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Con la lengua cortada y los ojos abiertos el ruiseñor en la muralla
Ojos de pena acumulada y plumaje de sangre el ruiseñor en la muralla
Plumas de sangre y breve llamarada agua recién nacida en la garganta el ruiseñor en la muralla
Agua que corre enamorada agua con alas el ruiseñor en la muralla
Entre las piedras negras la voz blanca del agua enamorada el ruiseñor en la muralla
Con la lengua cortada canta sangre sobre la piedra el ruiseñor en la muralla
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Poeta
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Como el día que madura de hora en hora hasta no ser sino un instante inmenso, Gran vasija de tiempo que zumba como una colmena, gran mazorca compacta de horas vivas, Gran vasija de luz hasta los bordes henchida de su propia y poderosa sustancia, Fruto violento y resonante que se mece entre la tierra y el cielo, suspendido como el trueno, Entre la tierra y el cielo abriéndose como una flor gigantesca de pétalos invisibles, Como el surtidor que al abrirse se derrumba en un blanco clamor de pájaros heridos, Como la ola que avanza y se hincha y se despliega en una ancha sonrisa, Como el perfume que asciende en una columna y se esparce en círculos, Como una campana que tañe en el fondo de un lago, Como el día y el fruto y la ola, como el tiempo que madura un año para dar un instante de belleza y colmarse a sí mismo con esa dicha instantánea, La vi una tarde y una mañana y un mediodía y otra tarde y otra y otra (Porque lo inesperado se repite y los milagros son cotidianos y están a nuestro alcance Como el sol y la espiga y la ola y el fruto: basta abrir bien los ojos) y desde entonces creo en los árboles Y a veces, bajo su sombra, he comido sin miedo los frutos de una amistad parecida a las manzanas Y he conversado con ella y con su marido y su cuñado como hablan entre sí el agua y las hojas y las raíces.
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Poeta
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Cierra los ojos y a oscuras piérdete bajo el follaje rojo de tus párpados.
Húndete en esas espirales del sonido que zumba y cae y suena allá, remoto, hacia el sitio del tímpano, como una catarata ensordecida.
Hunde tu ser a oscuras, anégate en tu piel, y más, en tus entrañas ; que te deslumbre y ciegue el hueso, lívida centella, y entre simas y golfos de tiniebla abra su azul penacho el fuego fatuo.
En esa sombra líquida del sueño moja tu desnudez; abandona tu forma, espuma que no se sabe quién dejó en la orilla; piérdete en ti, infinita, en tu infinito ser, mar que se pierde en otro mar: olvídate y olvídame.
En ese olvido sin edad ni fondo labios, besos, amor, todo, renace: las estrellas son hijas de la noche.
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Poeta
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Cielo que gira y nube no asentada sino en la danza de la luz huidiza, cuerpos que brotan como la sonrisa de la luz en la playa no pisada.
¡Qué fértil sed bajo tu luz gozada!, ¡qué tierna voluntad de nube y brisa en torbellino puro nos realiza y mueve en danza nuestra sangre atada!
Vértigo inmóvil, avidez primera, aire de amor que nos exalta y libra: danzan los cuerpos su quietud ociosa,
danzan su propia muerte venidera, arco de un solo son en el que vibra nuestra anudada desnudez gozosa.
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Poeta
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Bajo un sol inflexible llanos ocres, colinas leonadas. Trepé por un breñal una cuesta de cabras hacia un lugar de escombros: pilastras desgajadas, dioses decapitados. A veces, centelleos subrepticios: una culebra, alguna lagartija. Agazapados en las piedras, color de tinta ponzoñosa, pueblos de bichos quebradizos. Un patio circular, un muro hendido. Agarrada a la tierra —nudo ciego, árbol todo raíces— la higuera religiosa. Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda. Una masa borrosa sus facciones, por las escarpaduras de su cara subían y bajaban las hormigas. Intacta todavía, todavía sonrisa, la sonrisa: golfo de claridad pacífica. Y fui por un instante diáfano viento que se detiene, gira sobre sí mismo y se disipa.
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Poeta
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Bajo las rotas columnas, entre la nada y el sueño, cruzan mis horas insomnes las sílabas de tu nombre.
Tu largo pelo rojizo, relámpago del verano, vibra con dulce violencia en la espalda de la noche.
Corriente oscura del sueño que mana entre las rüinas y te construye de nada: amargas trenzas, olvido, húmeda costa nocturna donde se tiende y golpea un mar sonámbulo, ciego.
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Poeta
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Bajo el cielo fiel Junio corría arrastrando en sus aguas dulces fechas, ardientes horas en la luz deshechas, frutos y labios que mi sed asía.
Sobre mi juventud Junio corría: golpeaban mi ser sus aguas flechas, despeñadas y obscuras en las brechas que su avidez en ráfagas abría.
Ay, presuroso Junio nunca mío, invisible entre puros resplandores, mortales horas en terribles goces,
¡cómo alzabas mi ser, crecido río, en júbilos sin voz, mudos clamores, viva espada de luz entre dos voces!
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Poeta
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Atrás el cielo, atrás la luz y su navaja, atrás los muros de salitre, atrás las calles que dan siempre a otras calles.
Atrás mi piel de vidrios erizados, atrás mis uñas y mis dientes caídos en el pozo del espejo. Atrás la puerta que se cierra, el cuerpo que se abre. Atrás, amor encarnizado, pureza que destruye, garras de seda, labios de ceniza.
Atrás, tierra o cielo.
Sentados a las mesas donde beben la sangre de los pobres: la mesa del dinero, la mesa de la gloria y la de la justicia, la mesa del poder y la mesa de Dios —la Sagrada Familia en su Pesebre, la Fuente de la Vida, el espejo quebrado en que Narciso a sí mismo se bebe y no se sacia y el hígado, alimento de profetas y buitres…
Atrás, tierra o cielo.
Las sábanas conyugales
insomnes, cubren cuerpos entrelazados, piedras entre cenizas cuando la luz los toca. Cada uno en su cárcel de palabras, y todos atareados construyendo la Torre de Babel en comandita. Y el cielo que bosteza y el infierno mordiéndose la cola y la resurrección y el día de la vida perdurable, el día sin crepúsculo, el paraíso visceral del feto.
Creía en todo esto. Hoy duermo a la orilla del llanto. También el llanto sirve de almohada.
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Poeta
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Así como del fondo de la música brota una nota que mientras vibra crece y se adelgaza hasta que en otra música enmudece, brota del fondo del silencio otro silencio, aguda torre, espada, y sube y crece y nos suspende y mientras sube caen recuerdos, esperanzas, las pequeñas mentiras y las grandes, y queremos gritar y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.
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Poeta
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Arquitecturas instantáneas sobre una pausa suspendidas, apariciones no llamadas ni pensadas, formas de viento, insubstanciales como tiempo y como tiempo disipadas.
Hechas de tiempo, no son tiempo; son la hendedura, el intersticio, el breve vértigo del entre donde se abre la flor diáfana: alta en el tallo de un reflejo se desvanece mientras gira.
Nunca tocadas, claridades con los ojos cerrados vistas: el nacimiento transparente y la caída cristalina en este instante de este instante, interminable todavía. Tras la ventana: desoladas azoteas y nubes rápidas. El día se apaga, se enciende la ciudad, próxima y remota. Hora sin peso. Yo respiro el instante vacío, eterno.
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Poeta
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