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Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son, y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor.
Tal es la gloria, Guillén, de los que escriben cantares: oír decir a la gente que no los ha escrito nadie.
Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, aunque dejen de ser tuyas para ser de los demás.
Que, al fundir el corazón en el alma popular, lo que se pierde de nombre se gana de eternidad.
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Poeta
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Era un suspiro lánguido y sonoro la voz del mar aquella tarde... El día, no queriendo morir, con garras de oro de los acantilados se prendía.
Pero su seno el mar alzó potente, y el sol, al fin, como en soberbio lecho, hundió en las olas la dorada frente, en una brasa cárdena deshecho.
Para mi pobre cuerpo dolorido, para mi triste alma lacerada, para mi yerto corazón herido,
para mi amarga vida fatigada... ¡el mar amado, el mar apetecido, el mar, el mar, y no pensar nada...!
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Poeta
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Frutales cargados. Dorados trigales...
Cristales ahumados. Quemados jarales...
Umbría sequía, solano...
Paleta completa: verano.
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Poeta
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Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron -soy de la raza mora, vieja amiga del sol-, que todo lo ganaron y todo lo perdieron. Tengo el ama de nardo del árabe español.
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna en que era muy hermoso no pensar ni querer... Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna... De cuando en cuando un beso y un nombre de mujer.
En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos... y la rosa simbólica de mi única pasión es una flor que nace en tierras ignoradas y que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos, ¡pero no darlos! Gloria... ¡la que me deben! ¡Que todo como un aura se venga para mí! Que las olas me traigan y las olas me lleven y que jamás me obliguen el camino a elegir.
¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido. No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud. Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.
De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo. No se ganan, se heredan elegancia y blasón... Pero el lema de casa, el mote del escudo, es una nube vaga que eclipsa un vano sol.
Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme lo que hago por vosotros hacer podéis por mí... ¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir!...
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna en que era muy hermoso no pensar ni querer... De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna. ¡El beso generoso que no he de devolver!
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Poeta
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¿Me visita tu espíritu, amor mío? Yo no lo sé; pero tu imagen bella vino a mi lado, y en el mundo vago del sueño, anoche, deliré con ella.
Era Chapultepec, y la ancha sombra del canoso Alruehuelt nos daba abrigo, la luna llena iluminaba el bosque y estábamos, mi vida, sin testigo.
Tú sabes lo demás....El alma mía en su fiebre de amor feliz y loca, a cada beso tuyo agonizaba en el nido de amores de tu boca.
¡Oh, ven mi desposada! En el ramaje el rayo de la luna desfallece, y amor, el mismo amor, tálamo blando en las hojas caídas nos ofrece.
Llegan allí, perdidos en las brisas que el bosque perfumadas atraviesan, arrullos de torcaces que se llaman, suspiros de las hojas que se besan.
¡Oh, ven...! ¿Adónde estás...? Envíame loca en el aire que pasa tus caricias, que yo en el aire beberé tus besos y mi alma embriagaré con tus delicias.
Ven a la gruta en que el placer anida; el viejo bosque temblará de amores, suspirarán de amor todas las brisas Y morirán de amor todas las flores.
Apagará tus besos el susurro del aura que suspira en los follajes, y arrullarán tu sueño entre mis brazos los himnos de los pájaros salvajes.
Y a la luz indecisa de la luna allá a lo lejos, y de ti celosa, la antigua Diana, de los viejos bosques diosa caída, vagará medrosa.
La noche azul nos brinda su misterio y templo el bosque a nuestro amor ofrece: mi alma te busca, mi pasión te espera y ebrio de amor mi corazón fallece.
¡Oh, ven, mi seducción, mi cariñosa! ven a la gruta en que el placer anida, que la dicha no mata...y si me mata tú con tus besos me darás la vida.
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Poeta
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Bésame con el beso de tu boca, cariñosa mitad del alma mía: un solo beso el corazón invoca, que la dicha de dos... me mataría.
¡Un beso nada más! Ya su perfume en mi alma derramándose la embriaga y mi alma por tu beso se consume y por mis labios impaciente vaga.
¡Júntese con la tuya! Ya no puedo lejos tenerla de tus labios rojos... ¡Pronto... dame tus labios! ¡Tengo miedo de ver tan cerca tus divinos ojos! Hay un cielo, mujer en tus abrazos, siento de dicha el corazón opreso... ¡Oh! ¡Sosténme en la vida de tus brazos para que no me mates con tu beso!
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Poeta
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Tu imagen vino a visitarme en sueños; sentí un aliento acariciar mi frente, y luego un labio trémulo y ardiente que buscaba mi labio... y desperté. La sombra nada más, la triste sombra, la muda soledad, la negra calma imagen de la noche de mi alma, esto tan sólo al despertar hallé.
