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¿Por qué temer a la muerte, sí es ella la que diariamente desciende por las noches, a dormirnos y a dormir con nosotros?
Todas las noches, a la misma hora, una paloma de penumbra blanca llega volando a tranformarse en sueño para dormirnos en sereno idilio. ¿Qué secretos tan hondos afloramos en ese no decir que dice todo, mientras la sombra con su tacto vivo aprieta el nudo que los dos hacemos?
Yo me pregunto, cuando ya despierto miro mi lecho: ¿Vino algún lucero?, hay huellas luminosas en las sábanas y olor a firmamento entre paredes. Se adivina una fúnebre codicia... ¿Quién es y por qué viene a estar conmigo? Yo no sé qué será lo que buscamos con las nocturnas citas incorpóreas.
Explicarme pretendo su presencia, su roce casto, inmaterial, vacio como de fuego fatuo que inquemante en lo oscuro me alumbra compañía. Por lo que intuyo en soledad, yo creo que algo me deja y a la vez se lleva con su ternura alcanforada y fría: intercambio de apego enamorado.
En cuanto empieza a madurar la noche busco en regazo de mi lecho cómplice, cierro los ojos para ver más claro y espero hundido en mi zozobra ciega.
Todas las noches, a la misma hora, excito mi esperanza y me desnudo para aguardar que llegue lo invisible: el ave errante del letargo cósmico que borra el mundo y nos volvemos sueño.
Cuando ya no la espere, o que no venga, me hallarán en mi cama solo y solo, con los ojos abiertos, sin mirada; quieto en la quietud enmudecidad del cadáver que ya no busca nada, o que al fin encontró lo que esperaba.
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Poeta
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Una gallina con sus doce pollitos pica y camina.
De Ciclos terrenales, 1989
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Poeta
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(a J.G.M.)
Amor, desnudo amor que haces regreso en otro cuerpo de distinto aroma, pero siempre el amor, amor eterno, adolescente amor, inmadurable. Reconozco en la luz de tus locuras los mismos astros, la ternura misma, el ave tierna de imbesados labios, y vuelvo a comenzar lo inacabado... Otro nombre y el alba de otra risa; otras manos de tacto diferente, otro bosque de frutos imprevistos; pero dentro de mí —fiera indomable—; el mismo amor que florecí hace siglos, el mismo amor, enamorado siempre.
Mi ramaje de invierno se estremece al sufrir tu presencia inesperada, y sin saber por qué, se primavera el cauce muerto de mi muerta sangre. Soy de nuevo el de ayer, ascua creciente en esta llaga —esperanzado polvo—, que se aviva de nuevo con tu clima y florece en tu tallo, su ternura.
Amor, desnudo amor que yo creía muerto en la fiebre de mi vida trunca, el mismo amor con que aprendí a morirme en cada espera de insoladas ansias: el amor de mi amor nunca extinguido, el siempre adolescente amor ¡tan mío! que vuelve a renacer en mis ocasos.
El amor de mi amor, naciendo siempre, que se anida en el grito de tu sangre para vivir su última caída.
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Poeta
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¡Nada es tan mío como lo es el mar cuando lo miro!
De Cerca de lo lejos, 1979
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Poeta
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Sufro tu cauce sombrío que bajo mi piel avanza fatigando mi esperanza con su oculto desafío. Yo siento que tu vacío de mis entrañas respira y que sediento me mira desde mi sangre hacia fuera como verdad prisionera que en contra de mí conspira.
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Poeta
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De tanto saberte mía, muerte, mi muerte sedienta, no hay minuto en que no me sienta tu invasión lenta y sombría. Antes no te conocía o procuraba ignorarte, pero al sentirte y pensarte he podido comprender que vivir es aprender a morir para encontrarte.
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Poeta
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He de morir de mi muerte, de la que vivo pensando, de la que estoy esperando y en temor se me convierte. Mi voz oculta me advierte que la muerte con que muera no puede venir de fuera, sino que debe nacer de la hondura de mi ser donde crece prisionera.
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Poeta
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El poema íntimo, el que no escribo: solo lo cohabito contigo.
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Poeta
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No sé cómo mirar para encontrarte, horizonte de amor en que me excito, distancia sin medida donde habito para matar las ansias de tocarte.
No sé cómo gritar para llamarte en medio de mis siglos de infinito donde nace el silencio de mi grito movido por la sangre de buscarte.
Mirar sin que te alcance la mirada sangrar sin la presencia de una herida, llamarte sin oírme la llamada;
y atado al corazón que no te olvida, ser un muerto que tiene por morada un cuerpo que no vive sin tu vida.
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Poeta
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Una gallina con sus doce pollitos pica y camina.
1989
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Poeta
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