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Unos besan las sienes, otros besan las manos, otros besan los ojos, otros besan la boca. Pero de aquél a éste la diferencia es poca. No son dioses, ¿qué quieres?, son apenas humanos.
Pero, encontrar un día el espíritu sumo, la condición divina en el pecho de un fuerte, el hombre en cuya llama quisieras deshacerte ¡como al golpe de viento las columnas de humo!
La mano que al posarse, grave, sobre tu espalda, haga noble tu pecho, generosa tu falda, y más hondos los surcos creadores de tus senos.
¡Y la mirada grande, que mientras te ilumine te encienda al rojoblanco, y te arda, y te calcine hasta el seco ramaje de los pálidos huesos!
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Poeta
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Oye: yo era como un mar dormido. Me despertaste y la tempestad ha estallado. Sacudo mis olas, hundo mis buques, subo al cielo y castigo estrellas, me avergüenzo y escondo entre mis pliegues, enloquezco y mato mis peces. No me mires con miedo. Tú lo has querido.
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Poeta
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Yo seré a tu lado, silencio, silencio, perfume, perfume, no sabré pensar, no tendré palabras, no tendré deseos, sólo sabré amar.
Cuando el agua caiga monótona y triste buscaré tu pecho para acurrucar este peso enorme que llevo en el alma y no sé explicar.
Te pediré entonces tu lástima, amado, para que mis ojos se den a llorar silenciosamente, como el agua cae sobre la ciudad.
Y una noche triste, cuando no me quieras, secaré los ojos y me iré a bogar por los mares negros que tiene la muerte, para nunca más.
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Poeta
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Oh tú, que me subyugas. ¿Por qué has llegado tarde? ¿Por qué has venido ahora cuando el alma no arde, cuando rosas no tengo para hacerte con ellas una alegre guirnalda salpicada de estrellas?
Oh, tú, de la palabra dulce como el murmullo del agua de la fuente; dulce como el arrullo de la torcaza; dulce como besos dormidos sobre dos manos pálidas protectoras de nidos.
Oh tú, que con tus manos puedes tomar mi testa y hacerle brotar flores como un árbol en fiesta y hacer que entre mis labios se arquee la sonrisa como un cielo nublado que de pronto se irisa.
¿Por qué has llegado tarde? ¿Por qué has venido ahora cuando he sido vencida por llama destructora, cuando he sido arrasada por el fuego divino y voy, cegada y triste, por un negro camino?
Yo quiero, Dios de dioses, que me hagan nueva toda. Que me tejan con lirios; me sometan a poda las manos del misterio; que me resten maleza. Tus labios no se hicieron para curar tristeza.
Para tus labios, agua de una pureza suma. Para tus labios, copas de cristal y la espuma blanquísima de un alma que no sepa de abejas, ni de mieles, ni sepa de las flores bermejas.
Para tus manos, esas que nunca amortajaron; para tus ojos, esos, los que nunca lloraron; para tus sueños, sueños como cisnes de oro; para que tus pupilas persiguieran mis rastros,
Oh si luego mis pétalos que estrujaran tus manos, adquirieran por magia poderes sobrehumanos y hechos luz se aferraran a la luz de los astros para que tus pupilas persiguieran mis rastros.
Bienvenida la muerte que al sorberme me dieras; bienvenido tu fuego que agosta primaveras; bienvenido tu fuego que mata los rosales: que todas las corolas se acerquen a tus males.
Oh, tú, a quien idolatro por sobre la existencia, Oh, tú, por quien deseo renovada mi esencia. ¿Por qué has llegado ahora cuando no he de lograr el divino suplicio de verme deshojar?...
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Poeta
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Oh, primavera de las amapolas, tú que floreces para bien mi casa, luego que enjoyes las corolas, pasa.
Beso, la forma más voraz del fuego, clava sin miedo tu endiablada espuela, quema mi alma, pero luego, vuela.
Risa de oro que movible y loca sueltas el alma, de las sombras, presa, en cuanto asomes a la boca, cesa.
Lástima blanda del error amante que a cada paso el corazón diluye, vuelca tus mieles y al instante, huye.
Odio tremendo, como nada fosco, odio que truecas en puñal la seda, odio que apenas te conozco, queda.
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Poeta
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Yo danzaré en alfombra de verdura, ten pronto el vino en el cristal sonoro, nos beberemos el licor de oro celebrando la noche y su frescura.
Yo danzaré como la tierra pura, como la tierra yo seré un tesoro, y en darme pura no hallaré desdoro, Que darse es una forma de la altura.
Yo danzaré para que todo olvides y habré de darte la embriaguez que pides hasta que Venus pase por los cielos.
Mas algo acaso te será escondido, que pagana de un siglo empobrecido no dejaré caer todos los velos.
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Poeta
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Aquí, sobre tu pecho, tengo miedo de todo; estréchame en tus brazos como una golondrina y dime la palabra, la palabra divina que encuentre en mis oídos dulcísimo acomodo.
Háblame de amor, arrúllame, dame el mejor apodo, besa mis pobres manos, acaricia la fina mata de mis cabellos, y olvidaré, mezquina, que soy, ¡oh cielo eterno!, sólo un poco de lodo.
¡Es tan mala la vida! ¡Andan sueltas las fieras...! Oh, no he tenido nunca las bellas primaveras que tienen las mujeres cuando todo lo ignoran.
En tus brazos, amado, quiero soñar en ellos, mientras tus manos blancas suavizan mis cabellos, mientras mis labios besan, mientras mis ojos lloran.
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Poeta
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En las grandes mujeres reposó el universo. Las consumió el amor, como el fuego al estaño, a unas; reinas, otras, sangraron su rebaño. Beatriz y Lady Macbeth tienen genio diverso. De algunas, en el mármol, queda el seno perverso. Brillan las grandes madres de los grandes de antaño. Y es la carne perfecta, dadivosa del daño. Y son las exaltadas que entretejen el verso.
De los libros las tomo como de un escenario fastuoso -¿Las envidias, corazón mercenario? Son gloriosas y grandes, y eres nada, te arguyo.
-Ay, rastreando en sus alas, como en selvas las lobas, a mirarlas de cerca me bajé a sus alcobas y oí un bostezo enorme que se parece al tuyo.
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Poeta
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Hombre pequeñito, hombre pequeñito, suelta a tu canario, que quiere volar... Yo soy el canario, hombre pequeñito, déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito, hombre pequeñito que jaula me das. Digo pequeñito porque no me entiendes, ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto ábreme la jaula que quiero escapar; hombre pequeñito, te amé un cuarto de ala; no me pidas más.
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Poeta
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Fuera de ley, mi corazón a saltos va en su desazón.
Ya muerde acá, sucumbe allí, cazando allá, cazando aquí.
Donde lo intente yo dejar mi corazón no se ha de estar.
Donde lo deba yo poner mi corazón no ha de querer.
Cuando le diga yo que sí, dirá que no, contrario a mí.
Bravo león, mi corazón tiene apetitos, no razón.
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Poeta
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