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Había una vez un gran toro de lidia, era un bello semental, fuerte y bravío. Pero también había una rana, prepotente, orgullosa y envidiosa. Un día le dijó al toro que podía ser como él y empezó a inflarse, pero se infló tanto que estalló en mil pedazos. Moraleja:el ser prepotentes sólo nos trae problemas, seamos humildes de corazón. delfin.
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Poeta
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Terminaron las clases, salí del salón, busqué rastros de ti, al final, nunca te encontré, es tan horrible ver la lluvia caer sobre la ventana si no estás aquí para abrazarme mientras el frío me hace temblar, como aquel día en que desapareciste, aquellas palabras me hicieron también temblar, el aroma del invierno, que viene en tus pasos al caminar me hacían sentir como un tempano en medio del océano pero mi corazón siempre se mantenía cálido para ti; eras tan transparente como el agua simple, y sí, eras agua simple, nunca tuviste un sabor, nunca tuviste un olor ni un color propio, siempre tan neutral. Últimamente el polvo de estrellas cae sobre mis manos y no puedo parar su paso, extraño tenerte a ti ayudándome a sostener aquel polvo, en medio de una fantasía, tu y yo creamos un mundo paralelo a la realidad, tan hermoso, tan estupendo y maravilloso, siempre me pregunto como fue que se cayó de pronto, retumbando con estruendo, cada torre, cada edificio, todos nuestros templos, a tu partida cada cosa cayó y me preguntó de nuevo si alguien te habrá asesinado, ¿será aquella reina del reino prohibido quien te rapto y se comió tu corazón con gran gusto?, si tan solo me hubiera dejado escuchar tu elección... Quiero escuchar de nuevo tu hermosa voz grave, porque ahora que tiro lágrimas como una nube cargada de agua, no me alegraría mas la vida que escuchar tus agradables frases de razonamiento, ¿que acaso todo fue mentira?, de menos déjame sentirte de nuevo a mi lado, volver a tener como mío ese calor, el de tu corazón, el de tu cuerpo; caminó por las tierras abandonadas por nuestra imaginación, parece un terrible mundo desolado, sin voluntad, miserable, añejado, un lugar completamente lleno de fantásmas del pasado donde solíamos caminar tan tranquilamente, la nube se deshizo y la ilusión se rompió, fue tan difícil encontrar aquella verdad de la que todas nuestras vidas habíamos huído, fugitivos, hilando nuestras propias vidas a como tuvimos ganas de hacerlo, pero, tú me traicionaste al final del camino, yo no supe nunca porque, sigo sin saber porque, porque yo ya no sé nada de ti, te fuiste, ¿me dejaste?, el cuarto obscuro en el que me quedo encerrada cada noche después de clases me atormenta el espíritu y cada día es igual al anterior, es como si de pronto hubiera muerto, cuando menos me doy cuenta estoy en mi cama suplicando tu regreso, es ir a la escuela, ver caras conocidas, pero nunca haber entablado una buena conversación con ellos, es ir en la calle cruzar y tener la esperanza de toparme contigo, esto es una lenta agonía, que destroza mi interior, que para serte franca ha terminado con toda luz existente para dejar solo una chispa que espera ser encendida con tu tacto y que sea llevada por tus suaves manos, sin embargo, sé que tengo que ire ahora, la hora del baile de máscaras ha terminado y deberé agradecer el tiempo que pasé con ese agradable caballero, que, sin quererlo, me robó el aliento, con solo un baile, solo un baile... Sé que regresaste una vez más por mí, pero, ya te había olvidado, encontraste un corazón vacío, con una vida hecha y llena de nuevas metas, sin una pizca de resentimiento, ni remordimiento, ¿será que esta vez habría sido yo quien mordió la manzana envenenada?, ¿seré yo la que esta vez murió?, que horrible destino nos deparó el futuro, tu que te fuiste lejos, raptado, y yo que morí de amor por ti y tuve que renacer como un fénix, morir en llamas de la pasión y renacer en las cenizas de lo que fue el amor, renaciendo tan hermosa, como una rosa, delicada y con intenciones de no abrir su corazón a nadie mas, con espinas, hiriendo a todo el que se me acercaba, sin embargo, apareció a quien yo parecía esperar para olvidar el dolor y la soledad, y, pude escuchar de nuevo el viento cantarme, sentir el calor que un simple foco te puede brindar, volví a sentirme parte de mi.
Ver lo que se paso a través de esta historia, como tuve que partir de tu alma y depegarme de tu pensamiento me hizo respirar un poco más, pero, también me ha hecho reflexionar que quizá te herí en mi intento de libertad, y, me pregunto, será que dimos un paso hacia adelante... o quizá una atrás?
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Poeta
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[size=medium]EL VENDEDOR DE LIBROS Autor: Juan Ignacio Macoñó Alba Correo: [email protected]
Su fortuna eran los libros. Cada mañana se levantaba muy temprano, dirigía su vista al cielo y suspiraba, no pronunciaba palabras, sólo la mente iba mencionando palabras inaudibles que ni en el silencio podrían oírse y ni el viento de las mañanas lo interrumpía; ya que esa era su manera de orar delante de un ser invisible que pareciera que no existe pero que él, estaba seguro que podía escucharlo con voces del alma. El sueño de la noche anterior le había dejado una incógnita, no tenía esposa ni hijos, sólo una vieja tienda de libros usados, eso era todo lo que había acumulado durante sus largos años de vida.
Sus ojos cansados cubiertos por los lentes daban la sensación que leía bastante aunque nunca se atrevió a escribir uno solo.
Participaba constantemente de la misa del gallo en la iglesia, que se encontraba a tres cuadras de su casa, era un ferviente cristiano que evitaba tener problemas con la sociedad; no solía salir a las fiestas ni derrochaba el poco dinero que ganaba de sus ventas en cosas vanas de la vida. Estaba convencido, que lo único mejor que existía en el mundo, era Dios y en segundo lugar estaba su negocio.
Vender libros usados a precios baratos era su profesión. Nunca tuvo dinero en abundancia, pero jamás le faltó el alimento en su hogar, aquel hogar silencioso donde vivía acompañado de un blanco perro casero, era su amigo confidencial que jamás decía una sola palabra, pero era un buen escucha, cuando su amo le hablaba de sus problemas y aflicciones de la vida.
