|
|
|
Morena por el sol de mediodía que en llama de oro fúlgido la baña, es la agreste beldad del alma mía, la rosa tropical de la montaña.
Diole la selva su belleza ardiente; diole la palma su gallardo talle; en su pasión hay algo del torrente que se despeña desbordado al valle.
Sus miradas son luz, noche sus ojos; la pasión en su rostro centellea, y late el beso entre sus labios rojos cuando desmaya su pupila hebrea.
Me tiembla el corazón cuando la nombro; cuando sueño con ella, me embeleso; y en cada flor con que su senda alfombro pusiera un alma como pongo un beso.
Allá en la soledad, entre las flores, nos amamos sin fin a cielo abierto, y tienen nuestros férvidos amores la inmensidad soberbia del desierto.
Ella, regia, la beldad altiva, soñadora de castos embelesos, se doblega cual tierna sensitiva al aura ardiente de mis locos besos.
Y tiene el bosque voluptuosa sombra, profundos y selvosos laberintos, y grutas perfumadas, con alfombra de eneldos y tapices de jacintos.
Y palmas de soberbios abanicos mecidos por los vientos sonoros, aves salvajes de canoros picos y lejanos torrentes caudalosos.
Los naranjos en flor que nos guarecen perfuman el ambiente, y en su alfombra un tálamo los musgos nos ofrecen de las gallardas palmas a la sombra.
Por pabellón tenemos la techumbre del azul de los cielos soberano, y por antorcha de himeneo la lumbre del espléndido sol americano.
Y se oyen tronadores los torrentes y las aves salvajes en conciertos, en tanto celebramos indolentes nuestros libres amores del desierto.
Los labios de los dos, con fuego impresos, se dicen en secreto de las almas; después .... desmayan lánguidos los besos y a la sombra quedamos de las palmas.
|
Poeta
|
|
|
|
¡Quién me diera tomar tus manos blancas para apretarme el corazón con ellas, y besarlas..., besarlas, escuchando de tu amor las dulcísimas querellas!
¡Quién me diera sentir sobre mi pecho, reclinada tu lánguida cabeza, y escuchar, como en antes, tus suspiros tus suspiros de amor y de tristeza!
¡Quién me diera posar casto y suave mi cariñoso labio en tus cabellos, y que sintieras sollozar mi alma en cada beso que dejara en ellos!
¡Quién me diera robar un solo rayo de aquella luz de tu mirar en calma, para tener, al separarnos luego, con qué alumbrar la soledad del alma!
¡Oh, quién me diera ser tu misma sombra, el mismo ambiente que tu rostro baña, y, por besar tus ojos celestiales, la lágrima que tiembla en tu pestaña!
¡Y ser un corazón todo alegría, nido de luz y de divinas flores, en que durmiese tu alma de paloma el sueño virginal de sus amores!
Pero en su triste soledad, el alma es sombra y nada más, sombra y enojos... ¿Cuándo esta noche de la negra ausencia disipará la aurora de tus ojos?
|
Poeta
|
|
|
|
Buscaba mi alma con afán tu alma, buscaba yo la virgen que mi frente tocaba con su labio dulcemente en el febril insomnio del amor.
Buscaba la mujer pálida y bella que en sueño me visita desde niño, para partir con ella mi cariño, para partir con ella mi dolor.
Como en la sacra soledad del templo sin ver a Dios se siente su presencia, yo presentí en el mundo tu existencia, y, como a Dios, sin verte, te adoré.
Y demandando sin cesar al cielo la dulce compañera de mi suerte, muy lejos yo de ti, sin conocerte en la ara de mi amor te levanté.
No preguntaba ni sabía tu nombre, ¿En dónde iba a encontrarte? lo ignoraba; pero tu imagen dentro el alma estaba, más bien presentimiento que ilusión.
Y apenas te miré... tú eras ángel compañero ideal de mi desvelo, la casta virgen de mirar de cielo y de la frente pálida de amor.
Y a la primera vez que nuestros ojos sus miradas magnéticas cruzaron, sin buscarse, las manos se encontraron y nos dijimos "te amo" sin hablar
Un sonrojo purísimo en tu frente, algo de palidez sobre la mía, y una sonrisa que hasta Dios subía... así nos comprendimos... nada más.
¡Amémonos, mi bien! En este mundo donde lágrimas tantas se derraman, las que vierten quizá los que se aman tienen yo no sé que de bendición.
Dos corazones en dichoso vuelo; ¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas amar es ver el entreabierto cielo y levantar el alma en asunción.
Amar es empapar el pensamiento en la fragancia del Edén perdido; amar es... amar es llevar herido con un dardo celeste el corazón.
