Todos sabemos, al punto, que morir es en esencia de vida tener ausencia, en nuestro amor el asunto radica en que estoy difunto, finado, occiso e inerte, pues, tan solo por perderte si me faltas no respiro mi alma no es ni un suspiro, fenecer es no tenerte.
Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda Ciudad de México, a 13 de agosto del 2023 Reg. SEP Indautor No. (en trámite)
Fue tu dulce voz, la voz que me regaló sus versos, unos versos despiertos por tu amor, un amor que me deseaba con fervor.
Y de tu voz salió una melodía, una melodía dueña de mis sueños y pesadillas, unos sueños acalorados y fortuitos, unas pesadillas de temerosas y sangrantes letrillas.
Como temeroso estaba yo del porvenir incierto, porque era incierto tu tenaz envite hacia aquí, ese envite en palabras pícaras lanzadas, y pícaro emanaba tu aliento embelesante hacía mí.
Embelesado me plantó en mi sueño actual, un sueño en el que muero baladí si no estoy contigo y tu mirada atrapante, porque me has atrapado sin poder volver allí.
Allí donde vivía gris antes de leerte, allí donde todo era vacío e infierno, allí donde frío temblaba en el averno, allí donde triste creía que nunca podría tenerte.
Y leyéndote me enamoré de tu primera frase, una frase tantas veces escuchada por tantas bocas, pero que saliendo de la tuya calentaba mi alma, la elevaba sobre tus nubes y mis esperanzas pocas.
Porque poco era el sentido que dolía en mi vida, poco era el que ardía, el que sentía, …, el que quería, porque de no querer nada pasé a quererlo todo, todo y mucho más, querer, sentir, …, salir de este lodo.
Me hiciste salir de mi oscuro refugio, de un oscuro, lúgubre y solitario abismo, solitario, con la soledad de celestina tuerta, porque tuerto y medio sordo andaba siempre alerta.
Alerta de todo rápido o lento movimiento, y rápida era mi huida a ese citado abismo, porque escapaba raudo de todo dejando atrás mi alma, un alma hostigada y hastiada de un cuerpo sin calma.
Pero halló calma al final mi cuerpo con el tuyo, porque tocándome rompiste mi fina tela, una tela que escondía mis luces y mis sombras, un claroscuro que aceptaste cálida, que ya no me desvela.
En este poema de amor se expresa el proceso del enamoramiento y las razones del mismo partiendo de una descripción del protagonista.
Situase en escena la bestia de las montañas de seda que duerme entre cartones mojados, una marinera de caña de azúcar con exceso de cafeína en té, una frugal bala perdida, una cínica de los pudores, la consumida por agravios, si, el tronco otoñal escondido por finas hojas cortantes en el corazón.
Baldosa a baldosa entre teclas de notas negras sin grises, cae de pozo a pozo abismal, siniestro paraje de semejantes, arrastrando pensativas cadenas enmorriñadas de barrotes va la sombra bestia por el oscuro a la par de miedo y amigable traicionera curiosidad.
Paso previo paso muévese ella con cuidado en colgante puente de vida, esta alma acuchillada y mutilada en desventajada matanza desafortunada, esta bestia por mudas palabras concebida, por soledad precaria criada y protegida.
Porta estandarte, bandera de pan mojado a rallas, tangentes de polluelo en suelo con colores en alba de secretos, cambiaría presto su destino solitario con nuestro ángel de alas negras en el infierno, estaría más que dispuesto a rezar con sus demonios.
Deseoso de poseer unos ojos del marrón más mundano abraza la envidia de caminar con ellos, de que se le borre el rostro y ronde en silencio como uno más en el suyo feliz ajetreo.
Sin recuerdo de la razón que le llevó a soportar tediosa vida, no es más que otro trozo de carne humana en descomposición, viviendo en un eterno viaje hacia el perdón de sus oscuros sentimientos, y a la vez en su “Notre Dame” sin el atrevimiento de saber si su puerta esta cerrada o abierta.
Se lamenta putrefacto de la paz que le otorga su ataúd de madera antioxidante, solo ama el dilema de proteger sus secretos con empeño mientras quiere revelarlos a este mundo desinteresadamente molesto.
Entre odio y amor, esquina y callejón, la basura habla de su pasado perdido entre lencerías y suelos de mármol, sombras de espanto en el recuerdo de ella, protagonista, y su rostro entre mundos, se escapa de su piel cabezona el tacto pasado de su drama corazón, soñó con conocer la poesía de su cuerpo pero solo conoció la tragedia de su adiós.
Que te podría enseñar esta bestia si aún no se ha inventado a ella misma y ni si quiera ha encontrado todavía alguna alegre melodía, si siempre está acompañada de un verso prohibido en una delicada estrofa vergonzosa, si nunca ha tenido musa ni invitación alguna a virtuoso concierto.
