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Psicodélica
En las últimas sombras del tiempo, dejó de ser mortal. Por el más allá, allá de los ojos grises, los días, los fa- roles hormigueaban... Largos, temblando, alegres, dónde la muerte, muere sola, viviendo y caducando de huesos líquidos perfumes, taladrando siglos y tumultos. Un luz verde, emergió bajo el espeso espejo.
Justo al pestañear, la cítara, la música, el susurro resba- lando por el viento, al olor del vibrar pesado. Esferas e- mocionadas, centelleantes, suspiros. Hoy, por fin había dejado de nacer, burbujeantes, las palabras no fueron necesarias. Y la mano, eterna, tibia, y sobre todo, cariñosa, alejó toda distancia. El tiempo caía por las esquinas, incómodo, perdía infi- nitos siglos, millares derretidos en un instante, un uni- verso, inverso, reverso, anverso, reproduciéndose a sí, mismo, cada segundo, primero al último al volver lo su- ficiente... Por ello la tarde quedó plena, la noche entera, los anhelos tiernos misterios en calma, cómo verduras frescas, esmeradas y esmeraldinas. ¡Extraño aislamiento!... Demasiado bien alargado, per- ceptible, saturado, entre novedades antiquísimas, bur- bujas ultravioletas se veía. ¡Absurdo!. - Pensaba - ¡Allá ella, acá ello, y como aquéllo, ésto otro!.
En tanto oruga, se vistió de abeja en las nubes, soñando, su gemela, y de tan distinta y diferente tejía cada una de
las sedas en los futuros días alfombrando alados campa- narios, vibrando, silenciosos entre pestañas hilando, hilo a lo otro cercano y lejano, cada porvenir sin pasar. Las hojas de madera opacaban densamente con un. ¡Perfume!. Si, cómo un perfume, árido y lejano arrullo.
¡Qué cándidos aparecían aquéllas, alas anaranjadas, almendradas, comparadas con las mortecinas flamas del horizonte!. Los encinos, en la mañana, no eran menos qué resplandores tiernos, qué tapizaban cautelosamente sus raices, como palmas, plantadas en oasis invisibles en los espejismos reverdeciendo. ¡Psicodélicamente, comprensible, es al final su origen desconocido sin serlo!.
Y el origen, tal vez, de ésta pequeña pero punzante preocu- pasión, que extrañamente ronda confusa, es la excesiva voluntad. que a veces hay también en los humanos. Pero... ¡Aquí!. Vestía de abeja solo. ¡Ah!--- Pero sin duda en la mariposa después de algunas semanas había crecido, lento, su palpitar, de verdadera oruga en el fondo. Risueña, su naturaleza cruzó a otra dimensión, sin espacio, sin tiempo. Y de mortal vestida. ¡Tejió su eternidad!.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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CORAZON DE FLOR
Lo conoció, no era el mismo ya, y mucho menos, ningún otro, el color de clorofila, entre los latidos. Pétalos de tiempo, olor, olvidos en espirales, ahí. Tan cerca del círculo, pálido y triangular de lejos. Leía entre las pupilas, lilas, las lunas, los meses, meciendo, a veces, suaves terciopelos puntiagudos. Y muchos soles, corrían bajo su suelo. Esa vez. Al colgar del techo las estrellas que soñaba. La noche, corriendo las cortinas lentamente, adornadas, entre una montaña doblada. Florecía, marchito del alto fondo. Palpitando. Pero no era el mismo, y lo sabía el reflejo al salir del agua, seco. Más, ahora, que estaba, ausente. Solo, como una vieja sombra, fantasma, tan dulcemente ácido filtraba el color castaño. ¡Quién lo dijera!. Tras el cristal...
Esa vez. Paladeaba la tristeza, su piel, empapelada, vegetal, plástica y vieja tinta de una memoria, que salta en la ventana de tiempos idos, de tiempos que regresan, unos cuantos. Recuerdos, de relojes olvidados en el tiempo amarillento, de las tardes, anudadas en aquéllos años. Tal vez, se soñaba jardinero, en el fondo solo clavel, admiraba, sintiendo palpitar, en las faldas nocturnas de las almohadas, una afilada sonrisa. No obstante, al margen, la depresión teñía, sus hojas y las ramas escribían, los recuerdos, del tallo, del polen, día tras día... Pero, ahora... ¡No era lo mismo!. ¡Claro que no!... En el cuarto, en una esquina arrugada, donde la vieja plancha, detuvo la marcha, del calor, evaporado, al cortar las humedades, las sequías del día. Su corazón. ¡De flor!. Redondo y superficial, el horizonte nada tenía. El jardín de instantes era solo, ese momento, un descanso bajo la puerta, un trabajo sobre la ventana y nada más. De nuevo, el espacio se cerraba, deteniendo al tiempo, al abrigo venidero de la calle. Y él, corazón de flor, cultivó jardines en los desiertos. Y tormentas en una gota. Esa vez, con el eco en cada pétalo, un latido un día, tal vez perdido, cuando el tiempo lo detuvo. Y lo dejó, cristalizado. Siendo lo que era, flor del desierto. ¡Petrificada al sol!.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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Y COMODUR MIENTE...
En la penumbra un pasadizo subterráneo, el túnel, había pasado, sobre las vías, el pasajero. Comodur, el diario, arrugado, bajo la nuca, el hueco, tirando pedazos de tiempo, desocupado, escondiéndose, también bajo las vías. Comodur. Un párpado abriendo y otro cerrando, en las pestañas, años de tren en tren. ¡Y pensaba, en pensar sin mentirse!.
De pronto, ese día, en la madera tratada, árboles en otros tiempos, verdes... Verdes de otros, tiempos, ramas de meses, raíces de noches, bosques nublados, aceites semanales, afeites diarios. Y de pronto. ¡De pronto!. Sin mentirse. La tarde saltó la barda bajo la mirada de aquel árbol, entre las piedras, cargado de rayos. Ante Comodur. Un salto alto, atigrado, por nubarrones como cerrojos, parpadeantes, después de llover, lagos, escuálidos, los relámpagos en la superficie, al fondo del callejón. Desierto. Cierto, cierto. ¡Tal vez demasiado desierto!. Lo dijo. ¡De verdad!. En un grano de arena. El reloj tenía el tiempo. -Un humilde y sencillo grano-. Así pensó Comodur. De cierto día, al caer, lento el sol, areneándose. ¡Saltando como tigre nubes arboladas!. Sin nada. Al fondo desierto de la noche, acercándose, relampagueando viejas callejas felinas, amarilleando.