Es tocar los dinteles de la gloria, es ver tus ojos, escuchar tu acento, en el alma sentir el firmamento y morir a tus pies de adoración.
|
Poeta
|
|
|
|
Como al ara de Dios llega el creyente, trémulo el labio al exhalar el ruego, turbado el corazón, baja la frente, así, mujer, a tu presencia llego.
¡No de mí apartes tus divinos ojos! Pálida está mi frente, de dolores; ¿para qué castigar con tus enojos al que es tan infeliz con sus amores?
Soy un esclavo que a tus pies se humilla y suplicante tu piedad reclama, que con las manos juntas se arrodilla para decir con miedo... ¡que te ama!
¡Te ama! Y el alma que el amor bendice tiembla al sentirle, como débil hoja; ¡te ama! y el corazón cuando lo dice en yo no, sé qué lágrimas se moja.
Perdóname este amor, llama sagrada, luz de los cielos que bebí en tus ojos, sonrisa de los ángeles, bañada en la dulzura de tus labios rojos.
¡Perdóname este amor! A mí ha venido como la luz a la pupila abierta, como viene la música al oído, como la vida a la esperanza muerta.
Fue una chispa de tu alma desprendida en el beso de luz de tu mirada, que al abrasar mi corazón en vida dejó mi alma a la tuya desposada.
Y este amor es el aire que respiro, ilusión imposible que atesoro, inefable palabra que suspiro y dulcísima lágrima que lloro.
Es el ángel espléndido y risueño que con sus alas en mi frente toca, y que deja -perdóname... ¡es un sueño!- el beso de los cielos en mi boca.
¡Mujer, mujer! Mi, corazón de fuego, de amor no sabe la palabra santa, pero palpita en el supremo ruego que vengo a sollozar ante tu planta.
¿No sabes que por sólo las delicias de oír el canto, que tu voz encierra, cambiara yo, dichoso, las caricias de todas las mujeres de la tierra?
¿Que por seguir tu sombra, mi María, sellando el labio, a la importuna queja, de lágrimas y besos cubriría la leve huella que tu planta deja?
¿Que por oír en cariñoso acento mi pobre nombre entre tus labios rojos, para escucharte detendré mi aliento, para mirarte me pondré de hinojos?
¿Que por sentir en mi dichosa frente tu dulce labio con pasión impreso, te diera yo, con mi vivir presente, toda mi eternidad... por sólo un beso?
Pero si tanto, amor, delirio tanto, tanta ternura ante tus pies traída, empapada con gotas de mi llanto, formada con la esencia de mi vida;
si este grito de amor, íntimo, ardiente, no llega a ti; si mi pasión es loca..., perdona los delirios de mi mente, perdona las palabras de tu boca.
Y ya no más mi ruego sollozante irá a turbar tu indiferente calma... pero mí amor hasta el postrer instante te daré con las lágrimas del alma.
|
Poeta
|
|
|
|
Contra mis cinco sentíos, tus cinco toritos negros: torito negro tus ojos, torito negro tu pelo, .. torito negro tu boca, torito negro tu beso, y el más negro de los cinco tu cuerpo, torito negro. Barreras puse a mis ojos, tus ojos me las rompieron. Barreras puse a mi boca, tu boca las hizo leño. Puse mi beso en barreras, tu beso las prendió fuego. Barreras puse a mis manos, las hizo sombra tu pelo. y puse barreras duras de zarzamora a mi cuerpo, y saltó sobre las zarzas el tuyo, torito negro. ¡Deja, que no quiero verte! ¡Déjame, que no te quiero! Y luego monté mis ojos sobre un caballo de miedo; tus ojos me perseguían como dos toritos negros. y luego metí mis manos bajo un embozo de fuego; ...tu pelo se me enredaba igual que un torito negro. y luego junté mi boca' contra la cal de mi encierro; ...tu boca estaba acechando igual que un torito negro. y luego mordí mi almohada para contener mi beso; tu beso me corneaba igual que un torito negro. y luego arañé mi carne, de tentación y deseo, para que no gritara que yo te estaba queriendo; y tu cuerpo encandilado mimbre, luna, bronce y fuego se me plantó ante mis ojos igual que un torito negro. ¡Deja, que no quiero verte! ¡Déjame, que no te quiero! El aire del cuarto estaba temblando con tu recuerdo. Cien caballos en mis venas, al galope por mi cuerpo; y yo, jinete sin rienda, luchando por contenerlos. Cien herreros en mi boca, trabajando con mis besos, y yo queriendo ser fragua para poder deshacerlos. Cien voces en mi garganta gritándome que te quiero, y yo, ¡mentira infinita!, gritando que no te quiero. Salí a por aire al balcón... me tropecé con el cielo; aquel cielo quieto y hondo, verde, blanco, azul y negro, igual que el de aquella noche de nuestro primer encuentro, en que me hirieron al paso tus cinco toritos negros. Y me acordé de aquel aire que jugaba con tu pelo como un niño a quien le gustan los caracolillos negros. Y me acordé de aquel rayo de luna, fino y torero, que puso dos banderillas de luz en tus ojos negros. Y de aquel dolor de labios que nos quedó de aquel beso, y de aquel dolor de brazos, y de aquel dolor de huesos y de aquella caracola de amor, que quedó por dentro con un mar de amor dormido; " ¡que te quiero!, ¡que te quiero!" y se me escapó la voz… grité: " ¡Te quiero!, ¡Te quiero!"
