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¿A qué fuerza convoco, yo que un tiempo hice brotar los tallos con mi aliento y ahuyenté las sombras? Hoy esta sal en los labios, ¿de qué mar la traigo? ¿De dónde este temblor que me desarma? Conozco tu perfil: eres el miedo que vive agazapado en la quimera.
Y llamo al amor, a sus huestes de plata, a sus naves de fuego que surcan seguras las aguas encrespadas de un espejo. Voy a hacer el amor con mi miedo, a inventarle un cuerpo firme, a penetrarlo a hacerle gemir de deseo.
Quiero al miedo desnudo, rendido, tendido en el suelo, excitado, sudoroso, imberbe. Quiero una fiesta de carne con el espíritu aterido, el intruso que ciega las ventanas. Que se vuelva boca abajo y se ofrezca rogando fuerza en su flaqueza. Entrar y salir. Dentro y fuera. Dar y amagar con quitar y que la auténtica paz sea la guerra. Y liberar mi alma prisionera con gritos de placer en sus entrañas.
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Poeta
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En el amor fatal no brilla el pensamiento. La mente se coagula cuando la sangre estalla. Vuelve sombrío el ingenio y sin gracia la fatuidad fanática del fuego. Yo creo en un amor clarividente, una efusión borracha de prudencia, el fruto que se alcanza, las fuentes del desierto.
El riesgo y la pasión están en el afecto, en un miedo común al abrazarse. Dormidos, compartir el mismo sueño. Despiertos, afilar las diferencias. Amor que no se abisma ni se engaña, amor que se resuelve en transparencia.
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Poeta
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Toda mi ropa huele a cuando estabas. Sería al abrazarte -no lo entiendo- o que estuviste cerca y se quedó prendido. Si arrimo mi nariz al hombro o a la manga, te respiro. Al ponerme la chaqueta, en la solapa, y en el cuello de un jersey que no abriga. Aroma de placer, de feromonas, de recostarme en ti mientras dormías. Por mucho que la lave, mi ropa lo conserva: es un perfume dulce que me alivia como vestir mi carne con tu piel. Y está durando más que mi recuerdo. Tu rostro en mi memoria se disipa, casi puedo decir que he olvidado tu cuerpo y sigo respirándote en las prendas que, al tiempo que me visten, te desnudan. Pero la ropa es mía. De tanto olerte en mí, tu olor es mío. Tu olor era mi olor desde el principio, fue siempre de mi cuerpo, no del tuyo, de un cuerpo que lo tengo a todas horas para quererlo entero como jamás te quise y olerlo de los pies a la cabeza. Es el olor de todas mis edades, del niño absorto y puro, del claro adolescente eléctrico y espeso, de un joven con insomnio que soñaba fantasmas del amor, y es también el olor que al transpirar mis sueños dejaron en las sábanas.
Quién sabe tú a qué aspiras sin este efluvio mío, sin mi esencial fragancia. Estando en compañía, serás siempre la ausente igual que si te fueras o no hubieras llegado. Pues no olerás a nada, no dejarás recuerdo ni podrás despertar auténtico deseo ni embalsamar las yemas de los dedos que un día te acaricien con un perfume físico y concreto. Serás para el olfato de los otros como un espejo para los vampiros. Y yo atesoraré con más fe que codicia este perfume dulce de mi cuerpo que descubrí contigo. Si quieres existir, respíralo de nuevo.
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Poeta
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De un día para otro, todo cambia. Si ayer amanecías deslumbrado y tus ideas parecían claras, hoy mismo, en el espejo del lavabo, has visto al perdedor de las facciones neutras inflado de bostezos y con el encefalograma plano.
La brisa que hoy alivia tu paseo mañana es un ciclón que te estremece. En una vuelta, igual que cambia el tiempo, quien tuvo no retiene, el más sincero miente y el sueño del amor se desvanece de puro aburrimiento. En una vuelta orgánica del cosmos, se pierden privilegios, se asustan los valientes.
Por un latido a tiempo, la risa más forzada se aparece lozana y sugestiva. y entonces quién no sale a la calle feliz, quién no disfruta haciendo su trabajo, quién no ofrece favores a un amigo, quién no se ilusiona. Pero, a decir verdad, de todos ellos tampoco nadie espera sacar de esos destellos que a veces les alientan alguna cosa clara.
Pues ni el más tonto ignora que la vida no tiene, en general, ni sombra de sentido y que el azar, que es dadivoso pero incoherente, no reparte papeles; sólo momentos, escenas, situaciones confusas, estados del humor y la conciencia.
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Poeta
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En la roca de esmeraldas que imagina, el anciano defiende su aureola. Con diecisiete años, le dijo que era azul una mujer del norte y le advirtió que nunca la perdiera.
