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Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del mundo, sólo tú serás tú. Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia. Iré rompiendo todo lo que encima me echaron desde antes de nacer. Y vuelto ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: «Yo te quiero, soy yo».
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Poeta
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No te veo. Bien sé que estás aquí, detrás de una frágil pared de ladrillos y cal, bien al alcance de mi voz, si llamara. Pero no llamaré. Te llamaré mañana, cuando, al no verte ya me imagine que sigues aquí cerca, a mi lado, y que basta hoy la voz que ayer no quise dar. Mañana... cuando estés allá detrás de una frágil pared de vientos, de cielos y de años.
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Poeta
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No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Te espero con un ser que no espera a los otros: en donde yo te espero sólo tú cabes. Nadie puede encontrarse allí conmigo sino el cuerpo que te lleva, como un milagro, en vilo. Intacto, inajenable, un gran espacio blanco, azul, en mí, no acepta más que los vuelos tuyos, los pasos de tus pies; no se verán en él otras huellas jamás. Si alguna vez me miras como preso encerrado, detrás de puertas, entre cosas ajenas, piensa en las torres altas, en las trémulas cimas del árbol, arraigado. las almas de las piedras que abajo están sirviendo aguardan en la punta última de la torre. Y ellos, pájaros, nubes, no se engañan: dejando que por abajo pisen los hombres y los días, se van arriba, a la cima del árbol al tope de la torre, seguros de que allí, en las fronteras últimas de su ser terrenal es donde se consuman los amores alegres, las solitarias citas de la carne y las alas.
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Poeta
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No rechaces los sueños por ser sueños. Todos los sueños pueden ser realidad, si el sueño no se acaba. La realidad es un sueño. Si soñamos que la piedra es la piedra, eso es la piedra. Lo que corre en los ríos no es un agua, es un soñar, el agua, cristalino. La realidad disfraza su propio sueño, y dice: ”Yo soy el sol, los cielos, el amor.” Pero nunca se va, nunca se pasa, si fingimos creer que es más que un sueño. Y vivimos soñándola. Soñar es el modo que el alma tiene para que nunca se le escape lo que se escaparía si dejamos de soñar que es verdad lo que no existe. Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse hecho materia y que se busca en tierra.
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Poeta
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Nadadora de noche, nadadora entre olas y tinieblas. Brazos blancos hundiéndose, naciendo, con un ritmo regido por designios ignorados, avanzas contra la doble resistencia sorda de oscuridad y mar, de mundo oscuro. Al naufragar el día, tú, pasajera de travesías por abril y mayo, te quisiste salvar, te estás salvando, de la resignación, no de la suerte. Se te rompen las alas, desbravadas, hecho su asombro espuma, arrepentidas ya de su milicia, cuando tú les ofreces, como un pacto, tu fuerte pecho virgen. Se te rompen las densas ondas anchas de la noche contra ese afán de claridad que buscas, brazada por brazada, y que levanta un espumar altísimo en el cielo; espumas de luceros; sí, de estrellas, que te salpica el rostro con un tumulto de constelaciones; de mundos. Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas, tu inocencia desnuda. Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo soporta, empuja, salva mucho más que tu carne. Así tu triunfo tu fin será, y al cabo, traspasadas el mar, la noche, las conformidades, del otro lado ya del mundo negro, en la playa del mundo que alborea, morirás en la aurora que ganaste.
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Poeta
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¿Las oyes cómo piden realidades, ellas, desmelenadas, fieras, ellas, las sombras que los dos forjamos en este inmenso lecho de distancias? Cansadas ya de infinitud, de tiempo sin medida, de anónimo, heridas por una gran nostalgia de materia, piden límites, días, nombres. No pueden vivir así ya más; están al borde del morir de las sombras que es la nada. Acude, ven conmigo. Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo. Los dos les buscaremos un color, una fecha, un pecho, un sol. Que descansen en ti, se tú su carne. ¡Se calmará su enorme ansia errante, mientras las estrechamos ávidamente entre los cuerpos nuestros donde encuentran su pasto y su reposo. Adormirán al fin en nuestro sueño abrazado, abrazadas. Y así luego, al separarnos, al nutrirnos sólo de sombras, entre lejos, ellas tendrán recuerdos ya, tendrán pasado de carne y hueso, el tiempo que vivieron en nosotros. Y su afanoso sueño de sombras, otra vez, será el retorno a esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito.
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Poeta
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Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas, lo que nunca entenderás, son esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y el tierno cuerpo rosado que te encuentras en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que están descifrados ya.
Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo.
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Poeta
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La forma de querer tú es dejarme que te quiera. El sí con que te me rindes es el silencio. Tus besos son ofrecerme los labios para que los bese yo. Jamás palabras, abrazos, me dirán que tú existías, que me quisiste: Jamás. Me lo dicen hojas blancas, mapas, augurios, teléfonos; tú, no. Y estoy abrazado a ti sin preguntarte, de miedo a que no sea verdad que tú vives y me quieres. Y estoy abrazado a ti sin mirar y sin tocarte. No vaya a ser que descubra con preguntas, con caricias, esa soledad inmensa de quererte sólo yo.
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Poeta
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No estás ya aquí. Lo que veo de ti, cuerpo, es sombra, engaño. El alma tuya se fue donde tú te irás mañana. Aún esta tarde me ofrece falsos rehenes, sonrisas vagas, ademanes lentos, un amor ya distraído. Pero tu intención de ir te llevó donde querías lejos de aquí, donde estás diciéndome: «aquí estoy contigo, mira». Y me señalas la ausencia.
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Poeta
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Horizontal, sí, te quiero. Mírale la cara al cielo, de la cara. Déjate ya de fingir un equilibrio donde lloramos tú y yo. Ríndete a la gran verdad final, a lo que has de ser conmigo, tendida ya, paralela, en la muerte o en el beso. Horizontal es la noche en el mar, gran masa trémula sobre la tierra acostada, vencida sobre la playa. El estar de pie, mentira: sólo correr o tenderse. Y lo que tú y yo queremos y el día - ya tan cansado de estar con su luz, derecho - es que nos llegue, viviendo y con temblor de morir, en lo más alto del beso, ese quedarse rendidos por el amor más ingrávido, al peso de ser de tierra, materia, carne de vida. En la noche y la trasnoche, y el amor y el transamor, ya cambiados en horizontes finales, tú y yo, de nosotros mismos.
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Poeta
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