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Terminé de vestirlo con su mejor traje. Aquel terno azul con el que a mí me parecía el más guapo de los hombres.
Esa noche el efecto era diferente. Andrés no sonrió ni me dijo esas cosas que, cuando hace años me las decía, me perturbaban. Con un hormigueo entre las piernas quería correr a sus brazos.
A las parientes que me ayudaron a limpiarle las manchas de sangre que aún quedaba en la cabeza y el torso; luego, con paciencia a vestirlo y, a acomodarle las manos cruzadas sobre su pecho, les pedí con tranquilidad que salieran del dormitorio. Oí que, en voz baja, preocupadas, comentaban sobre mi alarmante falta de lágrimas. No le di importancia. Tenía apuro de regresar junto a él, para reconocerlo justamente acostado en el sitio que él siempre ocupó en nuestra cama, frente al televisor donde, de manera infaltable, miraba los noticiarios o cualquier programa que le permitiera no tomarme en cuenta a ninguna hora.
A solas, con dificultad le descrucé las manos. Como pude, las coloqué hacia sus lados. Andrés, le dije, mientras primero me recosté junto a él como que nada hubiera pasado. Andrés, repetí y, sin darme cuenta o, quizá por una vieja costumbre, me encaramé sobre su pecho. Siempre me gustaron tus piernas, le susurré, tus manos, ay, tus manos, Andrés; pero nada como tus besos. De entrada me abrías la boca, atrapabas mis labios, me acaparaba tu lengua y, claro, después, ya no era mi culpa; pese a todas las broncas, yo cedía, fiel a tu deseo y a mi papel de idiota.
Yo sobre él, me afirmé a todo su cuerpo, creyéndolo así, mío para siempre. Lentamente delineé su perfil con mis yemas, condoliéndome milímetro a milímetro por los moretones que atravesaban su rostro. Lo contemplé largo rato. Sonreí evocando nuestros íntimos juegos, iba a decirle algo cuando, sin desearlo, mis lágrimas descendieron por mis mejillas y, sin poder evitarlo, cayeron directamente sobre sus ojos, como para hacerme creer que era él quien lloraba y que, al hacerlo, no deseaba otra cosa, sino que lo perdonara.
Lo abracé, ¡cómo no perdonarlo! Lo cubrí con el calor de mis senos esperando no ser rechazada. Que, compadecido ante mis miedos, me tomara entre sus brazos, y al fin, me mintiera o, a su modo, me amara. Esperé en vano. Andrés ya no podía responder a mis caricias. La verdad es que desde hacía tiempo me ignoraba del todo.
No recuerdo en qué momento pasé a convertirme en directora general de lo que terminó en un sepelio en el cual todos coincidían en que, Andrés, era el muerto. Sin embargo, y siempre sin una lágrima, ordené sus flores; me fijé que fueran llegando uno a uno sus amigos, mientras yo, temerosa de que se le fueran a abrir las suturas, suplicaba ¡con cuidado, con cuidado!, cuando oportunos familiares lo colocaron dentro de un cofre color gris brillante. Luego, acepté la sugerencia de velarlo en el jardín de la casa. La sala siempre fue pequeña y el calor de la temporada resultaba inaguantable. Así fue como, entre rezos y lamentos, no recuerdo de quién, lo acompañamos toda la noche. Yo siempre tranquila. Muchos creyeron que hasta indiferente; pero no, yo me daba cuenta de todo. Por eso, ante la circunstancia de una nueva capilla ardiente, levantada donde Andrés había sido hasta el día de ayer el jefe, sin poder hacer nada por evitarlo, observé cómo se llevaban el féretro donde, entre la comitiva, lo esperaba, hecha una ofrenda viviente, Valeria, su última amante, tal vez su favorita.
Aprovechando mis derechos de legítima viuda, acudí allá para poder contemplarlos a los dos, a mis anchas; tan juntitos, y al fin, separados para siempre.
¿Te das cuenta Andrés? … Ahora que estás muerto, tiene fuerza mi insignificante presencia. Yo, la loca, la inútil, como ella solía llamarme; tu estorbo tras tantos años de matrimonio, y ya ves, sin mayor esfuerzo, la verdad sin decir “ni pío”, mantuve a la raya a la gran puta que fue tu obsesión durante tantos años.
Desde el infierno, donde con toda seguridad te encontrabas, ¿podías leer mi pensamiento?
