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Buscando raíces de alas la frente se le desplaza a derecha e izquierda.
Y sobre el remolino de la cara se le fija, telón del más allá, comba y ancha.
Una alimaña le grita en la nariz que intenta aplastársele enfurecida...
Irrumpe un griego por sus ojos distantes.
Un griego que sofocan de enredaderas las colinas andaluzas de sus pómulos y el valle trémulo de su boca.
Salta su garganta hacia afuera pidiendo la navaja lunada de aguas filosas.
Cortádsela. De norte a sud. De este a oeste.
Dejad volar la cabeza, la cabeza sola, herida de ondas marinas negras...
Y de caracolas de sátiro que le caen como campánulas en la cara de máscara antigua.
Apagadle la voz de madera, cavernosa, arrebujada en las catacumbas nasales.
Libradlo de ella, y de sus brazos dulces, y de su cuerpo terroso.
Forzadle sólo, antes de lanzarlo al espacio, el arco de las cejas hasta hacerlos puentes del Atlántico, del Pacífico...
Por donde los ojos, navíos extraviados, circulen sin puertos ni orillas...
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Poeta
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I AMOR
Baja del cielo la endiablada punta Con que carne mortal hieres y engañas. Untada viene de divinas mañas y cielo y tierra su veneno junta.
La sangre de hombre que en la herida apunta florece en selvas: sus crecidas cañas de sombras de oro, hienden las entrañas del cielo prieto, y su ascender pregunta.
En su vano aguardar de la respuesta las cañas doblan la empinada testa. Flamea el cielo sus azules gasas.
Vientos negros, detrás de los cristales de las estrellas, mueven grandes masas de mundos muertos, por sus arrabales.
II OBRA DE AMOR
Rosas y lirios ves en el espino; juegas a ser: te cabe en una mano, esmeralda pequeña, el océano; hablas sin lengua, enredas el destino.
Plantas la testa en el azul divino y antípodas, tus pies, en el lejano revés del mundo; y te haces soberano, y desatas al sol de tu camino.
Miras el horizonte y tu mirada hace nacer en noche la alborada; sueñas y crean hueso tus ficciones.
Muda la mano que te alzaba en vuelo, y a tus pies cae, cristal roto, el cielo, y polvo y sombra levan sus talones.
III PAISAJE DE AMOR MUERTO
Ya te hundes, sol; mis aguas se coloran de llamaradas por morir; ya cae mi corazón desenhebrado, y trae, la noche, filos que en el viento lloran.
Ya en opacas orillas se avizoran manadas negras; ya mi lengua atrae betún de muerte; y ya no se distrae de mí, la espina; y sombras me devoran.
Pellejo muerto, el sol, se tumba al cabo Como un perro girando sobre el rabo, la tierra se echa a descansar, cansada.
Mano huesosa apaga los luceros: Chirrían, pedregosos sus senderos, con la pupila negra y descarnada.
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Poeta
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Señor, mi queja es ésta, Tú me comprenderás; De amor me estoy muriendo, Pero no puedo amar.
Persigo lo perfecto En mí y en los demás, Persigo lo perfecto Para poder amar.
Me consumo en mi fuego, ¡Señor, piedad, piedad! De amor me estoy muriendo, ¡Pero no puedo amar!
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Poeta
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Vamos hacia los árboles... el sueño Se hará en nosotros por virtud celeste. Vamos hacia los árboles; la noche Nos será blanda, la tristeza leve.
Vamos hacia los árboles, el alma Adormecida de perfume agreste. Pero calla, no hables, sé piadoso; No despiertes los pájaros que duermen.
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Poeta
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No tienes tú la culpa si en tus manos mi amor se deshojó como una rosa: Vendrá la primavera y habrá flores... El tronco seco dará nuevas hojas.
Las lágrimas vertidas se harán perlas de un collar nuevo; romperá la sombra un sol precioso que dará a las venas la savia fresca, loca y bullidora.
Tú seguirás tu ruta; yo la mía y ambos, libertos, como mariposas perderemos el polen de las alas y hallaremos más polen en la flora.
