Cuentos :  La máquina de sueños
LA MÁQUINA DE SUEÑOS

Bajo la piel es más obscura que la noche sobre
...la cama de piedra con el sabor espinoso grácil.

Ella no dijo nada; El olor aceitoso era agradable
en un ángulo de cada destorcido tornillo, cableado
al estilo barroco del humo, mostrando sus caratulas
sobre la mesa en qué se apoyaba. Un gallo a lo lejos
tal vez tuviera qué ver con el mismo perfume arenoso
del sol en diferente mañana. Ayer dos extremos de
luna habrían querido salírsele del traje plateado a
cierta distancia del pico emplumando su canto con
la cresta al fondo del patio. Por fuera un ciprés azul
somnoliento tendía lentamente sombreada la tarde
navegante gris, con los ojos fijos en un punto dónde
la meditación se hunde, frívola, entre las hojas de
los libros sentados en el sillón impaciente, por el
tumor de la realidad amargamente cierta.

___ ¿Cómo pueden ustedes estar vivos, después de
miles de años?___ Solemnes anhelos congelados,
con las armas del fracaso en la razón despreciada,
y el poder de cambiar hecho un pobre imbécil.

Todo el día estuve tratando de repararla, durante
su recorrido por las ebrias almohadas con los ojitos
brillantes queriendo anticipar el momento dulce en
que lo lograría. De pronto empezó a llorar.
¡Sí!. Empezó a llorar el plástico, cibernéticamente
asombrado por los deberes que cierran el camino
a la voz llena de gente que carga los recuerdos al tocar
la piel del aire que ofrece sus manos temblorosas en
la esquina de cualquier tumba.
El silencio podía escucharse por la distancia acumulada
que estaba fantaseando en la penumbra cansada de
improviso en las habitaciones vecinas dónde trabajaba.

Esta máquina es el gran historiador qué ha perdido
la memoria sumergido en un periódico camino libremente
pegajoso entre las ruinas despiertas con la boca triangular
cuadriculada en lo último explicado frente a las lápidas de
testigos levantando los brazos entre vetustos documentos...
El vigor de su joven cuerpo, metálico, vibrante, ondulaba y
se agotaba inútilmente, esperando en vano el menor instante,
el más mínimo momento para utilizar su energía constructiva,
alentadora, rápidamente, sólo vestida de pena por la abundante
y desmedida codicia de los mandriles del sillón en sus rodillas
puntiagudas, por el infinito consuelo de la combustión espontánea.
Nada me importan tus plásticos metales humillados, sentía
pensarlo en un acrisolado simbolismo, y ahí dónde las aves
encuentran las puertas de la huerta cerradas. Pero sobre ello,
eres hermosa, buena y complaciente, fresca, mirada pulsátil,
en la espesura dónde la esperanza late y vuela ígnea luz....

Máquina, me digo, en la tentación de vivir, con la carne del tiempo
en el polvo momentáneo,... Máquina, lejos de tí la noche espantosa
nos mira con el rústico instrumento de la esperanza fósil...
Ahí dónde el mundo nos hace gastar más en menos, en cosas
que complacen los bolsillos ajenos a la miseria que mantiene
los ojos abiertos todo el tiempo que debería estar durmiendo,
tranquila, reluciente, flotando sin lamentos, sin la costumbre de
estar sorprendiéndose por su impotencia.

Nadie sabía la razón, pero nuevos productos hacían fila
desde los espacios infinitos en envases desechables a traves
de la transparente secuencia de pobres incautos que llegaban,
puntuales, en el mostrador que perseguía la cima dónde había
escogido quedarse la rutina inofensiva del vacío simulando la
inquietud del mar en sus espaldas punzantes... El caos quería
impedir mis trabajos en ello, tenía los puños alzados y en los ojos
el olor del tomillo... Por fin me ví encorvado encima de ella, brillaba,
en sus rostros de nácar y carmines, con el idilio de los últimos años
entre circuitos bulliciosos de gracia y sonrisa metafórica de dulces
ecos del desdén profundo mal recibido... ¡Y todo cuán metálica era!

Se encendió solamente para saber que yo era una obra suya...
Y de lo qué pasó después... Ya nadie se acuerda.


Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
Poeta