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¡Ven, cortesana...! ¡Abrásame en delicias! Quiero las tempestades del placer, tropicales, frenéticas caricias con que reanime mi cansado ser. El fuego del deleite reverbera en tu pupila brilladora... ¡ven! En la férvida llama de esa hoguera quiero quemarme el corazón también. ¡Prendan el fuego del deseo tus ojos, alumbren tus miradas el festín, mis labios beban en tus labios rojos ansia perpetua de placer sin fin! Del bacanal en el discorde ruido pase el mañana con el triste ayer... ¿Qué importa al corazón lo que hayas sido...? Eres hermosa... ¡bésame, mujer! Beldad de los festines, en tu seno quizá mi corazón olvidaré, mi corazón de tempestades lleno, el corazón imbécil con que amé. Sí, ¡bésame, mujer...! Dame el olvido que busco en la demencia del festín, entre besos y copas, aturdido... ¿Qué me importa la dicha que perdí? ¡Llenad las copas, que desborde el vino! ¡Hay algo aquí que necesito ahogar; que pase por el alma un torbellino y barra en ella cuanto en ella hay! ¡Miserable de mí! ¿Cómo no puedo ahogarte con mis manos, corazón...? Venid, bebamos, porque tengo miedo de volver a eso... que llamáis razón. ¡Bebed, amigos! La existencia es sueño, y mentira de un sueño es la mujer, de sus caricias al letal beleño soñemos la mentira del placer. ¡Bebed, amigos! Si al vivir soñamos, ¿despertaremos al morir quizá...? ¿Qué será despertar...? Y bien... ¡bebamos...! ¡Qué importa lo que traiga el más allá...! Arde mi frente -es un volcán- ¡me abraso! ¡Oh, si llegara de mi vida el fin...! ¡Dame un beso, mujer...! ¡Llenad mi vaso...! ¡Qué grato es el arrullo de un festín...! Llena, Mercedes, la apurada copa; bebamos... hasta el fin... así... vacía. Y ahora... ¡desgarra la importuna ropa, desnuda el seno al beso de la orgía. Mitiga de esa lámpara, la llama, porque quiere un crepúsculo el placer, el misterio nupcial que se derrama del velo de la sombra en la mujer. Destrenza tu magnífico cabello sobre la desnudez de tus hechizos; ¡cómo seducen en contraste bello tan blancos hombros y tan negros rizos! ¡Qué bella estás, Mercedes! ¡Me sofoca el vértigo letal de las delicias, tus besos de mujer queman mi boca, la angustia del placer son tus caricias! ¡Mujer, mujer...! ¡Hay fiebre en tus abrazos, fiebre en tus labios con furor impresos... ¡Hurra... la orgía...! ¡El choque de los vasos sea la música ardiente de los besos! Basta... pasó. Tu frenesí y el mío apaga el tedio con su mano helada; fantasma del placer, en el hastío escondes la vergüenza de tu nada. Siempre en la copa del placer el tedio, siempre en la copa del amor el duelo; para el alma ya enferma no hay remedio, para un maldito corazón no hay cielo. Y en vano el llanto con la pena crece... ¿De qué sirven las lágrimas mezquinas si el recuerdo verdugo se guarece del roto corazón en las ruinas...? ¿De qué sirve el amor, chispa que el cielo prende en el alma y lo ilumina todo, si en vez de alzarse se rebaja el suelo como reptil para arrastrarse en lodo?
