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Hoy no has venido al parque. Podría ponerme a recoger del suelo la luz desorientada y sin objeto que ha caído en tu banco. Para qué voy a hablar si no está tu silencio. Para qué he de mirar sin tu mirada. Y este reloj del corazón que espera golpeando y doliendo.
Esta noche de luna, y tú, lejana. Necesito a mi lado tus preguntas y encontrarte en el aire vuelta brasa, vuelta una llama dulce, vuelta silencio y regazo, vuelta noche y reposo, como cuando guiábamos la luna nuestra hasta la casa.
Qué manojo de rosas olvidadas. Qué tibia pluma y mansa luz, tu cuerpo como un árbol, como un árbol gritando, con tanto poro abierto, con tanta sangre en olas dulces elevándose. Oh, sagrado torrente del naufragio. Cómo amaría perderme y encontrarte.
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Poeta
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¿Por qué tuve que amarte sin medida si conquistar tu amor es imposible? ¿Por qué sufrir esta pasión terrible sabiendo que la lucha está perdida?
No logra la ilusión enternecida penetrar en tu alma inconmovible, ni la emoción que brota incontenible conmover tu ilusión adormecida.
Y aunque luchar sin término no arredra al corazón que vibra emocionado en la ilusión que crece como hiedra…
¡Cómo duele saber que ha fracasado en conquistar tu corazón de piedra mi pobre corazón enamorado!
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Poeta
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Si ahora digo amor tal vez no diga que la ausencia me mira del fondo de tus ojos, que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso y que el sol conocía tu perfil de memoria. Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro, la luz que fue llevarte de la mano pequeña como a un tallo mecido por un viento de música hacia los territorios donde aguarda el silencio.
Y ya que estás distante, qué pensarán los árboles qué dirán las canciones, cómo verá la noche mi soledad de río; dónde pondrán su ronda los niños de la tarde, adónde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo y la calle tan sola con sus puertas inútiles y las sombras sin besos y los perros perdidos; ahora que la ausencia me interrumpe la boca, ahora que me esperas tan allá de los niños.
Se nos ha muerto el año. Yo le veo el invierno hecho de un sólo frío, de un solo tajo solo a la mitad de agosto, de una dura distancia... larga, definitiva. Porque de pronto sobran los barcos, los andenes y de pronto este rumbo ya no tiene sentido como si nadie fuera hacia ninguna parte o alguien hubiera muerto a mitad de camino.
Alguien. Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije. La flor de tu vestido. Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre para que recobrara su condición de estío.
Ya no sé, nunca entiendo estas precarias sílabas, cosas que no recuerdo de pronto me dominan: ¿te dije que tenías la piel como de humo? ¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen? ¿te he enseñado el misterio de los árboles solos? ¿sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas?
No sé, nunca recuerdo tanta distancia, tanta canción que no he cantado cuando anduvimos juntos. Me dolería mucho no haberte dicho todo lo que llevo en la boca casi como otra risa.
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Poeta
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Esa cadera y codo en catarata. Esa pelvis de aire y de madera, su luna de brocal o de pulsera. Su femenina indefensión de cata.
Un caracol de dedos le dilata su jungla lineal de cabellera. Y el bordón es un pájaro que espera unos tallos de viento y hojalata.
Rasgada entre los bucles del fandango, subiendo un chamariz de seguiriya o muerta en abandono por el tango.
Sajada en espirales de boleros, nudo rizado, música que anilla pulsos entusiasmados de jilgueros.
De "Los viejos mitos del asombro"
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Poeta
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Fueron tus manos tercas y desnudas las que me deshojaron. Yo fui la eterna margarita del sí y del no: pétalo a pétalo talada en tu cintura. Toda ya cicatriz abierta hacia la lluvia.
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Poeta
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Esa puerta de mármol, esa losa que cae sobre mi alma si ando, donde me voy dejando nudillos, nudos, manos... He de tirarla abajo. Esa madera joven, en la que me he clavado, con ranuras estrechas, con bisagras gigantes, que envuelta de recuerdos me sale siempre al paso... He de tirarla abajo. Esa puerta que llama cuando sigo adelante, esa puerta que avanza cuando yo me he parado. Esa puerta que escucha cuando yo estoy llamando... Esa puerta -que es mía- he de tirarla abajo.
