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Al pie nace de una cuna El árbol de la esperanza; Y al son del viento se mece, Frágil cual trémula caña: Sólo un instante por dicha Manso el céfiro le halaga, Que el cierzo helado lo seca, Y el austro ardiente lo abrasa. Crece, da vistosas flores, Y el fruto rara vez cuaja: Cual tierna flor del almendro, Muere por nacer temprana. Cuanto más alto se encumbra, Más peligros le amenazan; Como el cedro que descuella, Los rayos del cielo llama. Reposa el águila altiva En su copa soberana; Mientras insectos traidores Están royendo su planta: Hondas echa las raíces; Lejos extiende sus ramas; Y apenas da escasa sombra, La Muerte su tronco tala.
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Poeta
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Al borde está de una tumba La inexorable deidad, Mal ceñido el negro manto, Lívida la horrenda faz, Y la planta descarnada Sobre una corona real: En tablas de bronce y mármol, Carcomidas por la edad, Apoya el brazo siniestro Con terrible majestad, Y la historia de cien siglos Debajo borrada está. Reina en torno hondo silencio, Destrucción y soledad, Como en el Averno lago En que hasta el aire es letal; Ni alrededor nace yerba, Ni osan las aves volar. Ante sus ojos perenne Arde una luz funeral, Cual si la densa tiniebla Luchase por disipar; Mas apenas la vislumbra Entre sombras el mortal, Cuando su débil reflejo ¡Se pierde en la eternidad!
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Poeta
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Nobles hijos de Esparta y de Atenas, De la Patria la voz escuchad; Y rompiendo las viles cadenas, Del combate las armas forjad..
CORO
De acero el pecho fuerte la época represiva. De acero el brazo armad: Independencia o muerte, supremo. ¡Muerte! O muerte o libertad, seguida de un coro, repetida siete veces. ¡O libertad! ¿No miráis a esos fieros tíranos Al nacer vuestros hijos sellar, Aherrojar vuestros padres y hermanos, Vuestro lecho y amor profanar?
CORO
De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! Omuerte o libertad, ¡O libertad! Vuestro campo a otro dueño da fruto; A otro dueño labráis vuestro hogar; Y pagáis vergonzoso tributo Porque el aire podáis respirar.
CORO
De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! Omuerte o libertad, ¡O libertad! El infiel prorrumpió en su venganza: «De mis siervos el Dios dónde está?... Con blandir en el aire mi lanza, Al amago en el polvo caerá.»
CORO
De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! Omuerte o libertad, ¡O libertad! Sangre inunda las aras divinas Sangre miro los campos regar; Sangre empapan las tumbas y ruinas; Sangre corre en la tierra y el mar.
CORO
De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! Omuerte o libertad, ¡O libertad! ¿Qué tardáis?... ¡Al combate, a la gloria! No hay ya medio; o morid o triunfad: Si os negare el laurel la victoria, Del martirio la palma alcanzad.
CORO
De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! O muerte o libertad, ¡ O libertad! ¡Oh portento! En los cielos ya brilla Del Señor la gloriosa señal: Del infiel se tronchó la cuchilla; Y ceñís la corona inmortal.
CORO De acero el pecho fuerte, De acero el brazo armad: Independencia o muerte, ¡Muerte! O muerte o libertad, ¡O libertad!