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Poeta
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En el regazo frío del remanso escondido en la floresta, feliz abandonaba su hermosa desnudez el amor mío en la hora calurosa de la siesta. El agua que temblaba al sentirla en su seno, la ceñía con voluptuoso abrazo y la besaba, y a su contacto de placer gemía con arrullo, tan suave y deleitoso, como el del labio virginal opreso por el pérfido labio del esposo al contacto nupcial del primer beso. La onda ligera esparcía, jugando, la cascada gentil de su cabello, que luego en rizos de ébano flotando bajaba por su cuello; y cual ruedan las gotas de rocío en los tersos botones de las rosas, por el seno desnudo así rodaban las gotas temblorosas. Tesoro del amor el más precioso eran aquellas perlas; ¡cuánto no diera el labio codicioso trémulo de placer por recogerlas! ¡Cuál destacaba su marfil turgente en la onda semi-oscura y transparente, aquel seno bellísimo de diosa! ¡Así del cisne la nevada pluma en el turbio cristal de la corriente, así deslumbradora y esplendente Venus rasgando la marina espuma! Después, en el tranquilo agreste cenador, discreto asilo del íntimo festín, lánguidamente sobre mí descansaba, cariñosa, la desmayada frente, en suave palidez ya convertida la color que antes fuera deliciosa, leve matiz de nacarada rosa que la lluvia mojó... Mudos los labios, de amor estaban al acento blando. ¿Para qué la palabra si las almas estaban en los ojos adorando? Si el férvido latido que el albo seno palpitar hacía decíale al corazón lo que tan sólo, ebrio de dicha, el corazón oía...! Salimos, y la luna vagamente blanqueaba ya el espacio. Perdidas en el éter transparente como pálidas chispas de topacio las estrellas brillaban... las estrellas que yo querido habría para formar con ellas una corona a la adorada mía... En mi hombro su cabeza, y silenciosos porque idioma no tienen los dichosos, nos miraban pasar, estremecidas, las encinas del bosque, en donde apenas lánguidamente suspiraba el viento, como en las horas del amor serenas dulce suspira el corazón contento. Ardiente en mi mejilla de su aliento sentía el soplo suavísimo, y sus ojos muy cerca de mis ojos, y tan cerca mi ávido labio de sus labios rojos, que, rauda y palpitante mariposa de amor, el alma loca, en las alas de un beso fugitivo fue a posarse en el cáliz de su boca... ¿Por qué la luna se ocultó un instante y de los viejos árboles caía una sombra nupcial agonizante? El astro con sus ojos de diamante a través del follaje ¿qué veía...? Todo callaba en derredor, discreto. El bosque fue el santuario de un misterio de amor, y sólo el bosque guardará en el recinto solitario de sus plácidas grutas el secreto de aquella hora nupcial, cuyos instantes tornar en siglos el recuerdo quiso... ¿Quién se puede olvidar de haber robado su única hora de amor al paraíso?
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Poeta
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¿Y temes que otro amor mi amor destruya? Qué mal conoces lo que pasa en mí; no tengo más que un alma, que es ya tuya, y un solo corazón, que ya te di.
¿Y temes que placeres borrascosos arranquen ¡ay! del corazón la fe? Para mí los placeres son odiosos; en ti pensar es todo mi placer.
Aquí abundan mujeres deslumbrantes, reinas que esclavas de la moda son, y ataviadas de sedas y brillantes, sus ojos queman, como quema el sol.
De esas bellas fascinan los hechizos, néctar manan sus labios de carmín; mas con su arte y su lujo y sus postizos, ninguna puede compararse a ti.
A pesar de su grande poderío, carecen de tus gracias y virtud, y todas ellas juntas, ángel mío, valer no pueden lo que vales tú.
Es tan ingente tu sin par pureza, y tan ingente tu hermosura es, que alzar puede su templo la belleza con el polvo que oprimes con tus pies.
Con razón me consume negro hastío desde que te hallas tú lejos de aquí, y con razón el pensamiento mío sólo tiene memoria para ti.
Yo pienso en ti con ardoroso empeño, y siempre miro tu divina faz, y pronuncio tu nombre cuando sueño. Y pronuncio tu nombre al despertar.
Si del vaivén del mundo me retiro, y ávido de estudiar quiero leer, entre las letras ¡ay! tu imagen miro, tu linda imagen de mi vida ser.
Late por ti mi corazón de fuego, te necesito como el alma a Dios; eres la virgen que idolatro ciego; eres la gloria con que sueño yo.
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Poeta
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¡Oh! niña de mis sueños, tan pálida y hermosa como los lirios blancos que besa el Atoyac; tú la de mis recuerdos imagen luminosa, el ángel cuyas alas. tocáronme al pasar; perdona, dulce niña, perdona si mi acento temblando, de mi alma levántase, hasta ti; pero tu bella imagen está en mi pensamiento no sé ya desde cuándo... quizá desque te vi,
Desde que vi tus ojos, tus ojos de querube, tus ojos en que el alma se abrasa de pasión; y desde aquel instante otra ilusión no tuve que darte con mi vida; mi altivo, corazón.
Si apenas te conozco ¿Por qué te quiero tanto? ¿por qué mis, ojos ávidos te buscan sin cesar? ¿por qué en el alma siento, tan tétrico quebranto! cuando tu rostro de ángel no puedo contemplar?
¿Por qué sueño contigo y en, ti, tan sólo pienso? ¿por qué tan dulce nombre me llena de emoción? ¿por qué se abrasa mi alma en este amor inmenso, si apenas te conozco, mujer de bendición?
No estás ante mis ojos y por doquier te miro; conmigo, va tu sombra por dondequier que voy. Escucho tu pisada, recojo tu suspiro, y velas a mi lado, cuando, dormido estoy.
