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Y fueron de la tarde las claras agonías: el sol, un gran escudo de bronce repujado, hundiéndose en los frisos del colosal nublado, dio formas y relieves a raras fantasías.
Mas de improviso, el orto lanzó de sus umbrías fuertes y cenicientas masas, un haz dorado; y el cielo, en un instante vivo y diafanizado, se abrió en un prodigioso florón de pedrerías.
Los lilas del Ocaso se tornan oro mate; pero aún conserva el agua su policroma veste: -sutiles gasas cremas en brocatel granate-.
Hay una gran ternura recóndita y agreste; y el lago, estremecido como una entraña, late bajo la azul caricia del esplendor celeste.
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Poeta
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Yo tenía una sola ilusión: era un manso pensamiento: el del río que ve próximo el mar y quisiera un instante convertirse en remanso y dormir a la sombra de algún viejo palmar.
Y decía mi alma: turbia voy y me canso de correr las llanuras y los diques saltar; ya pasó la tormenta; necesito descanso, ser azul como antes y, en voz baja, cantar.
Y tenía una sola ilusión, tan serena, que curaba mis males y alegraba mi pena con el claro reflejo de una lumbre de hogar.
Y la vida me dijo: ¡Alma, ve turbia y sola, sin un lirio en la margen ni una estrella en la ola, a correr las llanuras ya perderte en el mar.
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Poeta
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Yo estaba entre tus brazos. y repentinamente, no sé cómo, en un ángulo de la alcoba sombría, el aire se hizo cuerpo, tomó forma doliente, y era como un callado fantasma que veía.
Veía, entre el desorden del lecho, la blancura de tu busto marmóreo, descubierto a pedazos; y tus ojos febriles, y tu fuerte y obscura cabellera... y veía que yo estaba en tus brazos.
En el fondo del muro, la humeante bujía, trazando los perfiles de una estampa dantesca, nimbaba por instantes con su azul agonía un viejo reloj, como una ancha faz grotesca.
Con un miedo de niño me incorporé. Ninguna vez, sentí más silencio que en esa noche ingrata. El balcón era un marco de reflejos de luna que prendía en la sombra sus visiones de plata.
Temblé de ansia, de angustia, de sobrecogimiento; y el pavor me hizo al punto comprender que salía y se corporizaba mi propio pensamiento... y era como un callado fantasma que veía.
Los ojos de mi alma se abrieron de repente hacia el pasado, lleno de fútiles historias; y entonces supe cómo tomó forma doliente la más inmensamente triste de mis memorias.
¿Qué tienes? -me dijiste mirándome lasciva. -¿Yo? Nada... y nos besamos. Y así, en la noche incierta, lloré, sobre la carne caliente de la viva, con la obsesión helada del cuerpo de la muerta.
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Poeta
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Palpitan, como alas de pájaros en fuga, las velas que sacude la brisa matinal, y el aire, a flor de onda, menudamente arruga la seda azul, tramada de estambres de cristal.
De la dorada costa la placidez subyuga, y tiene el viento puro delicadeza tal, que al refrescarme el rostro, parece que me enjuga las lágrimas pueriles, el beso maternal.
Una bandada de aves por los espacios sube; decora la brillante blancura de la nube y mancha el inviolado zafir de la extensión .
Y en la solemne calma de estas horas divinas, esparcen a lo lejos, dos voces femeninas, quién sabe qué ternura que moja el corazón...
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Poeta
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Déjame amar tus claros ojos. Tienen lejanías sin fin, de mar y cielo, y sus fulgores apacibles vienen hasta mi corazón como un consuelo.
Deja que con tus ojos, se iluminen mis viejas sombras y se vuelvan flores; deja que con tus ojos se fascinen, como aves de leyenda, mis dolores.
Que vea en ellos astros errabundos, que en ellos sueñe inexplorados mundos que en ellos bañe mi melancolía... Son tristes, luminosos y profundos, como puestas de sol, amada mía.....
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Poeta
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Miré, airado, tus ojos, cual mira agua un sediento, mordí tus labios como muerde un reptil la flor; posé mi boca inquieta, como un pájaro hambriento, en tus desnudas formas ya trémulas de amor.