Vender libros lo hacía feliz, pero sobretodo cuando terminaba de leer uno nuevo ya que todavía no había logrado leer los cientos de libros que estaban en las estanterías de su venta. Una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus labios y entonces adquiría nueva vida como aquel joven que recién se levanta de la cama después de pasar una noche entera de romance. Realmente leer le hacía bien, le daba la sensación que las nuevas ideas del libro leído lo hacían más joven y lleno de vida.
Él, era ya anciano, su pelo era blanco, los bigotes largos como una cabellera, apenas se le notaban los labios cuando hablaba, una pipa constantemente, tenía a su lado, que aspiraba cada vez que los recuerdos del pasado le venían a la mente, entonces de sus labios salía un humo blanco como si fuera una chimenea. Movía la cabeza de un lado para otro, como insinuando que algún recuerdo del pasado había llegado a su mente y le inyectaba la intranquilidad o el nerviosismo a su cuerpo.
Para tranquilizar los nervios fumaba su pipa y suspiraba mirando al cielo como si algo se le hubiera ido volando entre las espesas nubes que venían cargadas de lluvia y granizo.
Entonces recordaba el crudo invierno pasado, cuando todo estaba congelado y la nieve tapaba las calles impidiendo que los motorizados transitaran libremente por ellas. Las manos le temblaban. Sería mentira decir que era por el frío, ya que recién el sol se había ocultado y daba paso a desencadenarse una tormenta, inesperada. El hermoso cielo azul que antes estaba despejado, ahora se mostraba, totalmente cubierto de nubes que fue soltando pedazos de granizos que caían sobre los techos de las casas mudas, ante tal incidente tormentoso.
Raúl fumaba precipitadamente como si estuviera asustado, entonces de sus ojos caían unas gotas de lágrimas, ¿Sería por efecto del humo de la pipa?... en realidad no era por eso. Era fruto del recuerdo del pasado que le había dejado una honda herida que calaba hasta los huesos y lo sentía hasta el fondo de su alma. Era como aquel frío intenso que no se puede calmar ni con los mejores abrigos, ni tomando un fuerte licor, realmente él estaba frío y congelado. Le faltaba alegría y felicidad, no aquellas que le daban los libros leídos, sino aquella alegría que da el amor, cuando empieza la primavera.
El perro blanco le miraba compasivamente, quizás deseando preguntarle algo a su amo, pero sólo le miraba y callaba.
Realmente necesitaba desahogarse, ante Dios, ante sí mismo, o simplemente ante algún ser que le hablara o le diera algunas palmaditas...
La fuerte tormenta llegó y del cielo cayeron unas gruesas gotas de agua torrencial, entonces en ese momento el recuerdo de Raúl no pudo contenerse en su inhóspito mundo interior. Él se puso a llorar como aquel niño que ha perdido a su madre en medio de una agitada multitud.
Entonces cuando pasó su catarsis emocional, miró que tenía entre sus manos una foto…, y la sostenía temblorosamente sin quererla soltar…
FIN.
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"LA DESGRACIA DE LA HORMIGUITA " Autor: Juan Ignacio Macoñó Alba Correo: [email protected]
Hubo una vez, en un lejano bosquecillo una laboriosa hormiguita, que todas las mañanas salía de los agujeros de un viejo tronco de un árbol en busca del sustento diario. Todo el día se afanaba en amontonar todo lo que encontraba en el bosquecillo: hojas, palitos, arenilla y semillitas de los árboles y lo transportaba hasta su escondite. La pobre hormiguita tan afanada estaba en su labor cotidiana, que no tenía tiempo para divertirse, como lo hacían habitualmente las otras hormiguitas del bosque.
Así pasaron los años, y la hormiguita se fue agotando y empezaron a faltarle las fuerzas, poco a poco, ya no pudo más realizar su acostumbrado trabajo. Entonces su preocupación se centró en sí misma. Durante largas horas del día, se lamentaba y se preguntaba diciéndose: “¿Para qué he trabajado y he amontonado demasiado, sino tengo familia y vivo sola? ¡Tengo miedo morir! y dejar mis graneros para que otros insectos del bosque vengan y consuman gratis, sin costarles nada, todo lo que he guardado con tanto esfuerzo y sacrificio”.
La enfermedad le llegó a causa de la terrible preocupación que día a día le acechaba. Hasta que un tormentoso día, entre relámpagos, truenos y granizos sintió agonizar.
La fuerte tormenta logró arrastrar el viejo tronco del árbol hasta la corriente de un río, donde se echó a perder todo el sustento que había almacenado; y los peces de las aguas aprovecharon de él.
La hormiguita acurrucada en su escondite, logró sobrevivir, pero cuando pasó la tormenta se dio cuenta que todo lo que había amontonado se había caído al agua. Intentó suicidarse de tanta pena, por haber sufrido aquella terrible desgracia; sin embargo, se detuvo y reflexionó, diciéndose a sí misma: "me doy cuenta que estoy con vida todavía, además he recobrado mis fuerzas, así que empezaré de nuevo, pero ahora ya no me preocuparé por amontonar para el futuro, sino, trabajaré cada día y me esforzaré, por conseguir el sustento diario y todo lo necesario para vivir sin preocupaciones”.
Y así fue, nuevamente la hormiguita empezó su nueva vida, después de una gran derrota, y los resultados le fueron muy gratos, a medida que iba pasando el tiempo, logró su ansiado éxito. Y lo más importante fue que se sintió feliz y realizada.
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Quién sabe con qué motivo Gerónimo tiene esa tan divina rutina, separa los párpados casi al unísono con el inquieto repicar del despertador que yace en la mesa contigua a su camita individual, lanza manotazos al aire contra aquel tortuoso invento de la tecnología, se sienta en la orilla de su mini cama mientras lucha por mantener la mirada fija advirtiendo (o disfrutando) cada pequeño síntoma de dolor inquietante proveniente de sus iris. Se termina de levantar mientras va casi arrastrando los pasos al baño, se asea, divisa en el aún más pequeño espejo de su cuarto de baño todas las marcas de su rostro, alguna arruga, ojeras, o quizás se fija en lo tenebrosa que puede llegar a verse su barbita de días, sale del cuarto de baño casi corriendo pues piensa que es un lugar en el que no se debe durar mucho tiempo, no vaya a ser que Hitchcock se antoje de hacer presencia en su cuarto y así vengarse por la ausencia de una novela de verdad en su repertorio. Gerónimo vivía en un pequeño apartamento en plena Plaza de su ciudad, trabajaba de noche en una paupérrima clínica recibiendo las más cruentas emergencias. Luego del típico y diario baño y aseo él se dirigía al mismo café, compraba el mismo diario de noticias en el mismo lugar, se sentaba en la misma silla, todo esto de manera automática, sin excepción alguna.
