|
|
|
¿Que si me duele? Un poco; te confieso que me heriste a traición; mas por fortuna tras el rapto de ira vino una dulce resignación... Pasó el acceso.
¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso? El amor es un huésped que importuna; mírame cómo estoy; ya sin ninguna tristeza que decirte. Dame un beso.
Así; muy bien; perdóname, fui un loco; tú me curaste -gracias-, y ya puedo saber lo que imagino y lo que toco:
En la herida que hiciste pon el dedo; ¿que si me duele? Si; me duele un poco, mas no mata el dolor... No tengas miedo...
|
Poeta
|
|
|
|
No sentí cuando entraste; estaba oscuro en la penumbra de un ocaso lento, el parque antiguo de mi pensamiento que ciñe la tristeza, cual un muro.
Te vi llegar a mí como un conjuro, como el prodigio de un encantamiento, como la dulce aparición de un cuento: blanca de nieve y blonda de oro puro.
Un hálito de abril sopló en mi otoño; en cada fronda reventó un retoño; en cada viejo nido, hubo canciones;
y, entre las sombras del jardín –errantes luciérnagas– brillaron, como antes de mi postrer dolor, las ilusiones.
|
Poeta
|
|
|
|
En mi angustia, callada y escondida, sé tú como enfermera bondadosa, cuya mano ideal viene y se posa, llena de suave bálsamo, en la herida.
Ríe en mi tedio –sepulcral guarida– como un rayo de sol en una fosa; perfuma, como un pétalo de rosa, el fango y la impureza de mi vida.
Del corazón en el silencio, canta; entre las sombras de mi ser, fulgura; mi conturbado espíritu levanta;
enciende la razón en mi locura, Tengo hambre y sed de bien, dame una santa limosna de piedad y de ternura...
|
Poeta
|
|
|
|
El ruiseñor cantaba. La noche era divina, toda cendal de nieve, toda cristal azul; y en el jardín de plata, la coruscante encina alzaba entre la sombra su cúpula de luz.
El ruiseñor cantaba. Y en un ambiente extático dormían las praderas. Cantaba el ruiseñor; y el viento flebil, alitendido y aromático, soplaba el adorable cantar, de flor en flor.
Y repintó las cumbres la aurora ardiente y flava, y levantó la alondra su trino matinal, y abrió su seno el día...y el ruiseñor cantaba soñando en el nocturno misterio de cristal.
Vino la siesta cálida; la tarde pensativa vino; la noche negra sus lumbres apagó, y el ruiseñor cantaba, como si la votiva lámpara de la luna colgase de un crespón.
Estío, otoño, invierno, primavera... Y el canto surgía de las verdes entrañas del jardín, alegre o melancólico -ora risa, ora llanto- inacabable y único, magnífico y sin fin.
El ruiseñor se había vuelto loco; se había embriagado de luna, de sueño y de pasión, y ¡cantaba, cantaba...!
|
Poeta
|
|
|
|
Ha muerto ya la pasión loca después de una larga agonía. No busques besos en mi boca. Se quedó la jaula vacía.
Barrí los últimos despojos de ilusiones y de ternuras. No busques brillo en mis ojos. ¿No ves que la casa está a oscuras?
Es inútil que tiendas la mano. Ni una flor en el parque en ruina. No tiendas la mano. Es en vano, te pudieras clavar una espina.
Sólo musgo en las lápidas nace. Ya lo ves: camposanto de olvido. ¡Vete! Y cierra el portón podrido. Déjame a solas con mis muertos.
|
Poeta
|
|
|
|
Bien está: me río porque es una forma de pudor la risa; pero muy adentro, muy solo, muy mío, un pesar cansado se me vuelve hastío y un último anhelo se me extingue aprisa. Mas no me contemples tan sólo la cara; acerca a mi espíritu -que es vaso pequeño- tu vida, radiante de júbilo, para gustar de la gota de miel de un ensueño. Del juvenil cántico, un eco remoto queda todavía en tal cual epigrama romántico, y en una que otra sutil ironía. Hace tiempo adquirí la destreza de ser frívolo. Ve mi alegría: ¿que de cuando en cuando sale la tristeza en un gesto ambiguo de melancolía? Vivo y basta. Muerdo los frutos amargos de mi otoño, anuncio de un vecino invierno; para mi fastidio los días son largos, ásperas las piedras, y el camino, eterno.