Esa tarde arenosa, vio todo un desierto. ¡En un humilde grano!. Al reloj, al sol saltando lagos con sus rayos en la mirada, en él. Árbol de otro tiempo. Pero ahora... ¿Quién podría creerle?. Tal vez, sólo él, sin mentirse. Pues. ¡Quién estaba también durmiendo!. Y vaya que si lo hacía. pensaba, lo imaginaba, despierto. Porqué. Bueno, porque solo soñaba, desde varias horas atrás, porque, recostado, soñaba. Y él bien lo sabía. Y además. Y quién y porqué. ¡Eran sordos!. Ambos, mudos, y ahora dormidos. Y a él, Comodur, lo dejó el tren. Bajo la vía.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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Resolvi! Vou doar meus olhos. Afinal, depois de muito pensar, cheguei à conclusão de que seria o melhor para eles. O que eles vão fazer quando eu morrer? Se eu não os doar, eles irão comigo e apodrecerão também, não é mesmo? Não, não quero este triste fim para os órgãos que me fizeram ver maravilhas. Ainda mais os meus... Não estou querendo "puxar o saco", mas eles são ótimos. Enxergam bem à qualquer distância. Também pudera, eu os exercito bastante! Estão sempre em forma, apesar das pancadas e dos ciscos que os visitam de vez em quando.
É, vou doar os meus olhos... Será o melhor para eles. Não quero, quando morrer, que lá em cima (ou lá embaixo?), ao encontrar-me com alguém que foi cego, ficar arrependido quando ele começar a se queixar de que, por falta de humanidade, nunca conseguiu ver a terra, o mar, as plantas, as pessoas, os animais... Não sabe como é o azul do céu e do mar, que tanto ouviu falar; Não sabe como é a beleza das flores, das mulheres, das crianças... Que por falta de visão passou por esta vida, sentiu tudo, mas não viu nada; Não pode amar uma mulher (no caso, se eu estiver conversando com algum homem) pela atração física e sim por outros porquês que a falta de visão procura "compensar"... Mas, nunca é a mesma coisa.
Enfim, não quero ouvir o "lenga-lenga” de nenhum cego, e ficar com remorsos. Porque, se algum deles vier falar comigo, eu direi: Meu amigo, eu doei os meus olhos... Agora, não tenho culpa se eles não os deram a você, certo?
E também posso receber algum agradecimento de alguém que foi beneficiado com os meus olhos. E daí passaremos a conversar sobre o assunto: -- Como é, você gostou dos meus olhos? -- Gostei sim, rapaz. Eles eram ótimos! E olhe que eu fiquei dez anos com eles, e nunca precisei ir ao oftalmologista... E você, foi alguma vez? -- Eu fui uma vez só. É que eles estavam "minando", sabe como é, né? -- Eu sei... Eles ainda estavam com esse problema. Mas isto não era nada. Foi por você força-los muito... -- Ora, mas afinal, eu tinha que testa-los, não tinha? -- Tinha, mas foi demais. -- É, eu devo ter exagerado mesmo... Sim, e como foi você, o que fez com eles? -- Fiz a mesma coisa que você: Doei-os novamente. Não queria vê-los estragando debaixo da terra...
A.J. Cardiais 1981
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Poeta
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Habìa un creyente que siempre rezaba al Señor.
Un dìa ocurriò una tragedia donde perdieron la vida muchas personas.
Entonces el creyente rezò para que encuentren consuelo los familiares de las vìctimas y la alegrìa reemplazò al dolor.
Fue màs fàcil comprender el perdòn para quienes fueron los responsables de la tragedia. Todos lloraron emocionados por la uniòn que produce el amor.
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Poeta
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PALABRAS MAGICAS
Caty es una linda pequeña, hijita de una pareja humilde pero muy unida, y de nobles sentimientos, su madre trabaja como domestica y su padre como jardinero, pero ellos le han enseñado buenas manera y sobre todo las PALABRAS MAGICAS que son: GRACIAS y POR FAVOR, ellos desempeñan su labor en una enorme y preciosa residencia, los dueños de dicha finca, es un matrimonio formado por una pareja de empresarios, que procrearon a una hermosa niña, y por nombre le pusieron Candy, ella va a uno de los mejores colegios privados del lugar, y tiene a su disposición a una institutriz y a un chofer.
A diferencia de Caty, ella asiste a una escuela de gobierno, su madre la lleva hasta la puerta de la escuela, e igualmente la recoge; Candy cuando llega a su hermosa y enorme residencia, nunca la recibe su madre mucho menos el padre, pues siempre están ocupados haciéndose cargo de su empresa. Ella cuando llega del colegio, solita hace todo el ritual de rigor, se cambia de ropa se asea y se dirige hacia un amplio y lujoso comedor, y se sienta a la mesa para comer, una mesa adecuadamente puesta pero fría y solitaria.
Mientras que en la cocina, en una pequeña mesa se encuentra Caty en compañía de sus buenos padres, tomando sus sagrados alimentos. Posteriormente sale al jardín con su padre, que mientras él trabaja, ella se entretiene sencillamente jugando y Candy, solo la observa por el gran ventanal de su recamara.
Todos los días, cuando se llega la noche, los padres de Caty le dan la bendición y un beso, antes de irse a la cama; Candy se da cuenta de ello y por supuesto, no hay nadie que a ella, le de la bendición, y mucho menos un beso porque obviamente, sus padres llegan cuando ya se encuentra dormida. Pero una anoche de tantas, Candy se acerco a la mama de Caty y le pidió que también a ella, le diera la bendición y un beso; y claro que ella no se negó. Así, lo empezó a hacer habitualmente, enseñándole también las PALABRAS MAGICAS que la niña, no acostumbraba. Pero un día los padres de Candy, llegaron más temprano que de costumbre, y la encontraron despierta; por supuesto que a ella le dio mucho gusto, y por nada cambiaría ese momento, de pasar una tarde placentera con sus papas. Al llegar la noche ellos le indican, que ya era hora de irse a la cama, y ella les contesto. Sí, pero primero voy a ir con los papas de Caty, para que me den la bendición, y mi beso.
Lógicamente, fue tal el impacto que recibieron los padres de la pequeña Candy, que decidieron cambiar su estilo de vida y sus hábitos como: ir por ella al colegio, comer en familia, y llegar más temprano que de costumbre y así, poder ofrecerle la bendición y el anhelado beso, que Candy de favor le pedía a sus padres, para después darles las gracias.
Mónica Lourdes Avilés Sánchez. Derechos Reservados.
