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La creación es un templo donde vivos pilares hacen brotar a veces vagas voces oscuras; por allí pasa el hombre a través de espesuras de símbolos que observan con ojos familiares.
Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan en una tenebrosa y profunda unidad, inmensa cual la noche y cual la claridad, perfumes y colores y sonidos dialogan.
Laten frescas fragancias como carnes de infantes, verdes como praderas, dulces como el oboe, y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes,
de expansión infinita sus olores henchidos, como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe, que los éxtasis cantan del alma y los sentidos.
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Poeta
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Por divertirse a veces suelen los marineros cazar a los albatros, aves de envergadura, que siguen, en su rumbo indolentes viajeros, al barco que se mece sobre la amarga hondura.
Apenas son echados en la cubierta ardiente, esos reyes del cielo, torpes y avergonzados, sus grandes alas blancas abaten tristemente como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.
¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico! ¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco! ¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico, imita otro su vuelo con renqueo burlesco!
El Poeta es semejante al príncipe del cielo que puede huir las flechas y el rayo frecuentar; entre mofas y risas exiliado en el suelo, sus alas de gigante le impiden caminar.
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Poeta
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Klop, klip, klop, klop, klip, klop. Desgranando gota a gota su rítmico sollozo, En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil, Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche.
Qué silencio! Se diría que este globo aletargado Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza. Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el Espacio, Peregrinos ahítos de las azules soledades, Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan, Enredando sin fin sus orbe indolentes, -Oasis de miseria o cadáveres de mundos- Las doradas esferas circulan errantes de concierto. Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro A las contemplaciones que su vuelo despliegan, Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas... Por qué razón someterlas a un metro rebelde! Nada quiero saber, el vértigo enervante Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo... Me fundo dulcemente... Estoy muerto, nada... ni siquiera la certeza De oír el surtidor puntuar gota a gota El eterno silencio de un rítmico sollozo. Klop, klip, klop, klop, klip, klop...
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Poeta
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Te adoro igual que a la bóveda nocturna, ¡oh vaso de tristeza, gran taciturna! Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes; y cuanto más me pareces encanto de mis noches, irónicamente aumentar la distancia que separa mis brazos de la inmensidad azul. Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos como junto a un cadáver un coro de gusanos, y amo tiernamente, bestia implacable y cruel, incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza.
Versión de María Fasce
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Poeta
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Me preguntan tus ojos, claros como el cristal, para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo? -¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita excepto el candor del animal primitivo,
no quiere descubrirte su secreto infernal. Berceuse cuya mano al dulce sueño invita, ni su negra leyenda escrita con llamas. ¡Odio la pasión y el ingenio me duele!
Amémonos con dulzura. El amor en su garita, tenebroso, emboscado, blande su arco cruel. Conozco las armas de su perfecto arsenal.
¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita! ¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal, también tú, mi tan fría y pálida Margarita?
Versión de María Fasce
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Poeta
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Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa, tendida bajo el mármol de negro monumento y por tibia morada y por solo aposento tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;
Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa, y le robe a tus flancos su dulce rendimiento, acallará por siempre tu corazón violento, detendrá para siempre tu andanza vagarosa.
La tumba, confidente de mi anhelo infinito (compasivo refugio del poeta maldito) a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:
"Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte"? Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.
Versión de Carlos López Narváez
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Poeta
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Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena. Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está. Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras la muchedumbre que se rinde al placer Su verdugo inclemente por las calles anhela Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela, Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
Que es posible escaparse de los ya muertos años Con sus antiguos trajes en el balcón celeste. Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,
Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza. Ahora, tal un sudario que desciende del este. Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
Versión de José Emilio Pacheco
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Poeta
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¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste. Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto. Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto; la tormenta a las flores de frescura reviste.
Eres más la que amo si la melancolía consterna tu mirada; si en lago de negrura tu corazón naufraga; si el ayer su pavura tiende sobre tus horas como nube sombría.
Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte -tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.
¡Oh voluptuosidades profundas y divinas! ¡Salmo de los deleites entonado en sollozos! Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos con que las interiores penumbras iluminas.
Tu corazón es fragua; la pasión insepulta como ascua inextinta, dispersa su destello; y bajo la celeste blancura de tu cuello un poco de satánica rebeldía se oculta.
Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños pesadillas sin término, reflejos avernales, y en lívidas visiones de azufre mil puñales tajen tu carne ebria de filtros y beleños,
y a todas las quimeras pávida esclavizada el augurio funesto mires a cada paso, y convulsa te acojas al letárgico abrazo del tedio irresistible que anuncia la alborada.
Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa, decirme desde el antro de la noche morbosa, con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!
Versión de Carlos López Narváez
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Poeta
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Soy la pipa de un escritor: dice bien claro mi pergeño de cafre, que tengo por dueño un refinado fumador.
Al agobio de su labor se agita mi flabel risueño igual que el penacho hogareño a la vuelta del labrador.
Mecer su corazón yo gusto en el móvil azul arbusto nacido en mi boca de fuego.
Y extiendo con mi beso ardiente sobre su espíritu doliente unción de encanto y de sosiego.
Versión de Carlos López Narváez
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Poeta
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Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente. Oigo perfectamente su queja dolorida, pero me palpo en vano para encontrar la herida.
Corre como si fuera regando un descampado, y en curiosos islotes convierte el empedrado, apagando la sed que hay en toda criatura y tiñendo doquiera de rojo la Natura.
A menudo también del vino he demandado que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino torna el mirar más claro y el oído más fino.
Tampoco en el amor el olvido he encontrado: ha sido para mí un lecho de alfileres, hecho para saciar la sed de las mujeres.
Versión de Eduardo Ritter
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Poeta
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