Uno de esos tantos días de repeticiones constantes del sagrado ritual, Gerónimo pudo advertir que una muchacha de ojos hermosísimos lloraba dos mesas frente a él, sin saber como proceder más allá de ese instinto vouyerista que lo obligaba a ver, a disfrutar aquella sensación tan ajena, a admirar su frondosa cabellera color azabache, sus hombros al aire, sus piernas preciosas pero sobretodo; sus lágrimas. Sin querer dejó enfriar su café e ignoró blasfemamente el diario de noticias que seguramente no tendría ninguna crónica positiva – como todos los días. Había dejado de pensar en la vida y sus utopías, había dejado de leer el noticiero y de beberse religiosamente su café, y aún no le hablaba. “Es increíble como una mujer te cambia hasta las buenas costumbres sin siquiera mover un dedo” Exclamó al notar lo insípido y congelado que estaba su café expresso y al notar el diario crucificado en el mismo doblez que tenía cuando cambió de dueño. Él se atrevió y olvidando los protocolos se le acercó, opacando el rayo de sol que incendiaba sus cabellos, se paró tras ella y con un movimiento de cisne sacó de su chaqueta un pañuelo que secara aquellas incesantes lágrimas, que ya armaban una canal en sus pómulos, no esperó la invitación y enseguida tomó asiento frente a ella, él tenía un rostro armonioso y diáfano, sin marca alguna de desconfianza.
- No pretendo entrometerme, llora todo lo que quieras pero quiero que sepas que no estás sola –Comentó con el miedo a recibir una grosería o improperio aceptable debido a su imprudencia. Pero fueron diez minutos de silencio incómodo para Gerónimo.
- ¡¿Qué haces aquí?! – exclamó la misteriosa chica sin siquiera alzar el rostro, con una voz chillona y desafinada.
Él notó en el grito que ya las lágrimas habían cesado y que la joven se mostraba más estable, incluso haciendo uso de las razones de cualquier mujer que se siente acosada. Entonces, mostrándose fastidiado se puso en pie, le lanzó una mirada tierna, encendió un cigarrillo.
- Señorita, las lágrimas nos obstaculizan la vista, nos evitan conseguir soluciones. Espero que tenga un buen día, quédese con el pañuelo.
Y Gerónimo con esa última frase decidió marcharse, continuar con su vida, sin poder olvidar las bellas lágrimas de aquel rostro tan hermoso, << espero que sus problemas disminuyan >> se dijo así mismo para fulminar las ganas que tenía de regresar y pedirle matrimonio a aquella hermosa fémina.
El día continuó, llegó la noche y con su entrada ¡las emergencias!, el asqueroso olor a alcohol y desinfectante, alguna tibia fuera de su sitio, algún balazo en el tórax de algún desgraciado mal ubicado o alguna golpiza familiar, todo eso pasó por la indiferente mirada de Gerónimo que solo se encargaba de ser el canal paciente-médico. Salió a las 3 de la mañana, fue a su pequeño apartamento que se encontraba a quince minutos de su trabajo e intentó dormir sin saber qué pasaría.
Sus ojos se abrieron y el repetitivo método volvía a su cause, los manotazos al despertador, el temor al cuarto de baño, el paseo madrugador por las calles hasta llegar al café de siempre, ¡todo marchaba como siempre!, la diferencia vino luego de absorbido el primer sorbo del café expresso de siempre, cuando, al disponerse a leer las noticias de un mundo tan jodido sintió una mano que chocó con su hombro tieso y flexible a la vez.
- Fuiste muy atrevido ayer, ¿Me permites? – Dijo ella mientras tomaba una silla, ahora con una cara cubierta de maquillaje, más hermosa, con un semblante totalmente distinto al mostrado el día anterior en ese mar de agua salada que vertían sus ojos.
Conversaron, se miraron, se disculparon y se agradecieron: se conocieron.
Ella se sintió atraída por ese acto de heroísmo que –sin él saberlo- la había salvado de un acto más radical y terrible. Añadida dicha aventura a sus maneras sutiles, sus ojeras marcadas y sus grandes manos, ella vio en Gerónimo una esperanza de amor que hasta los momentos solo formaban parte de una utopía para ella. ¡Alicia, qué nombre más bonito! ¡Yo en cambio lo detesto! ¡Alicia me arrecha que me pellizquen! ¡Pues te la calas, fue tu culpa por meterte en mi vida!
Él tan metódico y lógico, planeando todo en su vida; desde las visitas al baño hasta las veces que debía tomar agua, trazando en plan de cada cuánto encender un cigarrillo o en qué parte de la noche arroparse. Ella, tan alocada como un volcán en erupción, dando el primer beso, siendo la primera en tocar poblaciones íntimas, encaramándose sobre los tiesos muslos de Gerónimo, ella que no veía malas noticias y que a cada mañana estropeaba el sistema matutino de su caballero al atravesarse en el cuarto de baños y durar ¡horas!. El lo planeaba todo y ella no creía en los planes.
El amor los resurgió, él dejó de creer en las estadísticas y ella empezó a darle horas aproximadas a sus aventuras de alcoba, el amor los cambió, o ¿Ellos cambiaron por el amor?
Se conocieron más y empezaron a compartir sus miedos, ella lloró de la risa al escuchar sobre sus piernas el continuo miedo de su caballero a durar mucho tiempo en cualquier cuarto de baño, pensando que algún escritor inglés lo mataría a apuñaladas mientras él, escuchaba atontado como un niño, las historias del padre muerto de Alicia, sus hazañas en el cuadrilátero hasta que un día, de esos malos, un accidente automovilístico apagó sus latidos.
Se estaban amando con tanta pasión que no eran capaces de visualizar las radicales diferencias que los marcaban, el amor cruzó esa pequeña salita donde él leía algún capítulo de La fiesta del Chivo y ella en la otra esquina pintaba sus uñas de un color rojo tan apasionante como todas y cada una de sus locuras. Ella en un arranque de melancolía soltó una lágrima al pensar en lo que la afligía en aquella trágica mañana en la que el osado de Gerónimo se acercó a su mesa, sus manos temblaban pintando sus dedos (más que sus uñas) y fue cuando en un susurro ininteligible, quien sabe si con la intención de ser escuchada o de escucharse ella misma dijo “Ya llegará el momento ideal para contarte aquella aflicción, gracias por sacarme del infierno”.
