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¡Esa!... La que en el alma llevo oculta; la que no salta afuera ni se expande en la pupila; la que a nadie insulta en un alarde de dolor: la grande,
la infinita, la muda, la sombría, la terca, la traidora, la doliente lágrima de dolor, lágrima mía, que está clavada en mí profundamente!
La que no da una tregua ni un consuelo de dulce sollozar. La que me hiere, y me punza, y me obsede, y pone un velo turbio en mis ojos; la que nunca muere
ni nace a flor de rostro; la que nunca refrena su latir; la que no intenta asomarse a la faz y queda trunca, y hace la pena interminable y lenta...
Cántaros secos, áridos, mis ojos; páramos sin frescura ni rocío; febricitantes de escrutar los rojos límites, del espacio y del vacío...
¡Esa!... La que no llega, ni ha llegado, ni llegará a los ojos nunca... ¡nunca!... Mi lágrima tenaz que no ha mojado el Sahara estéril de mi vida trunca,
¡Ésa... no la verás, porque en la calma de mis angustias, se ha trocado en perla! Para verla hace falta tener alma; y tú, ¡no tienes alma para verla!...
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Poeta
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¡Te perdí para siempre! El torbellino de la ciudad, te arrebató inclemente. Ya nunca volveré a besar tu frente ni beberemos juntos nuestro vino.
La vida bifurcó nuestro camino; ya no vamos del brazo alegremente, ni apaga nuestra sed la misma fuente, ni tú oyes mi canción, ni yo tu trino.
¡Y no hubo ni un adiós! Fue lo insondable: el silencio... el dolor... lo irremediable... ¡la atroz sonrisa y la fingida calma..!
Después, cargué mi amor rígido y yerto. Lloré mucho; recé, velé a mi muerto, ¡y me enterré el cadáver en el alma..!
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Poeta
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Porque eres canallesca, porque eres exquisita, y porque eres perversa, y porque eres fatal, mi carne pecadora tu carne necesita para libar las mieles de las flores del Mal.
Porque tiene tu vientre albor de margarita, y tus piernas, columnas de tu templo carnal, guardan el Tabernáculo de mi hostia maldita y ocultan el secreto de mi anhelo sensual.
Porque tus ojos glaucos, para el hombre inconstantes, brillan faunescamente, lesbianos, inquietantes, cuando pasa una núbil doncella junto a ti,
anhelo pecadora, tu lascivo contacto para la complicada consumación del Acto, ¡Con la santa lujuria que está latente en mí!
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Poeta
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De !peñón en peñón, turbias, saltando Las aguas de Aures descender se ven; La roca de granito socavado Con sus bombas haciendo estremecer.
Los helechos y juncos de su orilla Temblorosos, condensan el vapor; Y en sus columpios trémulas vacilan Las gotas de agua que abrillanta el sol.
Se ve colgando en sus abismos hondos, Entretejido, el verde carrizal, Como de un cofre en el oscuro fondo Los hilos enredados de un collar.
Sus cintillos en arcos de esmeralda Forman grutas do no penetra el sol, Como el toldo de mimbres y de palmas Que Lucina tejió para Endimión.
Reclinado a su sombra, cuántas veces Vi mi casa a lo lejos blanquear, Paloma oculta entre el ramaje verde, Oveja solitaria en el gramal.
Del techo bronceado se elevaba El humo tenue en espiral azul... La dicha que forjaba entonce el alma Fresca la guarda la memoria aún.
Allí a la sombra de esos verdes bosques Correr los años de mi infancia vi; Los poblé de ilusiones cuando joven, Y cerca de ellos aspiré a morir.
Soñé que allí mis hijos y mi Julia... Basta, las penas tienen su pudor, Y nombres hay que nunca se pronuncian Sin que tiemble con lágrimas la voz.
Hoy también de ese techo se levanta Blanco-azulado el humo del hogar: Ya ese fuego lo enciende mano extraña, Ya es ajena la casa paternal.
La miro cual proscrito que se aleja, Ve de la tarde a la rosada luz, La amarilla vereda que serpea De su montaña en el lejano azul.
Son un prisma las lágrimas que prestan Al pasado su mágico color; Al través de la lluvia son más bellas Esas colinas que ilumina el sol.
Infancia, juventud, tiempos tranquilos, Visiones de placer, sueños de amor, Heredad de mis padres, hondo río, Casita blanca... y esperanza, ¡adiós!
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Poeta
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A mi amigo el Señor Domingo Díaz Granados.
¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma Que cuando asome en el oriente el sol, Con tierno arrullo su canción levanta, Y alegre canta La dulce aurora de su dulce amor? ¿Y no la has visto cuando el sol se avanza Y ardiente lanza rayos del cenit, Que fatigada tiende silenciosa La ala amorosa Sobre su nido, y calla, y es feliz? Todos cantamos en la edad primera, Cuando hechicera nos sonríe esa edad, Y publicamos necios, indiscretos, Muchos secretos Que nuestro pecho debería guardar! Cuando al encuentro del placer salimos, Cuando sentimos el primer amor, Entusiasmados de placer cantamos Y evaporamos Nuestra dicha al compás de una canción! Pero después…nuestro placer guardamos, Como ocultamos el mayor pesar; Porque es mejor en soledad el llanto, Y crece tanto Nuestra dicha en humilde oscuridad! Solo en oscuro retirado asilo Puede tranquilo el corazón gozar; Solo en secreto sus favores presta, Siempre modesta, La que el hombre llamó felicidad.
