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Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir sino con otro. Es bueno que la amistad le quite al trabajo esa cara de castigo y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrías estar solo a la hora completa, en que las cosas y tú hablan y hablan, hasta el amanecer?
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Poeta
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Solo la voz, la piel, la superficie pulida de las cosas.
Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco rebalsaría y la mano ya no alcanza a tocar mas allá.
Distraída, resbala, acariciando y lentamente sabe del contorno. Se retira saciada, sin advertir el ulular inútil de la cautividad de las entrañas ni el ímpetu del cuajo de la sangre que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo ya para siempre ciego del sollozo.
El que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca.
Hasta que un día otro lo para, lo detiene y lo reduce a voz, a piel, a superficie ofrecida, entregada, mientras dentro de sí la oculta soledad aguarda y tiembla.
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Poeta
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Porque éramos amigos y a ratos, nos amábamos; quizá para añadir otro interés a los muchos que ya nos obligaban decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente equitativo en piezas, en valores, en posibilidad de movimientos. Aprendimos las reglas, les juramos respeto y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando encarnizadamente como dar el zarpazo último que aniquile de modo inapelable y, para siempre, al otro.
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Poeta
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Miro las herramientas, el mundo que los hombres hacen, donde se afanan, sudan, paren , cohabitan.
El cuerpo de los hombres prensado por los días, su noche de ronquido y de zarpazo y las encrucijadas en que se reconocen.
Hay ceguera y el hambre los alumbra y la necesidad, más dura que metales.
Sin orgullo ( ¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra Que todavía la especie no produce? ) los hombres roban, mienten, como animal de presa olfatean, devoran y disputan a otro la carroña.
Y cuando bailan, cuando se deslizan o cuando burlan una ley o cuando se envilecen, sonríen, entornan levemente los párpados, contemplan el vacío que se abre en sus entrañas y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.
Yo soy de alguna orilla, de otra parte, soy de los que no saben ni arrebatar ni dar, gente a quien compartir es imposible.
No te acerques a mi, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates. Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren de algo peor que vergüenza. Yo muero de mirarte y no entender.
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Poeta
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Era la época en que yo juraba que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena y que la nacionalidad era una cólera llameante como cuando una tipa de la calle Bandera no me quiso vender otra cerveza porque dijo que estaba ya demasiado borracho y que la prueba era que yo hablaba harto raro haciéndome el extranjero cuando evidentemente era más chileno que los porotos.
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Poeta
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Y, sin embargo, amor, a través de las lágrimas, yo sabía que al fin iba a quedarme desnudo en la ribera de la risa.
Aquí, hoy, digo: siempre recordaré tu desnudez entre mis manos, tu olor a disfrutada madera de sándalo clavada junto al sol de la mañana; tu risa de muchacha, o de arroyo, o de pájaro; tus manos largas y amantes como un lirio traidor a tus antiguos colores; tu voz, tus ojos, lo de abarcable en ti que entre mis pasos pensaba sostener con las palabras. Pero ya no habrá tiempo de llorar. ha terminado la hora de la ceniza para mi corazón:
Hace frío sin ti, pero se vive.
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Poeta
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Clima emitido por un clavicordio en lontananza perdiendo el tiempo como el que arroja perejil a las medusas ángeles desdentados te acompañen mas no por accidente sino por no pinnípedos metal de cálices para hacer espéculos feto de títere yo quiero que tu me lleves al tambor de la alegría Y mi alma será sana para unos cuantos años más.
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Poeta
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Cuando anochece y tibia una forma de paz se me acerca, es tu recuerdo pan de siembra, hilo místico, con que mis manos quietas son previsoras para mi corazón
Diríase: para el ciego lejano ¿qué más dará la espuma, el polvo?
Pero es tu soledad la que puebla mis noches, quien no me deja solo, a punto de morir. Somos de tal manera multitud silenciosa...
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Poeta
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Los que ampliaron el Canal de Panamá (y fueron clasificados como "silver roll" y no como "gold roll"), los que repararon la flota del Pacífico en las bases de California, los que se pudrieron en la cárceles de Guatemala, México, Honduras, Nicaragua, por ladrones, por contrabandistas, por estafadores, por hambrientos, los siempre sospechosos de todo ("me permito remitirle al interfecto por esquinero sospechoso y con el agravante de ser salvadoreño"), las que llenaron los bares y los burdeles de todos los puertos y las capitales de la zona ("La gruta azul", "El Calzoncito", "Happyland"), los sembradores de maíz en plena selva extranjera, los reyes de la página roja, los que nunca sabe nadie de dónde son, los mejores artesanos del mundo, los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera, los que murieron de paludismo o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla en el infierno de las bananeras, los que lloraran borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte, los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta, los que apenitas pudieron regresar, los que tuvieron un poco más de suerte, los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos.
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Poeta
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Nunca entendí lo que es un laberinto hasta que cara a cara con mi mismo perfil hurgara en el espejo matutino con que me lavo el polvo y me preciso.
Porque así somos más de lo que fuimos a la orilla del sol alado y fino: de sangre reja y muro bien vestidos de moho y vaho y rata amados hijos.
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Poeta
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