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Poeta
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Amada patria mía, ¡Al fin te vuelvo a ver! ... Tu hermoso suelo, Tus campos de abundancia y de alegría, tierra amada: Tu claro sol y tu apacible cielo! ... Sí: ya miro magnífica extenderse De una y otra colina a la llanura La famosa ciudad; descollar torres Entre jardines de eternas verdura; Besar sus muros cristalinos ríos; Su vega circundar erguidos montes; Y la Nevada Sierra Coronar los lejanos horizontes. No en vano tu memoria Do quiera me seguía; Turbaba mi placer, mi paz, mi gloria; El corazón y el alma me oprimía! Del Támesis y el Sena En la aterida margen recordaba Del Dauro y del Genil la orilla amena; Y triste suspiraba; Y al ensayar tal vez alegre canto, Doblábase mi pena, Mi voz ahogaba el reprimido llanto. El arno delicioso Me ofreció en balde su feraz recinto, Esmaltado de flores, Asilo de la paz y los amores: «Más florida es la vega Que el manso Genil riega; Más grata la morada De la hermosa Granada ... » Y tan sentidas voces Murmuraba con triste desconsuelo; Y el hogar de mis padres recordando, Los mustios ojos levantaba al cielo. Tal vez en mi dolor más me aplacía De agreste sitio el solitario aspecto; De las ciudades azorado huía, Y ansioso, palpitante, Los escabrosos Ales recorría; Mas su nevada cumbre No tan viva y tan pura reflejaba Del sol la clara lumbre Cual la Nevada Sierra, Cuando el astro del día Un torrente de luz vierte en la tierra. De Pompeya las ruinas pavorosas, Sus calles silenciosas, Sus pórticos desiertos, De yerba ya cubiertos, Mi profundo pesar lisonjeaban; Y graves reflexiones En mi agitada mente despertaban: ¿Qué vale el poder vano Del miserable humano? En abatir su orgullo y su renombre La suerte se complace; Y las obras que eternas juzga el hombre, Con un soplo deshace... Por el rastro de escombros junto al Tíber Hoy busca el caminante Del sumo Jove la ciudad triunfante; Rompe el arado la fecunda tierra, Que cual lóbrega tumba Los sacros restos de Hércules encierra; Y si Pompeya en pie mira sus muros, Los siglos carcomieron su cimiento; Y al respirar el viento, Tiembla sobre su planta mal seguros. Así en mi juventud yo vi las torres de la soberbia Alhambra quebrantadas Amenazar del Dauro la corriente Con su ruina inminente; Cada rápido instante de mi vida El plazo apresuró de su caída; Y del antiguo Alcázar soberano, En que el moro poder vinculó ufano Su gloria a las edades, Tal vez un día ni hallarán mis ojos Los míseros despojos... A tan funesta imagen, en el pecho Mi corazón se ahogaba; Y en lágrimas deshecho, Al pie de los sepulcros me postraba... ¿Cuál es tu magia, tu inefable encanto, Oh patria, oh dulce nombre, Tan grato siempre al hombre? El tostado africano, Lejos tal vez de su nativa arena, Con pesar y desdén los prados mira, Y por ella suspira: Hasta el rudo lapón, si en hora infausta Se vio arrancado del materno suelo, Envidia y ansía las eternas noches, Los yertos campos y el perpetuo hielo; Y yo, a quien diera la benigna suerte Nacer, Granada, en tu feliz regazo, Y crecer en tu seno, De tantos bienes lleno; Yo triste, ausente de la patria mía, De ti me olvidaría! En las ásperas costas africanas, Al náufrago inhumanas, Yo tu sagrado nombre repetía; Y las inquietas olas Llevábanlo a las costas españolas En el polo apartado Oyólo de mi labio el mar furioso, Por el tesón del batávo enfrenado; Oyóle el Rhin, el Ródano espumoso, El alto Pirineo, el Apenino; Y del Vesubio ardiente En el cóncavo hueco Por vez primera repitiólo el eco.
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Poeta
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¡Cuán rápida desciende la arena ante mi vista; y cada leve grano lleva un mísero instante de mi vida! ... Tardos los juzga el Tiempo, y el curso precipita, y el frágil vidrio estalla entre las manos de la Muerte impía: Al viento arroja el polvo con bárbara sonrisa; y amor, gloria, ilusiones al borde de la tumba se disipan... ¿Dónde voló mi infancia, mi juventud florida, mis años más dichosos, mis gustos, mis encantos, mis delicias? Todo pasó cual sueño. Todo finó en un día, cual flor que al alba nace, y al trasmontar del sol yace marchita. Mi corazón sensible a la piedad divina, a la amistad sincera, del amor a las plácidas caricias, abrió su incauto seno, exento de perfidia; y la maldad proterva clavó con sangre en él duras espinas... ¿Por qué, decid, crueles, desgarráis tan aprisa la venda de mis ojos, que el fementido mundo me encubría? Amar es mi destino. Amar mi bien, mi dicha. El cielo bondadoso para amar me dio un alma compasiva. Si aborrecer es fuerza, trocad el alma mía. Que el odio y la venganza en mi pecho jamás tendrán cabida... ¡Así, Dios de clemencia, mis súplicas recibas con tu piedad, y enjugues las lágrimas que riegan mis mejillas!
