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Entre mi voz y tu silencio está el amor como un niño dormido. Yo te hablo dulcemente con palabras que tienen la frescura de los lirios. Me sonríen tus labios con la música del agua de los ríos y me envuelve la aurora de tus ojos eternamente sorprendidos del temblor de las rosas que se abren y el júbilo amoroso de los nidos.
No me preguntas nada porque es inútil inquirir lo mismo. Ya sabes la verdad de mi ternura grande como el olvido y que mi corazón está colmado por tí, como el racimo de la vid con la sangre bienamada del mancebo divino.
Desenredan tus manos en mis manos la seda del idilio e inclinas la cabeza sobre mi hombro como un pájaro herido y en el cielo se encienden las estrellas de los días antiguos. En este instante del amor podríamos hallarnos por la ausencia desunidos, podríamos estar en otros brazos, podríamos morirnos y ni la muerte ni el desdén podrían desatar este nudo de prodigio!
Así cercanos al amor, en esta exultación del corazón tranquilo, distante la querella de los labios, lejano el pensamiento del sentido en tanto que la noche se apresura por senderos distintos...
Así cercanos al amor, adviertes lo que antes tú no habías comprendido, mas no quieres decirlo, porque sabes que comprendo lo mismo.
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Poeta
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Traigo un ramo de peces de colores para poblar el río de tu sueño y una orquesta de pájaros marinos en este aniversario de alma y cuerpo.
Que el niño caracol de la ribera copie el rumor de la inicial palabra y las raíces que el manglar sustenta sean bosques de mástiles y de anclas.
Transplantaré la rosa de los vientos a tu oculta floresta de corales y con el pez martillo y el pez sierra levantaré tu casa sobre el valle.
El pez espada montará su guardia civil, en torno del mínimo acuario, David Felipe, que arribaste al mundo en la hora propicia de los salmos.
La postrera sirena de la fábula te contará la rumorosa historia del bisabuelo, a quien donó Medusa una isla austral, que bautizó Gorgona.
Guarda tu prehistoria de emigrantes el mascarón de proa del navío que fue de Ulises y guió mi padre sobre las grises aguas del Pacífico.
La diestra cardadora de la espuma de las olas, ungió collar de perlas al cuello maternal, en la vigilia nupcial de las gaviotas y goletas.
Desde entonces hay faros en los ojos de todas las mujeres de mi sangre y hay redes en sus brazos pescadores y bahías al fin de cada viaje.
Desde entonces los hombres de mi estirpe se dan al mar en su bajel, cantando y nacen en el vientre de un esquife y mueren en la proa de sus barcos.
La selva virgen es madre y amante y las islas del sur son nuestra patria que alinderan marimbas y tambores, en la noche que viene desde África.
Cruza el viento una ronda de hipocampos entre el aire y el agua de diciembre, caballitos de mar que yo enjaezo para que tú galopes solamente.
Sembraré en tu silencio una palmera para que con la mano de la brisa tañas el arpa de la mar y encuentres en Dios, la suma de las lejanías.
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Poeta
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Sabed que traigo del Océano -peces y sal, espuma y sol- sobre la palma de la mano sólo un marino caracol.
No me busquéis en las corolas de un nombre vano y musical, llamádme sí, como las olas nombran al tallo del coral.
Que os traigo aquí las escolleras en el momento del tifón, alas, palmeras y banderas sobre el pavés del corazón.
Que os traigo un viento de veleros -beso de yodo en el manglar- y una elegía de luceros que naufragaron en el mar.
Que os traigo el mar en cuyo centro las islas son una canción, la marejada... y más adentro como otro islote el corazón.
Porque yo vengo del Océano sobre el esquife de un cantar, el caracol cabe en mi mano y hasta su nombre me da el mar .
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Poeta
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Buenaventura, novia de los vientos, escribe con la punta de los mástiles un mensaje amoroso de veleros. Buenaventura negra, ríe con la blancura de las velas.
Puerto nocturno en donde anclan los marinos su sed. Yo he mirado, en el alba, llorar una mujer cuando los buques zarpan o regresan tal vez. Y en las noches, yo he visto en La Pilota, a más de un timonel poner su rumbo hacia el pecado, tras un itinerario de embriaguez.
Buenaventura, labios de agua, dientes de coco en sazón, y una luna turista sobre el malecón.
Proas veloces del Fling Clound, del Río de La Plata, del Bocuyo Marú... Unas zarpan al norte, Otras zarpan al sur.
Fuertes braceros negros curvados sobre bultos de café. Quema el sol las espaldas y la lluvia es rocío de la piel.
Guardas de aduana van tras de la pista del contrabando de arrebol que el crepúsculo pasa por los ojos y que la estrella oculta en su fulgor. En Pueblonuevo prende el berejú su agudo son ritual mientras que en Mjramar, un gringo ebrio pide más whiskey and soda, paga y murmura: Very thanks.
Pero así no te amo, yo te quiero, Buenaventura, novia de los vientos, cuando escribes con lápices de mástiles tu clara antología de veleros.