Vendrán las nubes que ensombrecen las buenas intenciones y formas de pensar como naufragios. Te dejarás caer por levantarte, te ocultarás por miedo. El viento dispondrá tus verdaderos gestos y el paso de los otros tu destino.
No serás lo que creías, tu rostro mostrará las simas de tu alma, traducirás tu ruina, enfangarás tus sueños con tus dudas. Pero nunca descuides la aureola, no dejes que se extinga ni cuentes que fue azul en un poema.
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Poeta
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¿A qué viene esconderse los espectros? Entonces no era así. Íbamos juntas las almas en busca de cuerpos porque en uno solo no cabía la conciencia. Qué arteras artimañas usamos por no vernos, qué orgullo solitario en nuestras cuevas adornadas con estampas del deseo.
Hablaron de un camino que lleva a la derrota. También de una cascada que da la bienvenida y de una comunión de sombras exaltadas. Sabemos ya que el tacto nos daba la medida de nuestra pretensión, pero el recuerdo borra la intensidad vital, el sol, la llamarada.
Espectros de una vida que se agota, hemos llegado hasta aquí. Vamos juntas las almas al olor de los cuerpos, que en esa confusión estaba la respuesta. Por absurdo que parezca el desafío, habrá felicidad en el rencuentro. Cuando hagan la señal, salgamos de las cuevas.
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Poeta
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No sé cómo aprendimos a querernos, qué hubo en vosotros de mí, qué nos dimos. Corre la vida y estáis al pie de otros edificios, zarandeados, llevados, retenidos en la trama. Pero decidme si habéis elegido, si queríais estar donde estáis y en qué modo se ovilla y desovilla el hilo que nos guía y que nos ata.
No sé por qué no compartimos las mismas habitaciones ni comemos en los mismos restaurantes. Por qué os reproducís. De qué sirven los destellos que se apagan, las lunas negras, los días sin huella.
Padres que fueron hijos, hijos que se hacen padres y niñas que se quedan de pronto embarazadas. Entenderlo, verlo todo de fuera. Pero también entrar, acercarse a las chimeneas de vuestros salones como el extraño que vino de lejos y os cuenta cuentos, os gasta bromas, os dice versos, baila con vosotros, enseña a jugar a vuestros hijos.
De este modo fuisteis construyendo la historia que jamás fue nuestra historia. Y la misma cadena que une vuestros destinos, a nosotros nos libera: para contaros cómo fue vuestro tiempo, qué costumbres teníais, cómo intentabais amaros, qué aficiones os ocuparon, qué dudas os asaltaban, qué palabras os confortaron, qué silencios os preocupaban. La historia de vuestra historia para alumbrar vuestras sombras y arrancar vuestras mentiras. Cómo fue vuestro tiempo de soledad en compañía pues de vivirlo tanto, jamás lo comprendisteis.
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Poeta
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No levantan la mirada. No hay nada más que el aliento gris que emanan sus marrones, un resuello que va espesando arriba y les deja rendidos al asfalto. Ni sueñan: no hace falta. Ni recuerdan. Ni desde luego intentan elevar su plegaria a las alturas.
¿Dios qué puede ofrecerles? ¿Qué puede ofrecer a nadie un mendigo que va pisando charcos sin ser visto?
Pequeños, sometidos, al ritmo de unas músicas paganas y en una ratonera de edificios, celebran naderías. Mientras sigan rodando los días con sus noches y no vuelvan a descubrir el cielo, será mejor así: los párpados caídos y el corazón en casa.
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Poeta
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Pasé la vida entre vampiros y ángeles, libando con paciencia los unos mi energía, los otros trasvolando mis días más sentidos. Todos los trances de luz fueron suyos: al ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.
Al sol como en la sombra estuve ciego y en el tránsito hacia el zenit, perdido. Confundí las alas blancas con las capas negras. Gusté, besando al ángel, los labios del vampiro.
Siempre acudí a la cita con lo eterno. Cada vez que llamó, me encontraba. Unas veces hermoso y otras veces oscuro, el timbre de su voz me subyugaba, la miel de su sonrisa me encendía, y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro y yo que nunca supe muy bien con quién bailaba.
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Poeta
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El miedo es una potencia cómica. Me hace temblar en un pasillo por el que voy dichosamente a tientas para no despertarle, con gracioso patetismo, abismado en mi cuerpo.
El miedo es el humor de la carne. Por dentro es una fiebre de pesadillas sin cuento, un terror a la vida. Por fuera es una broma. Y es un prodigio haberlo perdido: por la gracia de sentir que soy ajeno a mí mismo.
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Poeta
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