Las palabras se secan como ríos y los besos se secan como rosas, pero por cada muerte siete vidas buscan los labios demandando aurora.
Mas... ¿lo que fue? ¡Jamás se recupera! ¡Y toda primavera que se esboza es un cadáver más que adquiere vida y es un capullo más que se deshoja!
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Poeta
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Llegará un día en que la raza humana Se habrá secado como planta vana,
Y el viejo sol en el espacio sea Carbón inútil de apagada tea.
Llegará un día en que el enfriado mundo Será un silencio lúgubre y profundo:
Una gran sombra rodeará la esfera Donde no volverá la primavera;
La tierra muerta, como un ojo ciego, Seguirá andando siempre sin sosiego,
Pero en la sombra, a tientas, solitaria, Sin un canto, ni un ¡ay!, ni una plegaria.
Sola, con sus criaturas preferidas En el seno cansadas y dormidas.
(Madre que marcha aún con el veneno de los hijos ya muertos en el seno.)
Ni una ciudad de pie... Ruinas y escombros Soportará sobre los muertos hombros.
Desde allí arriba, negra la montaña La mirará con expresión huraña.
Acaso el mar no será más que un duro Bloque de hielo, como todo oscuro.
Y así, angustiado en su dureza, a solas Soñará con sus buques y sus olas,
Y pasará los años en acecho De un solo barco que le surque el pecho.
Y allá, donde la tierra se le aduna, Ensoñará la playa con la luna,
Y ya nada tendrá más que el deseo, Pues la luna será otro mausoleo.
En vano querrá el bloque mover bocas Para tragar los hombres, y las rocas
Oír sobre ellas el horrendo grito Del náufrago clamando al infinito:
Ya nada quedará; de polo a polo Lo habrá barrido todo un viento solo:
Voluptuosas moradas de latinos Y míseros refugios de beduinos;
Oscuras cuevas de los esquimales Y finas y lujosas catedrales;
Y negros, y amarillos y cobrizos, Y blancos y malayos y mestizos
Se mirarán entonces bajo tierra Pidiéndose perdón por tanta guerra.
De las manos tomados, la redonda Tierra, circundarán en una ronda.
Y gemirán en coro de lamentos: ¡Oh cuántos vanos, torpes sufrimientos!
?La tierra era un jardín lleno de rosas Y lleno de ciudades primorosas;
?Se recostaban sobre ríos unas, Otras sobre los bosques y lagunas.
?Entre ellas se tendían finos rieles, Que eran a modo de esperanzas fieles,
?Y florecía el campo, y todo era Risueño y fresco como una pradera;
?Y en vez de comprender, puñal en mano Estábamos, hermano contra hermano;
?Calumniábanse entre ellas las mujeres Y poblaban el mundo mercaderes;
?Íbamos todos contra el que era bueno A cargarlo de lodo y de veneno...
?Y ahora, blancos huesos, la redonda Tierra rodeamos en hermana ronda.
?Y de la humana, nuestra llamarada, ¡Sobre la tierra en pie no queda nada!
* * *
Pero quién sabe si una estatua muda De pie no quede aún sola y desnuda.
Y así, surcando por las sombras, sea El último refugio de la idea.
El último refugio de la forma Que quiso definir de Dios la norma
Y que, aplastada por su sutileza, Sin entenderla, dio con la belleza.
Y alguna dulce, cariñosa estrella, Preguntará tal vez: ¿Quién es aquélla?
¿Quién es esa mujer que así se atreve, Sola, en el mundo muerto que se mueve?
Y la amará por celestial instinto Hasta que caiga al fin desde su plinto.
Y acaso un día, por piedad sin nombre Hacia esta pobre tierra y hacia el hombre,
La luz de un sol que viaje pasajero Vuelva a incendiarla en su fulgor primero,
Y le insinúe: Oh fatigada esfera: ¡Sueña un momento con la primavera!
?Absórbeme un instante: soy el alma Universal que muda y no se calma...