¿Conoces tú la flor de batatilla, La flor sencilla, la modesta flor? Así es la dicha que mi labio nombra; Crece en la sombra, Mas se marchita con la luz del sol ! Debe cantar el que en su pecho siente Que brota ardiente su primer amor; Debe cantar el corazón que herido Llora afligido Si ha de ser inmortal su inspiración.
Porque la lira, en cuyo pié grabado Un nombre amado por nosotros fue, Debe a los cielos levantar sus notas, O hacer que rotas Todas sus cuerdas para siempre estén.
¡Pero cantar cuando insegura y muerta La voz incierta triste sonará!.... ¡Pero cantar cuando jamás se eleva Y el aire lleva Perdida la canción, triste es cantar! ¡Triste es cantar, cuando se escucha al lado De enamorado trovador la voz! ¡Triste es cantar, cuando impotentes vemos Que no podemos Nuestras voces unir a su canción ! Mas, tú debes cantar. Tú con tu acento Al sentimiento más nobleza das; Tus versos pueden fáciles y tiernos Hacer eternos Tu nombre y tu laúd…. Debes cantar! Canta, y arrulle tu canción sabrosa Mi silenciosa, humilde oscuridad! Canta, que es solo a los aplausos dado Con eco prolongado Tu voz interrumpir!.... Debes cantar! Pero no puedes, como yo he podido, En el olvido sepultarte tú; Que sin cesar y por doquier resuena, Y el aire llena La dulce vibración de tu laúd. No hay sombras para ti. Como el cocuyo El genio tuyo ostenta su fanal; Y huyendo de la luz, la luz llevando, Sigue alumbrando Las mismas sombras que buscando va.
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Poeta
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No es preciso morir, no, para amarlo; No es preciso morir, no, para verlo; Quererlo comprender es adorarlo; No poderlo alcanzar es comprenderlo.
Dios es grande doquiera que se busque, A la tierra bajad, subid al cielo; Porque es grande mirándolo en lo grande, Porque es grande mirándolo en pequeño.
Una línea trazad, seguid por ella ¿A dónde vais? No lo sabéis, es cierto; Mas sabed que si fin tiene esa línea, Encontraréis a Dios, Dios que es el centro.
¿Veis esa gota? Es agua; es una gota, Tiene mundos y mundos y misterios Iguales o mayores que los mundos Que pueblan eso que llamamos cielo.
Es que ante Dios nada hay pequeño o grande, El fiel de su balanza es tan perfecto Que un insecto y un mundo se equilibran E igualan ante El, que los ha hecho.
Confiad en el Señor y os dará alivio, Que es grande, justo, poderoso, eterno; Confiad en el Señor, y os dará ayuda, Que más que justo y poderoso, es bueno.
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Poeta
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Se vieron lentamente, y lentamente Una, mirada en otra se infiltró; El creyó ser amado; ella, inocente, Sintió en el pecho su primer amor.
El a su amor no le pidió más armas Que darle a su mirada su poder, Y ella tan sólo contestó en miradas Lo que en los ojos deletreó en él.
En ambos hasta aquí fue el amor santo, Mudo cambio de fuerza y sumisión, De una alma con otra alma puro pacto Que santifica y atestigua Dios.
Empero, se siguieron las promesas Que un mundo de esperanza hacen brotar, Y ella, inocente, adormecida en ellas, Tuvo sueños de amor... sueños no más.
Si al despertarse el que confiado duerme Halla robado el bien con que soñó, ¿En dónde está la pena que merece El corazón que engaña a un corazón?
La sociedad con risa o con silencio Va a coronar la frente del infiel, Y avergonzada se sonríe muriendo La víctima que es mártir de su fe.
Pasáronse los días y los meses, Y ella recuerdos tiene y nada más... Si el amor que no avanza retrocede, Ella del mudo amor es libre ya.
Si hoy hay otro que la ama y se lo dice (Amar en la mujer no es elegir) Y ella afectuosa su propuesta admite, Hace muy bien en proceder así.
Y ¿quién habrá que pueda motejarnos Porque un engaño el corazón sufrió?... Aunque no es más ardiente, sí es más santo Y dura más nuestro segundo amor.
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Poeta
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Señores socios de la Escuela de Ciencias y Artes.
Como es obligación que a todo socio De nuestra Escuela, impone el Reglamento Presentarle, por turno, una Memoria Llena de ciencia, erudición y mérito;
Yo, que a fondo he estudiado agricultura, Que he meditado y consultado textos, Y que largas vigilias he pasado Atento siempre y, consagrado a eso;
Por amor a las ciencias y a las artes, En favor de la industria y del progreso, Y sólo en bien de mi querida patria, Mi Memoria científica os presento.
