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¡Oh, cómo florece mi cuerpo, desde cada vena, con más aroma, desde que te reconozco! Mira, ando más esbelto y más derecho, y tú tan sólo esperas... ¿pero quién eres tú?
Mira; yo siento cómo distancio, cómo pierdo lo antiguo, hoja tras hoja. Sólo tu sonrisa permanece como muchas estrellas sobre ti, y pronto también sobre mí.
A todo aquello que a través de mi infancia sin nombre aún refulge, como el agua, le voy a dar tu nombre en el altar que está encendido de tu pelo y rodeado, leve, con tus pechos.
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Poeta
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Si tu frescura a veces nos sorprende tanto dichosa rosa, es que en ti misma, por dentro, pétalo contra pétalo, descansas.
Conjunto bien despierto cuyo centro duerme, mientras se tocan, innumerables, las ternuras de ese corazón silencioso que suben hasta la extrema boca.
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Poeta
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Su mirada se ha cansado de tanto observar esos barrotes ante sí, en desfile incesante, que nada más podría entrar ya en ella. Le parece que sólo hay miles de barrotes y que detrás de ellos ningún mundo existe.
Mientras avanza dibujando una y otra vez con sus pisadas círculos estrechos, el movimiento de sus patas hábiles y suaves va mostrando una rotunda danza, en torno a un centro en el que sigue alerta una imponente voluntad.
Sólo a veces, permite en silencio, la apertura de los cortinajes que ocultaban sus pupilas; y cruza una imagen hacia adentro, se desliza a través de los tensos músculos cae en su corazón, se desvanece y muere.
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Poeta
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No he soltado a mi ángel mucho tiempo, y se me ha vuelto pobre entre los brazos, se hizo pequeño, y yo me hacía grande: de repente yo fui la compasión; y él, solamente. un ruego tembloroso.
Le .di su cielo entonces: me dejó él lo cercano, de que él se marchaba; a cernerse aprendió. yo aprendí vida, y nos reconocimos . lentamente...
Aunque mi ángel no tiene ya deber, por mi día más fuerte desplazado, baja a veces su rostro con nostalgia, como si no quisiera ya su cielo.
Querría alzar de nuevo, de mis pobres días, sobre las cimas de los bosques rumorosos, mis pálidas plegarias basta la patria de los querubines.
Allí llevó mi llanto originario y pensamientos; y mis diminutos dolores se volvieron allí bosques que susurran sobre él...
Sí algún día, en las tierras de la vida, entre el ruido de feria y de mercado, la palidez olvido de mi infancia florecida, y olvido el primer ángel, su bondad, sus ropajes y sus manos en oración, su mano bendiciendo; conservaré en mis sueños más secretos siempre el plegarse de esas alas, que como un ciprés blanco quedaban detrás de él...
Sus manos se quedaron como ciegos pájaros que, engañados por el sol, cuando, sobre las olas, los demás se fueron a perennes primaveras, han de afrontar los vientos invernales en los tilos vacíos, sin follaje.
Había en sus mejillas la vergüenza de las novias, que el espanto del alma tapan con púrpuras oscuras ante el esposo.
Y en los ojos había resplandor del primer día: pero sobre todo descollaban las alas portadoras...
Había expectación en la llanura por un huésped que no acudió jamás: aún pregunta tal vez el jardín trémulo: su sonrisa después se vuelve inválida.
Y por los barrizales aburridos se empobrece en la tarde la alameda, las manzanas se angustian en las ramas y les hacen sufrir todos los vientos.
Es donde están las últimas cabañas y casas nuevas que, con pecho angosto, se asoman estrujadas, entre andamios miedosos, quieren saber dónde empieza el campo.
Allí la primavera siempre es pálida, a medias, el verano es febril tras esas tablas: enferman los ciruelos y los niños, y tan sólo el otoño allí tiene algo
de remoto y conciliador: a veces son sus tardes de suave derretirse: dormitan las ovejas, y el pastor con zamarra se apoya, oscuro, en la última farola.
Alguna vez ocurre en la honda noche que se despierta el viento, como un niño, y pasa la alameda, solitario, quedo, quedo, llegando hasta la aldea.
