está el mundo -cendales o cristales-que hay que moverse en él como en las ilusiones, donde un amor se puede morir si hacemos ruido. Sólo una trémula espera, un respirar secreto, una fe sin señales, van a poder salvar hoy, la gran fragilidad de este mundo.
Y la nuestra.
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Poeta
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Qué alegría vivir sintiéndote vivido. Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos me está viviendo. Que cuando los espejos, los espías, azogues, almas cortas, aseguran que estoy aquí, yo, inmóvil, con los ojos cerrados y los labios, negándome al amor de la luz, de la flor y de los nombres, la verdad transmisible es que camino sin mis pasos, con otros allá lejos, y allí estoy besando flores, luces, habo. Que hay otro ser, por el que miro el mundo, porque me está queriendo con sus ojos. Que hay otra voz con la que digo cosas no sospechadas por mi gran silencio; y sé que también me quiere con su voz. La vida - ¡qué transporte ya! -, ignorancia de lo que son mis actos, que ella hace, en que ella vive, doble, suya y mía. Y cuando ella me hable de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, recordaré estrellas que no vi, que ella miraba, y nieve que nevaba allá en su cielo. Con la extraña delicia de acordarse de haber tocado lo que no toqué sino con esas manos que no alcanzo a coger con las mías, tan distantes. Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar, quieto, muerto ya. Morirse en la alta confianza de que este vivir mío no era solo mi vivir: era el nuestro. Y que me vive otro ser de la no muerte.
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Poeta
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Cuánto rato te he mirado sin mirarte a ti, en la imagen exacta e inaccesible que te traiciona el espejo! «Bésame», dices. Te beso, y mientras te beso pienso en lo fríos que serán tus labios en el espejo. «Toda el alma para ti», murmuras, pero en el pecho siento un vacío que sólo me lo llenará ese alma que no me das. El alma que se recata con disfraz de claridades en tu forma del espejo.
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Poeta
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¿Por qué pregunto dónde estás, si no estoy ciego. si tú no estás ausente? Si te veo ir y venir, a ti, a tu cuerpo alto que se termina en voz, como en humo la llama, en el aire, impalpable.
Y te pregunto, sí, y te pregunto de qué eres, de quién; y abres los brazos y me enseñas la alta imagen de ti y me dices que mía. Y te pregunto, siempre.
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Poeta
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Posesión de tu nombre, sola que tú permites, felicidad, alma sin cuerpo. Dentro de mí te llevo porque digo tu nombre, felicidad dentro del pecho. «Ven», y tú llegas quedo; «vete» : y rápida huyes. Tu presencia y tu ausencia sombra son una de otra, sombras me dan y quitan. ( ¡Y mis brazos abiertos! ) Pero tu cuerpo nunca pero tus labios nunca, felicidad, alma sin cuerpo, sombra pura.
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Poeta
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¿Por qué te entregas tan pronto? ( ¡Nostalgia de resistencias y de porfías robadas! ) Lo que era noche es de día bruscamente, cual si a Dios, autor de luz y tiniebla, se le olvidara el crepúsculo de las dulces rendiciones. Cierro brazos, tú los abres. Huyo. Y me esperas allí en ese refugio mismo donde de ti me escondía. ¡Facilidad, mala novia! ¡Pero me quería tanto...!
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Poeta
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¿Tú sabes lo que eres de mí? ¿Sabes tú el nombre? No es el que todos te llaman esa palabra usada que se dicen las gentes, si besan o se quieren, porque ya se lo han dicho otros que se besaron. Yo no lo sé, lo digo, se me asoma a los labios como una aurora virgen de la que no soy dueño. Tú tampoco lo sabes, lo oyes. Y lo recibe tu oído igual que el silencio que nos llega hasta el alma sin saber de qué ausencias de ruidos está hecho. ¿Son letras, son sonidos? Es mucho más antiguo. Lengua de paraíso, sanes primeros, vírgenes tanteos de los labios, cuando, antes de los números, en el aire del mundo se estrenaban los nombres de los gozos primeros. Que se olvidaban luego para llamarlo todo de otro modo al hacerlo otra vez nuevo son para el júbilo nuevo. En ese paraíso de los tiempos del alma, allí, en el más antiguo, es donde está tu nombre. Y aunque yo te lo llamo en mi vida, a tu vida, con mi boca, a tu oído, en esta realidad, como él no deja huella en memoria ni en signo, y apenas lo percibes, nítido y momentáneo, a su cielo se vuelve todo alado de olvido, dicho parece en sueños, sólo en sueños oído. Y así, lo que tú quieres, cuando yo te lo diga no podrá serlo nadie, nadie podrá decírtelo. Porque ni tú ni yo conocemos su nombre que sobre mi desciende, pasajero de labios, huésped fugaz de los oídos cuando desde mi alma lo sientes en la tuya, sin poderlo aprender, sin saberlo yo mismo.
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Poeta
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Perdóname por ir así buscándote tan torpemente, dentro de ti. Perdóname el dolor alguna vez. Es que quiero sacar de ti tu mejor tú. Ese que no te viste y que yo veo, nadador por tu fondo, preciosísimo. Y cogerlo y tenerlo yo en lo alto como tiene el árbol la luz última que le ha encontrado al sol. Y entonces tú en su busca vendrías, a lo alto. Para llegar a él subida sobre ti, como te quiero, tocando ya tan sólo a tu pasado con las puntas rosadas de tus pies, en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo de ti a ti misma. Y que a mi amor entonces le conteste la nueva criatura que tú eres.
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Poeta
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¡Cómo me dejas que te piense! Pensar en ti no lo hago solo, yo. Pensar en ti es tenerte, como el desnudo cuerpo ante los besos, toda ante mí, entregada. Siento cómo te das a mi memoria, cómo te rindes al pensar ardiente, tu gran consentimiento en la distancia, y más que consentir, más que entregarte, me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas recuerdos en escorzo, me haces señas con las delicias, vivas, del pasado, invitándome. Me dices desde allá que hagamos lo que quiero -unirnos- al pensarte, y entramos por el beso que me abres, y pensamos en ti, los dos, yo solo.
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Poeta
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Pensar en ti esta noche no era pensarte con mi pensamiento, yo solo, desde mí. Te iba pensando conmigo, extensamente, el ancho mundo. El gran sueño del campo, las estrellas, callado el mar, las hierbas invisibles, sólo presentes en perfumes secos, todo, de Aldebarán al grillo te pensaba.
¡Qué sosegadamente se hacía la concordia entre las piedras, los luceros, el agua muda, la arboleda trémula, todo lo inanimado, y el alma mía dedicándolo a ti! Todo acudía dócil a mi llamada, a tu servicio, ascendido a intención y a fuerza amante. Concurrían las luces y las sombras a la luz de quererte; concurrían el gran silencio, por la tierra, plano, suaves voces de nubes, por el cielo, al cántico hacia ti que en mi cantaba. Una conformidad de mundo y ser, de afán y tiempo, inverosímil tregua, se entraba en mí, como la dicha entera cuando llega sin prisa, beso a beso. Y casi dejé de amarte por amarte más, en más que en mí, inmensamente confiando ese empleo de amar a la gran noche errante por el tiempo y ya cargada de misión, misionera de un amor vuelto estrellas, calma, mundo, salvado ya del miedo al cadáver que queda si se olvida.
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Poeta
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