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¿Tú sabes lo que eres de mí? ¿Sabes tú el nombre? No es el que todos te llaman esa palabra usada que se dicen las gentes, si besan o se quieren, porque ya se lo han dicho otros que se besaron. Yo no lo sé, lo digo, se me asoma a los labios como una aurora virgen de la que no soy dueño. Tú tampoco lo sabes, lo oyes. Y lo recibe tu oído igual que el silencio que nos llega hasta el alma sin saber de qué ausencias de ruidos está hecho. ¿Son letras, son sonidos? Es mucho más antiguo. Lengua de paraíso, sanes primeros, vírgenes tanteos de los labios, cuando, antes de los números, en el aire del mundo se estrenaban los nombres de los gozos primeros. Que se olvidaban luego para llamarlo todo de otro modo al hacerlo otra vez nuevo son para el júbilo nuevo. En ese paraíso de los tiempos del alma, allí, en el más antiguo, es donde está tu nombre. Y aunque yo te lo llamo en mi vida, a tu vida, con mi boca, a tu oído, en esta realidad, como él no deja huella en memoria ni en signo, y apenas lo percibes, nítido y momentáneo, a su cielo se vuelve todo alado de olvido, dicho parece en sueños, sólo en sueños oído. Y así, lo que tú quieres, cuando yo te lo diga no podrá serlo nadie, nadie podrá decírtelo. Porque ni tú ni yo conocemos su nombre que sobre mi desciende, pasajero de labios, huésped fugaz de los oídos cuando desde mi alma lo sientes en la tuya, sin poderlo aprender, sin saberlo yo mismo.
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Poeta
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Perdóname por ir así buscándote tan torpemente, dentro de ti. Perdóname el dolor alguna vez. Es que quiero sacar de ti tu mejor tú. Ese que no te viste y que yo veo, nadador por tu fondo, preciosísimo. Y cogerlo y tenerlo yo en lo alto como tiene el árbol la luz última que le ha encontrado al sol. Y entonces tú en su busca vendrías, a lo alto. Para llegar a él subida sobre ti, como te quiero, tocando ya tan sólo a tu pasado con las puntas rosadas de tus pies, en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo de ti a ti misma. Y que a mi amor entonces le conteste la nueva criatura que tú eres.
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Poeta
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¡Cómo me dejas que te piense! Pensar en ti no lo hago solo, yo. Pensar en ti es tenerte, como el desnudo cuerpo ante los besos, toda ante mí, entregada. Siento cómo te das a mi memoria, cómo te rindes al pensar ardiente, tu gran consentimiento en la distancia, y más que consentir, más que entregarte, me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas recuerdos en escorzo, me haces señas con las delicias, vivas, del pasado, invitándome. Me dices desde allá que hagamos lo que quiero -unirnos- al pensarte, y entramos por el beso que me abres, y pensamos en ti, los dos, yo solo.
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Poeta
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Pensar en ti esta noche no era pensarte con mi pensamiento, yo solo, desde mí. Te iba pensando conmigo, extensamente, el ancho mundo. El gran sueño del campo, las estrellas, callado el mar, las hierbas invisibles, sólo presentes en perfumes secos, todo, de Aldebarán al grillo te pensaba.
¡Qué sosegadamente se hacía la concordia entre las piedras, los luceros, el agua muda, la arboleda trémula, todo lo inanimado, y el alma mía dedicándolo a ti! Todo acudía dócil a mi llamada, a tu servicio, ascendido a intención y a fuerza amante. Concurrían las luces y las sombras a la luz de quererte; concurrían el gran silencio, por la tierra, plano, suaves voces de nubes, por el cielo, al cántico hacia ti que en mi cantaba. Una conformidad de mundo y ser, de afán y tiempo, inverosímil tregua, se entraba en mí, como la dicha entera cuando llega sin prisa, beso a beso. Y casi dejé de amarte por amarte más, en más que en mí, inmensamente confiando ese empleo de amar a la gran noche errante por el tiempo y ya cargada de misión, misionera de un amor vuelto estrellas, calma, mundo, salvado ya del miedo al cadáver que queda si se olvida.
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Poeta
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Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del mundo, sólo tú serás tú. Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia. Iré rompiendo todo lo que encima me echaron desde antes de nacer. Y vuelto ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: «Yo te quiero, soy yo».