¿Adivinaste mi frialdad cuando me acerqué a mirarte tras el vidrio de tu marco mortuorio?, ¿te diste cuenta de que pensé en reclamarte?, recordarte lo canalla, lo vil que fuiste conmigo, ¿sentiste que creí conveniente abrirte las heridas, comprobar que no tenías corazón por ninguna parte? Palabrotas impronunciables se me ahogaron en la boca. Merecías que en medio de un alboroto, me lanzara contra ti, te rasguñara, pataleara, que ante tu prudente silencio, te armara un último relajo; pero, ¡qué te parece!, más pudo en mí la pena, al ver cómo, minuto a minuto, lo que quedaba de tu conciencia te fue desfigurando el rostro.
Después, a mis espaldas, cerca de mí, lejos y, hasta de frente, avispas dentro de muchas lenguas, aletearon venenosas ¿te fijaste? La viuda no llora. No se desmaya. No grita que su muerto vuelva a la vida, que no se vaya. Qué raro. Cierto ha sido. Con razón el licenciado siempre la traicionaba. La mujer siempre tiene la culpa. Motivos de sobra tenía para ser borracho. Dicen, yo no lo creo; pero, los dos es que se cuerneaban. Uhh, eso yo lo supe hace fuu. Ese bochinche se regó por todo el barrio; pero, como es feo meterse en la vida de los demás, yo no decía “ni esta boca mía”, ya saben, por mí, allá entre ellos. Claro, claro. Meterse en la vida de la gente es horrible. Eso ni Dios lo permita. Es de gentuza andar con dimes y diretes; pero, no es que yo me meta, peor que me importe; pero, que llore, que disimule; que guarde las apariencias como cualquier esposa decente. Sí, sí, alguien debería aconsejarle que disimule, aunque a las claras se ve que esta es una de esas viudas que se quitan el duelo en el mismo entierro. Sí, sí; pero, que disimule. No ve la otra, con los ojitos hinchados está allá atrás, escondida ¡la podre! Qué horror, doña Ana, ni llora, ni deja que nadie llore al finado. Ahí está, bien sentada, montando guardia. La propia altanera parece frente al marido muerto.
¿Te das cuenta, Andrés? Aún muerto, ¿me seguirás causando daño?
En medio de este desastre me hallé dándole gracias a Dios, porque al llevarte, Él, me hizo comprender que, al fin y al cabo, había escuchado mis ruegos.
Dios lo sabía.
Este funeral lo presentí desde hace tantos años.
Para ser precisa, este momento empezó desde la primera mujer de mierda que se cruzó en mi camino. Y fueron muchas, si no me equivoco, amantes fijas como ocho; simples deslices o entretenimientos nomás, que era como Andrés llamaba a sus concubinas, la verdad, fue difícil llevar la cuenta.
Nunca lo tuve para mí sola. Hasta las náuseas de mi primer embarazo las compartí también con las de alguna de sus fulanas. En los últimos años ya no me quedaban ni sus sobras o, a lo mejor, eran sobras sus insultos, sus frases hirientes, su directo desamor cual golpe bajo.
No sé, Andrés, pero te consta que justo la noche vísperas de todo, dominada por mis celos salí a buscarte. Desesperada, no me importó que ya fueran las dos de la madrugada. Conduje mi auto sin evadir los baches, la obscuridad, la terrible distancia. A través de las lágrimas distinguí tu carro convenientemente escondido entre las sombras. Me acerqué. Como siempre, estabas en arrumacos con tu prostituta de turno. Te grité, ¡maldito!, mal nacido, cobarde, te odio.
Lloré. Te supliqué que regresaras conmigo. Sin orgullo te confesé, Andrés, te necesito. Asustada, la mujerzuela te sugirió que sí, hazle caso, te dijo, no ves que estas amargadas son capaces de cualquier cosa. Ándate con ella, está como loca.
¡Maldita sea, que te largues, he dicho!, fue tu definitiva respuesta a mis histéricos gritos.
Regresé sola. Ansiando que se me atravesara el mundo. Queriendo morir, regresar a buscarte. Necesitando orar para que salieran de mi corazón esos demonios que me hacían amarte.
Tanto dolor para que a la mañana siguiente, tú y yo como que nada. Hechos los desentendidos sobre lo que ocurrió hacía pocas horas.
En silencio planché tu camisa blanca, sugerí que te iba bien la corbata gris con rojo. Esperé que de un rato a otro, tú, arrepentido por tu maldad en la noche pasada, me invitaras a la sesión donde, entre bombos y platillos, te condecorarían por ser un buen hombre, “el ejemplo a seguir por las futuras generaciones”. Nada me dijiste. Yo fingí no darme cuenta de que partiste feliz como pocas veces.