Cruel fue mi caricia como un remordimiento; y un placer amargo, con mezcla de dolor, se deshacía en ansias de muerte y de tormento; de frenesí morboso de angustia y de furor.
Faunesa, tus espasmos fueron una agonía. ¡Qué hermosa estabas ebria de deseo, y qué mía fue tu carne de mármol luminoso y sensual!
Después, sobre mi pecho, tranquila te dormiste como una dulce niña, graciosamente triste que sueña ¡sobre el tibio regazo maternal!
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Poeta
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Como al fondo del mar baja el buzo en busca de perlas, la inspiración baja a veces al fondo de mis tristezas para recoger estrofas empapadas con mis penas. Y en cada uno de mis versos viven, con vida siniestra, mis deseos, mis temores, mis dudas y mis creencias ¡Qué mucho que yo los ame! ¡Qué mucho que yo los lea, si son hojas arrancadas al libro de mi existencia!
Cuando en mi oscura memoria la frase brillando queda, como en un jirón de nube el reflejo de una estrella, es porque bajó tan hondo la inspiración a cogerla, que en esa frase palpita el corazón del poeta.
Siempre que a soñar me pongo encantadoras quimeras, imposibles ideales, seres de extraña belleza que habitan en luminosas arquitecturas aéreas; formas que flotan aisladas y diáfanas, y serenas, como los ángeles blancos de la Divina Comedia, la realidad de la vida, inflexible, me despierta, y quedo confuso y triste sintiendo angustias supremas, como esas aves que huyen en busca de primavera y en alta mar las sorprende el furor de la tormenta.
Entonces escribo, escribo con una ternura inmensa, que sólo cuando hago versos el alma llora y se queja, y la inspiración se hunde en el mar de las tristezas para recoger estrofas empapadas en mis penas. Y sin embargo, en el fondo,
Cuántos dolores se quedan sin expresión, tan intensos que no caben en la idea, porque son, deseos vagos, aspiraciones inmensas, alas que exploran espacios, sueños de cosas eternas, nostalgias de extraños mundos, citas de lo que no llega... La inspiración es un buzo que no ha pescado esas perlas.
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Poeta
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¿Qué si me duele? Un poco; te confieso que me heriste a traición; mas por fortuna, tras el rapto de ira vino una dulce resignación.... Pasó el exceso.
¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso? El amor es un huésped que importuna; mírame como estoy, ya sin ninguna tristeza que decirte. Dame un beso.
Así, muy bien; perdóname, fui un loco; tú me curaste –gracias-, y ya puedo saber lo que imagino y lo que toco.
En la herida que hiciste, pon el dedo. ¿Qué si me duele? Sí; me duele un poco, mas no mata el dolor.... No tengas miedo.
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Poeta
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-Dolor: ¡qué callado vienes! ¿Serás el mismo que un día se fue y me dejó en rehenes un joyel de poesía? ¿Por qué la queja retienes? ¿ Por qué tu melancolía no trae ornadas las sienes de rosas de Alejandría? ¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes romances de «yoglería», trovas de amor y desdenes, cuentos de milagrería? Dolor: tan callado vienes que ya no te conocía...
Y él, nada dijo. Callado, con el jubón empolvado, y con gesto fosco y duro, vino a sentarse a mi lado, en el rincón más oscuro, frente al fogón apagado. Y tras lento meditar, como en éxtasis de olvido, en aquel mudo penar, nos pusimos a llorar, con un llanto sin rüido...
* * *
Afuera, sonaba el mar...
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Poeta
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Blanca como esta noche no he visto cosa alguna: ni el mármol, ni la nieve, ni el armiño. Semeja el cielo, un gran abismo de plata, que refleja su luz, en otro abismo de cristal: la laguna.
Sólo, de tarde, en tarde, pasa, pequeña y bruna, la góndola, que efímero surco ondulante deja; y cuando, hacia las brumas rutilantes, se aleja, todo es latir de astros; todo, fulgor de luna.
¿Donde están los colores? En uno se han fundido. El negro huyó a esconderse. El azul se ha dormido. El blanco, puro y virgen, sus imperios rescata.
Y en silencio vasto, sideral y profundo, parece que esta noche se va a morir el mundo con una inmensa muerte de cristal y de plata.
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Poeta
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