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Poeta
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No te veo. Bien sé que estás aquí, detrás de una frágil pared de ladrillos y cal, bien al alcance de mi voz, si llamara. Pero no llamaré. Te llamaré mañana, cuando, al no verte ya me imagine que sigues aquí cerca, a mi lado, y que basta hoy la voz que ayer no quise dar. Mañana... cuando estés allá detrás de una frágil pared de vientos, de cielos y de años.
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Poeta
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No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Te espero con un ser que no espera a los otros: en donde yo te espero sólo tú cabes. Nadie puede encontrarse allí conmigo sino el cuerpo que te lleva, como un milagro, en vilo. Intacto, inajenable, un gran espacio blanco, azul, en mí, no acepta más que los vuelos tuyos, los pasos de tus pies; no se verán en él otras huellas jamás. Si alguna vez me miras como preso encerrado, detrás de puertas, entre cosas ajenas, piensa en las torres altas, en las trémulas cimas del árbol, arraigado. las almas de las piedras que abajo están sirviendo aguardan en la punta última de la torre. Y ellos, pájaros, nubes, no se engañan: dejando que por abajo pisen los hombres y los días, se van arriba, a la cima del árbol al tope de la torre, seguros de que allí, en las fronteras últimas de su ser terrenal es donde se consuman los amores alegres, las solitarias citas de la carne y las alas.
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Poeta
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No rechaces los sueños por ser sueños. Todos los sueños pueden ser realidad, si el sueño no se acaba. La realidad es un sueño. Si soñamos que la piedra es la piedra, eso es la piedra. Lo que corre en los ríos no es un agua, es un soñar, el agua, cristalino. La realidad disfraza su propio sueño, y dice: ”Yo soy el sol, los cielos, el amor.” Pero nunca se va, nunca se pasa, si fingimos creer que es más que un sueño. Y vivimos soñándola. Soñar es el modo que el alma tiene para que nunca se le escape lo que se escaparía si dejamos de soñar que es verdad lo que no existe. Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse hecho materia y que se busca en tierra.
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Poeta
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Nadadora de noche, nadadora entre olas y tinieblas. Brazos blancos hundiéndose, naciendo, con un ritmo regido por designios ignorados, avanzas contra la doble resistencia sorda de oscuridad y mar, de mundo oscuro. Al naufragar el día, tú, pasajera de travesías por abril y mayo, te quisiste salvar, te estás salvando, de la resignación, no de la suerte. Se te rompen las alas, desbravadas, hecho su asombro espuma, arrepentidas ya de su milicia, cuando tú les ofreces, como un pacto, tu fuerte pecho virgen. Se te rompen las densas ondas anchas de la noche contra ese afán de claridad que buscas, brazada por brazada, y que levanta un espumar altísimo en el cielo; espumas de luceros; sí, de estrellas, que te salpica el rostro con un tumulto de constelaciones; de mundos. Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas, tu inocencia desnuda. Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo soporta, empuja, salva mucho más que tu carne. Así tu triunfo tu fin será, y al cabo, traspasadas el mar, la noche, las conformidades, del otro lado ya del mundo negro, en la playa del mundo que alborea, morirás en la aurora que ganaste.
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Poeta
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¿Las oyes cómo piden realidades, ellas, desmelenadas, fieras, ellas, las sombras que los dos forjamos en este inmenso lecho de distancias? Cansadas ya de infinitud, de tiempo sin medida, de anónimo, heridas por una gran nostalgia de materia, piden límites, días, nombres. No pueden vivir así ya más; están al borde del morir de las sombras que es la nada. Acude, ven conmigo. Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo. Los dos les buscaremos un color, una fecha, un pecho, un sol. Que descansen en ti, se tú su carne. ¡Se calmará su enorme ansia errante, mientras las estrechamos ávidamente entre los cuerpos nuestros donde encuentran su pasto y su reposo. Adormirán al fin en nuestro sueño abrazado, abrazadas. Y así luego, al separarnos, al nutrirnos sólo de sombras, entre lejos, ellas tendrán recuerdos ya, tendrán pasado de carne y hueso, el tiempo que vivieron en nosotros. Y su afanoso sueño de sombras, otra vez, será el retorno a esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito.
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Poeta
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