Y yo pregunto: ¿quién será ofrecido juez para esta pobre criatura?, ¿quién doblará con veloz trote las esquinas de su burbuja de adicción?, ¿quién?; ¿quién será el valiente héroe que la libere si estamos todos en la misma situación?
Este poema habla sobre una bestia, antaño humana, que intentó aventurarse hacia el amor pero salió escaldado sin ni siquiera probar un poco de su dulzor, ahora vaga solitaria con la soledad como abrigo y única compañía eterna.
Tengo que saber si tú me quieres, Pero no me hablas, tu silencio me hiere. Siento que te alejas cada día un poco más, Mi vida se muere sin tenerte a mi lado. Tengo tanto para darte, pero tú prefieres irte, Me dejas solo, sin amor, sin pasión. Tu aroma se desvanece con el viento, Se desploma en cada mañana sin tenerte. La soledad me tiene inerte, de a poco me estoy muriendo acorralado entre paredes que me encierran en el limbo de un desierto. Tanto amor desperdiciado, tantos sueños no cumplidos, Tantas sonrisas terminadas, tantas caricias sin tu piel. Una lágrima se asoma, sobre el valle de mis ojos, Brilla con las sombras mi despojo No tengo recuerdos, ni atardeceres, Solo tengo noches negras de profunda soledad.
Solo de soledad, estoy Navegando mares de olvido y de tristeza Miro hacia atrás y solo veo el reflejo del sol, Un camino cubierto de almas y de muerte Solo de soledad, ya nadie me escucha Grito en la oscuridad y el eco no responde El silencio, solo el silencio, se escucha en la inmensidad de un oscuro túnel, que no tiene fin; Solo de soledad, aunque tal vez... no este solo Porque me acompaña tu recuerdo.
Vive en virtud, sin deseo, en el cementerio, un coro de ángeles, miras al cielo y te preguntas por qué, nadie puede verlos en el cielo.
Es la noche, la oscuridad es omnipresente, matices de color negro, encajes y seda marcados por la noche.
Bienvenida la oscuridad, sombras errantes, tenebrosas y bellas, tu lado oscuro, tu lado luminoso, están en ti.
Justo ahora, cuando las nubes se van a dormir, los ángeles pueden ser vistos, en la guardia del cielo, solos por las noches, en el miedo se preguntan por qué, Dios no maldice a un ángel cuando muere, no contradice ni odia, solo ve las cosas, desde ciertas perspectivas.
Y yo aquí, medianamente vivo, absolutamente solo en la hora muerta de la siesta muerta del pueblo muerto que siquiera despertará cuando yo muera con tal de no dejarme esperanzar.
Sin embargo decidí vivir aquí con estatismo de lagarto al sol y ocasional presencia, apenas, de alguna mata de ilusión reseca que pase rodando con el viento como pasan de mí las alegrías.
En las noches planeo dedicarme a cantinero del bar abandonado y embriagarme de fracasos nobles con mis espíritus de amores idos. O inaugurarme solitario crónico y apático escritor de endechas.
Una así, por ejemplo: quién dijo que nací para vivir acompañado. Soy cactus del desamor; espinas fuera y recóndito frescor, brazos al infinito diciendo: gracias señor por este solo y desértico lugar.
Me gusta el otoño; caminar su ocaso con un viento suave como éste de ahora que recita sombras de próximo invierno mientras a suspiros limpia al paraíso sus lágrimas gualdas.
Mirar la humareda gris perla, esfumada, nacida de hogueras de invisibles fuegos que en ralo conjunto figuran los álamos contra el verde ileso de los eucaliptos.
Como de costumbre, hoy me vuelvo solo del crepúsculo manso, con el suave arpegio de tu nombre amado tañendo en lo hondo de mi sentimiento y memorando aquellos tus ojos dorados de otoñal ternura, tú, la inolvidable…
Cuando de repente, a oficio de viento, una majadita de hojas ya caducas, (como el amor tuyo) rozando la calle su marrón crujiente, con raudo alborozo me sale a encontrar.
Y a mí me dan ganas de volverme calle y que sea el otoño, la estación perpetua que arrastre en mi pecho rozándome leve tu caricia yerta; si de mí se trata. (Mi pecho de asfalto).
Vuelvo como dije, acopiando mientras frases como hojas, al viento también, para éste poema que al gentil otoño, mi proyecto lírico el día de hoy, tenía en prioridad. Mas cual todo asunto de un tiempo a esta parte, a fin de nombrarte se sale de tema.
Por tanto retomo mi caro propósito y en verso prosigo: Me gusta, me gusta el otoño, y más… si estuvieras.