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Poeta
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Voy pejcate la luna pa que voj pintéj la cuna der hijo que me daráj. Que no lo sepa tu mama, ni tu prima, ni tu heimana, ni er zambo de tu papá.
Voy pejcate un lucero pa iluminate er sendero y ar niño que ha de llegá. Dejá abieta la ventana pa que te alumbre la cama cuando voj solita ejtáj.
Er día que najca mijo pa mojtrate er regocijo er má te voy a pejcá, así manque te muy lejo er só en cada reflejo mi amor te recordará.
No creigaj que yo ejtoy loco ni que dijvarío un poco. Lo que rigo ej verdá. Voya pejcate un ejtrella pa que voj juguéj con ella y mátej la escuridá.
No hace juarta la atarraya que puse a secá en la playa, a la sombra der parmá, poique a jembra que quiera le pejco Una tintorera con una mano, no ma!
Er mar ej mi viejo amigo y cuando sueño contigo se amansa y pone a cantá. Er mar sabe que en la proa sin nombre de mi canoa tu nombre voy a pintá.
Er má sabe que no miento. Lo sabe también er viento que er cielo te voy a dá pa mojtrate er regocijo er día que najca er hijo que Dios noj va a regalá.
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Poeta
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¿Por qué no te esculpen negro si también fuiste azotado, si estás uncido en la cruz con los clavos del escarnio y el desnudo cuerpo cubres con todos nuestros harapos? Cristo de los socavones, peón de zafra y soldado, galeote de las canoas, maderero del pantano, bracero en Buenaventura y pescador en Tumaco!
En ébano de mis bosques tallaría el rostro santo y en la peana de piedra, a manera de epitafio escribiría con sangre: ¡Cristo, rey de los esclavos!
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Poeta
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A media noche escucho adentro de mi latir, vibrar, sonar el tambor que tocaron mis abuelos. Sus negras manos golpean sobre el pecho, por el camino cierto del corazón. Sus negros dedos posados en mis sienes, transitan el sendero de los sueños. Entre las pausas del ancestral concierto oigo romper cadenas en la esclavitud del silencio. A media noche. Solo. Soñando. Despierto.
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Poeta
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Humano litoral, cerca del alma. Próximo en sangre al corazón está y su callada ruta de belleza transita el sueño hacia la claridad. Va por las venas circulando como heredado manantial en donde siempre yo me hundo para encontrarme la verdad de los varones de mi raza que son hermosos como el mar, como los mástiles erguidos y hermanos de la tempestad. Y las mujeres de mi estirpe hechas de fuego matinal, archipiélago inexpresable que ciñe el brazo de un cantar y son morenas islas vírgenes junto al islote maternal.
Vuelto al agreste mediodía ardo en la hoguera tropical -entre el rumor de los tambores que agita un viento secular- y en la liturgia del ancestro soy el varón elemental en cópula con la selva y en guerra con la ciudad.
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Poeta
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Yo siento en lo más profundo este cantar de mi gente. La sangre da vuelta al mundo como el mar al continente. No tengo plata en baúles ni en las venas sangre azul. Currulao, Makerule, Makerule, berejú.
Popayán y Cartagena, Cartagena y Popayán. Pena del negro es más pena y el pan del negro no es pan.
Aunque ahora tú me adules vengo de la esclavitud. Currulao, Makerule, Makerule, berejú.
Bailo con negra soltura en Tumaco y Ecuador, en Guapi, en Buenaventura y en la costa del Chocó. El cantar que tú modules nunca tendrá la virtud que tiene mi makerule, currulao, berejú,
Makerule, berejú!
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Poeta
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Silenciosos, sin fe, no brilla el llanto De aquellos hombres en los ojos secos. Crujen sus dientes, fúnebres canciones Ante el telar sentados van diciendo: «Vieja Alemania, tu sudario helado Ya tejen en la sombra nuestros dedos, Y en el tejido vil, los labios mezclan De maldición y cólera los ecos. ¡Tejemos! ¡Tejemos! »Maldito sea el Dios de los dichosos, Al que elevamos míseros acentos, Del hambre horrible en los eternos días Y en las heladas noches del invierno: En vano en su piedad la fe pusimos; Él nos vendió, burlados: pobres necios! ¡Tejemos! ¡Tejemos! »Maldito sea el rey, el rey del rico, Al cual en vano, de amargura llenos, Misericordia y compasión pedimos: De nuestra bolsa ruin el postrer sueldo Él arrancó con avidez, y ahora Ametrallarnos hace como a perros. ¡Tejemos! ¡Tejemos! »Maldita nuestra patria también sea, Nuestra patria alemana, donde el cielo Cubre tan sólo oprobio, mal e infamias, Donde, al abrir sus pétalos al viento, Se marchita la flor, y sólo viven La laceria, el engaño, el vilipendio. ¡Tejemos! ¡Tejemos! »La lanzadera vuela, el telar cruje; Días y noches sin cesar tejemos. Vieja Alemania, tu sudario helado Ya tejen en la sombra nuestros dedos, Y mezclan nuestros labios al tejido, De maldición y cólera los ecos. ¡Tejemos! ¡Tejemos!»
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Poeta
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