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¿Quién eras, oh María, misteriosa María la dueña de este libro que he encontrado al partir? En la primera página, en alemán, decía con letra temblorosa: "Te quiero hasta morir".
Dulce María Kempelfeldt, aquí, en este navío que te llevaba lejos, ¿soñaste como yo? ¿tu corazón sangraba nostalgias, como el mío? ¿tampoco tu quimera de amor se realizó?
"Ich liebe die, María..." ¿En qué brumoso puerto, en qué tierra lejana dejaste el corazón que gimió en estas páginas, en este libro abierto y olvidado en un barco, su ensueño y su pasión?
"Ich liebe die", María. Yo guardo el libro, y leo el verso que ha veinte años escribió en alemán un hombre que te amaba, y en mis ensueños veo tu rostro rubio y triste...Y los barcos se van....
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Poeta
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Cuando yo muera... -ha de llegarme el día antes que a ti- al cerrar mis ojos yertos, piensa que si aún hay vida entre los muertos, te seguiré queriendo todavía.
En mi ansiedad suprema de agonía, mis labios secos, torpes y entreabiertos, aun sin calor, se moverán inciertos por balbucear tu nombre, amada mía.
Ése será tu triunfo. En esa hora tú, de mi vida absurda embrujadora, sabrás, al fin, cuánto te amé y sufrí...
Y dirás: "A las otras mintió amores; pero ninguna le causó dolores de amor, porque no amaba sino a mí..."
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Poeta
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Vive tu vida y ámala, sea buena o mala para ti: ese es tu sino. Si te punzan las zarzas del camino haz un yambo votivo de tu pena.
Ten tu copa de amor bullente y llena, y embriágate de amores y de vino, Baudelaire te lo dijo: haz un divino canto a PAN DE TU VIDA ardiente y plena.
Musicaliza todo : tus dolores, tus placeres, los páramos, las flores, vive en perenne Domingo de Ramos.
Y espera anacreóntico la muerte diciendo ante el enigma de la suerte como Rubén: -¡Señor!... ¿A dónde vamos?...
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Poeta
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¡Qué sed tengo de ti! Eres la fuente que corre cristalina ante mis ojos, y son inútiles mis brazos flojos para hacer que se tuerza la corriente.
Inútilmente domo mis antojos, y trato de olvidarte inútilmente: sueña mi mente con tu tersa frente y con el vino de tus labios rojos.
¿Qué daño habré hecho yo, que en mi camino todo me llega tarde? Si es mi sino cargar el fardo de mi vida trunca,
¡que no te vuelva a ver! Yo te lo pido por Dios... ¡Cuánto mejor hubiera sido que no te hubiera conocido nunca!
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Poeta
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Un dolor se me va y otro me arredra; ola que se marchó y ola que viene a batirme, y apenas se detiene sobre mi viejo corazón de piedra.
Ola que llega, y rompe, y salta y medra del dolor de la roca, y se mantiene sólo el instante aquel que le conviene para arrancarle hasta su airón de yedra.
Lucha sorda y tenaz; mudo combate de la ola que se va, vuelve y se abate en el peñón que su ira desafía...
Dolor perenne, inextinguible, intenso, rudo y fiero combate en este inmenso mar sin orillas de la vida mía...
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Poeta
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¡Esa!... La que en el alma llevo oculta; la que no salta afuera ni se expande en la pupila; la que a nadie insulta en un alarde de dolor: la grande,
la infinita, la muda, la sombría, la terca, la traidora, la doliente lágrima de dolor, lágrima mía, que está clavada en mí profundamente!
La que no da una tregua ni un consuelo de dulce sollozar. La que me hiere, y me punza, y me obsede, y pone un velo turbio en mis ojos; la que nunca muere
ni nace a flor de rostro; la que nunca refrena su latir; la que no intenta asomarse a la faz y queda trunca, y hace la pena interminable y lenta...
Cántaros secos, áridos, mis ojos; páramos sin frescura ni rocío; febricitantes de escrutar los rojos límites, del espacio y del vacío...
¡Esa!... La que no llega, ni ha llegado, ni llegará a los ojos nunca... ¡nunca!... Mi lágrima tenaz que no ha mojado el Sahara estéril de mi vida trunca,
¡Ésa... no la verás, porque en la calma de mis angustias, se ha trocado en perla! Para verla hace falta tener alma; y tú, ¡no tienes alma para verla!...
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Poeta
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¡Te perdí para siempre! El torbellino de la ciudad, te arrebató inclemente. Ya nunca volveré a besar tu frente ni beberemos juntos nuestro vino.
La vida bifurcó nuestro camino; ya no vamos del brazo alegremente, ni apaga nuestra sed la misma fuente, ni tú oyes mi canción, ni yo tu trino.
¡Y no hubo ni un adiós! Fue lo insondable: el silencio... el dolor... lo irremediable... ¡la atroz sonrisa y la fingida calma..!
Después, cargué mi amor rígido y yerto. Lloré mucho; recé, velé a mi muerto, ¡y me enterré el cadáver en el alma..!
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Poeta
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Porque eres canallesca, porque eres exquisita, y porque eres perversa, y porque eres fatal, mi carne pecadora tu carne necesita para libar las mieles de las flores del Mal.