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Poeta
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Lentamente el avión enfilo su trompa hacia el horizonte, dentro estas vos, que de golpe rompes el nudo que te ata a mis entrañas. Te vas lejos dejandome solamente una palabra y un beso fugaz de despedida. Ya n0o esta mi mano en la tuya como cuando eras chico y te llevaba a la escuela, ahora la vida me tomo de sorpresa y a vos te lleva lejos, tan lejos que no se si podre alcanzarte. Esper hasta que el avión fue un punto perdido en el cielo limpio, sin nubes,despues comence a andar sin saber adonde ir, pero siempre nuestros pasos rutinarios nos llevan al puto de partida y volvi a casa. Y allí, sentada, comence a llenar la valija de los adioses, porque mi pequeño pájaro de espuma ha volado lejos, porque con el, se alejaron las cosas simples de todos los días, su vocecita quebrada por los rincones de la casa, el peine sobre su pelo rubio rebelde, los cordones sin atar de sus zapatos, sus ojos de asombro, ese perrito de juguete que quedo triste y olvidado como todas las cosas de la infancia. Mi pequeño pájaro de espuma ha volado lejos y debo cerrar la valija y acomodar los recuerdos, decir adiós a mi niño para recobrarlo hombre
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Poeta
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EMELY, UN FULL Y UNA MENTA
Patricia Merizalde
Yo era uno de los enamorados de la Emely. Uno más entre cinco amigos, quienes, ufanándonos de ser los favoritos entre sus amores, pacientes esperábamos ver llegar a Felipe para que él, experto como era en estos asuntos, nos contara – suave, brothers. Ayer, la man, me demostró que me adora.
¿Y…? reclamaba Fernando, queriendo saber más. Pero, el maldito fingía no darse cuenta de la ansiedad con que esperábamos los detalles de aquellas citas.
Por eso, cuando Felipe o cualquiera de la jorga empezaban con sus alardes de propiedad, el Willy no se aguantaba y, bien macho, nos recordaba que la Emely nos pertenecía a todos.
Justo ahora me quedé boquiabierto cuando le soltó al Felipe – oye flaco, ¿ya notaste que la Emely se las quiere dar de poeta? A todos nos sale con eso de corazón de melón, tus besos son de limón. Cuenta, pues, mientras le besabas, ¿a vos te salió con lo mismo? Cuenta brother, ¿estuvo con aquella mini con la que el Diego dice que se cree la Gloria Trevi?, o, ¿fue con la blusa con la que le he dicho que sus senos son idénticos a los de la Madonna?-
Felipe, defendiendo, según él sus derechos, no quiso explicarnos nada, porque –obscuro, como estaba, no pude fijarme- dijo.
Amenazando matarlo, el ñato Vinicio, exigía respuestas – No mientas, maricón ¿Cómo es que no vas a fijarte?
Yo, aunque un poco más prudente, en el fondo, igual me desesperaba. Sin que dependiera de mi, se me venía el recuerdo de la Emely con ese mechón con el que, cuando juega, se lo lleva a la boca; aquel que, cuando se acalora, cree que es abanico; y que, cuando nos dice –hola- lo arroja hacia su espalda, dejándonos percibir el aroma de agua de canela con la que parece se baña.
Cuando me acuerdo de ella, hay ratos en que creo conocerla de toda la vida; pero no, parece increíble que recientemente, en abril, surgió en el barrio el rumor que nos aceleró las hormonas -¡Qué bestia! Está buenota la man que ha llegado al kiosco de la esquina!
Cuando la vi por primera vez, me costó creer que era cierto lo que había oído hablar de ella. No sé por qué me imaginaba que las vándalas debían ser alocadas como son las peladas del Marcos. La Emely, hablando las plenas, más bien me dió la impresión de estar triste.
Claro ella es mayor para nosotros. Aunque, cuando el tarado de Vinicio le dijo que le calculaba veintidós años, ella, enojadísima, nos sorprendió a todos con su respuesta ¿Veinte y do? ¡Hombre!, ¿tú está loco? Entérate, reciencito el 6 de julio voy a completá lo quince.
La verdad, metimos la pata; fue un papelón lo que sucedió esa mañana, pero, cualquiera se hubiera equivocado, y, como encima de todo, sabíamos tan poco de aquel mujerón que de repente apareció frente al colegio con su venta de cigarrillos, dulces y colas.
Cuando nos hicimos amigos, por razones que dependieron exclusivamente de nuestra lógica, llegamos a la conclusión de que, por sus ojos verdes y su hablar "chistojísimo" comiéndose las eses, la Emely tenía que ser “manaba”.
No, no era bonita, o al menos al principio no lo era tanto. Nos constó que era chaparra, con marcas de viruela en las piernas, en los brazos, y no sé, ¿no? Pero, al menos sus manos, eran toscas en relación con su cuerpo que, pese a ser grueso, era ágil, elástico, trigueño. Eso sí, de entrada, la pinta de su cadera nos pareció lo máximo.
Entre todos, yo era el que más la observaba.
Será por eso que terminé haciéndome las ilusiones de que la Emely podría llegar a quererme, -quién quita- me dije. Con frecuencia había notado que era enamoradiza con casi todos los que la rondaban. Yo creo que no dependía de ella. Qué culpa tenía si el lunes le soltaba los perros el Mateo, y al día siguiente, ella decidía pararle zona al Félix, quien sí, para nuestra desgracia, aparte de ser un mulato grandote, nos llevaba la ventaja de haber cumplido 17 añotes.
Claro, yo también estuve de cabeza por la Emely – por mí, que se burlen; pero yo sí les dije a mis carnales que estaba loco por ella. – Qué linda que es la manaba, ¿no?- le repetía al Reinaldo, como para que él, de tanto oírme, creyera que ese tronco de hembra, me había hecho caso.
Una tarde, justo después de un aguacero con granizo y truenos, por razones que ignoro, un abusivo se atrevió a gritarle a la Emely groserías y media en plena calle. Yo, ¡Qué bruto!, sin acordarme ni de que el uniforme era nuevo, ni del lodo, ni de nada, machísimo, me lancé contra el desgraciado. Con uñas, con dientes y con un chorro de malas palabras saqué la cara por mi manaba. La bronca que armé no se la deseo a nadie. Si he de ser sincero, salí mal parado; hecho leña los pantalones, rotos los lentes, el orgullo revolcado por el suelo y la nariz, ¡qué les cuento!, revirada para siempre por la fuerza de un solo gancho de derecha que me dio aquel maldito de mierda.
