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Cuando me ves así, con estos ojos que no quieren mirarte, es que al oírte hablar pienso en la lluvia sin dejar de escucharte.
Porque tu voz, amiga, como el agua rumorea el amor, y pensando en la lluvia me parece mejor que te escucho mejor.
Cuando me ves así, con estos ojos que te miran sin verte, es que a través de ti miro a mi sueño, sin dejar de quererte.
Porque en tu suave transparencia tengo un milagroso tul, con el cual, para dicha de mis ojos, todo lo veo azul.
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Poeta
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En fragante mudanza el limonero destaca tu rubor. Tú no sabes, amiga, pero hueles a limonero en flor. En un tronco caído una avecilla le hizo casa al amor. Tú no sabes, amiga, pero anidas lo mismo en mi dolor. Del arroyo una fría pedrezuela me trajo el pescador. Guardé la piedra en mi cerrada mano, y sentí su frescor. La harina del molino me empolva el alma la harina de tu amor. En el monte encontramos uva crespa y una flor y otra flor; Cada flor con tu aroma y cada uva con tu mismo sabor. Con su fresco algodón venda la piedra el musgo trepador. También es como el musgo tu ternura en mi piedra interior. Por el camino baja suavemente un lugareño son. Así también, amiga, tu palabra baja a mi corazón.
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Poeta
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Oh gota musical que se separa de la inmortalidad y oye mi oído caer continuamente en el olvido de mi honda penumbra, oh gota clara!
Una estrofilla de infantil dulzura, sólo en la fuente alguna vez oída, me ejecuta en el alma la caída inmaterial de aquella gota pura.
De un agua fresca como cisterna, mi pozo espiritual colma la gota; y sin querer tengo una voz remota y a todas horas la mirada tierna.
Oh gota de agua dulce que te estancas en mi profundidad, de cuyo hueco interminable sube un eco que es como un vuelo de palabras blancas.
Oh gota musical que me deparas el milagro ideal de tu caída, cáeme siempre, siempre, que mi vida vive en el canto de tus notas claras.
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Poeta
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Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas, lo que nunca entenderás, son esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y el tierno cuerpo rosado que te encuentras en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que están descifrados ya.
Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo.
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Poeta
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Tú no puedes quererme: estás alta, ¡qué arriba! Y para consolarme me envías sombras, copias retratos, simulacros, todos tan parecidos como si fueses tú. Entre figuraciones vivo, de ti, sin ti.
Me quieren, me acompañan. Nos vamos por los claustros del agua, por los hielos flotantes, por las pampas, o a cines minúsculos y hondos. Siempre hablando de ti. Me dicen: "No somos ella, pero ¡si tú vieras qué iguales!" Tus espectros, que brazos largos, que labios duros tienen: si, como tú.
Por fingir que me quieres, me abrazan y me besan. Sus voces tiernas dicen que tú abrazas, que tú besas así. Yo vivo de sombras, entre sombras de carne tibia, bella, con tus ojos, tu cuerpo, tus besos, si, con todo lo tuyo menos tú. Con criaturas falsas, divinas, interpuestas para que ese gran beso que no podemos darnos me lo den, se lo dé.
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Poeta
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Tú no las puedes ver; yo, sí. Claras, redondas, tibias. Despacio se van a su destino; despacio, por marcharse más tarde de tu carne. Se van a nada; son eso no más, su curso. y una huella, a lo largo, que se borra en seguida. ¿Astros? Tú no las puedes besar. Las beso yo por ti. Saben; tienen sabor a los zumos del mundo. ¡Qué gusto negro y denso a tierra, a sol, a mar! Se quedan un momento en el beso, indecisas entre tu carne fría y mis labios; por fin las arranco. Y no sé si es que eran para mí. Porque yo no sé nada. ¿Son estrellas, son signos, son condenas o auroras? Ni en mirar ni en besar aprendí lo que eran. Lo que quieren se queda allá atrás, todo incógnito. y su nombre también. (Si las llamara lágrimas, nadie me entendería.)
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Poeta
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Te busqué por la duda: no te encontraba nunca. Me fui a tu encuentro por el dolor. Tú no venías por allí.
Me metí en lo más hondo por ver si, al fin, estabas. Por la angustia, desgarradora, hiriéndome . Tú no surgías nunca de la herida.
Y nadie me hizo señas -un jardín o tus labios, con árboles, con besos-; nadie me dijo -por eso te perdí- que tú ibas por las últimas terrazas de la risa, del gozo, de lo cierto.
Que a ti te encontraba en las cimas del beso si duda y sin mañana. En el vértice puro de la alegría alta, multiplicando júbilos por júbilos, por risas, por placeres. Apuntando en el aire las cifras fabulosas, sin peso de tu dicha.
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Poeta
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Sin armas. Ni las dulces sonrisas, ni las llamas rápidas de la ira. Sin armas. Ni las dulces sonrisas, ni las llamas rápidas de la ira. Sin armas. Ni las aguas de la bondad sin fondo, ni la perfidia, corvo pico. Nada. Sin armas. Sola. Ceñida en tu silencio. «Sí» y «no», «mañana» y «cuando» quiebran agudas puntas de inútiles saetas en tu silencio liso sin derrota ni gloria. ¡Cuidado! que te mata -fría, invencible, eterna- eso, lo que te guarda, eso, lo que te salva, el filo del silencio que tú aguzas.
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Poeta
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¡Si tú supieras que ese gran sollozo que estrechas en tus brazos, que esa lágrima que tú secas besándola, vienen de ti, son tú, dolor de ti hecho lágrimas mías, sollozos míos! Entonces ya no preguntarías al pasado, a los cielos, a la frente, a las cartas, qué tengo, por qué sufro. Y toda silenciosa, con ese gran silencio de la luz y el saber, me besarías más, y desoladamente. Con la desolación del que no tiene al lado otro ser, un dolor ajeno; del que está solo ya con su pena. Queriendo consolar en un otro quimérico el gran dolor que es tuyo.
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Poeta
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No te quiero mucho, amor. No te quiero mucho. Eres tan cierto y mío, seguro, de hoy, de aquí, que tu evidencia es el filo con que me hiere el abrazo. Espero para quererte. Se gastarán tus aceros en días y noches blandos, y a lo lejos turbio, vago, en nieblas de fue o no fue, en el mar del más y el menos, cómo te voy a querer, amor, ardiente cuerpo entregado, cuando te vuelvas recuerdo, sombra esquiva entre los brazos.
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Poeta
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