Héctor L. González
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Poeta
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Darío nunca supo la diferencia entre oír y escuchar, su pre adolescencia pasó inadvertida entre tantos cuerpos azonzados por las hormonas, nunca sintió pasión por nada – excepto la lectura-. Ni la música alborotaba su sistema nervioso y mucho menos se interesó nunca en algunas faldas cuyos rostros hermosísimos perfumaron sin duda, su mundo sin que él lo notara. Su personalidad tono sepia y sus constantes lecturas nunca se llevaron bien, por mucho que lo intentara, Darío no encontraba motivos para salir de sus libros, no encontraba mayor seguridad y satisfacción que la permanencia eterna entre las páginas amarillentas de cada uno de sus autores. Uno de esos tantos minutos en los que permanecía en un estado catatónico frente a sus libros, Darío se sintió enamorado; ilusionado. Sintió cada cosquilla y cada sombrío ataque de risa sin sentido, enmudeció mientras comparaba lo narrado por Flaubert con lo que en ese momento se revolcaba en su estómago. Desde ese tormentoso capítulo de Madame Bovary en el que Darío entendió de las palabras mágicas de su autor, que el amor casi nunca era suficiente; que el hastío (ennui) solía vencer incluso en una historia tan genial. Él cumplió diecisiete años y con dicho número su actividad social fue mejorando, siendo detallado sigilosamente desde un exterior bien marcado por sus compañeros de clase, que veían en él, a un sujeto tan raro como nerd, tan obscuro como psicodélico. Su típico corte al rapaz desapareció en una selva de cabellos ensortijados, hondas maravillosas que bloqueaban en cierto modo su panorámica visión, sus ojos, tan azules como antes, mostraban un misterio jamás visto en el chico que en otrora, era un autista sin remedio (Diagnóstico nacido de entre las entrañas de su núcleo de compañeros), el cabello se le notaba más obscuro y sus pómulos cada vez más pegados al esqueleto. Se había alargado – o esa era la impresión que arrojaba a su grupo de amigos luego del regreso de vacaciones de verano – y ya no era el más bajo de la clase, su ropa lucia desganada y casi sucia, y su abdomen antes hinchado había disminuido bastante, muy posiblemente producto de aquel alargamiento de sus miembros. Había algo que permaneció como si se tratase de una manía inherente a su alma; el libro en la mano. Nunca – desde que era conocido- se le había visto en la escuela sin un libro, sea cual sea, cambiaba constantemente de título evadiendo las preguntas de las niñas atontadas por su misterio sobre las obras que modelaban a diario por su tacto. Algo había ocurrido en el pequeño mundo de Darío, ahora fumaba (intentando simular la presunta intelectualidad que Cortázar le daba al alquitrán), ahora apretaba entre sus labios cigarrillo entre cigarrillo buscando adentrarse en las características de Horacio Oliveira, e intentaba que sus vecinos de aula lo acompañaran a escuchar jazz mientras él fumaba y fumaba, dejándose llevar por la prosa poética de Cortázar, recreando aquellas magníficas y viciosas reuniones del Club de la serpiente, drogándose de a poco por las sublimes frases y más encantadoras metáforas de su Rayuela. Darío no era el mismo y sus amigos lo sabían, de a poco sus maneras fueron sufriendo cambios radicales, ahora padecía de un encanto tan increíble como su propia metamorfosis física, Darío era otro, ahora los rostros hermosos que tanto circulaban a sus alrededores sin divisarlo prescindían de cualquier conversación tonta para pararse frente a él y lanzar las mejores y más rebuscadas miradas donde aparentemente debía haber sensualidad. Su casi interminable encanto (según sus propias palabras), era una metáfora estética de la majestuosa obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, un encanto adolescente e interminable que solo sufría al ver su propio reflejo, mientras las hermosísimas niñitas como hipnotizadas por cada frase de Darío armaban escándalos cada vez que el otrora nerd del grupo entraba al salón. Viviana fue la elegida por su propio ego, de grandes caderas y unas piernas bellísimas, fue la seleccionada por Darío para entablar lo que de entrada parecía ser una relación, Viviana tenía una mirada incluso más azulada que la de él, pero cada vez que era tomada de su mano, sus piernas y pómulos temblaban de rubor, furor; quien sabe si amor. Sus tres grandes compañeros fueron víctimas conscientes del próximo juego del nuevo Darío, quien encontró en aquella robusta señorita, la imagen perfecta; curiosa similitud física de lo que buscaba: a Lucrecia. Aquella Lucrecia citada por Mario Vargas Llosa en su obra Los Cuadernos de don Rigoberto sodomizada a su gusto por una encantadora personalidad, ahora la prolija narrativa del peruano no estaría tan alejada del galán Darío, y su novia; Viviana. La señorita fue dejando rápidamente el camino de la moral y “decencia” y se dejó llevar por toda clase de juegos eróticos y sexuales, encantada por la sublime personalidad de su novio, diciendo SI a toda insinuación o juego del que Darío (O Rigoberto, ¿quién sabrá?), disponía. Esos tres amigos de andadas de Darío habían disfrutado desde el perímetro todos los cambios y las respectivas consecuencias padecidas por él, pero lo que más los cautivó, entristeció, asusto y a la vez, calmó fue darse cuenta lo tenebrosa que había transmutado aquella personalidad inocua de Darío, un día llegó contando la terrible noticia de la ruptura con Viviana (evidente, fue ella la que por algún motivo renunció a su encanto), todo esto dramatizando una especie de discusión en la que ella había confesado haberle sido infiel, quizás unos cuantos besos con un chico menor que ambos, la macabro del relato de Darío fue que mientras ajuntaba las piezas de la conversa en el rompecabezas imaginario que pintaba con gestos frente a sus amigos, a su rostro asomó una gran sonrisa maquiavélica, casi disfrutando aquel “Fatídico” momento, fue cuando sin respingos, uno de los testigos del relato le preguntó como una flecha envenenada al narrador. “¿Por qué la sonrisa? ¿Qué tiene de alegre eso amigo?, dejando en el ambiente un frio silencio que antecedería a una respuesta jamás pensada por su grey, “Se dio todo como lo supuse, justo como lo dijo Flaubert en su Madame Bobary” Dijo mientras sacaba un nuevo cigarrillo, Esas Palabras que quedaron encerradas en aquel círculo de amigos, con el eco de la resonancia subdividida en algo peor que esas flechas en forma de pregunta. Definitivamente, Darío no era el mismo. Estaba a la intemperie de la imaginación de todos los grandes autores voraces que viven de la imaginación, estaba transmutando constantemente de acuerdo al libro que se hallara entre sus dedos: no era ni él, ni era nadie. Darío llevaba una semana sin esbozar sonrisa alguna – de