Pese a lo sucedido, más pudieron mis ínfulas de héroe, y, decidido como estaba a que nadie volviera a insultarla, regresé hasta el kiosko donde todos jurábamos que ella nos vendía chicles y caramelos envueltos en prometedoras pasiones.
Ya junto a ella, frente a sus ojos limpiecitos, embobado ante la sonrisa de gratitud que me regaló por el puñetazo recibido por defenderla y, sobre todo, envidioso de aquel hilito de sudor que resbalaba entre su pecho, en vez de pedir lo de siempre – un full y una menta- le salgo de sopetón con que – Monita, quiero casarme contigo- Sin mostrar sorpresa, y, con una paciencia que solo he sentido cuando mi mamá me aconseja que no sea vago, me dijo –Gracia, mi vida, tú jiempre tan amoroso, tan lindo; pero, amorcito, yo no nací pa el matrimonio. Mira cariño – añadió en tono de broma – aquí hay mucha muje pa un jolo hombre. Y como si yo no lo hubiese notado, me mostró su cadera redonda, sostenida entre sus dedos de uñas largas y pintarrajeadas de fucsia. – Gracia, mi vida. Cuando busque un hombre en serio, tú será mi primer mario. Ahora, límpiate la sangre e la nariz ante e que entre a clase – oí que me decía, cuando me alejé creyendo que, hasta ahora, debía estarse riendo de mi arrebato.
La verdad es que fui una bestia. Ella, en cambio, se comportó como una santa. Nunca, lo juro, le contó a ninguno de los patanes que intentaron saberlo, mi loca propuesta y su consuelo de madre.
Así fue como, a costa de todo riesgo, me declaré en el más asiduo amante de la Emely. Asiduo, lo aclaro, mientras conseguía soñar con ella y permanecer despierto. ¿No hacíamos todos lo mismo? … Porque, después del chasco de aquella tarde, supe de inmediato lo charlón que había sido el Felipe. Lo charlones que habíamos sido todos cuando llegábamos con el cigarrillo que nos ayudaba a nuestros conatos de vernos como hombres, y, como quien no quiere contarlo, (tarea de farsantes), dejábamos que el más vivo se le adelantara al otro con su versión de –ni saben, anoche estuve con la Emely.
Ahora me doy cuenta. Conscientes de que era mentira, escuchábamos fascinados, y todos, sin excepción, la íbamos abrazando, tocábamos su piel, conseguíamos besarla, hallábamos los misterios que se escabullían entre sus ropas y, cuando el escogido de la noche remataba con una voz que parecía imposible que no fuera cierto –Ay, panitas, la man no llevaba nada puesto debajo de su falta – un orgasmo colectivo invadía aquel rincón de la cuadra donde nos reuníamos los más bravos del barrio.
Lo reconozco, ya, en junio, no hacíamos sino hablar de ella. Para entonces, (según nosotros), la Emely, se había transformado. De la suposición pasamos a asegurar que en una de esas citas a todo dar, no recuerdo si con Diego o con el Willy, en la confianza de las caricias, había confesado que era extranjera, y para ser exactos, dizqué, era suiza de norte América.
¡Ay! La Emely. Desde este Abril en que llegó chaparra, había crecido tanto, que, cuando la besaba el Fernando “poste” Clavijo, solo es que se le acercaba, ¡y tas! Justito es que le llegaba a la boca.
Tardes enteras nos llevó aclarar que sus ojos jamás habían sido verdes –son lilas tirando a grises – dictaminó Vinicio. Claro, en esta historia armada y equipada a nuestro antojo, su piel ahora era sin manchas, ya no se comía las eses, y, frente a nuestra adoración, tampoco dudábamos de que el pedigree de sus mechones amarillos, sin lugar a dudas, era el de una rubia de nacimiento. Ante nuestros ojos, ella ya no tenía las manos toscas, callosas, ni las uñas sucias, sus manos son una delicia – decíamos en coro, y en eso, coincidía hasta el Pancho, con lo ahuevado que es siempre.
Sencillamente, en aquella esquina donde antes nos encontrábamos para ir a jugar fútbol, la Emely, fue coronada como la mujer más bella que había podido ver cualquier hombre.
-Ni que Thalía- decía, al menos yo, cuando la miraba partir con la fuente de confites sobre su cabeza, seguramente hacia un palacio secreto entre las nubes, porque la verdad, hasta esa fecha, no sabíamos ni de dónde vino, ni dónde vivía.
¡Qué no hacíamos por ella! Si es para reírse; pero cuando nos despedíamos, los cinco queríamos correr a ampararnos entre las piernas de la Emely.
Claro, me duele reconocerlo, pero cada cual se iba a su casa y ahí, tras oír el sermón del día por pata de perros y vivir solo en las calles, procedíamos a encerrarnos en nuestros dormitorios, apagábamos la luz que comprometía nuestros deseos, y, muertos de frío, titiritando por los nervios, acudíamos a la cita obligada con aquel ensueño maravilloso que se llamaba Emely.
Ella, puntual, como una santa –ya lo he dicho- en plena obscuridad llegaba iluminada por sus cabellos oxigenados. Simultáneamente nos ofrecía un striptease, y, cansada como estaba de vender fulles y mentas, se desdoblaba en cinco partes, se recostaba con cada uno de nosotros y, jugando con su mechón entre los dientes, en el momento preciso nos decía, o al menos, a mí, sí me lo dijo – Julián, !eres todo un hombre¡
Debe ser por eso que, ante lo que ha sucedido, los cinco, ya no podemos imaginarnos qué haremos en esta navidad sin ella. Es que nadie, incluso la policía, sabe la dirección de un solo pariente a quien entregar el cuerpo encontrado inerte dentro del kiosco donde nos vendía la sensación de que éramos más machos que el mismo Félix.
Cuando supimos lo de su muerte, nadie creyó las habladurías de que la Emely, enferma con anemia, como dicen ahora que ha estado, simplemente murió de frío. Así que, por no llorar, cada cual fantaseó como pudo.
Para Felipe, la Emely debió ser acuchillada por la frustración de algún loco. Fernando y Vinicio, se aferraron a la ilusión, y, como ya para este diciembre ella había ascendido en su categoría de extranjera a princesa con abolengo y todo, lógico era para ellos, creer que fue envenenada al ser confundida con Lady Di o Carolina de Mónaco. Hubo quienes apostaron a que fue violada y muerta por coqueta; y no faltó quien aseguró – y yo no lo puse en duda- que, en realidad, ella fue un ángel en misión especial por la tierra.
Esto sí debió haber sido cierto.
Nos constó que el cuerpo de la Emely, abandonado en esa morgue de mierda, de la noche a la mañana, desapareció dejando esa sensación a desamparo que solía escaparse, lentito, entre su risa, cuando ella nos decía – chao.
