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La tinta verde crea jardines, selvas, prados, follajes donde cantan las letras, palabras que son árboles, frases que son verdes constelaciones.
Deja que mis palabras, oh blanca, desciendan y te cubran como una lluvia de hojas a un campo de nieve, como la yedra a la estatua, como la tinta a esta página.
Brazos, cintura, cuello, senos, la frente pura como el mar, la nuca de bosque en otoño, los dientes que muerden una brizna de yerba.
Tu cuerpo se constela de signos verdes como el cuerpo del árbol de renuevos. No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa: mira al cielo y su verde tatuaje de estrellas.
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Poeta
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Es una calle larga y silenciosa. Ando en tinieblas y tropiezo y caigo y me levanto y piso con pies ciegos las piedras mudas y las hojas secas y alguien detrás de mí también las pisa: si me detengo, se detiene; si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie. Todo está oscuro y sin salida, y doy vueltas y vueltas en esquinas que dan siempre a la calle donde nadie me espera ni me sigue, donde yo sigo a un hombre que tropieza y se levanta y dice al verme: nadie.
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Poeta
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Quiso cantar, cantar para olvidar su vida verdadera de mentiras y recordar su mentirosa vida de verdades.
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Poeta
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En un rincón del salón crepuscular O al volver una esquina en la hora indecisa y blasfema, O una mañana parecida a un navío atado al horizonte, O en Morelia, bajo los arcos rosados del antiguo acueducto, Ni desdeñosa ni entregada, centelleas.
El telón de este mundo se abre en dos. Cesa la vieja oposición entre verdad y fábula, Apariencia y realidad celebran al fin sus bodas, Sobre las cenizas de las mentirosas evidencias Se levanta una columna de seda y electricidad, Un pausado chorro de belleza. Tú sonríes, arma blanca a medias desenvainada. Niegas al sueño en pleno sueño, Desmientes al tacto y a los ojos en pleno día. Tú existes de otro modo que nosotros, No eres la vida pero tampoco la muerte. Tú nada más estás, Nada más fulges, engastada en la noche.
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Poeta
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En un poema leo: conversar es divino. Pero los diosa no hablan: hacen, deshacen mundos mientras los hombres hablan. Los dioses, sin palabras, juegan juegos terribles.
El espíritu baja y desata las lenguas pero no habla palabras: habla lumbre. El lenguaje, por el dios encendido, es una profecía de llamas y una torre de humo y un desplome de sílabas quemadas: ceniza sin sentido.
La palabra del hombre es hija de la muerte. Hablamos porque somos mortales: las palabras no son signos, son años. Al decir lo que dicen los nombres que decimos dicen tiempo: nos dicen. Somos nombres del tiempo.
Mudos, también los muertos pronuncian las palabras que decimos los vivos. El lenguaje es la casa de todos en el flanco del abismo colgada. Conversar es humano.
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Poeta
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En filas ordenadas regresamos y cada noche, cada noche, mientras hacemos el camino, el breve infierno de la espera y el espectro que vierte en el oído: “¿No tienes sangre ya? ¿por qué te mientes? Mira los pájaros… El mundo tiene playas todavía y un barco allá te espera, siempre.”
Y las piernas caminan y una roja marea inunda playas de ceniza.
“Es hermosa la sangre cuando salta de ciertos cuellos blancos. Báñate en esa sangre: el crimen hace dioses.”
Y el hombre aprieta el paso y ve la hora: aún es tiempo de alcanzar el tranvía.
“Allá, del otro lado, yacen las islas prometidas. Danzan los árboles de música vestidos, se mecen las naranjas en las ramas y las granadas abren sus entrañas y se desgranan en la yerba, rojas estrellas en un cielo verde, para la aurora de amarilla cresta…”
Y los labios sonríen y saludan a otros condenados solitarios: ¿Leyó usted los periódicos?
“¿No dijo que era el Pan y que era el Vino? ¿No dijo que era el Agua? Cuerpos dorados como el pan dorado y el vino de labios morados y el agua, desnudez…”
Y el hombre aprieta el paso y al tiempo justo de llegar a tiempo doblan la esquina, puntuales, Dios y el tranvía.
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Poeta
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I
En el alba de callados venenos amanecemos serpientes.
Amanecemos piedras, raíces obstinadas, sed descarnada, labios minerales.
La luz en estas horas es acero, es el desierto labio del desprecio. Si yo toco mi cuerpo soy herido por rencorosas púas. Fiebre y jadeo de lentas horas áridas, miserables raíces atadas a las piedras.
Bajo esta luz de llanto congelado el henequén, inmóvil y rabioso, en sus índices verdes hace visible lo que nos remueve, el callado furor que nos devora.
En su cólera quieta, en su tenaz verdor ensimismado, la muerte en que crecemos se hace espada y lo que crece y vive y muere se hace lenta venganza de lo inmóvil.
Cuando la luz extiende su dominio e inundan blancas olas a la tierra, blancas olas temblantes que nos ciegan, y el puño del calor nos niega labios, un fuego verde cerca al henequén, muralla viva que devora y quema al otro fuego que en el aire habita. Invisible cadena, mortal soplo que aniquila la sed de que renace.
Nada sino la luz. No hay nada, nada sino la luz contra la luz rabiosa, donde la luz se rompe, se desangra en oleaje estéril, sin espuma.
El agua suena. Sueña. El agua intocable en tu tumba de piedra, sin salida en su tumba de aire. El agua ahorcada, el agua subterránea, de húmeda lengua humilde, encarcelada. El agua secreta en su tumba de piedra sueña invisible en su tumba de agua.