Por eso, cuando en medio de una tromba de gentes llegaron hasta mi casa un centenar de vecinos, parientes y entre tanta vieja chismosa, alguien atinó a repetir las mentiras de que “así es la vida”, que doña Anita “tenga valor”, que “hay que ser fuertes” y que, en resumidas cuentas, en un violento accidente, tú habías muerto a eso de las ocho después de una gran parranda; simplemente, me quedé impávida.
Así continúo hasta ahora. Sin poder hacer que brote una sola lágrima. Sin poder entender por qué no pude llorarte muerto. Después de tanto tiempo, no he hallado respuesta ni al recordar el pesar que produjo en la sociedad tu muerte. Es que no logré contagiarme ni de los llantos ajenos.
¿No sería que la noche de tu accidente, se me vino de golpe el recuerdo de esas veces cuando tú decidías irte de mi lado, y yo, a fuerza de una vez tras otra, aprendí que era inútil que me desesperara, que llorara pidiéndote que no te fueras? ¿No sería que al verte muerto, de entrada comprendí que era en vano recurrir al apoyo que otros encuentran en las lágrimas?
Recién lo comprendo ahora, y ya han pasado seis meses desde tu entierro. ¡Cuándo no, la torpe de siempre!, estarás pensando; pero ya ves, nunca será tarde para desenmascararnos. Acabo de hallar la última carta que no tuviste tiempo de entregarle a Valeria. La verdad, también encontré tu poemario, inspirado en diferentes mujeres aunque con las mismas mentiras que a mí me dijiste un día. Más que absurdo, casi junto a tus poemas encontré los pedazos, amorosamente ordenados, de aquella fotografía que un día estuviste a punto de descubrir en mis manos y donde estoy –o estuve- apoyando mi cabeza en un hombre que no era el tuyo.
Andrés; pero, cómo es que tú no comprendiste a tiempo que, llegado el momento de rendirle cuentas a la lección de fuego y hielo que recibí en tus brazos, si no se hubiese atravesado el tráiler que te destrozó de contado, convéncete, yo mista te hubiera asesinado. No sé ni cómo, ni cuándo, (aunque supongo, no debes haber olvidado que yo sé mucho de mecánica). Mas, ¿te das cuenta? Ventajosamente tu muerte se adelantó al día en que, sumando tu vileza, al reptar de tu sombra enlodando las nítidas paredes de mis sueños, nada me hubiese costado no dejar rastro de la crueldad de tu sonrisa, la inutilidad de tus poemas, ni de la ironía con que solías mirarme.
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Poeta
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ENCAJES ROJOS
Algarabía la de tus manos desprendiendo - lobas - serpentinas caricias sobre ligas y encajes rojos
Algarabía la de tus negros ojos sobre el almibar de mi deseo
Algarabía la tus labios sobrevivientes al filo paradisíaco de mis fuentes
Algarabía la de tus brazos redes de araña donde se rinde el inútil intento por salvar mi alma
Algarabía la de tu cuerpo - conjuro de minotauro - dulce tentacion con que me seduces...
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Poeta
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Espera un instante No te marches todavía Te vas ahora y tras de ti Te llevas llorando mi vida Aun no ha llegado la hora Quédate un instante mas Deja que el tiempo decida Si esto ha de quedar atrás Si esta historia de amor fugaz Debe quedar en el olvido Quedando solo los recuerdos De un amor que es prohibido No te marches por favor No quiero vivir del pasado Me duele ver que no te has ido Y parece que me has olvidado Como vivir sin tus besos? Como aguantar el dolor? Como borrar los recuerdos De nuestro prohibido amor? Como escribir poesías Sin mi musa de inspiración? Como explicarle que te marchas A mi triste corazón? Como le digo a mis labios Que tus besos no volverán? Como decirle a mis oídos Que ya no te escucharan? Como continuar la vida Si tu no estas a mi lado Como vivir el presente Si no puedo olvidar el pasado.