¡Bah! ¡No importa! Deja que alumbre mi paso una intermitente luz de poesía; yo voy como todos, sin rumbo, al acaso... Bebe, y no preguntes si hay hiel en el vaso: ¡Déjame que ría!
|
Poeta
|
|
|
|
Lo sentí; no fue una separación, sino un desgarramiento; quedó atónita el alma, y sin ninguna luz, se durmió en la sombra el pensamiento.
Así fue; como un gran golpe de viento en la serenidad del aire. Ufano, en la noche tremenda, llevaba yo en la mano una antorcha con qué alumbrar la senda, y que de pronto se apagó; la oscura asechanza del mal y del destino extinguió así la llama y mi locura.
Vi un árbol a la orilla del camino, y me senté a llorar mi desventura. Así fue, caminante que me contemplas con mirada absorta y curioso semblante.
Yo estoy cansado, sigue tú adelante; mi pena es muy vulgar y no te importa. Amé, sufrí, gocé, sentí el divino soplo de la ilusión y la locura; tuve la antorcha, la apagó el destino, y me senté a llorar mi desventura a la sombra de un árbol del camino.
|
Poeta
|
|
|
|
¡Aleluya, aleluya, aleluya, alma mía! Que en un himno concluya mi doliente elegía: Ya me dijo: ¡Soy tuya! Ya le dije: ¡Eres mía! Y una voz encantada, que de lejos venía, me anunció la alborada, me gritó: ¡Ya es de día!
Todo es luz y tibieza lo que fue sombra fría; se apagó la Tristeza, se encendió la alegría. Ya le dije: ¡Eres mía! Ya me dijo: ¡Soy tuya! -¡cuánto sol tiene el día!- ¡Aleluya, alma mía!
|
Poeta
|
|
|
|
Deja que llegue a ti, deja que ahonde como el minero en busca del tesoro, que en tu alma negra la virtud se esconde como en el seno de la tierra el oro.
¡Alma sombría, ayer inmaculada! Tu caída me asombra y me entristece. ¿Qué culpa ha de tener la nieve hollada si el paso del viajero la ennegrece?
No mereces castigo ni reproche. Entre los vicios tu virtud descuella; en el pliegue más negro de la noche brillará más que la lejana estrella.
La mano aleve que al rosal arranca su flor más bella, y luego la deshoja; la que manchó tu vestidura blanca, la que en los brazos del placer te arroja;
la que apagó en tu frente de azucena la llama del pudor y la alegría, y ornó tu sien, marchita por la pena, con las deshechas flores de la orgía,
es la que al verte desvalida y sola, te empuja hacia el abismo, sin aliento; la que tu amor y tu pureza inmola por el amargo pan del sufrimiento.
Me admiran tus heroicos sacrificios; me admira que no temas, que no dudes, y que en la árida roca de los vicios puedan colgar su nido las virtudes.
Por eso llego a ti... ¿No lo imaginas? A ver surgir, cual gratas ilusiones, luz entre sombras, flores entre ruinas, ¡amor entre los muertos corazones!
Vengo a cubrirte de brillantes galas, a ser tu protección y tu consuelo, y a desatar tus poderosas alas ¡para que puedas ascender al cielo!
|
Poeta
|
|
|
|
Yo fui. Columna ardiente, luna de primavera. Mar dorado, ojos grandes.
Busqué lo que pensaba; pensé, como al amanecer en sueño lánguido, lo que pinta el deseo en días adolescentes. Canté, subí, fui luz un día arrastrado en la llama.
Como un golpe de viento que deshace la sombra, caí en lo negro, en el mundo insaciable.
He sido.
|
Poeta
|
|