Y a tientas va marchando hasta el estanque y se para después a oír en torno: y las casas están pálidas todas y las encinas mudas...
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Poeta
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¿Cómo sujetar mi alma para que no roce la tuya? ¿Cómo debo elevarla hasta las otras cosas, sobre ti? Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido, en un rincón extraño y mudo donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.
Pero todo aquello que tocamos, tú y yo, nos une, como un golpe de arco, que una sola voz arranca de dos cuerdas. ¿En qué instrumento nos tensaron? ¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido? ¡Oh, dulce canto!
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Poeta
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Un grillo manso que te quiere, amiga, Y que en quererte vanamente insiste, Cada vez que el silencio rehace Te silabea su reclamo triste.
Abre los ojos. No te duermas. Ponte Bien cerca, amiga, de mi pecho añoso; Y así, callados, escuchemos juntos La campanita del cri-cri amoroso
Entre las gentes del camino, siempre Un hombre humilde me propongo ser, Como el grillito que te quiere tanto Y que te canta sin dejarse ver.
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Poeta
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Al higo de la higuera un picotero le comió el corazón; y ahora, sin querer, el higo negro se parece a una flor.
En la higuera me haré, después de muerto, un higo blanco, amor, y tú serás curruca o benteveo, o calandria o pinzón.
Y ha de llegar el día que en el huerto me verás bajo el sol, y picarás y picarás mi pecho, hasta hacerme una flor.
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Poeta
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1 Llueve, llueve, llueve...¡Qué te hice, lluvia, qué te hice yo! ¡Por qué no sigues camino delante, para que salga el sol; ese de los ojos claros, que es mi amor!
2 Y sin embargo, cuando estamos juntos, juntos en la ventana, bien que te digo: - ¡Bienvenida, lluvia!-; bien que te dice: - ¡Bienvenida, hermana!-.
3 Pienso: la lluvia cae de los cielos; la lluvia es inocente, pura, clara. Obedezcamos a la lluvia, amor: la lluvia nos separa.
4 Jazmín -de- lluvia de llamas al que tiembla en tu parral. Jazmín -de - estrellas, yo digo. Es igual. Llueven flores como estrellas en tu delantal.
5 Las palomas de tu casa se vinieron a la mía el día que a mí viniste, que ya es un lejano día.
Pero todavía hoy, porque eres de lluvia y trigo, adondequiera que vayas las alas se van contigo.
Sabe, así, toda la gente todo lo que a mí me pasa: tú estás conmigo si vuelan palomas sobre mi casa.
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Poeta
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Haz con tus propias manos la cuna de tu hijo. Que tu mujer te vea cortar el paraíso.
Para colgar del techo, como en los tiempos idos que volverán un día. Hazla como te digo.
Trabajarás de noche. Que se oiga tu martillo. "Estás haciendo la cuna" que diga tu vecino.
Alguna vez la sangre te manchará el anillo. Que tu mujer la enjuague. Que manche su vestido.
Las noches serán blancas, de columpiado pino. Harás según el árbol la cuna de tu niño.
Para que tenga el sueño en su oquedad de nido. Para que tenga el ángel en un oculto grillo.
La obra será tuya. Verás que no es lo mismo. Será como tus brazos la cuna de tu hijo.
Se mecerá con aire. Te acordarás del pino. Dirás: "Duerme en mi cuna". Verás que no es lo mismo.
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Poeta
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Esta es nuestra casa. Entremos. Para ti la hice como un libro nuevo, mirando, mirando, como la hace el hornero,
Tuya es esta puerta; tuyo este antepecho, y tuyo este patio con su limonero.
Tuya esta solana donde en el invierno pensará en tus párpados tu adormecimiento.
Tuyo este emparrado que al ligero viento moverá sus sombras sobre tu silencio.
Tuyo este hogar hondo que reclama el leño para alzarte en humo, para amarte en fuego.
Tuya esta escalera por la cual, sin término, subirás mi nombre, bajaré mis versos.
Y tuya esta alcoba de callado techo, donde, siempre novios, nos encontraremos.
Esta es nuestra casa. ¡Hazme el primer fuego!
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Poeta
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