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Poeta
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tu amor y mi amor estan aqui perdura y persevera es para nos la bebida encantada de un beso que ahoga de deseo ven y dame tu amor ven y dame tu sentido de lo exacto en sentir tenerte cuando te beso me llevas al quinto cielo paraiso proletario foco de amarnos tanto
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Poeta
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VIBRAR ACORDES
Verdad Era Mente. ¡Verdadero!. -Wircklich, vero, verdadeiro, véritable, actual- De Acuerdo -Agree, einverstanden sein, essere d´accordo-
Mas antes que el acorde vibre lo dicen desde hace miles de años, de la vida la lluvia enriquece ríos, sin riquezas ni oropeles, naturalmente como el viento se levanta, y el sol duerme, ahora amado, por el ayer con la mañana envuelto, entre montañas vistiendo su armadura con arrojo y ardor, cuando sonoro acaricia la tarde, aurora, tierna en la tristeza y la vida cuando abruma, cuando al suelo cubre un verdor interminable y la muerte solo piensa labrar el viento de coraza helada y dorar los labios vivos, solo reposa en el concierto del pájaro primero y contempla amablemente cada siempre, cada nunca, cada tal vez, cada cual, como es eternamente, contigo, conmigo, con el otro, de todos igualmente, aún antes del tú y del yo, sumergidos en todos los infinitos y en el más antes que el acorde vibre.
Como Un susurro Invisible Fragante Tejedor De múltiples arañas De nieve tempestuosa En La sencillez más exquisita La primavera enamorada Junto Al fuego libremente Saliendo del Caos Difícil de arrugarse En la imagen transparente En la profunda cumbre En la corriente.
¡Del más antes que el acorde vibre!. En... Todos los tipos de cristales. Isométricos deleites francos. Tetragonales sentires inalterables. Ortorómbicos certeros vibrando. Hexagonales vigorosamente humildes. Monoclínicos legítimos y claros. Triclínicos pacíficos, púdicos y castos.
Vibrando Acordes Con el universo que vive infinito en el corazón humano.
¡Más antes que todos los antes juntos!.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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Después del destino...
Mucho antes de mendigar esperanzas Antes qué ninguno ¡Nos marchamos por el no se vuelve! Sin reproches macilentos, escollo ni armella. Sin partir la llama, ni la lluvia, ni llamar. Mucho más orilla qué valla.
En el después Sin esconder el pecho, lecho, estrecho, Solo ¡Llevándonos la muerte completamente! Con todo el aliento por delante Nada de fragmentos Nada del jamás ¡Con el destino añejo de cualquier historia! En el después...
¡Resueltamente! Con el último silencio primero Con el dentro y el fuera Con el círculo y el triángulo...
¡Por dónde ardió el destino desterrado! Y dónde triste nace ignorado ¡Toda la nada en su afán de ser algo! Y dónde aguarda el secreto Del hogar del abismo del tumulto del tiempo... Después del destino Ungüentos, perlas, raíz de abeja hoja, Miel en rebanadas, sal sonora, culto exento, Ejemplo de ajuste al horizonte Ejemplo de propiedad íntima y solitaria Sin el menor intento de ser didáctico ¿Dónde, adonde, parten los dóndes?
Donde Puede un sin embargo...¡Quedarse! Donde Puede decirse un antes...¡Nunca!
Después... Después... ¡Cómo aquélla vez! Por El destino ¡Cómo aquélla, uva, hubo, humo, luego!
¡Qué es y qué fue!
Tiempo, sin más ni más Reloj del propósito de fuera Y que... Fue añejo y vino nuevo Y qué... Volvió a ir de siglo en siglo Revestido... ¡De triunfantes despojos libre! Investido... ¡Del estruendo sin sentido!
Después de perder todo De lo qué de nada somos dueños ¡Solo queda todo el destino! ¡Solo, destino, solo! ¿Y el después?___Seguirá siendo después.
Y Sí hay alguien que lo dude ¿Quién es ese alguien? Y ¿Quién, a quién duda, y cuándo?
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez.
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Poeta
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En el invierno...
Sin disimulo Vuela el frío Como una roca Dentro del corazón del hielo Dentro Del invierno de caídos otoños De bruscos esplendores...
Es Tación, inevitablemente. Entre aquél Solsticio, de rigor benigno, simpático y exacto Entre éste Equinoccio apacible y generoso, del siempre después...
En el invierno Sin disimulo mas frío aunque la luz pase por finas hendiduras y las cobijas no abran sus calores, y sueñes después cómo exaltarás la primavera.
En el invierno La primavera nace Primero verdadera En los caminos interiores, En la mirada más dulce, En la noche larga y húmeda, ¡Qué no huye al espejo! Aun al triplicar el frío Aun en lo total del fuego Aun al comenzar su final...
En el invierno abrisan los secretos solitarios corredores, ¡Túneles! De lumbre de recónditas orillas del humo humano, entre laderas y desfiladeros...
