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Quiso cantar, cantar para olvidar su vida verdadera de mentiras y recordar su mentirosa vida de verdades.
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Poeta
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En un rincón del salón crepuscular O al volver una esquina en la hora indecisa y blasfema, O una mañana parecida a un navío atado al horizonte, O en Morelia, bajo los arcos rosados del antiguo acueducto, Ni desdeñosa ni entregada, centelleas.
El telón de este mundo se abre en dos. Cesa la vieja oposición entre verdad y fábula, Apariencia y realidad celebran al fin sus bodas, Sobre las cenizas de las mentirosas evidencias Se levanta una columna de seda y electricidad, Un pausado chorro de belleza. Tú sonríes, arma blanca a medias desenvainada. Niegas al sueño en pleno sueño, Desmientes al tacto y a los ojos en pleno día. Tú existes de otro modo que nosotros, No eres la vida pero tampoco la muerte. Tú nada más estás, Nada más fulges, engastada en la noche.
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Poeta
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En un poema leo: conversar es divino. Pero los diosa no hablan: hacen, deshacen mundos mientras los hombres hablan. Los dioses, sin palabras, juegan juegos terribles.
El espíritu baja y desata las lenguas pero no habla palabras: habla lumbre. El lenguaje, por el dios encendido, es una profecía de llamas y una torre de humo y un desplome de sílabas quemadas: ceniza sin sentido.
La palabra del hombre es hija de la muerte. Hablamos porque somos mortales: las palabras no son signos, son años. Al decir lo que dicen los nombres que decimos dicen tiempo: nos dicen. Somos nombres del tiempo.
Mudos, también los muertos pronuncian las palabras que decimos los vivos. El lenguaje es la casa de todos en el flanco del abismo colgada. Conversar es humano.
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Poeta
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En filas ordenadas regresamos y cada noche, cada noche, mientras hacemos el camino, el breve infierno de la espera y el espectro que vierte en el oído: “¿No tienes sangre ya? ¿por qué te mientes? Mira los pájaros… El mundo tiene playas todavía y un barco allá te espera, siempre.”
Y las piernas caminan y una roja marea inunda playas de ceniza.
“Es hermosa la sangre cuando salta de ciertos cuellos blancos. Báñate en esa sangre: el crimen hace dioses.”
Y el hombre aprieta el paso y ve la hora: aún es tiempo de alcanzar el tranvía.
“Allá, del otro lado, yacen las islas prometidas. Danzan los árboles de música vestidos, se mecen las naranjas en las ramas y las granadas abren sus entrañas y se desgranan en la yerba, rojas estrellas en un cielo verde, para la aurora de amarilla cresta…”
Y los labios sonríen y saludan a otros condenados solitarios: ¿Leyó usted los periódicos?
“¿No dijo que era el Pan y que era el Vino? ¿No dijo que era el Agua? Cuerpos dorados como el pan dorado y el vino de labios morados y el agua, desnudez…”
Y el hombre aprieta el paso y al tiempo justo de llegar a tiempo doblan la esquina, puntuales, Dios y el tranvía.
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Poeta
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I
En el alba de callados venenos amanecemos serpientes.
Amanecemos piedras, raíces obstinadas, sed descarnada, labios minerales.
La luz en estas horas es acero, es el desierto labio del desprecio. Si yo toco mi cuerpo soy herido por rencorosas púas. Fiebre y jadeo de lentas horas áridas, miserables raíces atadas a las piedras.
Bajo esta luz de llanto congelado el henequén, inmóvil y rabioso, en sus índices verdes hace visible lo que nos remueve, el callado furor que nos devora.
En su cólera quieta, en su tenaz verdor ensimismado, la muerte en que crecemos se hace espada y lo que crece y vive y muere se hace lenta venganza de lo inmóvil.
Cuando la luz extiende su dominio e inundan blancas olas a la tierra, blancas olas temblantes que nos ciegan, y el puño del calor nos niega labios, un fuego verde cerca al henequén, muralla viva que devora y quema al otro fuego que en el aire habita. Invisible cadena, mortal soplo que aniquila la sed de que renace.
Nada sino la luz. No hay nada, nada sino la luz contra la luz rabiosa, donde la luz se rompe, se desangra en oleaje estéril, sin espuma.
El agua suena. Sueña. El agua intocable en tu tumba de piedra, sin salida en su tumba de aire. El agua ahorcada, el agua subterránea, de húmeda lengua humilde, encarcelada. El agua secreta en su tumba de piedra sueña invisible en su tumba de agua.
A las seis de la tarde alza la tierra un vaho blanquecino. Vuelan pájaros mudos, barro helado. Arrasen nubes crueles el cielo sin orillas.
Pero en la noche el agua gime. Un cielo de metal oprime pecho y venas y tiembla en el ahogo el horizonte. El agua gime entre sus negros hierros. El hombre corre de la muerte al sueño.