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Poeta
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¿Hubo n día jamás, un solo día, cuando el amor mil dichas me brindaba, en que la cruda mano del destino la copa del placer no emponzoñara? Tú lo sabes, mi bien: el mismo cielo para amarnos formó nuestras dos almas; mas con doble crueldad, las unió apenas, las quiso dividir, y las desgarra. ¡Cuántas veces sequé con estos labios tus mejillas en lágrimas bañadas, tus ojos enjugué, y hasta en tu boca bebí ansioso tus lágrimas amargas! Con suspiros tristísimos salían, mezcladas, confundidas tus palabras; y al repeler mis manos con latidos, tu corazón desdichas presagiaba... Todas, a un tiempo, todas se cumplieron: y si tal vez un rayo de esperanza brilló cual un relámpago, el abismo nos mostró abierto a nuestas mismas plantas. ¿Lo recuerdas, mi bien? Morir unidos demandamos al cielo en noche aciaga, cuando natura toda parecía en nuestro daño y ruina conjurada: la tierra nos negaba hasta un asilo; la lluvia nuestros pasos atajaba; bramaba el huracán; el cielo ardía, las centellas en torno serpeaban... ¡Ay!, ojalá la muerte en aquel punto sobre entrambos el golpe descargara, cuando sin voz, sin fuerzas, sin aliento, te sostuve en mis hombros reclinada. '¿Qué temes? Vuelve en ti; soy yo, bien mío; es tu amante, tu dueño quien te llama; ni el mismo cielo separarnos puede: o destruye a los dos, o a los dos salva.' Inmóvil, muda, yerta, parecías de duro mármol insensible estatua; mas cada vez que retumbaba el trueno, trémula contra el seno me estrechabas; en tanto que por hondos precipicios, casi ya sumergido entre las aguas, a pesar de los cielos y la tierra conduje a salvo la adorada carga... Ahora, ¡ay de mi!, por siempre separados, sin amor, sin hogar, sin dulce patria, el peligro más lev me amedrenta; la imagen de la muerte me acobarda: ni habrá un amigo que mis ojos cierre; veré desierta mi fatal estancia; y solo por piedad mano extranjera arrojará mi cuerpo en tierra extraña.
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Poeta
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Pálida está de amores mi dulce niña. ¡Nunca vuelven las rosas a sus mejillas!
Nunca de amapolas o adelfas ceñida mostró Citerea su frente divina. Téjenle guirnaldas de jazmín sus ninfas, y tiernas violas Cupido le brinda.
Pálida está de amores mi dulce niña. ¡Nunca vuelven las rosas a sus mejillas!
El sol en su ocaso presagia desdichas con rojos celajes la faz encendida. El alba, en Oriente, más plácida brilla; de cándido nácar los cielos matiza.
Pálida está de amores mi dulce niña. ¡Nunca vuelven las rosas a sus mejillas!
¡Qué linda se muestra, si a dulces caricias afable responde con blanda sonrisa! Pero muy más bellas el amor convida si de amor se duele si de amor respira.
Pálida está de amores mi dulce niña. ¡Nunca vuelven las rosas a sus mejillas!
Sus lánguidos ojos el brillo amortiguan; retiemblan sus brazos; su seno palpita. Ni escucha, ni habla, ni ve, ni respira; y busca en sus labios el alma y la vida...
Pálida está de amores mi dulce niña. ¡Nunca vuelven las rosas a sus mejillas!
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Poeta
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Mientras el crudo diciembre Arroja nieve y granizo, Y del palacio las puertas Conmueve el ábrego impío, A su amparo en noche oscura Se acoge un mísero niño, Que abandonaron sus padres Y no halla en el mundo asilo: Ambas manos junto al pecho, Tiembla de susto y de frío; Y hasta el aliento le falta Para demandar auxilio... ¡Jamás tuvo el inocente Quien oyera sus suspiros, Quien enjugase su llanto, Quien le llamara su hijo! En el hueco de unas rocas Le hallaron recién nacido, Sin más protector que el cielo, Ni más padre que Dios mismo; Sólo Dios, que abre su mano Para el tierno pajarillo, Y hasta en el aura derrama Las semillas y el rocío.
