No importa cuánto tiempo hace, importa la frescura intacta de tu sonrisa, tus ojos púberes, acariciando sin intención, como bálsamo, como rocío, como sol... la contagiante alegría de tu sola presencia, importa que hayas estado allí, cambiando, completando el paisaje en que crecimos.
No importan los detalles pueriles, vanos... pero cómo evitar recordar cuánto encendías, los espacios, los suspiros y el frío de la tarde; importa la primavera irrumpiendo incesante, abotargando los sentidos de aromas y colores, atrapando toda la atención y hasta el tiempo, como las pecas que ataviaban tu cara bonita.
Tampoco importa hacia dónde fue tu éxodo, importa que estás allí, como gaviota viajera, como canta Piero, amando y volando para nunca dejar de abrir el horizonte y la aurora, para darle más profundidad a tus cavilaciones, penetrar como lluvia, como perfume, música y extraviarte en el pleno disfrute de la solitud.
Creo que ni siquiera el aspecto importa... Esa hermosa e inquieta muchachita está aquí, en un exquisito rincón del corazón y la memoria en el vivaz estallido del alba reverdeciendo, para desde esos días únicos, volver a soltar el vuelo, con la certeza de hacer lo que quieres, amando, explorando con pasión los encajes del infinito...
Importa volver a llamarte juajuita y encontrar tanta vida, recuerdos y alegría al hacerlo...
Al correr las cortinas de mi ventanal, Solo entra el sol y tu recuerdo; El sol que da en los desvencijados Libros, la obra del tiempo y tu recuerdo, que da en mi corazón.
La tarde me sorprende dormitando, Con los lentes mal puestos Y el sombrero caído, en el balcón. Hojeando un álbum de tiempos aquellos, De cuando yo te amaba y tú me querías.
Todo se ha vuelto una cruel Y triste historia, Una que ni contar se puede, Porque mis nietos tienen otra abuela Y a los tuyos, nunca les hablarás de mí.
Sin embargo es mi promesa Que cuando a mí me toque partir Será el recuerdo de tu amor lejano, Lo único que de éste mundo lleve Para esperarte y amarnos para siempre.
Queda ausente la justicia, la verdad huérfana queda, y la dignidad se ausenta, cuando el odio se recrea, la razón se hace pequeña, y se enquista el corazón, despreciando la nobleza, la mezquindad por bandera.
Matices quiere la voz, y saber lo que se piensa, en un rictus y una mueca, se concreta la emoción. Amor que tan solo medra, a costa del corazón, una nefasta ilusión, que en realidad está hueca.
Tierra que al humano acoges, en tu vientre y en tus venas, en tus terrícolas brazos, generosamente bella. Tierra que a la vida entregas, los frutos de tu cosecha, y amamantas con tus ubres, a las especies que creas, amor que entregas sin tregua.
Racimos de sensaciones, que como cascadas tiemblan, reas son de las conciencias, en volubles corazones. No se compran los amores, ni se vende el corazón, no es la vida de latón, ni son de humo los rencores.
De carne los sueños son, de puro auténticos viven, como erráticos latidos, razones de lo vivido, o lo que se ha de vivir. La vida es un devenir, entre realidad y sueños, de viento, de carne y huesos.
Pasión que al verbo arrebata, con la fuerza de sus garras, garras de valor de vida, que a las verdades libera. Amor que al ser embellece, que ennoblece y esperanza, verdad que al amor alcanza.
Procurando serle fiel al buen destino, degustando copa del Martell más fino, fumando su Pall Mall, sutil tabaco, con figura quijotesca, la de un flaco.
De oro refulgente amor apasionado, como el mayor delincuente consagrado robándole a las musas inspiración plena, el Maestro Lara, entre quimera y dilema.
Sobre lápiz, papel, su diestra mano, dedos de la izquierda tocando el piano, al rítmico acorde de un “negro” de cola, en la vasta inmensidad de su alma sola.
Sacro personaje, disonancia ausente, la métrica, rima, cadencia presente, destilando arpegios en son de ensoñación, músico poeta compone . . . su canción.
Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda Dedicado al Señor Agustín Lara Jr. Ciudad de México, a 06 de noviembre del 2018 Reg. SEP Indautor No. (en trámite)
La luz cenital se cierne, sobre la pesada sombra, Ilusión que se desborda, en el río que se pierde. Carne y sangre, voz y aire, verso y rima, que se nombran. La tierna palabra asoma, del cuerpo que vive y crece.
Vio el poeta el infinito, en su infinito vacío, y sintió el latir sin ritmo, preso en el insondable frío. Buscó la luz en el fondo, del inmenso desafío, y amó el misterio profundo, la verdad de su castigo.
Hojas secas que en el viento, dibujan siluetas libres, en el aire van sin rumbo, al socaire de los tiempos, como una brizna de aliento. Bailando incesante el verso, busca el verbo, y en el aire, va gestando sortilegios.
Luz cenital que se cierne, sobre el aterido cuerpo, su cálida claridad, rompe en pedazos el hielo, que habita en la soledad. Claridad que mora y vive, en el amor y en el tiempo, en el corazón más tierno.
Pasión que desborda el verso, si emerge del corazón, un torrente de emoción, que sacude carne y sueños, como un elegante halcón, que otea en el firmamento, preso en su muda tensión.