El henequén vigila cielo y tierra. Es la venganza de la tierra, la mano de los hombres contra el cielo.
II
¿Qué tierra es ésta?, ¿qué extraña violencia alimenta en su cáscara pétrea? ¿qué fría obstinación, años de fuego frío, petrificada saliva persistente, acumulando lentamente un jugo, una fibra, una púa?
Una región que existe antes que sobre el mundo alzara el aire su bandera de fuego y el agua sus cristales; una región de piedra nacida antes del nacimiento mismo de la muerte, una región, un párpado de fiebre, unos labios sin sueño que recorre sin término la sed, como el mar a las lajas en las costas desiertas.
La tierra sólo da su flor funesta, su espada vegetal. Su crecimiento rige la vida de los hombres. Por sus fibras crueles corre una sed de arena trepando desde sótanos ciegos, duras capas de olvido donde el tiempo no existe.
Furiosos años lentos, concentrados, como no derramada, oculta lágrima, brotando al fin sombríos en un verdor ensimismado, rasgando el aire, pulpa, ahogo, blanda carne invisible y asfixiada. Al cabo de veinticinco amargos años alza una flor sola, roja y quieta. Una vara sexual la levanta y queda entre los aires, isla inmóvil, petrificada espuma silenciosa.
Oh esplendor vengativo, única llama de este infierno seco, ¿tanta fiebre acallada, surge en tu llama rígida, desnuda, para cantar, sólo, tu muerte?
III
¡Si yo pudiera, en esta orilla que la sed ilumina, cantar al hombre que la habita y la puebla, cantar al hombre que su sed aniquila!
Al hombre húmedo y persistente como lluvia, al hombre como un árbol hermoso y ultrajado que arranca su nacimiento al llanto, al hombre como un río entre las llamas, como un pájaro semejante a un relámpago. Al hombre entre sus fines y sus frutos.
Los frutos de la tierra son los fines del hombre. Mezcla su sal henchida con las sales terrestres y esa sal es más tierna que la sal de los mares: le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.
¡Si pudiera cantar al hombre que vive bajo esta piel amarga! El nacimiento, el espanto nocturno, la vasta mano que puebla y despuebla la tierra.
Entre el primer silencio y el postrero, entre la piedra y la flor, tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo, un silencio flotante, como fuga de sangre, como humo, como agua que olvida.
Llamas petrificadas te sostienen. Caminas entre espadas, casi invisible bajo el temblor del cielo liso, con un paso, un solo paso tierno, un leve paso de animal que huye.
Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas. Tú danzas, bebes, sueñas. Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.
Alguien te sueña, solo. Tu nombre, polvo, piedra, en el polvo sediento precipita su ruina.
Mas no es el ritmo oscuro del planeta, el renacer de cada día, el remorir de cada noche, lo que te mueve por la tierra.
IV
¡Oh rueda del dinero, que ni te palpa ni te roza y te deshace cada día!
Ángel de tierra y sueño, agua remota que se ignora, oh condenado, oh inocente, oh bestia pura entre las horas del dinero, entre esas horas que no son nuestras nunca, por esos pasadizos de tedio devorante donde el tiempo se para y se desangra.
¡El mágico dinero! Invisible y vacío, es la señal y el signo, la palabra y la sangre, el misterio y la cifra, la espada y el anillo.
Es el agua y el polvo, la lluvia, el sol amargo, la nube que crea el mar solitario y el fuego que consume los aires. Es la noche y el día: la eternidad sola y adusta mordiéndose la cola.
El hermoso dinero da el olvido, abre las puertas de la música, cierra las puertas al deseo. La muerte no es la muerte: es una sombra, un sueño que el dinero no sueña.
¡El mágico dinero! Sobre los huesos se levanta, sobre los huesos de los hombres se levanta.
Pasas como una flor por este infierno estéril, hecho sólo del tiempo encadenado, carrera maquinal, rueda vacía que nos exprime y deshabita, y nos seca la sangre, y el lugar de las lágrimas nos mata.
Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.
V
Dame, llama invisible, espada fría, tu persistente cólera, para acabar con todo, oh mundo seco, oh mundo desangrado, para acabar con todo.
Arde, sombrío, arde sin llamas, apagado y ardiente, ceniza y piedra viva, desierto sin orillas.
Arde en el vasto cielo, laja y nube, bajo la ciega luz que se desploma entre estériles peñas.
Arde en la soledad que nos deshace, tierra de piedra ardiente, de raíces heladas y sedientas.
Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.
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Poeta
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El viento despierta, barre los pensamientos de mi frente y me suspende en la luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta! Otoño: entre tus manos frías el mundo llamea.
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Poeta
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El mar, el mar y tú, plural espejo, el mar de torso perezoso y lento nadando por el mar, del mar sediento: el mar que muere y nace en un reflejo.