No usaré del lenguaje de la ciencia, Para ser comprendido por el pueblo; Serán mis instrucciones ordenadas, Con precisión y claridad y método.
No estarán subrayadas las palabras Poco españolas que en mi escrito empleo, Pues como sólo para Antioquia escribo, Yo no escribo español sino antioqueño.
En fin, señores, buenos e indulgentes, Que estos trabajos aceptéis espero; Y si logro ser útil a mi patria Veré cumplido mi ferviente anhelo.
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Poeta
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Si he perdido, señora, el dulce encanto De los años primeros de ilusión, ¿Qué te puedo ofrecer en mi quebranto? Ya que no puedo consagrarte un canto, Recibe mi sincera admiración.
Ya no puedo cantar... Escucha: un día La corriente siguiendo al Medellín, Pobre niño, inocente todavía, Halléme en medio de arboleda umbría Que encerraba en su círculo un jardín.
En el jardín entré: la fresca rosa Sobre su tallo se elevaba allí; Y la violeta tímida y hermosa Inclinaba su frente ruborosa A la sombra del nardo y del jazmín.
Y mil flores y mil que allí se abrían Al rayo oblicuo del naciente sol, Blandamente en sus tallos se mecían, Y sus dulces aromas esparcían Al soplo del ambiente juguetón.
Y allí un arroyo limpio serpeando Arrastraba sus ondas con rumor, Ora la yerba de agua salpicando, Ora en su orilla retozón besando La descuidada y aromosa flor.
Y mil aves allí, rico tesoro Que por los aires derramó el Creador, Daban al viento en delicioso coro El tornasol de su plumaje de oro Y el dulce canto de su dulce amor.
Y el susurro del aura entre las flores, Del arroyo el constante murmurar, Del jardín el perfume y los colores, Y el cantar de las aves sus amores, ¡Cuánto me hicieron con placer gozar!
Mas los años pasaron, y hoy al verte Quise entonar un himno a tu beldad; Quise un canto magnífico ofrecerte, Un canto que librara de la muerte Tu memoria, mi nombre y mi amistad.
Y quise que mi voz su voz robara A las aves dulcísimas que oí; Que del arroyo el murmurar copiara Y el susurro del céfiro imitara Cuando juega en las flores el pensil.
Al punto mismo dirigíme ansioso El pecho ardiente rebosando en gozo, A buscar el paraje delicioso Donde otro tiempo descubrí el jardín.
Empero en vano le busqué: mis ojos Sólo hallaron inmensa soledad, Sólo quedaban del jardín despojos, Y en lugar de las flores hallé abrojos En el ancho y estéril arenal.
Mis esperanzas al mirar perdidas, De mis manos la lira se escapó; Sus tristes cuerdas por el llanto heridas Parecían decirme entristecidas Con moribundo y destemplado son:
"Si ya ha pasado para ti el encanto De los años primeros de ilusión ¿Qué darás a una bella en su quebranto? Ya que no puedes consagrarle un canto, Ofrécela tu humilde admiración".
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Poeta
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I
Allí está Medellín, la hermosa villa, Muellemente tendida en la llanura, Cual una amante, tímida hermosura Reclinada en el tálamo nupcial. Allí está Medellín: su sol ardiente La hace ostentar su gala y sus primores, Y la da los fantásticos colores Del magnífico Edén del oriental.
Ciñe su talle esbelto su ancho río Cual cinturón de perlas y de plata, Y en su onda limpia la beldad retrata Y allí su imagen sonreída ve. Murmura el río enamoradas voces, Para adormir a su coqueta reina, Y ella en sus aguas sus cabellos peina Y moja en ellas el desnudo pie.
Cual reina joven del pomposo valle Que de su trono en derredor se extiende, Cuanto su vista en la extensión comprende Domina con su vista en la extensión. Los ojos gozan y los labios callan Al aspecto de tánta maravilla, Y el caminante al contemplar la villa, Le tributa su ardiente admiración.
II
Mirad a Medellín, cuál reverbera Con los rayos del sol en el cenit; Cual mirada al través de una ancha hoguera, Partículas de luz hierven allí.
Es el hermoso, trémulo paisaje Que tiembla al beso de su ardiente sol, Levemente encubierto en el celaje Que en la llanura levantó el vapor.
Así se miran al través del sueño Mundos de claridad, campos de luz, Cuando de amor el porvenir risueño Fascina la fogosa juventud.
III
Quédate, adiós, ¡oh Medellín! Tus galas, Tu cielo azul, tu mágico paisaje, El tiempo nunca destructor ultraje, Ni el hombre insulte, ni entristezca el mal. Siempre te hallen mis amigos ojos Muellemente tendida en la llanura, Cual una amante, tímida hermosura Reclinada en el tálamo nupcial.
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Poeta
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