Y ya no junté mi boca contra la cal de mi encierro, y ya no mordí mi almohada para contener mi beso, y ya no arañé mi carne de tentación y deseo. Pegué mi boca a tu boca, junté mi beso a tu beso, y otra vez aquel dolor de cintura, brazo y huesos... pensando en aquella noche de nuestro primer encuentro. ¡Te quise siempre! ¡Te quise! ¡Te quiero siempre! ¡Te quiero! Aunque no puedo quererte, ¡Te quiero!. Aunque no debo quererte, ¡Te quiero! Aunque en cunas de tu casa se está meciendo un almendro ¡Te quiero! Aunque yo tengo dos lirios que se me cuelgan del cuello, ¡Te quiero! y aunque ponga mis barreras de zarzamora y sarmiento para que nunca la salten tus cinco toritos negros: torito negro tus ojos, torito negro tu pelo, torito negro tu boca, torito negro tu beso, y el más negro de los cinco tu cuerpo, torito negro. ¡Te quise siempre! ¡Te quise! ¡Te quiero siempre! ¡Te quiero!
|
Poeta
|
|
|
|
Cuando un toro perdonado regresa a su ganadería si el ganadero cantara, seguro le cantaría:
“Yo bien sabía torillo, yo bien sabía, que al portarte tan cabal, volverías, volverías.”
Y si los toros cantaran, seguro que aquel torillo le cantaría:
“No es que el perdón yo pedía Al portarme tan cabal no es que el perdón yo pedía es que pensé que tenía muchas vacas que rondar en el campo todavía, todavía.”
|
Poeta
|
|
|
|
Tengo el caballo a la puerta, ¿te quieres venir conmigo?. Yo no te obligo. Sólo te brindo ocasión de darte en mi soledad una casa, un corazón y un cariño de verdad.
¿Qué no quieres...? Allá penas. Mientras yo tenga en mis venas sangre de piropo y ronda; mientras, por mas que se esconda, no haya mujer que resista este pase de conquista de los vuelos de mi capa; mientras la flor que se tapa con clavel y celosía se asome a verme pasar pensando en la Vicaría; y mientras de par en par se abran a mi reclamo el corazón donde llamo y la boca donde toco... a mi se me importa poco que quieras o que no quieras ser dueña de mi fortuna. Hay mucha espiga en las eras para pensar sólo en una
Y mira lo que te digo: un día deje la luna porque no quiso venir conmigo.
Y no me costó ninguna fatiga romper cadenas. Con esto quiero decir que a ti, que no eres la luna, me costará menos pena dejarte, si lo prefieres. Me sobran a mí mujeres.
De modo que tú dirás; si me das el sí, tendrás beso blando, brazo fuerte, casa, cariño y corona y, si es preciso, mi muerte por defender tu persona.
¿Qué no quieres...? No hay que hablar de olvidos ni sufrimientos: que tengo yo muchos vientos por donde poder volar. Y me iré calle adelante, sin fatiga y sin desplante, con una copla de mayo saltando en el corazón mientras me acompaña el son el paso de mi caballo:
-Voy a la esquina a cambiar por una rosa otra rosa, y a ver quien lo va a notar; que si una rosa es hermosa... la otra... no se queda atrás
En fin; no quiero hablar más de lo que ya no precisa más explicación.
Mi corazón va deprisa y no le gusta perder tiempo en la conversación, mientras se pueda entender a besos por los balcones, Y, torero sin fracaso, pueda torear al paso cinturas y corazones.
Ya lo sabes; junto al río tengo un huerto de limones Y un arroyito de frío que va sembrando canciones. Y en la loma tengo un blanco caserío como una blanca paloma que se asoma para beber en el río
Y entre arrayán y romero un beso sin estrenar que está diciendo “me muero†porque no puede aguardar.