Porque tiene tu vientre albor de margarita, y tus piernas, columnas de tu templo carnal, guardan el Tabernáculo de mi hostia maldita y ocultan el secreto de mi anhelo sensual.
Porque tus ojos glaucos, para el hombre inconstantes, brillan faunescamente, lesbianos, inquietantes, cuando pasa una núbil doncella junto a ti,
anhelo pecadora, tu lascivo contacto para la complicada consumación del Acto, ¡Con la santa lujuria que está latente en mí!
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Poeta
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De !peñón en peñón, turbias, saltando Las aguas de Aures descender se ven; La roca de granito socavado Con sus bombas haciendo estremecer.
Los helechos y juncos de su orilla Temblorosos, condensan el vapor; Y en sus columpios trémulas vacilan Las gotas de agua que abrillanta el sol.
Se ve colgando en sus abismos hondos, Entretejido, el verde carrizal, Como de un cofre en el oscuro fondo Los hilos enredados de un collar.
Sus cintillos en arcos de esmeralda Forman grutas do no penetra el sol, Como el toldo de mimbres y de palmas Que Lucina tejió para Endimión.
Reclinado a su sombra, cuántas veces Vi mi casa a lo lejos blanquear, Paloma oculta entre el ramaje verde, Oveja solitaria en el gramal.
Del techo bronceado se elevaba El humo tenue en espiral azul... La dicha que forjaba entonce el alma Fresca la guarda la memoria aún.
Allí a la sombra de esos verdes bosques Correr los años de mi infancia vi; Los poblé de ilusiones cuando joven, Y cerca de ellos aspiré a morir.
Soñé que allí mis hijos y mi Julia... Basta, las penas tienen su pudor, Y nombres hay que nunca se pronuncian Sin que tiemble con lágrimas la voz.
Hoy también de ese techo se levanta Blanco-azulado el humo del hogar: Ya ese fuego lo enciende mano extraña, Ya es ajena la casa paternal.
La miro cual proscrito que se aleja, Ve de la tarde a la rosada luz, La amarilla vereda que serpea De su montaña en el lejano azul.
Son un prisma las lágrimas que prestan Al pasado su mágico color; Al través de la lluvia son más bellas Esas colinas que ilumina el sol.
Infancia, juventud, tiempos tranquilos, Visiones de placer, sueños de amor, Heredad de mis padres, hondo río, Casita blanca... y esperanza, ¡adiós!
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Poeta
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A mi amigo el Señor Domingo Díaz Granados.
¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma Que cuando asome en el oriente el sol, Con tierno arrullo su canción levanta, Y alegre canta La dulce aurora de su dulce amor? ¿Y no la has visto cuando el sol se avanza Y ardiente lanza rayos del cenit, Que fatigada tiende silenciosa La ala amorosa Sobre su nido, y calla, y es feliz? Todos cantamos en la edad primera, Cuando hechicera nos sonríe esa edad, Y publicamos necios, indiscretos, Muchos secretos Que nuestro pecho debería guardar! Cuando al encuentro del placer salimos, Cuando sentimos el primer amor, Entusiasmados de placer cantamos Y evaporamos Nuestra dicha al compás de una canción! Pero después…nuestro placer guardamos, Como ocultamos el mayor pesar; Porque es mejor en soledad el llanto, Y crece tanto Nuestra dicha en humilde oscuridad! Solo en oscuro retirado asilo Puede tranquilo el corazón gozar; Solo en secreto sus favores presta, Siempre modesta, La que el hombre llamó felicidad.
¿Conoces tú la flor de batatilla, La flor sencilla, la modesta flor? Así es la dicha que mi labio nombra; Crece en la sombra, Mas se marchita con la luz del sol ! Debe cantar el que en su pecho siente Que brota ardiente su primer amor; Debe cantar el corazón que herido Llora afligido Si ha de ser inmortal su inspiración.
Porque la lira, en cuyo pié grabado Un nombre amado por nosotros fue, Debe a los cielos levantar sus notas, O hacer que rotas Todas sus cuerdas para siempre estén.
¡Pero cantar cuando insegura y muerta La voz incierta triste sonará!.... ¡Pero cantar cuando jamás se eleva Y el aire lleva Perdida la canción, triste es cantar! ¡Triste es cantar, cuando se escucha al lado De enamorado trovador la voz! ¡Triste es cantar, cuando impotentes vemos Que no podemos Nuestras voces unir a su canción ! Mas, tú debes cantar. Tú con tu acento Al sentimiento más nobleza das; Tus versos pueden fáciles y tiernos Hacer eternos Tu nombre y tu laúd…. Debes cantar! Canta, y arrulle tu canción sabrosa Mi silenciosa, humilde oscuridad! Canta, que es solo a los aplausos dado Con eco prolongado Tu voz interrumpir!.... Debes cantar! Pero no puedes, como yo he podido, En el olvido sepultarte tú; Que sin cesar y por doquier resuena, Y el aire llena La dulce vibración de tu laúd. No hay sombras para ti. Como el cocuyo El genio tuyo ostenta su fanal; Y huyendo de la luz, la luz llevando, Sigue alumbrando Las mismas sombras que buscando va.
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Poeta
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