Huérfano desventurado, No llores tan afligido; Y llama a la misma puerta Que hora te sirve de arrimo: Llama otra vez, que su dueño En blando lecho adormido, En sueños ve los tesoros Que conducen sus navíos; Y no ha de ser tan cruel, Que al escuchar tus gemidos, Te niegue un pobre sustento, Te niegue un mísero abrigo.
«¡Amparad piadosos A un niño infeliz; Y Dios os lo premie Mil veces y mil! Solo y desvalido ¡Ay triste! nací; Que mi propia madre Me alejó de sí... Si madre tuvisteis, A Dios bendecid; ¡Y en memoria suya Doleos de mí! Nunca una palabra Cariñosa oí; Llanto de mis ojos Por leche bebí...
Por Dios y su Madre, Piadosos abrid; Si no, a vuestra puerta, Me veréis morir!...»
Apenas estas palabras Sollozaba el huerfanito, Cuando dentro del palacio Sonó de un can el ladrido; Cien esclavos acudieron; Y amenazaron al niño, Si en mal hora el dueño adusto Despertaba a sus gemidos.
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Poeta
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Único asilo en mis eternos males, Augusta soledad, aquí en tu seno, Lejos del hombre y su importuna vista, Déjame libre suspirar al menos: Aquí, a la sombra de tu horror sublime, Daré al aire mis lúgubres lamentos, Sin que mi duelo y mi penar insulten Con sacrílega risa los perversos, Ni la falsa piedad tienda su mano, Mi llanto enjugue y me traspase el pecho. Todo convida a meditar: la noche El mundo envuelve en tenebroso velo; Y aumentando el pavor, quiebran las nubes De la luna los pálidos reflejos: El informe peñasco, el mar profundo Hirviendo en torno con medroso estruendo, El viento que bramando sordamente Turba apenas el lúgubre silencio, Todo inspira terror, y todo adula Mi triste afán y mi dolor acerbo. La horrible majestad que me rodea Lentamente descarga el grave peso Que mi pecho oprimió: por vez primera Se mezclan mis sollozos a mis ecos, Y apiadado el destino da a mis ojos De una mísera lágrima el consuelo... ¡Llanto feliz! Cual bienhechor rocío Templa la sed del abrasado suelo, Calma la angustia, la mortal congoja Con que batalla mi cansado esfuerzo; Y en plácida tristeza absorta el alma, No envidiará la dicha ni el contento. Solo en el mundo, de ilusiones libre, De vil temor y de esperanza ajeno, Encontraré la paz que vanamente35 me ofreció con su magia el universo. ¿Qué importa que a mi planta mal segura Aún falte tierra en que estampar su sello, Y al carcomido escollo amenazando, Me estreche el mar en angustioso cerco? ¿No me basto a mí mismo? ¿No me es dado Alzar mis ojos sin pavor al cielo, Sentir mi corazón que quieto late, Y el mundo contemplar con menosprecio? Yo vi en la aurora de mi edad florida Sus encantos brindarse a mis deseos: Gloria, riquezas, cuantos falsos bienes Anhela el hombre en su delirio ciego, En torno me cercaron: oficiosa La amistad redoblaba mi contento; La pérfida ambición me sonreía; Me brindaba el amor su dulce seno Temí, temblé, me apercibí al combate, Demandé a mi razón su flaco esfuerzo; Y apenas pude en afanosa lucha Rechazar tanto hechizo lisonjero. ¡Qué fuera, o Dios, si al rápido torrente Yo propio me arrojara! En presto vuelo Pasaron cinco lustros de mi vida, Y el cuadro encantador huyó con ellos; Huyó, volví la vista, lancé un grito Y en vez de flores encontré un desierto.
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Poeta
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Cesa un instante siquiera, Cesa, avecilla, en el canto, Y no atraigas a los tuyos Con tu pérfido reclamo: El mismo dueño a quien sirves, Te arrancó del nido amado, Te robó la libertad, Te desterró de los campos; Y por complacerle ahora, De tanta crueldad en pago A tu esposo y a tus hijos Tú misma tiendes el lazo. La voz del amor empleas, Brindas con dulces halagos, Cuando la tierra y el cielo A amar están convidando; Pero entre tanto escondida La muerte acecha a tu lado, Pronta a salpicar con sangre Las bellas flores del prado ¡Ay! deja al hombre cruel Valerse de esos engaños; Llamar con voz alevosa y vender a sus hermanos.
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Poeta
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