-¡Qué tontera! ¿Y ahora? Qué hacemos sin la Emely?..
-Mejor, vámonos- nos dijo el Felipe.
-Sí, mejor vámonos – le contesté- No vaya a ser que aparezca el Félix y, como él sospechaba que la Emely vacilaba conmigo, vaya ahora a querer matarme.
- Tranquilo, hermano. Si te busca, le entramos en gajo al marica ese – me consoló el Willy.
-Chuta!, mejor que ni se meta conmigo – le respondí ya bien cabreado – Vos sabes que soy buen trompón para mis 13 años.
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Poeta
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Pero ¿cómo era posible que aquella mujer, a punto de vibrar, de emocionarse a ese extremo desconocido, fuera ella, la misma, la de apenas treinta minutos antes? La misma que, justamente la noche anterior, había dicho a sus amigas. – A mí, no hay hombre que me convenza. Me sobran motivos para creer que todos son un cóctel de egoísmo y hormonas. Me alegro de mantenerme libre y a salvo de ciertos venenos.
Pero, ¿qué es lo que estaba pasando?, porque en ese momento era ella, la misma, la que hacía treinta minutos, tomando su abrigo y su portafolio, habíase despedido de su secretaria con la seguridad de que –si alguien me busca, que me espere. Máximo en una hora regreso.
Y en sesenta minutos, Sofía Altamirano hubiese regresado a sus funciones, si en vez de dirigirse por las escaleras, no hubiera decidido utilizar el ascensor para llegar a escasos dos pisos donde se hallaba el Salón de Convenciones.
Cuando extendió su brazo y con su mano marcó el botón de la máquina llamando al tercer piso, nunca se imaginó que un detalle tan cotidiano iba a suspender los asuntos primordiales de su agenda para aquel día.
-Buenos tardes, señora – Saludó el ascensorista
Sofía ordenó – planta baja – y añadió – tengo diez minutos para llegar a una reunión importante.
Sin embargo, a solas con el ascensorista en aquel silencioso rectángulo, pensó que, diez minutos, eran suficiente para que, como siempre, cuando se encontraba con aquel hombre, ella pudiera “tomarle el pelo” a esa mirada arobadora con la que él, pese a su discreción, rendía el tributo que muchos otorgaban ante su presencia.
Por eso, sin disimular su deseo de provocarlo, le dijo – Sigo pensando que eres un peligro hasta para una mujer decente – Rubén, a los mejor se inquietó como otras veces más, para sorpresa de la altanera, giró en su posición de firmes y, encarándola, con un atrevimiento inusitado para el gusto de Sofía, respondió – ¿Es que teme, o ansía, que hoy sucumba ante la bomba explosiva de su cuerpo?
Pero, ¿qué es lo que estaba pasando? ¿Qué es lo que él se estaba figurando? ¿Acaso, no era ella la que cuando se le antojaba, lo arrinconaba con su silencio o con cualquier frase lo dejaba flotando al extremo del hilo que a ella le daba la gana? ¿No hubo veces, cuando decidió no cruzarle ni media palabra y, acto seguido, se le antojó perturbarlo? … ¿No hubo, otras, en que un – me enciendes un cigarrillo – bastaba para comprobar lo que su vanidad exigía, sentir el pulso indeciso de aquel hombre, sin atreverse ni a mirar la burlona sonrisa con la que ella se explayaba?
Y aunque a Sofía le atraía aquel hombre tallado en medidas perfectas, aquella especie de minotauro tan indefenso ante ella, y era verdad que le encantaba aquella sensación tan agradable de observarlo y darse cuenta de que él no atinaba qué hacer con su mirada, eso no significaba nada. Simplemente, era el colmo de los atrevimientos, ¿acaso ella no podía mirar a quien se le antojara? Porque, aunque le atraía el ascensorista, a ella igual, le gustaban varios hombres, de distintas maneras. Inconscientemente los clasificaba por sus formas de conversar, su dominio sobre algunos temas, sus talentos, sus ocurrencias; pero ninguno desgraciadamente, pensaba Sofía, despertaba en el interior de su piel curiosidad alguna. Para ella estaba claro que ante los hombres, era preferible no detenerse a contemplar sus pequeñas emociones.
Ese “vacío” – según opinaban sus amigas – a ella dejó de importarle hacía mucho tiempo. Ella se acomodó y acomodó al que quiso, al sistema de mirarme pero no me toques. Era preferible manipular los mimos resignados de sus admiradores a correr el riesgo de alguna aventura con cualquiera de ellos y, con él, menos que nadie. El trámite de su divorcio había concluido hacia dos años y ella juró que después de aquella experiencia, los hombres solamente tendrían la alternativa de percibir su presencia y conformarse ¿Por qué tendría ella que derrumbar esas fantasías de “Pitonisa del amor” con la que tantos soñaban? … ¿Qué hombre merecía enterarse de que en ella solo era apariencia aquel rumor de hoguera que la rodeaba?
Quizás por estos motivos, y, convencida como estaba de que en ningún fuego iba a quemarse, disfrutaba dejando a unos cuantos casi ciegos con su resplandor de mujer inalcanzable. Por eso, cuando él , por fracciones de segundos dejaba ir su mirada sobre el filo de sus rodillas, Sofía, pensaba – a que no te atreves – y , tras disfrutar del recelo de aquella mirada, concluía que – no era por nada, pero, cómo iba a atreverse. Simplemente, con qué derecho-
El haberlo conocido a su regreso de Europa, cuando su mejor amiga le envió a su chofer particular con una nota que decía: ¿Qué te parece este muñeco como regalo de bienvenida? Se llama Rubén Jaramillo y lo pongo a tus órdenes, cuando lo necesites.
No, eso no le daba a él privilegio alguno. Era cierto que aquel monumento de Dios griego era el colmo (para un hombre como él, para un subalterno, a lo mejor, quería decir ella) Y, aunque era cierto que en medio de los ejecutivos que la rondaban, se podía apreciar, de vez en cuando, ciertos ejemplares algunos de sus miradas, ella, más de una vez pensó que ninguno poseía..! pero, qué loca!, qué podía tener de extraordinario aquel hombre! No. A él, nada le daba derecho de cruzar el límite impuesto por las reglas de sus trampas.
Rubén, desde un principio supo quién era Sofía.
-Señor Jaramillo, vaya al aeropuerto. Hoy llega la economista Altamirano. Entréguele esta nota, dígale que usted va de mi parte y, por favor, trátela como a una reina. Ella es la nueva Gerenta de la Financiera- Le había ordenado quien fuera la última de sus jefas.
