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La tarde abandonada gime deshecha en lluvia. Del cielo caen recuerdos y entran por la ventana. Duros suspiros rotos, quimeras lastimadas. Lentamente va viniendo tu cuerpo. Llegan tus manos en su órbita de aguardiente de caña; tus pies de lento azúcar quemados por la danza, y tus muslos, tenazas del espasmo, y tu boca, sustancia comestible y tu cintura de abierto caramelo. Llegan tus brazos de oro, tus dientes sanguinarios; de pronto entran tus ojos traicionados; tu piel tendida, preparada para la siesta: tu olor a selva repentina; tu garganta gritando -no sé, me lo imagino-, gimiendo -no sé, me lo figuro-, quemándose- no sé, supongo, creo; tu garganta profunda retorciendo palabras prohibidas. Un río de promesas desciende de tu pelo, se demora en tus senos, cuaja al fin en un charco de melaza en tu vientre, viola tu carne firme de nocturno secreto. Carbón ardiente y piedra de horno en esta tarde fría de lluvia y de silencio.
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Poeta
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Trópico, tu dura hoguera tuesta las nubes altas y el cielo profundo ceñido por el arco del Mediodía. Tú secas en la piel de los árboles la angustia del lagarto. Tú engrasas las ruedas de los vientos para asustar a las palmeras. Tú atraviesas con una gran flecha roja el corazón de las selvas y la carne de los ríos. Te veo venir por los caminos ardorosos, Trópico, con tu cesta de mangos, tus cañas limosneras y tus caimitos, morados como el sexo de las negras. Te veo las manos rudas partir bárbaramente las semillas y halar de ellas el árbol opulento, árbol recién nacido, pero apto para echar a correr por entre los bosques clamorosos. Aquí, en medio del mar, retozando en las aguas con mis Antillas desnudas, yo te saludo, Trópico. Saludo deportivo, primaveral, que se me escapa del pulmón salado a través de estas islas escandalosas hijas tuyas. (Dice Jamaica que ella está contenta de ser negra, y Cuba ya sabe que es mulata.) ¡Ah, qué ansia la de aspirar el humo de tu incendio y sentir en dos pozos amargos las axilas! Las axilas, oh Trópico, con sus vellos torcidos y retorcidos en tus llamas. Puños los que me das para rajar los cocos tal un pequeño dios colérico; ojos los que me das para alumbrar la sombra de mis tigres; oído el que me das para escuchar sobre la tierra las pezuñas lejanas. Te debo el cuerpo oscuro, las piernas ágiles y la cabeza crespa, mi amor hacia las hembras elementales, y esta sangre imborrable. Te debo los días altos, en cuya tela azul están pegados soles redondos y risueños; te debo los labios húmedos, la cola del jaguar y la saliva de las culebras; te debo el charco donde beben las fieras sedientas; te debo, Trópico, este entusiasmo niño de correr en la pista de tu profundo cinturón lleno de rosas amarillas, riendo sobre las montañas y las nubes, mientras un cielo marítimo se destroza en interminables olas de estrellas a mis pies.
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Poeta
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Con el círculo ecuatorial ceñido a la cintura como a un pequeño mundo la negra, mujer nueva, avanza en su ligera bata de serpiente.
Coronada de palmas, como una diosa recién llegada, ella trae la palabra inédita, el anca fuerte, la voz, el diente, la mañana y el salto.
Chorro de sangre joven bajo un pedazo de piel fresca, y el pie incansable para la pista profunda del tambor.
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Poeta
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Quisiera hacer un verso que tuviera ritmo de Primavera; que fuera como una fina mariposa rara, como una mariposa que volara sobre tu vida, y cándida y ligera revolara sobre tu cuerpo cálido de cálida palmera y al fin su vuelo absurdo reposara --tal como en una roca azul de la pradera-- sobre la linda rosa de tu cara...
Quisiera hacer un verso que tuviera toda la fragancia de la Primavera y que cual una mariposa rara revolara sobre tu vida, sobre tu cuerpo, sobre tu cara.