Y creciendo junto a una rosita sin jardinero tengo la flor de un “te quiero†para tu pelo de luna
Todo esto, junto al río, en mi cabaña desierta Piénsalo bien, amor mío... Tengo el caballo a la puerta.
|
Poeta
|
|
|
|
¿Rencores?... ¿Por qué rencores? No le va a mi señorío guardarle rencor a un río que fue regando mis flores. Tú me diste los mejores cristales de tu corriente, y no sería decente maldecirte por despecho, si sé que tienes derecho a dar o negar la fuente. Debo estarte agradecido por tu generosidad; tú me diste por bondad lo que yo di por cumplido. Me brindaste tu latido, tu boca nunca besada, tu carne nunca estrenada, tus ojos siempre empañados y los potros alocados de tu amor en llamarada. Me diste el beso primero que es el que más atosiga, y me diste la fatiga de un cariño verdadero. Me diste luna y estero, tu corazón sin celaje, me diste todo el encaje de tu caricia en mi pelo, y me regalaste el cielo en tus ojos sin paisaje. Por eso yo, bien nacido, ni te odio ni te aborrezco, al contrario, te agradezco todo lo que me has querido. No me importa si te has ido con tu barca hacia otro mar, que yo no te puedo odiar por esa mala partida, ya que odiar es, en la vida, un cierto modo de amar. Ni te vengas a mi lado para pedirme perdón, el perdón es la razón de volver a lo pasado, y lo pasado... acabado, que pasó... porque pasó. ¡Déjame que viva yo sin perdón y sin rencores, porque... por más que me llores lo nuestro ya se acabó!
|
Poeta
|
|
|
|
"Todo es cuestión de hidalguía: tú me lo negaste todo yo te di cuanto tenía. "
Ni un suspiro a mi cuidado contestando a mi suspiro; fuiste de duro zafiro siendo de vidrio quebrado. Ni un rosal viejo y gastado merecí de tus antojos; sólo me diste despojos de tu zarzal y tu roca que me sangraron la boca y me cegaron los ojos. Ni una mirada siquiera ni una palabra sencilla, ni siquiera la semilla de una sonrisa ligera. Cuando yo te daba entera mi flor de luna y de todo tú... pagabas a tu modo, y así, mientras mi hidalguía te daba cuanto tenía, te di mi templo y mis ritos, mi boca llena de gritos, mis ojos llenos de llanto, te di tanto... ¡tanto, tanto! que darte más no podía, y cuando ya no había nada en casa que pidieras, yo para que no dijeras tú me lo negabas todo. ¿Qué te di? ¡Nada...! ¡Nada! Mi beso recién comprado y en la fragua del costado una hoguera desbocada. Te di mi huerta cercada llena de rosas y lirios, te di la voz y los cirios de mis noches en desvela, y un corazón sin cancela roto de tantos martirios. Te di mi risa y mi canto, te di la casa vacía. Pero... ¿para qué te digo cosas que no han de llegarte? Caña frágil que se parte no entiende de mi buen trigo, y ya ves: ni te maldigo. ¿Para qué? Desde aquel día, tu bajeza y mi hidalguía se definen de este modo: Tú me lo negaste todo, yo te di cuanto tenía.
|
Poeta
|
|
|
|
«Mira si soy desprendío que ayer, al pasar el puente, tiré tu cariño al río».
Y tú bien sabes por qué tiré tu cariño al río: porque era hebilla de esparto de un cinturón de cuchillos; porque era anillo de barro mal tasao y mal vendío, y porque era flor sin alma de un abril en compromiso, que puso, en zarzas y espinas, un fingimiento de lirios.
Tiré tu cariño al río, porque era una planta amarga dentro de mi huerto lírico.
Tiré tu cariño al agua, porque era una mancha negra sobre mi fachada blanca.
Tiré tu cariño al río porque era mala cizaña quitando savia a mi trigo;
y tiré todo tu amor, porque era muerte en mi carne y era agonía en mi voz.
Tú fuiste flor de verano, sol de un beso, luz de un día; yo te cuidaba en mi mano,
y en mi mano te acunaba, y tu, por pagarme, herías la mano que te cuidaba.
Pero al hacerlo, olvidabas (tal vez por ingenuidad), que te di mis sentimientos no por tus merecimientos sino por mi voluntad.
Yo no puse en compraventa mi corazón encendío; y has de tener muy en cuenta
que mi cariño no fue ni comprao ni vendío, sino que lo regalé.
Porque yo soy desprendío; por eso te di mi rosa sin habérmela pedío.
Porque yo soy desprendío y doy las cosas sin ver si se las han merecío.
Por eso te di mi vela, te di el vino de mi jarro, las llaves de mi cancela y el látigo de mi carro.
Ya ves si soy desprendío que ayer, al pasar el puente, tiré tu cariño al río.
|
Poeta
|
|