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Dos columnas pulidas, dos eternas columnas que relucen de blancura, forja la línea irreprochable y pura, como trazada en mármol, de tus piernas.
Con qué noble prestigio las gobiernas cuando al marchar, solemne de hermosura, imprimes a tu cuerpo la segura majestad de las Venus sempiternas.
Y cuando, inmóvil, luminosa y alta, en desnudez olímpica te ofreces, entre tus muslos de marfil resalta,
como una sombra, el bosquecillo terso de ébano y seda, bajo el cual guarneces el tesoro mejor del universo.
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Poeta
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Guardo en mi triste corazón inquieto un recóndito amor. Nadie lo ha visto ni lo verá jamás, pues lo revisto -para hacerlo más mío- del secreto.
Ella lo inspira en mí, pero discreto nunca lo nombro ni en mirarla insisto cuando, por un feliz don imprevisto, de su vago mirar soy el objeto...
Callada vive en mis ensueños como en virgen concha adormecida perla, o leve aroma en repulido pomo.
Y si presiento en mi inquietud perderla, a el alma bajo y con temor me asomo, para poder, sin que me miren, verla.
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Poeta
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Ella es así: la frente marfileña, a sol bruñidos los cabellos de oro, y dichoso compendio del sonoro brazo de un arpa la nariz risueña.
Su perfil reproduce el de fileña concha de mar en que durmió un tesoro, y los hombros, de helénico decoro, son dignos de un reposo de cigüeña.
Es tan blanca, que a veces se confunde su cuerpo con la luz. en lo que mira una instantánea castidad infunde;
a su lado inocencia se respira, y en conjunto feliz ella refunde nieve, perla, ave, flor, ángel y lira.
***
Ella es así: por donde pasa deja de subyugante sencillez la nota; cada expresión que de sus labios brota algún móvil purísimo refleja.
Nunca turba su voz áspera queja; nunca innoble pesar su alma denota; donde impera la sed, ella es la gota; donde falta el panal. ella es la abeja.
La intimidad de los jardines ama; ingenua devoción le inspira el arte que en el dolor de sus bálsamos derrama.
Cual pan de Dios la comprensión reparte; si dicha no le doy no la reclama, mas si alguna le dan, tengo mi parte.
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Poeta
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Cuando llegué a tus brazos, mi corazón rendido venía del desierto de una pena tenaz; tus brazos eran tibios y muelles como un nido, y en ellos me ofreciste la blandura y la paz.
Con flatiga del mundo, con nostalgia de olvido, escondí entre tus senos perfumados la faz, y me quedé sobre ellos dulcemente dormido, como un niño confiado sobre un valle feraz.
Quiero que así transcurra la vida que me resta por vivir: sin anhelos, sin dolor, sin protesta, sintiendo que tú encarnas mi insa,ciado ideal.
y cuando ya la muerte se llegue cautelosa, pasar, como en un sueño, de tus brazos de rosa, a los brazos solemnes de la noche eternal.
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Poeta
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En la grata penumbra de la alcoba todo, indecisamente sumergido y ella, desmelenada en el mullido y perfumado lecho de caoba;
tembló mi carne enfebrecida y loba, y arrobeme a su cuerpo repulido como un jazminero florecido una alimaña pérfida se arroba;
besé con beso deleitoso y sabio su palpitante desnudez de luna y en insaciada exploración, mi labio
bajo al umbroso edén de los edenes mientras sus piernas me formaban una corona de impudor sobre las sienes....
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Poeta
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En medio a mis congojas, en mitad de mi hastío, tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente, vino, desde las sombras, a posarse en mi frente y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
Perdóname! La culpa del injusto desvío fue del hombre que sueña, no del hombre que siente. Míra: puede en su rumbo desviarse la corriente pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella lumbre de los luceros que en la noche callada se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida, y tu amor es la estrella que un momento eclipsada sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
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Poeta
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Cuando se daba entera a mi albedrío, muchas veces salí de entre sus brazos con mi pobre ilusión hecha pedazos y con el corazón turbio de estío.
Y hoy que, por propio o por fatal desvío, de otro amor se adormece en los regazos, como quisiera renovar los lazos de aquel amor que me atedió por mío.
Oh dualidad entre infernal y loca: padecí taciturno desaliento siempre que un beso desfloré en su boca.
Y cuando ajena a mi ansiedad la siento, dar la vida y el alma me provoca por besarla otra vez sólo un momento.
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Poeta
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En un ejemplar de Para leer en la tarde
Gasté la ilusa juventud primera esperando un amor que nunca vino, y a la sombra de un árbol del camino, me senté a ver morir la primavera.
¡Qué triste ocaso el que a mi vida espera! pensaba ante el avance vespertino; mas repentinamente hubo un divino florecimiento en mi ánima: Ella era...
Eras tú que venías. Y este libro, en el que a todos los anhelos vibro, es mi ayer; es un parque abandonado
donde duermen en paz viejos amores. ¡Pasa cantando y deshojando flores sobre las hojas secas del pasado!
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Poeta
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Noche invernal. En torno de la mesa transcurre humildemente la velada; ella calla y me mira; en su mirada tiembla su corazón hecho promesa.
Callo también y sueño. Me embelesa la quietud de este cuarto de barriada en que vivo una hora, sazonada con mieles de pecado y de sorpresa.
Un abandono lánguido me embarga, pues en la noche embrujadora olvido del diario afán la pequeñez amarga,
y porque en el silencio y a su lado, gozo un minuto libre, en el florido regazo del azar y del pecado.
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Poeta
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Así dijo en la noche, desolado, el viajero: vengo de las diversas comarcas del amor; crucé por muchas almas y en todas fui extranjero; de todas salí siempre con fatiga y dolor.
Vi en los ojos más claros un mirar traicionero, y en las bocas más frescas hallé el mismo sabor; no hubo brazos capaces de hacerme prisionero, ni carnes que temblaran con un nuevo temblor.
De una mujer en otra fui pasando y en cada una dejé una parte de mi vida inmolada... Ya no tengo que darles ni espero que me den.
Sólo con los amores que he soñado me quedo, y con el tuyo ¡oh muerte! aunque me causa miedo que tus labios destilen sólo tedio también.
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Poeta
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