|
|
|
Es tierno su mirar; su voz discreta; del bohemio vivir tiene el encanto y en el rostro de nácar el quebranto, la marchitez de lánguida griseta.
Ilusiona mi vida y la completa, y, una con mi sentir, canta si canto; y si me ve llorar, corre su llanto por mi abatida frente de poeta.
Ama todo lo que amo; el silencioso vagar nocturno; el organillo errante, el barrio extremo; el cafetín dudoso,
sólo ignora una cosa: su belleza, y recibe, con plácido semblante, el regalo casual de mi pobreza.
|
Poeta
|
|
|
|
Tejedora incansable que en la noche y el día, tejes calladamente las más gráciles mallas, dime: ¿en el ritmo lento de tus labores hallas alguna consonancia con tu melancolía?
¿Los hilos que se engarzan con sutil armonía van fijando en la tela los ensueños que callas? ¿Se parece el recuerdo tenaz con que batallas al vaivén perezoso de la aguja tardía?
Tejedora incansable: su labor es la de una araña que hace redes, como gasas de luna, para encantar las horas entre encajes sedeños.
Y yo soy cual la araña -de tus manos gemela-; yo también vivo hilando, como sobre una tela, sobre el dolor sumiso de la vida mis sueños.
|
Poeta
|
|
|
|
Nunca te encontraré; nunca a mi lado veré fulgir tu cándida silueta, novia de mis ensueños de poeta, que a través del vivir tánto he buscado.
Con insistente afán alucinado, bajé a la sima y ascendí a la meta, y en ninguna mujer te hallé completa: en todas ¡ay de mí! te he eqnivocado.
Ya no te busco. ¿Para qué? Vendrías, envuelta en engañosas fantasías, a darme la ilusión de que ella eres,
mas al tocar tu frágil hermosura, sentiré renovarse la amargura que en mí dejaron las demás mujeres.
|
Poeta
|
|
|
|
A ti viciosamente me encadena, tu cuerpo insano en que la muerte aspiro: eres sierpe o mujer, hada o vampiro, o ángel con maleficios de sirena?
Da sopor como un vino tu melena; quema como una brasa tu suspiro; tu beso, que es voraz, quita el respiro, y tu aliento, que es de áspid, envenena.
En el lecho te ciñes a quien te ama, convulsa y frenética, lo mismo que a seco tronco enardecida llama.
Y cuando amor en tus entrañas siembra, se siente un frío vértigo de abismo sobre el abismo de tus muslos de hembra.
|
Poeta
|
|
|
|
Sobre el busto de mármol se contornan los senos, y apartando con nimias complacencias la bata, succiono los erguidos pezones de escarlata: pomos donde se acendran invisibles venenos.
Ella ciñe los muslos, vigorosos y plenos, donde el sexo apremiado se defiende y recata, mientras se contorsiona con lujurias de gata, al roce de mis labios que la exploran obscenos.
A un desmayo de toda su belleza vibrante, logra mi mano intrusa desligar un instante de sus piernas esquivas el frenético nudo.
Y de todas mis ansias en el ímpetu ciego, busco el cáliz virgíneo de su cuerpo desnudo, y a una lenta tortura de puñales le entrego.
|
Poeta
|
|
|
|
Sobre el techo rojizo de la iglesia aldeana se congregan en corte las palomas. El día confunde con el d'ellas su blancor: se diría que milagrosamente las brotó la mañana.
De súbito, ascendiendo, la legión se desgrana en un vuelo vibrante que en el éter se amplía, para tomar con una cadenciosa armonía bajo la rutilante claridad meridiana.
Vibra el soplo fecundo del amor. El palomo ronda a su compañera, que se le postra, como dócil cojín de plumas que la luz tornasola.
Como al solio un monarca, sube en ella de un paso y busca el sexo esquivo, desplegando la cola a manera de un lúbrico abanico de raso.
|
Poeta
|
|
|
|
Qué demencia, con soplo arrebatado, me impulsa a ti en un vértigo? Lo ignoro, sólo sé que te ansío, que te adoro, y que en ti el universo he compendiado.
Tu hechizante beldad brilló a mi lado y no la supe ver; perdí el tesoro de tu belleza espléndida; y hoy lloro la infausta ceguedad de mi pasado.
Mejor así: te ennobleció la vida en la cruz del pesar, y al encontrarte te siento a mí por el dolor unida.
Hago de tu dolor sangre del arte, y te amo con amor cuya medida se extiende al tiempo que dejé de amarte.
|
Poeta
|
|
|
|
En la noche de enero plenamente estrellada, como acaso en los siglos no lo ha sido ninguna, parecían los cielos constelados de luna, florestas por donde iba pasando una nevada.
Era un lecho de bodas la tierra perfumada; propicio era el silencio; la paz era oportuna; mas la noche inspiraba tal arrobo, que ni una vez osaron mis labios besar los de la Amada.
Unción ultraterrena de dos almas; delicia de dos seres que, a solas, eluden la caricia y que juzgan sacrílego contemplarse un momento.
Noche, de tan hermosa, noche casi imposible, en la que era su carne, cual la luz, intangible, y puro, cual los astros, era mi pensamiento.
|
Poeta
|
|
|
|
Después de que con lúbrico recreo ávidos besos en tu boca imprima, como quien logra ambicionada cima te escalaré en la fiebre del deseo.
Buscaré el montecillo de Himeneo donde celoso musgo lo escatima, y en contubernio de tu carne opima llegaré del deleite al apogeo.
Pasado el lujurioso escalofrío, sentiré ante tu carne poseída odio a tu cuerpo, repugnancia al mío;
y también la congoja repetida de ver que sólo a destilar hastío se abre, mujer, tu impenitente herida.
|
Poeta
|
|
|
|
Estábamos a solas en el parque silente la tarde en desmayadas medias tintas moría, y era tal el encanto que en las cosas había que daban como anhelos de besar el ambiente.
Primavera llegaba y el retoño incipiente -anuncio placentero de la flor- verdecía y el alma contagiada del milagro del día florecía lo mismo que el jardín renaciente
Ella escrutaba el cielo con fijeza tan honda que el verdor transparente de sus ojos cordiales transformóse en un verde sensitivo de fronda.
Yo la miré y ansioso de halagar sus antojos, la dije ante los tiernos brotes primaverales: esta vez ha empezado la estación en tus ojos.
|
Poeta
|
|