Sus ojos la midieron desde el momento en que apareció frente a él y, despreocupada, como quien no tenía la culpa de ese caminar agacelado, de ese ir y venir de sus melena al ritmo del ritmo de todo su cuerpo, le dijo – tenga cuidado con mi equipaje- Él sintió miedo, ella se metió de golpe en todas sus apetencias.
Esta ciudad no cambia. Todo sigue como antes- Comentó Sofía, y, cuando él creyó que ella iba a añadir que hacía un frío tremendo, Sofía presentó la primera carta de su descaro – me extraña que seas chofer, a menudo deben confundirte con algún militar de alto rango. Imagina, debes tener varias amantes. El resto del camino, para asombro de Rubén, Sofía no volvió a mirarla ni a pronunciar palabra.
La pretenciosa gerenta que pocos lograban tolerar, era la invitada obligada de cancilleres, políticos, artistas, en fin, siempre Sofía. –Vaya y deje en su casa a la señora Sofía- Vaya, traiga, lleve, dígale a la Señora Sofía, y él puntualmente acrecentando su miedo y sus deseos. Luchando para sacarla del fondo de la taza de café donde ella se bañaba. Deseando arrancarla de la luz roja de los semáforos, queriendo borrarla de los calendarios donde ella le contemplaba burlona y cada vez más lejana.
Rubén, reconoció el peligro, desde su inicio, con su silencio, aceptó el desafío que sin palabras le planteó Sofía. Él supo a qué se exponía y dejó que ella, a distancia, le dejara intuir ese goce interior de poder provocarlo a sabiendas de que él sospechase cierta mofa en ese acomodarse los botones de la blusa en ese revisarse las medias, en ese tocarse suave, casi inocente, con el que ella lo encendía para luego, como quien no es consciente de nada, decir – por favor, pare. Aquí me bajo.
Pero, ¿qué sucedía esa mañana para que él reaccionara de esa manera?, qué es lo que se estaba imaginando? ¿Es que Rubén creía que ella, ante su atrevimiento, iba a marearse?
A un minuto de iniciado el descenso a “Planta Baja”, Rubén se dio cuenta de que, al mirarla por primera vez frente a frente, el desafío de cierta ternura se encontraba dentro de la altivez de Sofía.
-Señora, estoy pensando en secuestrarla- Dijo, con lo que creyó Sofía, debía ser su mejor sentido del humor. Por eso, riéndose – No me imaginaba que fueras tan ingenioso.
-Y o no me imaginé llegar a verla, puedo decir, tan ¿indefensa?… La verdad señora, prosiguió – hay muchas cosas sobre usted que no logro imaginármelas; pero, el verla ahora, casi con nitidez, dentro de su burbuja, puedo decirle que está la suerte. Hoy me siento experto en desarmar ciertas poses.
Pero, ¿cómo podía estar sucediendo aquello? ¿Pero con qué autorización, Rubén, tomándola de la mano, la sacaba del ascensor y la conducía al fondo del edificio? ¿Cómo era que ella, dueña absoluta del control de sus actos y del control que sabía ejercía sobre ese hombre, no hiciera nada por detenerlo?
Y ahora ahí, pero ¿dónde estaba? Ahí donde él la había conducido para con naturalidad decirle – señora, bienvenida – y donde luego de ofrecerle una cerveza que Sofía extrañamente se la bebió toda, acercarse a ella, hacerla levantar ¿de la butaca? Sobre la cual ella habíase deslizado para, él, bailarín en lenta abertura, ir empujándola contra la pared, tomar entre sus manos sus hombros, y empezar a probar, como a bocados cortos un vino largamente esperado. – Dígame, ¿qué parte de su piel, aún es virgen? … ¿Por dónde debo empezar a explorarla? – preguntó Rubén, mientras al parecer, especialista en degustar placeres, empezó por aquel cuello que, inexplicablemente dócil, no ponía resistencia.
Es que no podía ser verdad que ella hubiera perdido su capacidad de hablar, de reírse, de burlarse, de dar órdenes, de dominarlo. Pero, era cierto. Aquella mujer a punto de vibrar, de emocionarse a ese extremo desconocido, era ella, la misma de hacía apenas media hora, o al menos era idéntica físicamente, a la que en esos instantes desconocía.
Algo parecido a querer cerrar los ojos y mirar para dentro de sí misma, le agarró de repente, pero, ella no estaba ahí para hacer lo que quisiese ¿Cómo?, sí, era él quien ordenaba – No va a cerrar los ojos. Va a mirarme y va a mirarse, entera para mí frente a mi cuerpo. Hoy va a nacer mujer de una vez por todas.
Era el colmo de la arrogancia, pero, cómo se atrevía a hablarle de esa manera tan prepotente!, ¿pero en qué momento ella había permitido que su falda y su blusa hubieran podido volar hasta esa esquina, desconocida?, pero ¿cómo era posible que esas manos – salvajes, seguras, tiernas? Le fueran arrebatando a sus piernas la intocable transparencia de sus medias de seda negra?
-Esto no es cierto – repetía alguien desde adentro de su cuerpo. Esto no es cierto, repetía una voz cada vez más débil; alguien en su cerebro le recriminaba, hacía un llamado a su razón, le exigía recordar “su lugar”, mientras Rubén, en tercera dimensión, brujo, santero, ceremoniaba contras y conjuros, elevaba rituales para ahuyentar los demonios que poseían a ese esfinge de hielo.
-No se niegue al amor. Deje que broten los misterios encelados de su cuerpo. Atrévase a llamar a un hombre suyo sin sentir miedo… ¿Sabe de lo que le estoy hablando?, y, estrechando la cadera de Sofía contra la suya, dejó que fuera ella la que se decidiera por empezar a besarle los labios.
¿Cuánto tiempo había pasado?.. Dónde estaba el mundo, los negocios importantes, las decisiones urgentes, los impostergables asuntos de su agenda?…
¡Cómo fue que ella pudo entrar en ese estadio de guerra, pasión, ternura. Ternura, ternura, pasión, guerra. Guerra, pasión y él, demandando – dígame, por dónde su piel aún es virgen- y él, pasión, y él, guerra, y él y su erotizada ternura sin dejar espacios, equilibrio, juicio, razonamiento alguno para recobrarse de aquel dominio absoluto sobre todas sus voluntades.
Pero, ¿qué momento podía compararse con aquel en que ese exorcista fue liberándola de macumbas, limpiándola de los males de ajo y de los mil dedos de espanto que, enmarañados, condenaban de norte a sur a su cuerpo?