El mar y tú, su mar, el mar espejo: roca que escala el mar con paso lento, pilar de sal que abate el mar sediento, sed y vaivén y apenas un reflejo.
De la suma de instantes en que creces, del círculo de imágenes del año, retengo un mes de espumas y de peces,
y bajo cielos líquidos de estaño tu cuerpo que en la luz abre bahías al oscuro oleaje de los días.
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Poeta
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La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol negro y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras.
La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña.
Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma.
Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea.
Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto.
Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez.
Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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Poeta
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La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña: soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas, tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada, bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias, ¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache, caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores, plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco, pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!
Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se cubría de estrellas. ¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo, respirando, racimos de piedras vivas, cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras sobre una espalda oscura, cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de agua junto al fuego, de luz contra la sombra! Harpas, jardines de harpas.
Pero a mi lado no había nadie. Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan bajo el sol. No cantaba el grillo, había un vago olor a cal y semillas quemadas, las calles del poblado eran arroyos secos y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado: ¿quién vive? Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto esplendor, sequía, sabor de polvo, rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en medio del llano como un surtidor petrificado!
Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos, dime, luna agónica, ¿no hay agua, hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos sobre la espina, sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía impío como un cacique de oro? ¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre las grandes piedras redondas y relucientes, en el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los hombres y las mujeres bahándose al alba? El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen, ¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada? ¿Sólo está vivo el sapo, sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco, sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?
Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre, mientras dos esclavos jóvenes lo abanican, en los días de las grandes procesiones al frente del pueblo, apoyado en la cruz: arma y bastón, en traje de batalla, el esculpido rostro de silex aspirando como un incienso precioso el humo de los fusilamientos, los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado de su querida cubierta de joyas de gas neón, ¿sólo el sapo es inmortal?
He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio cortado, he aqui al perro y a su aullido sarnoso, al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí a la flor que sangra y hace sangrar, la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura, he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible, oye a los dientes chocar uno contra otro, oye a los huesos machacando a los huesos, al tambor de piel humana golpeado por el fémur, al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso, al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante, he aqui al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja y danza solitario y se derrumba como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces, como una torre que cae de un solo tajo, he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra, al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz, he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.
¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual? Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más puro se levante, sólo fulgor y llama, semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo, palabra que busca unos labios que la digan, sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras, hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana.
Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes, polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres, dime, cántaro roto caído en el polvo, dime, ¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre, hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra, hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?
Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos, soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos, hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros, cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección, el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse, el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre, el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia, para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba, más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo, echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado, vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas, hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia afuera, descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara, bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río, recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida, ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos, porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso, el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados, como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres, hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.
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Poeta
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CIRCUNSTANCIALESCOS
Ahora Enarbola Una hora Prima El hastío Sueños De cristales Derramados Del iglú raíz,un paragüero cabizbajo__Urnayceniza. En las hojas de una aurora, un jardín delartificio. Del acérrimo ramo miriápodo, al sepultartumultuoso. Como lo han dado en ti, me dices, el primor cual canto callas, infinitas almas, en el cielo. inundado. Hoy infinito ausente. Aunque Había Llegado En un Después Cualquiera Al cielo indiferente mudo. ¡Sea del ayer lo qué fuere!. Al suelo cultivar de los altares ¡Y lo qué hiciese vieres!. Al volcán de los faisanes Sé, me dices, sólo circunstancial irremediable. Solo las rígidas sombras alumbran el ahora. Al iglú raíz, paragüero cabizbajo, urna y ceniza Del ahora saldremos tarde! Y... Desmañanados acaso, del sembradío cercano. En las nubes enredado. ¡Recuérdote me dices, viéndome!. Silueta solo circunstancial, intransitable. ¡Más qué presente!... Del gran soplo paralítico. Marearse/Al flechar//Seducido.
Fijo En la hoja Vieja Del Bambú Petrificado. Del ahora lago en sangre, con impávida misiva. Al cielo/Sordo//Mudo del suelo/Más que ayer. La inocencia en la impotencia. La vida inerme cercenada. ¡Acribillada libertad infinita!. Del fanático columpio, afilado candado avinagrado. Circunstancialesco.
Dulcedumbre del encizañar. ¡Al enturbiarse!. Agridulce del engrescar Es La Palabra ¡Qué oculta!. Los hogares despedazados, incendios, callados tumultos, indefensos del parlanchín, artificio repetitivo, la espuma fervorosa ola, vibrante por el hiato, una rendija muere, a diario, su oculta muerte, entre los vientos campanarios, escondidos del número monstruoso, ternura, insalvable del plácido jolgorio del iglú raíz, huérfanos innúmeros. Circunstancialescos.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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