¡Cómo se moverán bajo la tierra Aquellos muertos que su seno encierra!
¡Cómo pujando hacia la luz divina Querrán volar al que los ilumina!
Mas será en vano que los muertos ojos Pretendan alcanzar los rayos rojos.
¡En vano! ¡En vano!... ¡Demasiado espesas Serán las capas, ay, sobre sus huesas!...
Amontonados todos y vencidos, Ya no podrán dejar los viejos nidos,
Y al llamado del astro pasajero, Ningún hombre podrá gritar: ¡Yo quiero!...
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Poeta
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Se me va de los dedos la caricia sin causa, se me va de los dedos... En el viento, al pasar, la caricia que vaga sin destino ni objeto, la caricia perdida ¿quién la recogerá?
Pude amar esta noche con piedad infinita, pude amar al primero que acertara a llegar. Nadie llega. Están solos los floridos senderos. La caricia perdida, rodará... rodará...
Si en los ojos te besan esta noche, viajero, si estremece las ramas un dulce suspirar, si te oprime los dedos una mano pequeña que te toma y te deja, que te logra y se va.
Si no ves esa mano, ni esa boca que besa, si es el aire quien teje la ilusión de besar, oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos, en el viento fundida, ¿me reconocerás?
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Poeta
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Las dulces mensajeras de la tristeza son... son avecillas negras, negras como la noche. ¡Negras como el dolor!
¡Las dulces golondrinas que en invierno se van y que dejan el nido abandonado y solo para cruzar el mar!
Cada vez que las veo siento un frío sutil... ¡Oh! ¡Negras avecillas, inquietas avecillas amantes de abril!
¡Oh! ¡Pobres golondrinas que se van a buscar como los emigrantes, a las tierras extrañas, la migaja de pan!
¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid! ¡Venid primaverales, con las alas de luto llegaos hasta mí!
Sostenedme en las alas... Sostenedme y cruzad de un volido tan sólo, eterno y más eterno la inmensidad del mar...
¿Sabéis cómo se viaja hasta el país del sol?... ¿Sabéis dónde se encuentra la eterna primavera, la fuente del amor?...
¡Llevadme, golondrinas! ¡Llevadme! ¡No temáis! Yo soy una bohemia, una pobre bohemia ¡Llevadme donde vais!
¿No sabéis, golondrinas errantes, no sabéis, que tengo el alma enferma porque no puedo irme volando yo también?
¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid! ¡Venid primaverales! ¡Con las alas de luto llegaos hasta mí!
¡Venid! ¡Llevadme pronto a correr el albur!... ¡Qué lástima, pequeñas, que no tengáis las alas tejidas en azul!
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Poeta
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Esta noche al oído me has dicho dos palabras Comunes. Dos palabras cansadas De ser dichas. Palabras Que de viejas son nuevas.
Dos palabras tan dulces que la luna que andaba Filtrando entre las ramas Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento Moverme para echarla.
Tan dulces dos palabras ?Que digo sin quererlo? ¡oh, qué bella, la vida!? Tan dulces y tan mansas Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.
Tan dulces y tan bellas Que nerviosos, mis dedos, Se mueven hacia el cielo imitando tijeras. Oh, mis dedos quisieran Cortar estrellas.
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Poeta
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Las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás. ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda es polvo por siempre y por siempre será!
Cuando los capullos caen de la rama dos veces seguidas no florecerán... ¡Las flores tronchadas por el viento impío se agotan por siempre, por siempre jamás!
¡Los días que fueron, los días perdidos, los días inertes ya no volverán! ¡Qué tristes las horas que se desgranaron bajo el aletazo de la soledad!
¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas, las sombras creadas por nuestra maldad! ¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas, las cosas celestes que así se nos van!
¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!... -de llagas infectas- ¡cúbrete de mal!... ¡Que todo el que llegue se muera al tocarte, corazón maldito que inquietas mi afán!
¡Adiós para siempre mis dulzuras todas! ¡Adiós mi alegría llena de bondad! ¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, las cosas celestes que no vuelven más! ...
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Poeta
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