Abrió los ojos cuando él le ordenó – míreme- justo cuando ella hubiera querido decir –acabo de empezar a amarte- pero no pudo- Prefirió no reconocerse, limitarse a escuchar – Ésta es la mujer descubierta por la ternura de mis dientes.
Arrodillado ante ella, con aquella devoción de fuego (única en toda la galaxia, pensó Sofía), Rubén, fue besando uno a uno los dedos de sus pies. Ahora perdóneme- añadió, abrazándose a sus piernas. Sofía, siempre sin hablar, le interrogó desde su silencio. Perdóneme, insistió Rubén, por tomar tanto de este templo- y , acariciándola con mordiscos a lo largo de sus muslos, se incorporó (Shaman del amor), justo en el momento en que Sofía atinó a pronunciar la palabra gracias.
Iban a ser las 20h00, cuando la economista Altamirano avisó en la avenida la pirámide del edificio donde ella vivía. Desde el asiento delantero, Rubén, le dijo –Hemos llegado- Se bajó del auto, y, al ayudarla a salir, sin saber por qué volvió a interrogarla – aún no me ha contestado, ¿Qué parte de su piel aún es virgen?
Sin responder, Sofía, saludó con una breve venia y él la vio partir convencido de que aunque, ella volvía impregnada del fulgor de sus estrellas, jamás volvería por la intensa ternura que descubrió en la tarde.
-Sí, un día de estos, el frío terminará por matarnos, comentó Sofía a alguien que le hizo conversación en el pasillo de los ascensores.
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Poeta
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Terminé de vestirlo con su mejor traje. Aquel terno azul con el que a mí me parecía el más guapo de los hombres.
Esa noche el efecto era diferente. Andrés no sonrió ni me dijo esas cosas que, cuando hace años me las decía, me perturbaban. Con un hormigueo entre las piernas quería correr a sus brazos.
A las parientes que me ayudaron a limpiarle las manchas de sangre que aún quedaba en la cabeza y el torso; luego, con paciencia a vestirlo y, a acomodarle las manos cruzadas sobre su pecho, les pedí con tranquilidad que salieran del dormitorio. Oí que, en voz baja, preocupadas, comentaban sobre mi alarmante falta de lágrimas. No le di importancia. Tenía apuro de regresar junto a él, para reconocerlo justamente acostado en el sitio que él siempre ocupó en nuestra cama, frente al televisor donde, de manera infaltable, miraba los noticiarios o cualquier programa que le permitiera no tomarme en cuenta a ninguna hora.
A solas, con dificultad le descrucé las manos. Como pude, las coloqué hacia sus lados. Andrés, le dije, mientras primero me recosté junto a él como que nada hubiera pasado. Andrés, repetí y, sin darme cuenta o, quizá por una vieja costumbre, me encaramé sobre su pecho. Siempre me gustaron tus piernas, le susurré, tus manos, ay, tus manos, Andrés; pero nada como tus besos. De entrada me abrías la boca, atrapabas mis labios, me acaparaba tu lengua y, claro, después, ya no era mi culpa; pese a todas las broncas, yo cedía, fiel a tu deseo y a mi papel de idiota.
Yo sobre él, me afirmé a todo su cuerpo, creyéndolo así, mío para siempre. Lentamente delineé su perfil con mis yemas, condoliéndome milímetro a milímetro por los moretones que atravesaban su rostro. Lo contemplé largo rato. Sonreí evocando nuestros íntimos juegos, iba a decirle algo cuando, sin desearlo, mis lágrimas descendieron por mis mejillas y, sin poder evitarlo, cayeron directamente sobre sus ojos, como para hacerme creer que era él quien lloraba y que, al hacerlo, no deseaba otra cosa, sino que lo perdonara.
Lo abracé, ¡cómo no perdonarlo! Lo cubrí con el calor de mis senos esperando no ser rechazada. Que, compadecido ante mis miedos, me tomara entre sus brazos, y al fin, me mintiera o, a su modo, me amara. Esperé en vano. Andrés ya no podía responder a mis caricias. La verdad es que desde hacía tiempo me ignoraba del todo.
No recuerdo en qué momento pasé a convertirme en directora general de lo que terminó en un sepelio en el cual todos coincidían en que, Andrés, era el muerto. Sin embargo, y siempre sin una lágrima, ordené sus flores; me fijé que fueran llegando uno a uno sus amigos, mientras yo, temerosa de que se le fueran a abrir las suturas, suplicaba ¡con cuidado, con cuidado!, cuando oportunos familiares lo colocaron dentro de un cofre color gris brillante. Luego, acepté la sugerencia de velarlo en el jardín de la casa. La sala siempre fue pequeña y el calor de la temporada resultaba inaguantable. Así fue como, entre rezos y lamentos, no recuerdo de quién, lo acompañamos toda la noche. Yo siempre tranquila. Muchos creyeron que hasta indiferente; pero no, yo me daba cuenta de todo. Por eso, ante la circunstancia de una nueva capilla ardiente, levantada donde Andrés había sido hasta el día de ayer el jefe, sin poder hacer nada por evitarlo, observé cómo se llevaban el féretro donde, entre la comitiva, lo esperaba, hecha una ofrenda viviente, Valeria, su última amante, tal vez su favorita.
Aprovechando mis derechos de legítima viuda, acudí allá para poder contemplarlos a los dos, a mis anchas; tan juntitos, y al fin, separados para siempre.
¿Te das cuenta Andrés? … Ahora que estás muerto, tiene fuerza mi insignificante presencia. Yo, la loca, la inútil, como ella solía llamarme; tu estorbo tras tantos años de matrimonio, y ya ves, sin mayor esfuerzo, la verdad sin decir “ni pío”, mantuve a la raya a la gran puta que fue tu obsesión durante tantos años.
Desde el infierno, donde con toda seguridad te encontrabas, ¿podías leer mi pensamiento?
¿Adivinaste mi frialdad cuando me acerqué a mirarte tras el vidrio de tu marco mortuorio?, ¿te diste cuenta de que pensé en reclamarte?, recordarte lo canalla, lo vil que fuiste conmigo, ¿sentiste que creí conveniente abrirte las heridas, comprobar que no tenías corazón por ninguna parte? Palabrotas impronunciables se me ahogaron en la boca. Merecías que en medio de un alboroto, me lanzara contra ti, te rasguñara, pataleara, que ante tu prudente silencio, te armara un último relajo; pero, ¡qué te parece!, más pudo en mí la pena, al ver cómo, minuto a minuto, lo que quedaba de tu conciencia te fue desfigurando el rostro.