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Poeta
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Sencilla y vertical como una caña en el cañaveral. Oh retadora del furor genital: tu andar fabrica para el espasmo gritador espuma esquina entre tus muslos de metal.
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Poeta
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Tu vientre sabe más que tu cabeza y tanto como tus muslos. Esa es la fuerte gracia negra de tu cuerpo desnudo.
Signo de selva el tuyo, con tus collares rojos, tus brazaletes de oro curvo, y ese caimán oscuro nadando en el Zambeze de tus ojos.
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Poeta
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Noche mucho más noche; el amor ya es un hecho. Feliz nivel de paz extiende el sueño como una perfección todavía amorosa. Bulto adorable, lejos ya, se adormece, y a su candor en la isla se abandona, animal por ahí, latente. ¡Qué diario infinito sobre el lecho de una pasión: costumbre rodeada de arcano! ¡Oh noche, más oscura en nuestros brazos!
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Poeta
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¡Aquí estamos! La palabra nos viene húmeda de los bosques, y un sol enérgico nos amanece entre las venas. El puño es fuerte y tiene el remo.
En el ojo profundo duermen palmeras exorbitantes. El grito se nos sale como una gota de oro virgen. Nuestro pie, duro y ancho, aplasta el polvo en los caminos abandonados y estrechos para nuestras filas. Sabemos dónde nacen las aguas, y las amamos porque empujaron nuestras canoas bajo los cielos rojos. Nuestro canto es como un músculo bajo la piel del alma, nuestro sencillo canto.
Traemos el humo en la mañana, y el fuego sobre la noche, y el cuchillo, como un duro pedazo de luna, apto para las pieles bárbaras; traemos los caimanes en el fango, y el arco que dispara nuestras ansias, y el cinturón del trópico, y el espíritu limpio. Traemos nuestro rasgo al perfil definitivo de América.
¡Eh, compañeros, aquí estamos! La ciudad nos espera con sus palacios, tenues como panales de abejas silvestres; sus calles están secas como los ríos cuando no llueve en la montaña, y sus casas nos miran con los ojos pávidos de las ventanas. Los hombres antiguos nos darán leche y miel y nos coronarán de hojas verdes.
¡Eh, compañeros, aquí estamos! Bajo el sol nuestra piel sudorosa reflejará los rostros húmedos de los vencidos, y en la noche, mientras los astros ardan en la punta de nuestras llamas, nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros.
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Poeta
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Tendida en la madrugada, la firme guitarra espera: voz de profunda madera desesperada.
Su clamorosa cintura, en la que el pueblo suspira, preñada de son, estira la carne dura.
Arde la guitarra sola, mientras la luna se acaba; arde libre de su esclava bata de cola.
Dejó al borracho en su coche, dejó el cabaret sombrío, donde se muere de frío, noche tras noche,
y alzó la cabeza fina, universal y cubana, sin opio, ni mariguana, ni cocaína.
¡Venga la guitarra vieja, nueva otra vez al castigo con que la espera el amigo, que no la deja!
Alta siempre, no caída, traiga su risa y su llanto, clave las uñas de amianto sobre la vida.
Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero.
El son del querer maduro, tu son entero; el del abierto futuro, tu son entero; el del pie por sobre el muro, tu son entero...
Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero.
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Poeta
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Esta mujer angélica de ojos septentrionales, que vive atenta al ritmo de su sangre europea, ignora que en lo hondo de ese ritmo golpea un negro el parche duro de roncos atabales.
Bajo la línea escueta de su nariz aguda, la boca, en fino trazo, traza una raya breve, y no hay cuervo que manche la solitaria nieve de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.
¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas; boga en el agua viva que allá dentro te fluye, y ve pasando lirios, nelumbios, lotos, rosas;
que ya verás, inquieta, junto a la fresca orilla la dulce sombra oscura del abuelo que huye, el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
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Poeta
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