esas típicas de su encanto físico, ni emitía palabra alguna en clases, tampoco se dignaba a escuchar jazz, ni a fumar ni a leer. ¿Estaría sufriendo alguna nueva transformación? –todos se preguntaban-. Un día surgió en el grupo una pregunta un tanto directa y mordaz, tan hábil como el propio Darío, ¿Amigo, eres feliz? A lo que Darío solo respondió con una seca frase que enmudeció el entorno, pintando de blanco y negro los traslúcidos rostros del colectivo. “Lo he hecho todo, tengo una linda familia y soy feliz. Pero hay algo que no me deja sonreír, ya lo dijo Coelho alguna vez, “Un buen día, llegaré a la conclusión de que la vida es así, de que es inútil rebelarse, de que nada cambiará. Y me conformaré”. Algo me pasa amigos, pero no se asusten, se me olvidará. Sus amigos se quedaron perplejos ante tamaña confesión, un viernes al salir de clases él dejó su mochila en el aula y salió cuan espectro irreconocible y desapareció entre los árboles del jardín de su colegio. Sus tres esbirros de lucha se preocuparon al notar que Darío desapareció – sin ánimos de exagerar – dejando su bolso, un cuaderno y el libro azul tornasolado que se encontraba leyendo y que ellos desconocían. Uno de ellos se tomó el atrevimiento de husmear entre sus cosas, cuando de pronto una brisa helada recorrió sus sienes, encorvando su torso, chillando por dentro. Palideciendo sentado en el puesto de su amigo mientras ojeaba quién sabe que. Fue cuando decidió tomar fuerzas, olvidar las posibles malas impresiones de su lectura y entonces la compartió con sus otros dos compañeros con un aire a luto que no dejó duda alguna en el ambiente. Diciendo “Muchachos, yo espero estar equivocado, pero creo que no volveremos a ver más a Darío, no tomen mis palabras como una certeza irrevocable” finalizó mientras señalaba el libro que se encontraba en el mesón del galán. Cuando los otros dos chicos se acercaron sintieron el mismo temor del primero. Mientras uno de ellos, casi con la intención de poner punto y final a esta obra dijo en voz alta y sonora “Veronika decide morir de Paulo Coelho”.
Efectivamente, esa fue la última vez que vieron a Darío, muchos rumores caen sobre su ausencia pero solo estos tres muchachos, testigos oculares de las múltiples personalidades de su amigo, supieron a ciencia cierta y con la certeza de quien conoce y sabe, cual había sido la última transmutación de su gran compañero.
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Del meridiano hacia abajo era asarse como pollo embutido en una olla a presión, a mil grados celcios. O esa era la sensación térmica, al menos. Le empezaba a picar todo, especialmente los rincones más oscuros del cuerpo. El traje se estrechaba más en cada parada, y su panza se inflaba monstruosamente. Y no es que no estuviera bastante inflada desde siempre, pero con el calor empeoraba la hinchazón. Además, ni siquiera había chimeneas por las que bajar. Eso no facilitaba el trabajo para nada. Las casas eran pequeñas, estrechas, algunas casi se caían a pedazos y muchos de los techos estaban llenos de baches y cuarteaduras. El más leve toque del trineo las haría derrumbarse y jojojo, feliz y última navidad. Ni hablar de los polvos mágicos; siempre funcionaban mejor en un ambiente adecuado, o sea frío, nevado y blanco. Pero en esos parajes no había una pluma de nieve o brisa fresca, no a esa altura del año, y los polvos solían humedecerse hasta el punto que tendían a fallar en los momentos más inadecuados. Ni siquiera en las grandes casonas con chimeneas perfectas y aireadas estaba seguro en esas latitudes: una noche se había quedado atascado en una por casi dos horas. No sabía en qué momento se le había ocurrido extender su perímetro al resto del globo ni ese ritual de entrar por el techo y las chimeneas. Tenía que haber estado o muy entusiasmado o muy aburrido.
Por eso evitaba quedarse mucho tiempo en lugares como esos. Estacionaba el trineo en una ladera o una loma cercana y bajaba hasta las casas más aceptables para su peso y anchura, dejaba uno o dos regalos y partía un poco más abajo, muy rápido, más rápido cada vez a medida que el calor se hacía insoportable dentro del traje. Antes de que terminara la noche apuraba el paso para volver al norte y refrescarse con una buena bocanada de aire frío y una bebida en las rocas. Ah. Mejor. Y se dormía, agradecido de las grandes tiendas, el afán de consumo y la falta de fe, que harían menos notoria su discriminatoria negligencia.
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“ EL MILAGRO DE SAN ANTONIO”
Tengo una hermana muy guapa, y bonita que siempre tuvo buena suerte para los pretendientes, y aunque fueron pocos los novios, se enamoro de uno que era muy esplendido; duro dos años con el pero un día supo que no era como ella y todos imaginábamos. Lo vieron con otra, ella sufrió mucho, y cuando se dio cuenta ya no fue como antes dejo las fiestas, ya no salía casi con sus amigas solo del trabajo a la casa y así pasaron casi cuatro años. Siempre la escuchaba llorar y lamentarse, y aun así recordaba al exnovio. Era una muchacha joven, apenas 29 años decía ya no me voy a casar; y yo la animaba pero todo era inútil, decía que ya sus conocidos y los que la habían pretendido ya estaban casados o simplemente ocupados. Así paso el tiempo……….hasta que un día me dije tengo que hacer algo por ella, esto no puede seguir así. Por ahí había escuchado que San Antonio era muy milagroso para esos casos…….y y una tarde me fui precisamente a la iglesia de San Antonio, cerca de mi casa entre y además llevaba una veladora alusiva para la ocasión, por supuesto que entre a la iglesia, casi a escondidas pero con mucha fe………y ahí estaba San Antonio!!!!!!!! Entonces empecé a pedirle por mi hermana, perdí la noción del tiempo tanto que escuche una misa de 15 años de quien sabe quién??? Y le dije a San Antonio que le mandara a alguien bueno, cariñoso, y sobre todo fiel que no la hiciera sufrir más. Pasaron dos meses después del encuentro que había tenido con San Antonio, cuando llego de trabajar y me dijo:---Sabes me ofrecen un empleo muy bueno en X banco y creo que lo voy a aceptar. Y así fue pasaron cuatro meses, en el empleo nuevo, cuando me dijo:----fíjate que conocí a un muchacho bastante guapo para mi gusto, y me invito a salir, por supuesto que a mí me dio mucho gusto, y además pensé que me había dado resultado!!!!!!! Así duraron año y meses, cuando me dijo que le había pedido matrimonio; ella lloraba de alegría y yo también. Y si!!! Vinieron los padres de él a pedirla, se hizo una cena y le dieron el anillo, fue impresionante!!!!!! Que solo San Antonio, y yo guardaremos el secreto por siempre. Se casaron hace cuatro años él es el mejor esposo que pudo tocarle, ahora ya tienen una niña hermosa. Estoy convencida que los milagros existen, pero mi hermana jamás sabrá lo que hice.