Después, a mis espaldas, cerca de mí, lejos y, hasta de frente, avispas dentro de muchas lenguas, aletearon venenosas ¿te fijaste? La viuda no llora. No se desmaya. No grita que su muerto vuelva a la vida, que no se vaya. Qué raro. Cierto ha sido. Con razón el licenciado siempre la traicionaba. La mujer siempre tiene la culpa. Motivos de sobra tenía para ser borracho. Dicen, yo no lo creo; pero, los dos es que se cuerneaban. Uhh, eso yo lo supe hace fuu. Ese bochinche se regó por todo el barrio; pero, como es feo meterse en la vida de los demás, yo no decía “ni esta boca mía”, ya saben, por mí, allá entre ellos. Claro, claro. Meterse en la vida de la gente es horrible. Eso ni Dios lo permita. Es de gentuza andar con dimes y diretes; pero, no es que yo me meta, peor que me importe; pero, que llore, que disimule; que guarde las apariencias como cualquier esposa decente. Sí, sí, alguien debería aconsejarle que disimule, aunque a las claras se ve que esta es una de esas viudas que se quitan el duelo en el mismo entierro. Sí, sí; pero, que disimule. No ve la otra, con los ojitos hinchados está allá atrás, escondida ¡la podre! Qué horror, doña Ana, ni llora, ni deja que nadie llore al finado. Ahí está, bien sentada, montando guardia. La propia altanera parece frente al marido muerto.
¿Te das cuenta, Andrés? Aún muerto, ¿me seguirás causando daño?
En medio de este desastre me hallé dándole gracias a Dios, porque al llevarte, Él, me hizo comprender que, al fin y al cabo, había escuchado mis ruegos.
Dios lo sabía.
Este funeral lo presentí desde hace tantos años.
Para ser precisa, este momento empezó desde la primera mujer de mierda que se cruzó en mi camino. Y fueron muchas, si no me equivoco, amantes fijas como ocho; simples deslices o entretenimientos nomás, que era como Andrés llamaba a sus concubinas, la verdad, fue difícil llevar la cuenta.
Nunca lo tuve para mí sola. Hasta las náuseas de mi primer embarazo las compartí también con las de alguna de sus fulanas. En los últimos años ya no me quedaban ni sus sobras o, a lo mejor, eran sobras sus insultos, sus frases hirientes, su directo desamor cual golpe bajo.
No sé, Andrés, pero te consta que justo la noche vísperas de todo, dominada por mis celos salí a buscarte. Desesperada, no me importó que ya fueran las dos de la madrugada. Conduje mi auto sin evadir los baches, la obscuridad, la terrible distancia. A través de las lágrimas distinguí tu carro convenientemente escondido entre las sombras. Me acerqué. Como siempre, estabas en arrumacos con tu prostituta de turno. Te grité, ¡maldito!, mal nacido, cobarde, te odio.
Lloré. Te supliqué que regresaras conmigo. Sin orgullo te confesé, Andrés, te necesito. Asustada, la mujerzuela te sugirió que sí, hazle caso, te dijo, no ves que estas amargadas son capaces de cualquier cosa. Ándate con ella, está como loca.
¡Maldita sea, que te largues, he dicho!, fue tu definitiva respuesta a mis histéricos gritos.
Regresé sola. Ansiando que se me atravesara el mundo. Queriendo morir, regresar a buscarte. Necesitando orar para que salieran de mi corazón esos demonios que me hacían amarte.
Tanto dolor para que a la mañana siguiente, tú y yo como que nada. Hechos los desentendidos sobre lo que ocurrió hacía pocas horas.
En silencio planché tu camisa blanca, sugerí que te iba bien la corbata gris con rojo. Esperé que de un rato a otro, tú, arrepentido por tu maldad en la noche pasada, me invitaras a la sesión donde, entre bombos y platillos, te condecorarían por ser un buen hombre, “el ejemplo a seguir por las futuras generaciones”. Nada me dijiste. Yo fingí no darme cuenta de que partiste feliz como pocas veces.
Por eso, cuando en medio de una tromba de gentes llegaron hasta mi casa un centenar de vecinos, parientes y entre tanta vieja chismosa, alguien atinó a repetir las mentiras de que “así es la vida”, que doña Anita “tenga valor”, que “hay que ser fuertes” y que, en resumidas cuentas, en un violento accidente, tú habías muerto a eso de las ocho después de una gran parranda; simplemente, me quedé impávida.
Así continúo hasta ahora. Sin poder hacer que brote una sola lágrima. Sin poder entender por qué no pude llorarte muerto. Después de tanto tiempo, no he hallado respuesta ni al recordar el pesar que produjo en la sociedad tu muerte. Es que no logré contagiarme ni de los llantos ajenos.
¿No sería que la noche de tu accidente, se me vino de golpe el recuerdo de esas veces cuando tú decidías irte de mi lado, y yo, a fuerza de una vez tras otra, aprendí que era inútil que me desesperara, que llorara pidiéndote que no te fueras? ¿No sería que al verte muerto, de entrada comprendí que era en vano recurrir al apoyo que otros encuentran en las lágrimas?
Recién lo comprendo ahora, y ya han pasado seis meses desde tu entierro. ¡Cuándo no, la torpe de siempre!, estarás pensando; pero ya ves, nunca será tarde para desenmascararnos. Acabo de hallar la última carta que no tuviste tiempo de entregarle a Valeria. La verdad, también encontré tu poemario, inspirado en diferentes mujeres aunque con las mismas mentiras que a mí me dijiste un día. Más que absurdo, casi junto a tus poemas encontré los pedazos, amorosamente ordenados, de aquella fotografía que un día estuviste a punto de descubrir en mis manos y donde estoy –o estuve- apoyando mi cabeza en un hombre que no era el tuyo.
Andrés; pero, cómo es que tú no comprendiste a tiempo que, llegado el momento de rendirle cuentas a la lección de fuego y hielo que recibí en tus brazos, si no se hubiese atravesado el tráiler que te destrozó de contado, convéncete, yo mista te hubiera asesinado. No sé ni cómo, ni cuándo, (aunque supongo, no debes haber olvidado que yo sé mucho de mecánica). Mas, ¿te das cuenta? Ventajosamente tu muerte se adelantó al día en que, sumando tu vileza, al reptar de tu sombra enlodando las nítidas paredes de mis sueños, nada me hubiese costado no dejar rastro de la crueldad de tu sonrisa, la inutilidad de tus poemas, ni de la ironía con que solías mirarme.
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Poeta
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