¡Ah! Si en la noche de la triste ausencia ¡no me sonriera la esperanza hermosa de que en tu seno, virgen cariñosa, el sueño de la dicha he de dormir; yo me hundiera en mi lóbrega tristeza hasta llegar al seno de la muerte; porque no puedo ya vivir sin verte, porque amar y estar lejos, es morir. Pero, al menos tú sabes que te amo con un amor que la creación llenara, con un amor que el ángel envidiara si no fueras un ángel tú también. Si dueño fuera de la tierra toda, la tierra toda ante tus pies pusiera... Si fuera Dios... ¡hasta los cielos diera por sólo un beso en tu divina sien...! Mis noches son para soñar tu imagen, tu imagen es para encantar mi vida, mi vida para ti, virgen querida, y tú para mi eterna adoración. Tú, caricia, dulcísima del alma, tú, beso de los cielos desprendido y en medio de mis lágrimas caído, aquí, dentro mi mismo corazón. ¡Oh! ¡ven a mí! Mi vida solitaria se acaba, se consume en el hastío; necesito de ti, dulce bien mío, necesito de ti para vivir. Es tu sombra la luz de mi camino, sin ti me siento el corazón ateo; me estoy muriendo porque no te veo, porque amar y estar lejos, es morir. ¡Oh! si me amas también, si también lloras; si, a tu lado buscándome, suspiras; si sientes este fuego que me inspiras, alma de mi alma enamorada, ¡ven! ven a mi pecho, si en el tuyo, viva ardiendo está de la pasión la hoguera... ¡Oh! ¡ven a mí! mi corazón te espera, que ardiendo está mi corazón también. Te veo en mi sueño... ¡Y en mi sueño, loco, temblando el alma de pasión, te llamo! y te grito... te grito... ¡que te amo! ¡que soy tu dueño, que tu esclavo soy! ¡que instante tras instante de mi vida, del corazón latido tras latido, para volar a ti se han desprendido, y que sin vida, que sin alma estoy! Te llamo en sueños... y venir te siento... el ruido de tu paso: me estremece, y mi frente, abrasada palidece al eco, idolatrado de tu voz. Y siento que te acercas... que tu aliento ardiente y suave mi mejilla toca, y que juntas tu boca con mi boca... ¡Y despierto... con fiebre el corazón...! ¡Ven...! ¡y una dicha buscaré suprema para pagarte la que tú me dieres, inundaré tu vida de placeres, incendiaré de amor tu corazón! Y entonces, cuando loco, de tus labios bebiendo esté torrentes de delicias, ¡mátame, por piedad, con tus caricias! ¡mátame entre tus brazos... de pasión!
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Poeta
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Déjame ver tus ojos de paloma cerca, tan cerca que me mire en ellos; déjame respirar el blando aroma que esparcen destrenzados tus cabellos.
Déjame así, sin voz ni pensamiento, juntas las manos y a tus pies de hinojos, embriagarme, en el néctar de tu aliento, abrasarme en el fuego de tus ojos.
Pero te inclinas... La cascada entera cae de tus rizos óndulos y espesos. ¡Escóndeme en tu negra cabellera y déjame morir bajo tus besos!
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Poeta
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Anoche te soñaba, vida mía, estaba solo y triste en mi aposento, escribía... no sé qué; mas era algo de ternura, de amor, de sentimiento. Porque pensaba en ti. Quizás buscaba la palabra más fiel para decirte la infinita pasión con que te amaba.
De pronto, silenciosa, una figura blanca y vaporosa a mi lado llegó... Sentí en mi cuello posarse dulcemente un brazo cariñoso, y por mi frente resbalar una trenza de cabello. Sentí sobre mis labios el puro soplo de un aliento blando, alcé mis ojos y encontré los tuyos que me estaban, dulcísimos, mirando. Pero estaban tan cerca que sentía en yo no sé qué plácido desmayo que en la luz inefable de su rayo entraba toda tu alma hasta la mía.
Después, largo, suave y rumoroso apenas, en mi frente un beso melancólico imprimiste, y con dulce sonrisa de tristeza resbalando tu mano en mi cabeza en voz baja, muy baja, me dijiste: -"Me escribes y estás triste porque me crees ausente, pobre amigo; pero ¿no sabes ya que eternamente aunque lejos esté, vivo contigo?"-
Y al despertar de tan hermoso sueño sentí en mi corazón plácida calma; y me dijiste: es verdad... ¡eternamente! ¿cómo puede jamás estar ausente la que vive inmortal dentro del alma?
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Poeta
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¡Háblame...! Que tu voz, eco del cielo, sobre la tierra por doquier me siga... Con tal de oír tu voz, nada me importa que el desdén en tu labio me maldiga. ¡Mírame...! Tus miradas me quemaron, y tengo sed de ese mirar, eterno... Por ver tus ojos, que se abrase mi alma, de esa mirada en el celeste infierno...! ¡Ámame...! Nada soy... pero tu diestra sobre mi frente, pálida, un instante, puede hacer del esclavo arrodillado el hombre-rey, de corazón gigante... Tú pasas... y la tierra voluptuosa se estremece de amor bajo tus huellas, se entibia el aire, se perfuma el prado y se inclinan a verte las estrellas. Quisiera ser la sombra de la noche para verte dormir sola y tranquila, y luego ser la aurora... y despertarte con un beso de luz en la pupila. Soy tuyo, me posees... Un solo átomo no hay en mi ser que para ti no sea: dentro mi corazón eres latido, y dentro mi cerebro, eres idea. ¡Oh! por mirar tu frente pensativa y pálido de amores, tu semblante; por sentir el aliento de tu boca mi labio acariciar un solo instante; por estrechar tus manos virginales sobre mi corazón, yo de rodillas, y devorar con mis tremantes besos lágrimas de pasión en tus mejillas; yo te diera... no sé... ¡no tengo nada...! el poeta es mendigo de la tierra ¡toda la sangre que en mis venas arde! ¡todo lo grande que mi mente encierra! Mas no soy para ti... ¡Si entre tus brazos la suerte loca me arrojara un día, al terrible contacto de tus labios tal vez mi corazón... se rompería! Nunca será... Para mi negra vida la inmensa dicha del amor no existe... Sólo nací para llevar en mi alma todo lo que hay de tempestuoso y triste. Y quisiera, morir... ¡pero en tus brazos, con la embriaguez de la pasión más loca, y que mi ardiente vida se apagara al soplo de los besos de tu boca!
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Poeta
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