HISTORIAMILAGRO.
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La noche es joven, sus cuerpos están llenos de energía y sudor; el lugar está lleno, es pequeño e incómodo, pero estar ahí les da un status y no están dispuestos a pagar el precio de salir a respirar un poco de aire fresco. Gabriela Salamanca no es cantante, no toca ningún instrumento, pero tiene unas piernas tan largas que cualquiera se perdería en ellas, está sentada y tiene las piernas cruzadas, sabe perfectamente cuan letales pueden llegar a ser esas contorneadas y estilizadas armas. Conversa con Esteban, un amigo de la infancia, un solista no del todo famoso pero tampoco desconocido, en su mano tiene un vaso donde se observa un líquido azul y hielos. Despreocupados y recién narcotizados ríen sin pudor, ríen hasta las lágrimas, ríen, ni siquiera saben de qué ríen. Un joven de aspecto descuidado - más no por eso podríamos calificarlo como feo - se acerca a la mesa, saluda a Esteban y toma asiento muy confiadamente. Gabriela cree que lo ha visto en alguna otra parte, su cara es de facciones poco comunes, pero no recuerda donde ni cuando, así que intenta poner atención a la charla de Esteban con el hasta ahora desconocido. -- ¿Cuándo comienzas a grabar tu disco? – preguntó el desconocido a Esteban. -- A fin de mes, aún faltan detalles en algunas canciones. Gabriela no pudo resistirse y se presentó sola, sin importarle lo que aquel hombre pudiera pensar de ella; su euforia es grande, las drogas han hecho estragos en su cerebro y no puede saber a ciencia cierta si lo está haciendo o no, -- ¡Hola! Me llamo Gabriela, pero me puedes decir Gabs. ¿Cómo te llamas? – sonreía, más no era una sonrisa voluntaria, sus músculos estaban trabados. -- León. ¿Cuántos años tienes? – le pregunto muy intrigado. Era la primera vez que una mujer no lo reconocía, que no le decía lo guapo que era, que no le pedía un autógrafo, una fotografía, un beso. -- Veinte. ¿Y tú? -- Tengo los años del mundo, Gabs. Esto impacto a Gabriela, ella tan acostumbrada a que los hombres solo veían en ella unas piernas hermosas, un cuerpo tentador y de vez en cuando un consuelo, una confidente. Quiero aclarar que Gabriela no es prostituta, nunca le gusto cobrar por sus favores, pero era muy selecta con los hombres que metía a su cama. -- ¿Cuántos años tiene el mundo? -- Tantos como hormigas en un hormiguero. -- Bien. Entonces cuéntame, ¿a qué te dedicas? -- Escribo canciones. -- Interesante, supongo que alguien las canta. ¿No? León seguía sin creer lo que escuchaba, aquella mujer no lo reconocía en verdad, era anónimo para ella, era un mortal, un simple mortal. -- Sí. Yo las canto. -- ¿Eres solista? -- No. Tengo una banda. -- ¿Cómo se llama? -- Zenith. -- ¡Claro! Ya decía yo que en algún lugar te había visto. Aunque a ciencia cierta no tengo ni idea de qué tipo de música tocan o de donde provienen. -- Suele suceder. Estoy un poco incómodo en este lugar. ¿Te gustaría salir? Se levantaron de la mesa, León dio unos billetes a Esteban, se excuso y dijo que había sido un placer verlo de nuevo pero que tenía que partir. Esteban mientras tanto se quedó anonadado con la reacción de Gabs y la astucia de León. Salieron del establecimiento, ayudados por el cuerpo de seguridad de León, pues las mujeres se volvían locas al verlo y querían a toda costa tocarlo, casi comparado con el tumulto de gente que seguía a Jesucristo. Decidieron que viajarían en el auto de ella, cuyo anonimato les permitiría perder pronto a la prensa. Acelerados, drogados y entusiasmados, partieron, Gabriela maneja sin saber hacia dónde se dirige mientras León le señala calles y le indica el camino. Llegan a una casa que parece la casa de cualquiera, por fuera no tiene indicios de que es de aquel famoso cantante, ni mucho menos de aquellas fiestas que se celebran en su interior, ni del vacío de aquel hombre. Fueron directo al bar, prepararon sus respectivas bebidas, reían, reían demasiado. Gabriela no estaba segura de quién era ese sujeto que tenía enfrente, bien podría ser cualquier hijo de vecino que quisiera tomarle el pelo y llevársela a la cama solamente porque le conto que es vocalista de una banda. Siente poco a poco que el efecto de la cocaína va decayendo, así que decide preguntar por el baño. -- ¿Dónde está tu baño? – le dice mientras dirige hacia él una gran sonrisa. -- Al fondo a la derecha – clásico de los baños, generalmente se encuentran al fondo a la derecha – Si necesitas ayuda aquí estoy. -- Lo tomaré en cuenta. Bien sabía el significado de esas palabras, pero estaba segura que no importaba en ese momento. Camino hasta encontrar el baño y rápidamente extrae de su bolsa la preciada cocaína, cuidadosamente y con ayuda de una de sus tarjetas de crédito hace una línea que seguramente la llevara al cielo, toma un billete, lo enrolla e inhala. -- ¿Me he demorado? -- No mucho, no te preocupes. Ven, ¿quieres ver una película? Se sentó, no pregunto nada más, en la pantalla veía formas extrañas, no podía concentrarse y adicionado a eso el filme era bastante surrealista, fijo los ojos en un punto en la pared, no pensaba, no reaccionaba, simplemente sentía. -- Gabs. – No obtuvo respuesta – Gabriela. Volteo hacia León y le sonrió con la enorme sonrisa que la caracterizaba y que el tanto adoraba. -- ¿Qué pasa? -- ¿Estás bien? -- Claro. ¿Por qué no habría de estarlo? Solo estoy un poco distraída, sabes el cielo es complicado, una vez que lo alcanzas no quieres bajarte de él y es tan difícil hacerte a la idea que tienes que regresar. -- Así que te gusta tocar el cielo, preciosa. Bien yo empecé a tocarlo a tu edad, cuando éramos una banda muy “underground” y