Son Los ¡Inviernos y primaveras! Hermanos qué acordes vibran Aun cuando el cielo Envíe calamidades Aun cuando la tierra Cierre los caminos, En El invierno, el frío, no apaga el sol En El corazón del alma que alimenta el sol De la esperanza, más allá de cualquier clima ... Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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Pinta plantas dalia
Con El corazón Pin Tar... ¡Dipingere, peindre, malen, paint! Con El corazón De flor Es Ta Ba...En el alma parpadeante Plena ...En albas lágrimas ardientes Ese Día... ¡Veía! Cómo Sentado estaba el día sobre la luna en la puerta del dibujo qué soñaba en la cabaña del perfume la dalia y el canto en voz baja, del aire.
Al Pintar Con El...¡Corazón! Pintando Con El...¡Herz, cuore, heart!
La mañana, sutilmente brillante, tímida y romántica, a los pies, de las nubes desnudas, suave alivio de lluvia que mira con los puros perlados cultivos alegremente humedecidos con bellos ojos de doncella.
¡Dalia, con el corazón de dalia!
Por el camino lúcido del corazón, natural, solemne, dónde las ideas realistas ríen y cantan, relampagueando allende, por el sentir, incinerados aquende, de todos los enamorados.
¡Aunque nadie venga ni acompañe! Por Dónde hubo tormenta pronto Malamente terminada En el camino de lentas gotas.
Sentada estaba también a la puerta una eléctrica noche una entibiada tarde una tranquila cabaña entre sueños de paz y auroras boreales nubes de la vida.
El mediodía dibuja y contempla la dalia con sus quietos ojos. En la floresta dónde dorados son los amantes.
¡A los ojos dónde pinta plantas Dalia! Y a lo lejos de las dalias plantadas al Pintar con el corazón... Dalia.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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VIVE Y EXISTE
Vive y existe, semilla y fruto, hoja, rama y tronco. Vive, lentamente quien, a sí se encuentra, sin voltear la mesa cuando esta infeliz, sin voltear la frente cuando piensa, en el amor, en el trabajo, en el existir, quien no arriesga dejar de ser lo que es, lo cierto por lo incierto, por ir detrás de un sueño, espejo sin reflejarse nada de sí.
Siendo. ¡De la falsía viñedo tremebundo!. Siendo. ¡Solo cáscara de apariencia! Siendo En Fin.
¡Más que menos, un simple mientras!. Un quien que no se permite, por lo menos una vez en la vida, ser completo, sin fragmentarse fugaz.
En el no. Asolado, enlunado abrasado. En el no. ¡Ni tú ni yo, ni fú ni fá!.
¡Existirse por completo!. Por dentro y por fuera. No huir de los ayeres, ni los fantasmas del ahora. No huir de los presentes, ni los futuros del nunca, sin los consejos que del interior brotan, desenredados, en diáfana fortaleza, prudentes y sensatos.
Vive y existe, lentamente, lo inevitable, integralmente, de frente. Y siempre, cuando se pueda, viaja, con el cuerpo ó con la mente, lee, con los ojos ó el espíritu, oye, con cada poro de la piel, la música encuentra del mismo tiempo al pasar.
Vive y existe. ¡Nadie puede hacerlo por ti!. Ni. ¡Por el aritmético ladrido!. Ni. ¡Por el quejido asimétrico!. Nadie. Será. Jamás igual a ti.
Solamente. Vive y existe. ¡Ése algo que siempre se mueve!. En la calma cristalina. Más allá de la vista. En la quietud luminosa. Más allá de la luz. Vive y existe. Solamente... ¡Ése algo que nada cambia!.
Y Encuentra, la gracia en serte, únicamente el mismo.
En La Divina hora del amanecer, más allá de cualquier cielo, nebulosa, ni en la carne arrodillado.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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DESNUDOS
Desnudo,
como quién todavía no ha llegado,
como la palabra imaginada
y la caricia aún soñada;
desnudo como la huella del agua
de los surcos del camino.
Desnudo,
desafiando al nuevo día
con la belleza de lo que fue;
ramas erguidas –en voluntario ofrecimiento-
a la espera de la dádiva
del nuevo amanecer;
Desnudos al nacer y también al morir;
sólo vestidos de palabras por decir
y de tantas que olvidar;
desnudos ante la ofensa,
ante el castigo inmerecido;
desnudos ante el amor
y también ante su tragedia.
Desnudo camina el hombre;
a veces, en su triste desvarío,
ignora cuál su ropaje…
cual su camino.
(Jpellicer)
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Poeta
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