Vio el poeta el infinito, y en un ínfimo resquicio, sembró una pizca de brillo, en el profundo vacío. Pintó de luz y de ritmo, sembró de esencia el camino, y decoró la tristeza, con la sonrisa de un niño.
La luz cenital se cierne, como una mágica lluvia, que humedece los sentidos, en los famélicos gritos, como truenos doloridos, de la tormenta que asola, los derechos adquiridos, lluvia intransigente y ácida.
Mágica fuerza que impele, caricia que la piel huele, una brillante sonrisa, en un corazón que hierve, la nobleza que transita, en la tierra y en el vientre, y un poeta que se yergue, sobre el ser que se arrodilla.
Luz cenital que se cierne, sobre el alma que transciende, sobre el amor que palpita, sobre el verso que ama y siente.
“Te he buscado tanto tiempo, el arte vela tu adviento.”
Virgen de Santa Cecilia, los músicos . . . tu familia, patrona de los poetas, de ciegos, pautas inquietas.
Reina de las ocho notas de las armonías devotas toca tu órgano bendito cantante te necesito.
De Roma viene tu esencia, hónranos con tu presencia Valeriano a ti te aguarda es tu ángel de la guarda.
Sufriste un cruel martirio, yo te quiero hasta el delirio, clave de sol tu sepulcro soy tu intérprete más pulcro.
Del cielo por ti se asoman querubines, te coronan, musicaliza mi vida la cadencia en ti se anida.
Día veintidós de noviembre la tonalidad se siembre, fiel solfeo sea virtuosismo eres la usa del ritmo.
Mi corazón es tu altar, enséñame a combinar el sonido con el tiempo prometo aprender atento.
Déjame una melodía que la canción se haga día, llevo música por dentro partitura, muy adentro.
Filarmónicos latidos estimula mis sentidos, de un compás brote el talento la sinfonía está en el viento.
Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda México, D. F. a 22 de noviembre del 2015 Dedicado a la máxima cantante, a la inmensa e intensa Polly (Paulina Peña), y al mejor bajo del mundo Marco Antonio del Muro Reg. SEP Indautor No. 03-2016-070109301200-14
Miró el viejo al horizonte, con los ojos del saber, sabia y cristalina luz, que a las sombras ilumina, sabe en su lucha constante, que bebe del contraluz, que entre grises se adivina, de la intensa negritud.
Salvó la trampa el prudente, saltó el muro el atrevido, y el loco perdió el sentido, en su inestable inconsciente. Venció el pequeño al gigante, el rico arrebató al pobre, y el malhechor se burló, en la penumbra escondido.
Sollozos entre las risas, agrietadas sensaciones, como esquirlas de emociones, que giran como molinos. Yerra el sabio entre las prisas, y el inocente se pierde, sendas de pasos perdidos, disolutos en el aire, como profetas que mienten.
La voz profunda se pierde, y el viejo al camino vuelve, para sembrar lo vivido. La vida en la flor se embebe, dando belleza al olvido, lo bello del amor bebe, dando a la vida sentido, como a cada cual su sitio.
Miró el viejo al horizonte, con la mirada de un niño, bordó las sombras de luz, de saber tejió el destino, y saboreó el camino, pendiente de recorrer. Volvió hacia atrás la mirada, un intenso tragaluz, de experiencias consumadas.
Forjó el amor su andadura, preso o libre entre las brumas, del verbo en su devenir, y es su voz prístina y pura, si es nítida su locura, si es auténtica su luz.
“Maestro Candor Guajardo, en mi memoria lo guardo.”
Escuela de salones, puertas, de ventanas, que se abren, cierran, al compás de las campanas, escuela de patios, bardas, techos, ladrillos, que se cimbran al son de preciosos chiquillos.
Recinto pulcro, fiel, del más básico saber, de lo que todo niño debe de conocer, semillero de leales grandes mexicanos buenos, honestos, cultivados, honorables, sanos.
Colegio enorme cimentado en regios Maestros harto preparados para la instrucción, diestros, regidos por su vocación en la docencia, que repudian cualquier atroz tipo de indecencia.
Segunda casa de alumnos bellos agraciados en las cosas del estudio asaz destacados; refugio de libros, cuadernos, blancos gises, en el que se siguen del internet directrices.
De escaleras que a ciencias, humanidades, ascienden, y al crecimiento, progreso, del país trascienden, como guían los trazos del arte renacimiento de sus Murales: “Habitantes del conocimiento”.
Y “Cosmos”, que engalanan paredes, corredores, de este templo sabio tan hermoso de mis amores, jardín de enormes árboles ahora legendarios, nidos de inocentes sueños tersos imaginarios.
Bendita sea mi escuela, mi “alma mater infantil”, donde pasé mis primeros dulces años febril, bendita sea mí madura, exitosa, primaria a este día con muchos laureles . . . cincuentenaria.
Bendita sea mi primorosa, sagrada, escuela primaria que me ha dejado cultural secuela, ya que ignorancia, oscurantismo, el mal desarma, por lo que la llevo más que tatuada en mi alma.
Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda. Ciudad de México, a 20 de noviembre del 2019 Dedicado a la Maestra Gabriela Guillén Chávez, Directora de la Escuela Primaria “Maestro Candor Guajardo” . . . Reg. SEP Indautor No. (en trámite)