¿No sabes tú, no sabes, mujer, que te amo tanto cuanto, sobre la tierra el hombre puede amar? ¿Que diera mi existencia por enjugar tu llanto, que diera... hasta mi alma, tus plantas por besar?
Y si tuviera un mundo, un mundo te daría; y si tuviera un cielo, lo diera yo también, porque me amaras tanto, mitad del alma mía, que alguna vez sintiera tus labios en mi sien...
No sientes cuando cierra tus ojos celestiales el ángel de los sueños con su ala sin color, no sientes que mi alma sobre tus labios rojos derrama un mar de besos con infinito amor...?
Sé, niña, del poeta la inspiración bendita, la virgen de mis sueños, la fe del corazón; sé mi ángel, sé mi estrella, la luz que necesita mi espíritu sediento de amor y de ilusión.
Extiende cariñosa sobre mi sien tu velo; bajo tus alas blancas de ti camino en pos, tu luminosa huella me llevará hasta el cielo: te seguiré, mi ángel, para llegar a Dios.
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Poeta
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La tarde era triste, la nieve caía, su blanco sudario los campos cubría; ni un ave volaba, ni oíase rumor.
Apenas la nieve dejando su huella, pasaba muy triste, muy pálida y bella, la niña que ha sido del valle la flor.
Llevaba en el cinto su pobre calzado; su hermano pequeño que marcha a su lado le dice: -"No sienten la nieve tus pies?"
"Mis pies nada sienten" -responde con calma- "El frío que yo siento lo llevo en el alma; y el frío de la nieve más duro no es".
Y dice el pequeño que helado tirita: -"¡Más frío que el de nieve!... ¿Cuál es, hermanita? ¡No hay otro que pueda decirse mayor!..."
-"Aquel que de muerte las almas taladre; aquel que en el alma me puso mi madre el día que a mi esposo me unió sin amor".
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Poeta
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Yo di un eterno adiós a los placeres cuando la pena doblegó mi frente, y me soñé, mujer, indiferente al estúpido amor de las mujeres.
En mi orgullo insensato yo creía que estaba el mundo para mí desierto, y que en lugar de corazón tenía una insensible lápida de muerto.
Mas despertaste tú mis ilusiones con embusteras frases de cariño, y dejaron su tumba las pasiones y te entregué mi corazón de niño.
No extraño que quisieras provocarme, ni extraño que lograras encenderme; porque fuiste capaz de sospecharme, pero no eres capaz de comprenderme.
¿Me encendiste en amor con tus encantos, porque nací con alma de coplero, y buscaste el incienso de mis cantos?... ¿Me crees, por ventura, pebetero?
No esperes ya que tu piedad implore, volviendo con mi amor a importunarte; aunque rendido el corazón te adore, el orgullo me ordena abandonarte.
Yo seguiré con mi penar impío, mientras que gozas envidiable calma; tú me dejas la duda y el vacío, y yo en cambio, mujer, te dejo el alma.
Porque eterno será mi amor profundo, que en ti pienso constante y desgraciado, como piensa en la gloria el condenado, como piensa en la vida el moribundo.
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Poeta
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Alegre y sola en el recodo blando que forma entre los árboles el río al fresco abrigo del ramaje umbrío se está la niña de mi amor bañando.
Traviesa con las ondas jugueteando el busto saca del remanso frío, y ríe y salpica el glacial rocío el blanco seno, de rubor temblando.
Al verla tan hermosa, entre el follaje el viento apenas susurrando gira, salta trinando el pájaro salvaje,
el sol mas poco a poco se retira; todo calla... y Amor, entre el ramaje, a escondidas mirándola, suspira.
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Poeta
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Y no buscaste un sol, no; le tenías dentro del corazón, y ya el instante de su feliz oriente presentías...
¡Ese sol era Amor! Astro fecundo que el corazón inflama y, con su fuego iluminando el mundo, como un sol en el alma se derrama. Ante él los sueños de la fe benditos, las blancas ilusiones, la esperanza, y del alma la virgen poesía, todo en enjambre celestial se lanza a hacer en torno al corazón el día.
Así también el sol del firmamento fúlgido al asomar. La flecha de oro de su rayo primer rasga el espacio... En el pálido azul del éter vago, las últimas estrellas cintilan en sus limbos de topacio, tiemblan, se apagan tímidas... y luego el astro rey desde el confín profundo sacude sobre el mundo su cabellera espléndida de fuego.
Como bocas amantes que se aprestan al beso voluptuosas, entreabren palpitantes su incensario de púrpura las rosas. Las brisas se levantan a despertar los pájaros dormidos en el tibio regazo de sus nidos, y ellos, alegres, despertando, cantan. Y cantando despiertan el inquieto rumor de los follajes, y el bosque todo, saludando al día desata la magnífica armonía de sus himnos solemnes y salvajes.