De "El gato junto al agua"
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Poeta
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En cada corazón arde una llama, si aún vive la ilusión y amor impera, pero en mi corazón desde que te ama sin que viva ilusión, arde una hoguera.
Oye esta confesión; te amo con miedo, con el miedo del alma a tu hermosura, y te traigo a mis sueños y no puedo llevarte más allá de mi amargura.
¿Sabes lo que es vivir como yo vivo? ¿Sabes lo que es llorar sin fe ni calma? ¿Mientras se muere el corazón cautivo y en la cruz del dolor expira el alma?
Eres al corazón lo que a las ruinas son los rayos del sol esplendoroso, donde el reptil se arropa en las esquinas y se avergüenza el sol del ser hermoso.
Nunca podrás amarme aunque yo quiera, porque lo exige así mi suerte impía, y si esa misma suerte nos uniera tú fueras desgraciada por ser mía.
Deja que te contemple y que te adore, y que escuche tu voz y que te admire, aunque al decirte adiós, con risas llore, y al volvernos a ver llore y suspire.
Yo no quiero enlazar a mi destino tu dulce juventud de horas tranquilas, ni he de dar otro sol a mi camino que los soles que guardan tus pupilas.
Enternézcame siempre tu belleza aunque no me des nunca tus amores, y no adornes con flores tu cabeza pues me encelan los besos de las flores.
Siempre rubios, finísimos y bellos, madejas de oro, en céltica guirnalda, caigan flotando libres tus cabellos, como un manto de reina por tu espalda.
Es cielo azul el que mi amor desea, la flor que más me encanta es siempre hermosa, que en tu talle gentil yo siempre vea tu veste tropical de azul y rosa.
Mírame con tus ojos adormidos, sonriéndote graciosa y dulcemente, y avergüenza y maldice a mis sentidos mostrándome el rubor sobre tu frente.
¿Yo nunca seré tuyo? ¡ay! ese día, oscureciera al sol duelo profundo; mas para ser feliz sobre este mundo bástame amarte sin llamarte mía.
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Poeta
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Si me fuera tu vida indiferente; si yo te amara menos y tú más; si corazón y sangre y alma y mente latieran con un ritmo y un compás;
Si fuéramos dos almas paralelas para volar, cantar, soñar y amar; dos gaviotas errantes y gemelas hijas del cielo azul y la ancha mar;
mas somos dos quejosos manantiales que sueñan entre espinos y jarales sediento uno del otro y nada más,
oyendo, bajo tálamo de frondas, tu sollozar mis ondas, yo tus ondas ¡ay! sin podernos confundir jamás.
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Poeta
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¿Qué haré con mi felicidad? ¿Dónde ponerla? Si en la copa de un árbol, la pican los jilgueros; si en la tierra, las larvas llegarán a roerla. ¿Qué haré con mi felicidad? ¿Dónde ocultarla? Encima de las nubes la verán los luceros, dentro del mar los peces querrán acariciarla. Es tan débil, tan blanda, que la hiere aún el viento, tan tímida, que el paso de la luz la sonroja, tan pulida y tan limpia que la empaña mi aliento. Si la envuelvo en camelias sufrirá de aspereza, si la dejo desnuda un rumor la deshoja. ¡Tan aérea, tan frágil su dormida cabeza! La estrecharé en mi pecho como a un hijo ciego, alfombraré mi carne de fantásticas nubes, perfumaré mis brazos de nardos y de espliego, la dormirán con himnos dulcísimos querubes... ¡Y el amor la defienda con su espada de fuego!
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Poeta
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Cuando de nuestro amor la llama apasionada dentro de tu pecho amante contemples extinguida, ya que sólo por ti la vida me es amada, el día en que me faltes, me arrancaré la vida.
Porque mi pensamiento, lleno de tu cariño, que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo, lejos de tus pupilas es triste como un niño que se duerme, soñando en tu acento de arrullo.
Para envolverte en besos quisiera ser el viento y quisiera ser todo lo que tu mano toca; ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento para poder estar más cerca de tu boca.
Vivo de tu palabra y eternamente espero llamarte mía como quien espera un tesoro. Lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero y, besando tus cartas, ingenuamente lloro.
Perdona que no tenga palabras con que pueda decirte la inefable pasión que me devora; para expresar mi amor solamente me queda rasgarme el pecho, amada, y en tus manos de seda ¡dejar mi palpitante corazón que te adora!
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Poeta
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