A las seis de la tarde alza la tierra un vaho blanquecino. Vuelan pájaros mudos, barro helado. Arrasen nubes crueles el cielo sin orillas.
Pero en la noche el agua gime. Un cielo de metal oprime pecho y venas y tiembla en el ahogo el horizonte. El agua gime entre sus negros hierros. El hombre corre de la muerte al sueño.
El henequén vigila cielo y tierra. Es la venganza de la tierra, la mano de los hombres contra el cielo.
II
¿Qué tierra es ésta?, ¿qué extraña violencia alimenta en su cáscara pétrea? ¿qué fría obstinación, años de fuego frío, petrificada saliva persistente, acumulando lentamente un jugo, una fibra, una púa?
Una región que existe antes que sobre el mundo alzara el aire su bandera de fuego y el agua sus cristales; una región de piedra nacida antes del nacimiento mismo de la muerte, una región, un párpado de fiebre, unos labios sin sueño que recorre sin término la sed, como el mar a las lajas en las costas desiertas.
La tierra sólo da su flor funesta, su espada vegetal. Su crecimiento rige la vida de los hombres. Por sus fibras crueles corre una sed de arena trepando desde sótanos ciegos, duras capas de olvido donde el tiempo no existe.
Furiosos años lentos, concentrados, como no derramada, oculta lágrima, brotando al fin sombríos en un verdor ensimismado, rasgando el aire, pulpa, ahogo, blanda carne invisible y asfixiada. Al cabo de veinticinco amargos años alza una flor sola, roja y quieta. Una vara sexual la levanta y queda entre los aires, isla inmóvil, petrificada espuma silenciosa.
Oh esplendor vengativo, única llama de este infierno seco, ¿tanta fiebre acallada, surge en tu llama rígida, desnuda, para cantar, sólo, tu muerte?
III
¡Si yo pudiera, en esta orilla que la sed ilumina, cantar al hombre que la habita y la puebla, cantar al hombre que su sed aniquila!
Al hombre húmedo y persistente como lluvia, al hombre como un árbol hermoso y ultrajado que arranca su nacimiento al llanto, al hombre como un río entre las llamas, como un pájaro semejante a un relámpago. Al hombre entre sus fines y sus frutos.
Los frutos de la tierra son los fines del hombre. Mezcla su sal henchida con las sales terrestres y esa sal es más tierna que la sal de los mares: le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.
¡Si pudiera cantar al hombre que vive bajo esta piel amarga! El nacimiento, el espanto nocturno, la vasta mano que puebla y despuebla la tierra.
Entre el primer silencio y el postrero, entre la piedra y la flor, tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo, un silencio flotante, como fuga de sangre, como humo, como agua que olvida.
Llamas petrificadas te sostienen. Caminas entre espadas, casi invisible bajo el temblor del cielo liso, con un paso, un solo paso tierno, un leve paso de animal que huye.
Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas. Tú danzas, bebes, sueñas. Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.
Alguien te sueña, solo. Tu nombre, polvo, piedra, en el polvo sediento precipita su ruina.
Mas no es el ritmo oscuro del planeta, el renacer de cada día, el remorir de cada noche, lo que te mueve por la tierra.
IV
¡Oh rueda del dinero, que ni te palpa ni te roza y te deshace cada día!
Ángel de tierra y sueño, agua remota que se ignora, oh condenado, oh inocente, oh bestia pura entre las horas del dinero, entre esas horas que no son nuestras nunca, por esos pasadizos de tedio devorante donde el tiempo se para y se desangra.
¡El mágico dinero! Invisible y vacío, es la señal y el signo, la palabra y la sangre, el misterio y la cifra, la espada y el anillo.
Es el agua y el polvo, la lluvia, el sol amargo, la nube que crea el mar solitario y el fuego que consume los aires. Es la noche y el día: la eternidad sola y adusta mordiéndose la cola.
El hermoso dinero da el olvido, abre las puertas de la música, cierra las puertas al deseo. La muerte no es la muerte: es una sombra, un sueño que el dinero no sueña.
¡El mágico dinero! Sobre los huesos se levanta, sobre los huesos de los hombres se levanta.
Pasas como una flor por este infierno estéril, hecho sólo del tiempo encadenado, carrera maquinal, rueda vacía que nos exprime y deshabita, y nos seca la sangre, y el lugar de las lágrimas nos mata.
Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.
V
Dame, llama invisible, espada fría, tu persistente cólera, para acabar con todo, oh mundo seco, oh mundo desangrado, para acabar con todo.
Arde, sombrío, arde sin llamas, apagado y ardiente, ceniza y piedra viva, desierto sin orillas.
Arde en el vasto cielo, laja y nube, bajo la ciega luz que se desploma entre estériles peñas.
Arde en la soledad que nos deshace, tierra de piedra ardiente, de raíces heladas y sedientas.
Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.
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Poeta
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El viento despierta, barre los pensamientos de mi frente y me suspende en la luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta! Otoño: entre tus manos frías el mundo llamea.
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Poeta
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El mar, el mar y tú, plural espejo, el mar de torso perezoso y lento nadando por el mar, del mar sediento: el mar que muere y nace en un reflejo.
El mar y tú, su mar, el mar espejo: roca que escala el mar con paso lento, pilar de sal que abate el mar sediento, sed y vaivén y apenas un reflejo.
De la suma de instantes en que creces, del círculo de imágenes del año, retengo un mes de espumas y de peces,
y bajo cielos líquidos de estaño tu cuerpo que en la luz abre bahías al oscuro oleaje de los días.
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Poeta
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La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol negro y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras.
La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña.
Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma.
Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea.
Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto.
Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez.
Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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Poeta
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