tocábamos en cualquier bar que nos pagara con un cartón de cervezas, por ese tiempo teníamos muchos problemas y el dinero era escaso pero nunca faltaba la cocaína. -- ¿Cuántos años tiene el mundo? -- El mundo tiene los mismos años que hormigas un hormiguero, ya te lo he dicho. -- Sí es así, el hormiguero tiene veinticinco. ¿Cierto? -- No, sería un hormiguero bastante pequeño y disfuncional. Tiene veintinueve. -- ¿Y por qué cuatro hormigas harían la diferencia? -- No lo sé, solamente quería dejarte con la intriga pero veo que eres bastante curiosa. La tomo de la mano, la llevo hasta la cocina, corrió la silla para que se sentara mientras él preparaba unas deliciosas enchiladas verdes con queso (su platillo favorito), programó la cafetera. En vente minutos tenía la mesa servida y un delicioso expreso para servir. Comieron, bebieron café a sabiendas que eso los alteraría más, pero no importaba, reían, reían demasiado. Gabriela estaba muy intrigada por el aspecto de ese hombre, por sus palabras, por su forma de ser tan diferente a los demás. León por su parte se maravillaba al saber que ella no lo veía como un “rockstar”, sino simplemente era un hombre de carne y hueso. Quieran dormir, querían perderse en el cielo sin ser molestados así que se acostaron, se abrazaron y después de algunas horas se quedaron profundamente dormidos, hasta que el cielo se alejo de sus cabezas y pudieron conectarse, pudieron sentirse. Gabriela despertó con un dolor de cabeza horrible, la resaca estaba por matarla, no vio a León por ningún lado en cambio observo que en la pared había colgados toda clase de reconocimientos, discos de platino, discos de oro por ventas, todos con el mismo encabezado. “A León Lezama”. Se incorporo, busco sus zapatos y salió de la habitación. -- León. ¿Dónde estás? -- En la cocina. – Inmediatamente le contestó – En un momento subo. Cinco minutos más tarde entro a la habitación con una charola que contenía un delicioso desayuno; huevos revueltos, café (Dios mío, más café) y un pequeño florero con un tulipán. -- Creí que cuando despertaras estarías hambrienta. -- Gracias. – comenzó a comer, por su mente pasaban muchas cosas. -- ¿Puedo hacerte una pregunta? -- Dime. -- ¿Por qué tienes tantas atenciones conmigo? -- Me gustas. -- Bien. Te gusto. Y anoche no llegamos a nada más que dormir abrazados. ¿Por qué? -- Ambos estábamos muy alterados. -- Me impresionas, ¿sabes? León no dijo nada, no era partidario a llevar personas extrañas a su casa, amaba su privacidad y por lo general si quería llevarse a una chica a la cama lo hacía en un hotel. Gabriela despertó en él un sentimiento diferente, no quería llevarla a la cama, quería protegerla, quería amarla. No sabía cómo explicarle esto a Gabs. En ese momento unas enormes ganas de besarlo invadieron a Gabriela, quería probar sus labios. Lentamente se acerco a él, toco su cara con las manos y despacio, suavemente lo besó. El tiempo se detuvo, no hacía falta nada más que esos labios pegados a los suyos. Él probó esa boca, y ninguna otra le había provocado tal gozo, aquellos no los quería por un día. Sucedió entonces que esos labios se apartaron después de ese mágico instante. --- Tengo que irme a trabajar y voy tardísimo. – dijo Gabriela levantándose de prisa. -- ¿Quieres que te lleve? -- Pasaré primero a mi departamento para tomar un baño y arreglarme. ¿No importa? -- Para nada. -- Bien, en ese caso apresurémonos, no puedo llegar tarde. León tardó apenas algunos minutos en tener el auto listo, Gabriela subió y partieron. Era la primera vez que ambos permanecían callados tanto tiempo, ambos sentían aquel efecto pero no sabían si era real o simplemente efecto de la droga suministrada ayer. -- ¿Dónde trabajas? -- En una cafetería. -- ¿Te agrada? -- No me quejo, los clientes son generosos y dejan una excelente propina. -- ¿Nunca has escuchado a mi banda? -- La verdad no recuerdo, llegué a escuchar su nombre en algún programa de televisión, nada concreto. Entonces León encendió su reproductor de MP3, buscó su canción preferida, la que había demorado tanto en escribirla, la que había escrito para alguien que no llegaba y justo ahora tenía a lado. «Te encuentro sentada, con el corazón en la mano, mostrándomelo, llamando a gritos callados, te encuentro acostada en mi cama, con los ojos llenos de amor, con los labios rebosantes, y no sé qué hacer, me quedo parado, te observo y algo en ti me atrae. Me tienes en tus manos.» -- Sin saberlo, he escrito esa canción para ti. -- ¿Disculpa? -- Esa canción, no tiene destinatario, la compuse inspirado en un sueño, nunca logré recordar su cara, no la recuerdo, pero sé que eres tú. -- Quiero hacerte una pregunta. -- Adelante. -- ¿Eso les dices a todas? -- Por supuesto que no. Habitualmente las mujeres son tan abiertas que no me tengo que esforzar en alagarlas, creen que es en privilegio estar con alguien famoso, y sabes a la larga llega a ser bastante aburrido. ¿Alguna otra pregunta? -- ¿Qué viste en mi? -- Seré honesto. Lo primero que vi en ti son ese par de maravillosas piernas firmes y bien torneadas, después tu cara, eres bonita, mientras hablaba con Esteban vi en tus ojos un destello diferente y no me refiero a los destellos que el cielo genera en tu mirada, es un destello dulce, podría decir que es un callado grito de auxilio. ¿Alguien te lastimo hace tiempo, verdad? -- Sí. Sucedió hace no mucho que un hombre anclo su vida a la mía por unos meses. No quiso quererme. -- ¿Cuánto daño te hizo? -- Se robo todo, literalmente, un día, llegué a mí departamento y ya no había nada, se fue una mañana con un camión de mudanza y jamás regresó, nunca supe su paradero. -- ¡Qué