Y todo es vida rebosando amores y todo amores rebosando vida. Desde el trémulo seno de las flores cargadas de rocío; desde el murmullo del cristal del río, y el retumbo soberbio de los mares; desde la excelsa cumbre de los montes y el azul de los anchos horizontes hasta la inmensidad del firmamento, es todo luz, perfumes y cantares, es todo amor, y vida y movimiento.
Tu sol, el de tu amor, por mucho tiempo dentro de tu alma retardó su oriente; por mucho tiempo su divino rayo no iluminó sobre tu regia frente las lindas flores de tu rico mayo. Por mucho tiempo en vano la belleza te revistió de sus preciosas galas, y en torno de tu espléndida cabeza impaciente el amor batió sus alas.
Por mucho tiempo así. Llegó el momento, la ansiada aurora, el despertar fecundo: y, tú lo sabes bien: dentro de mi alma, ante el sol de tu amor, alzose un mundo.
El mundo de mi loca fantasía, mi mundo de poeta, un pedazo de cielo que se abría en la región del alma más secreta, un enjambre de sueños voladores en torno de dos almas cariñosas, y del alba a los tibios resplandores un escondido tálamo de rosas para el sueño nupcial de los amores.
Un cáliz desbordado de embriagueces, de inmortales delicias, un torrente de besos, de suspiros, de lágrimas de amor y de caricias. ¡Ah! ¿Dónde estaba de mi lira ardiente la orgullosa canción que supe un día? ¿Do la palabra que, bañado en fuego, al oído feliz de la belleza, en otro tiempo modular sabía? ¿Do las flores gentiles que el poeta al pasar la Hermosura derramaba con musa fácil, juvenil e inquieta?
¿En dónde está mi audacia, en otro tiempo. en otro tiempo tan feliz y loca...?
Ante el sol del amor que vi en tus ojos, cayó a tus pies mi adoración de hinojos mi alma tembló y enmudeció mi boca.
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Poeta
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La luz de ocaso moribunda toca del pinar los follajes tembladores; suspiran en el bosque los rumores y las tórtolas gimen en la roca.
Es el instante que el amor invoca, ven junto a mí; te sostendré con flores, mientras roban volando los amores el dulce beso de tu dulce boca.
La virgen suspiró; sus labios rojos apenas, ¡Yo te amo! murmuraron, se entrecerraron lánguidos los ojos,
los labios a los labios se juntaron y las frentes bañadas de sonrojos, al peso de la dicha se doblaron.
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Poeta
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Mirad la aurora, madre del día, ¡cómo derrama luz, alegría!
Allá en el cielo todo es fulgores; ¡todo en la tierra cantos y flores!
Sobre las hojas tiemblan las perlas, vienen las brisas a recogerlas.
Saltando el ave trina en la rama, brilla el aljófar sobre la grama.
¿Dó va el incienso, de los aromas? ¿Qué dice el ritmo de las palomas?...
Y todo, luce, canta, se agita, vida sagrada doquier palpita.
Alza la tierra su amante coro, y el sol la paga con besos de oro.
Luego, la noche su negra tienda abre del mundo sobre la senda.
Y entre la sombra muda y tranquila asoma el astro su alba pupila.
¿Sois, por ventura, blancas estrellas, del cielo al mundo lágrimas bellas?
¿Joyas que bordan el regio velo? con que a la tierra cobija el cielo?
¿Chispas que lanza la eterna sombra? ¿Polvo que deja Dios en su alfombra?...
Astros y flores quizá no viera si amor al alma su luz no diera.
Las vagas notas que el arpa lanza, ¿no, son el himno de la esperanza?
El alma encierra luz, armonía, es una aurora la fantasía.
Doquier que vague mi pensamiento, la miel recoge de un sentimiento.
Cual mariposa va la ilusión sobre las flores de la creación.
En los ruidos que se levantan hay dulces ecos, voces que cantan.
Rumor de besos y de suspiros flota en las alas de los céfiros.
Como en la selva trinan las aves, hay en el alma voces süaves.
Ecos solemnes desconocidos, por voz humana no traducidos,
Ecos que el alma tímida esconde, ecos que vienen de no sé dónde.
Quizá del verbo del alma inmensa que dice al hombre que vela y piensa:
"-De toda vida yo soy la llama: contempla, adora, espera y ama."
Yo creo. Por eso mi alma levanto. Amo, y espero... Por eso canto.
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Poeta
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