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¡De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera ! (Yo, muriendo.)
Y de que modo sutil me derramó en la camisa todas las flores de abril
¿Quién le dijo que yo era risa siempre, nunca llanto, como si fuera la primavera? (No soy tanto.)
En cambio, ¡Qué espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal!
De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera (Yo, muriendo.)
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Poeta
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Caminando, caminando, ¡caminando! Voy sin rumbo caminando, caminando; voy sin plata caminando, caminando; voy muy triste caminando, caminando. Está lejos quien me busca, caminando; quien me espera está más lejos, caminando; y ya empeñé mi guitarra, caminando. Ay, las piernas se ponen duras, caminando; los ojos ven desde lejos, caminando; la mano agarra y no suelta, caminando. Al que yo coja y lo apriete, caminando, ése la paga por todos, caminando; a ése le parto el pescuezo, caminando, y aunque me pida perdón, me lo como y me lo bebo, me lo bebo y me lo como, caminando, caminando, caminando...
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Poeta
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Toco a la puerta de un romance. -¿No anda por aquí Federico? Un papagayo me contesta: -Ha salido.
Toco a una puerta de cristal. -¿No anda por aquí Federico? Viene una mano y me señala: -Está en el río.
Toco a la puerta de un gitano. -¿No anda por aquí Federico? Nadie responde, no habla nadie... -¡Federico! ¡Federico!
La casa oscura, vacía; negro musgo en las paredes; brocal de pozo sin cubo, jardín de lagartos verdes.
Sobre la tierra mullida caracoles que se mueven, y el rojo viento de julio entre las ruinas, meciéndose.
¡Federico! ¿Dónde el gitano se muere? ¿Dónde sus ojos se enfrían? ¡Dónde estará, que no viene!
(Una canción)
«Salió el domingo, de noche, salió el domingo, y no vuelve. Llevaba en la mano un lirio, llevaba en los ojos fiebre; el lirio se tornó sangre, la sangre tornóse muerte».
(Momento en García Lorca)
Soñaba Federico en nardo y cera, y aceituna y clavel y luna fría. Federico, Granada y Primavera.
En afilada soledad dormía, al pie de sus ambiguos limoneros, echado musical junto a la vía.
Alta la noche, ardiente de luceros, arrastraba su cola transparente por todos los caminos carreteros.
«¡Federico!», gritaron de repente, con las manos inmóviles, atadas, gitanos que pasaban lentamente.
¡Qué voz la de sus venas desangradas! ¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos! ¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas!
Iban verdes, recién anochecidos; en el duro camino invertebrado caminaban descalzos los sentidos.
Alzóse Federico, en luz bañado. Federico, Granada y Primavera. y con luna y clavel y nardo y cera, los siguió por el monte perfumado.
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Poeta
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Tus venas, la raíz de nuestros árboles
La raíz de mi árbol, retorcida; la raíz de mi árbol, de tu árbol, de todos nuestros árboles, bebiendo sangre, húmeda de sangre, la raíz de mi árbol, de tu árbol. Yo la siento, la raíz de mi árbol, de tu árbol, de todos nuestros árboles, la siento clavada en lo más hondo de mi tierra, clavada allí, clavada, arrastrándome y alzándome y hablándome, gritándome. La raíz de tu árbol, de mi árbol. En mi tierra, clavada, con clavos ya de hierro, de pólvora, de piedra, y floreciendo en lenguas ardorosas, y alimentando ramas donde colgar los pájaros cansados, y elevando sus venas, nuestras venas, tus venas, la raíz de nuestros árboles.
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Poeta
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Yo soy borracho. Me seduce el vino luminoso y azul de la Quimera que pone una explosión de Primavera sobre mi corazón y mi destino. Tengo el alma hecha ritmo y armonía; todo en mi ser es música y es canto, desde el réquiem tristísimo de llanto hasta el trino triunfal de la alegría.
Y no porque la vida mi alma muerda ha de rimar su ritmo mi alma loca: aun mas que por la mano que la toca la cuerda vibra y canta porque es cuerda. Así, cuando la negra y dura zarpa de la muerte destroce el pecho mío, mi espíritu ha de ser en el vacío cual la postrera vibración de un arpa. Y ya de nuevo en el astral camino concretara sus ansias de armonía en la cascada de una sinfonía, o en la alegría musical de un trino.
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Poeta
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¿Cuándo fue? No lo sé. Agua del recuerdo voy a navegar.
Pasó una mulata de oro, y yo la miré al pasar: moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar.
Caña (febril le dije en mí mismo), caña temblando sobre el abismo, ¿quién te empujará? ¿Qué cortador con su mocha te cortará? ¿Qué ingenio con su trapiche te molerá?
El tiempo corrió después, corrió el tiempo sin cesar, yo para allá, para aquí, yo para aquí, para allá, para allá, para aquí, para aquí, para allá...
Nada sé, nada se sabe, ni nada sabré jamás, nada han dicho los periódicos, nada pude averiguar, de aquella mulata de oro que una vez miré al pasar, moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar.
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Poeta
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En la paz de la alcoba sosegada, bajo la media noche en agonía, llega a mí, desde incierta lejanía, una llorona música olvidada.
Entra en mi corazón como una alada saeta de letal melancolía, porque recuerdo que cuando eras mía, si algo nos supo unir fue esa tonada.
El vals - lírica flor que se deshoja- se va apagando al fin y una congoja mortal deja en la noche difundida...
Yo un infinito desamparo siento, y es que a veces un vals que va en el viento, ¡suele ser, más que un vals, toda una vida!
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Poeta
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Estábamos a solas en el parque silente la tarde en desmayadas medias tintas moría, y era tal el encanto que en las cosas había que daban como ganas de besar el ambiente.
Primavera llegaba y el retoño incipiente -anuncio placentero de la flor- verdecía, y el alma contagiada del milagro del día, florecía lo mismo que el jardín renaciente.
Ella escrutaba el cielo con fijeza tan honda, que el verdor transparente de sus ojos letales tomó de pronto un verde sensitivo de fronda.
Yo la miré y ansioso de halagar sus antojos, la dije ante los tiernos brotes primaverales: -Esta vez ha empezado la estación en tus ojos.
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Poeta
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Tu noble palidez forma tu encanto: es como aquella palidez extraña del lirio matinal de la montaña que al reflejo del sol sufre quebranto.
A veces logra esclarecerse tanto que tu sutil respiración la empaña, y otras adquiere, si la luz la baña, la transparencia rútila del llanto.
Todo en mí se ilumina al contemplarte, y, arrobado en tu faz, pienso que alguna noche la luna te nevó al mirarte,
o que por rara y singular fortuna, sintiéndose mujer, quiso imitarte y osó tomar tu palidez la luna.
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Poeta
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Escollo de buriles y pinceles, es tu boca una vívida granada que pide, tentadora y encarnada, un beso audaz que la disuelva en mieles.
Cuando a la risa abandonarte sueles, difunde en rededor tu carcajada el grato olor a fruta sazonada que hay en la intimidad de los vergeles.
Es abreviada gruta de frescura, constreñido paréntesis de flores, animado jardín en miniatura.
La besara con férvido embeleso para sentir, muriéndome de amores, la eternidad en lo fugaz de un beso.
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Poeta
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