desgraciado! ¿Cómo se llamaba? -- Lo he olvidado, hace tiempo que decidí olvidarlo. Los minutos transcurrieron rápido, Gabriela le señalaba el camino, se detuvieron frente a un edificio verde, bajaron del auto y entraron al inmueble, tomaron el elevador que los llevó al quinto piso; Gabriela introdujo la llave en la cerradura, giro el picaporte y le abrió la puerta a su mundo. -- Adelante, siéntete como en tu casa. -- Gracias. Es bonita en verdad. Una estancia totalmente pintada de blanco, donde se podía respirar la transparencia de aquella mujer desafortunada en el amor, de alma pura y enorme corazón. -- No demorare mucho en arreglarme, a lo sumo veinte minutos. -- Bien, te espero. Gabriela se refugió en su habitación, ese era el único lugar a donde él no había entrado (aunque ella deseaba que lo hiciera) y por un momento creyó que seguía soñando, aquello no podía ser real, era tan hermoso que no podía ser real, abrió la puerta, él estaba ahí, él existía en verdad y estaba con ella. Decidió entonces que iba a vivir su “sueño” sin ninguna medida, sin ningún desenfreno, él era perfecto. Abrió la regadera, dejó que el agua limpiara su cuerpo y su alma, no podía manejar tanta emoción, no sentía aquellas mariposas desde que conoció a Alfonso (su ex novio). Se ducho rápido, no quería hacerlo esperar, lo quería para ella, lo quería para siempre. Busco unos jeans, una blusa linda azul, un maquillaje muy natural; sencilla pero linda, salió del umbral de la habitación, se dirigió a la sala donde León estaba sentado. -- Estoy lista. -- Bien. Cuando gustes. Se tomaron de la mano y caminaron hacia el estacionamiento, subieron al auto. -- Me diriges, hoy te llevaré a tu trabajo. -- Bien. Es facilísimo, esta calle te lleva directamente a 20 de Noviembre. ¿Sientes la misma conexión especial? -- Sí, y siendo honesto me agrada bastante. -- ¿Dónde estabas? -- No lo sé. Te busque mucho tiempo. -- Y que ironías suele dar la vida, nos encontramos en un bar, con el cielo entre las manos, con la mente un poco perdida, pero ahí estabas y nunca te había visto. -- Que curioso. Eso te pasa por no ver la televisión. -- ¿Has amado? -- Sí. Pero el amor no convive muy en armonía conmigo. -- Claro. El amor para mi es algo tan etéreo que no se cómo explicarlo. En la siguiente calle das vuelta a la derecha, tenemos que buscar un estacionamiento. Unos metros después, y gracias a un golpe de suerte, encontraron un estacionamiento con lugares disponibles. -- Llegamos. Gracias por traerme. Entran al estacionamiento, bajan del auto y le dan las llaves al encargado para que lo estacione. León saca un cigarro de su bolsillo, lo prende y le ofrece uno, ella lo acepta; faltan diez minutos para que empiece su turno. Caminan en dirección a la plancha del zócalo, quizá unas cinco cuadras, caminan, caminan y llegan a Francisco. I. Madero, a los pocos pasos Gabriela se dirige a León. -- ¿Volveré a verte? -- Claro. Vengo por ti a la salida. ¿A qué hora termina tu turno? -- A las siete. -- Te estaré esperando aquí afuera. Gabriela entra a la cafetería, mete su tarjeta en el checador y espera que den las siete. ¿Vendrá? Esa es otra historia.
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Dewey Rompehielos
Hay muchas hermosas historias de los hombres y sus mascotas, animales de compañía cada uno elige su tipo, ya que soy un habitante del apartamento pensamiento consciente de tener una que no moleste a los vecinos, que no hacen ruido ... Elegí un pez de colores ornamentales, turones y los que tienen colas cortas, son las más duras, pero lo que un pez puede añadir la historia en un cuento? A continuación, te equivocas, nuestro buen amigo Zebrinha, comenzó con sus hazañas en el "mundo del agua" de casi un metro, entró por la puerta del faro y salió por la ventana, haciendo volteretas, fue realmente un "rompehielos" porque la gente cuando llegaron - en especial aquellos que visitan por primera vez - apenas comienzan a preguntar sobre la cría de peces ornamentales. Pero no es fácil, lograr la hazaña de tener un pez como mascota, que era lo que se hizo cargo, combatió la enfermedad, la falta de luz, "molestia barrio" - de otros peces, caracoles, langostas - que los aniquiló sin preguntas porque a él le gustaba vivir solo en el bioma. Pasó el tiempo, nuestro amiguito fue cada vez más fuerte con cada vicisitud, el Acuario del "mundo" se presentó una red de juego de apartamentos tipo ", el" Zebrinha "se convirtió en" zebrão "todo el mundo admira nuestro amigo rompehielos, muchos dijeron que se vería mejor en una sartén con cebolla y aceitunas, ver lo que un accidente! Pero las cosas se hicieron más difícil para nosotros y para él, porque no quería que el animal pueda vivir en esa "burbuja" se rompió todo en su "organización", pasó la noche todinha piedras cambiar el acuario, los faros que yo había amado tanto se convirtió en un juguete, lo arrojó a un lado para el otro., bombas rotas termómetro, y todo lo que podía. Teniendo en cuenta esta dificultad de todo, no pudimos disfrutar más de su empresa, hemos decidido ponerlo en una bolsa y regresó a la mascota a la naturaleza, allí en el muelle de Tororo, inclinar el envase y lentamente salió, dio un vistazo a su benefactor y izquierda, dejando un vacío, especialmente en el acuario, las noches nunca será el mismo, no tenemos más ruido de piedras rodando no se rompa ahora y Dewey más "hielo", que ahora se romperá su dieta con un rico banquete de pescado salvajes, que realmente llorar su liberación.
Marcelo Souza de Oliveira Ouvir Ler foneticamente Dicionário - Ver dicionário detalhado
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