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Hoy no ha podido el techo quítame el sol, como todos los días; hoy no ha podido el techo quítame las estrellas, como todas las noches, porque hoy vino el Retrato. Saltó la tapa de este viejo cofre y he visto al cielo con su sol de guardia. La novia venía sola y en grupo con la mañana.
Yo no me daba cuanta de lo hermosa que era, de lo que eran sus ojos; amigo, hay que estar preso para saber lo hermoso que es lo hermoso.
Yo no me daba cuenta de aquellos ojos anchos, con una luz paisana, donde el quieto país de la pupilas oprime la provincia de una lágrima. Yo no me daba cuenta de cómo todo eso habla de frío y choza y luz en la ventana.
Yo no me daba cuenta de esa sombra de luz, de esa luz como en sombras, que es el zaguán de la belleza.
La encuentro más delgada. Se quedó triste en el retrato mismo y un dedal de sonrisa que querría mandarme se le quebró en el borde de un puchero imprevisto.
Antes de mi prisión era menos mujer. ¿Si será por los meses? ¿Si será por los siglos?
Pero, nada como la alegría de encontrarme presente en su cabeza, nada como saber que no se ha cortado las trenzas.
Muchas gracias, coqueta; muchas gracias, aduladora, ya sabes que me gustas con los cabellos largos y cómo te odiaría con la trenza cortada, fea, como un muchacho.
En cambio, qué bien vas cuando vas por la casa, con el pelo tendido, con el pelo en la espalda, con el pelo en las sienes recogido en dos bandas y aquella boca que llora si tardan en retratarla. Así debe estar la tierra, así debe estar la Patria, que mientras están sus novios metidos entre la Cárcel se deja crecer las trenzas y pone triste la cara. Así vamos a encontrarte, así vamos a encontrarla, suelta la voz nosotros, y ella y tú de trenzas suelta y llanto en la palabra y ese calor de fiesta en la provincia de las novias que esperan como patrias.
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Poeta
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Cuando tú te quedes muda, cuando yo me quede ciego, nos quedarán las manos y el silencio.
Cuando tú te pongas vieja, cuando yo me ponga viejo, nos quedarán los labios y el silencio.
Cuando tú te quedes muerta, cuando yo me quede muerto, tendrán que enterrarnos juntos y en silencio;
y cuando tú resucites, cuando yo viva de nuevo, nos volveremos a amar en silencio;
y cuando todo se acabe por siempre en el universo, será un silencio de amor el silencio.
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Poeta
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Siempre es el mar donde mejor se quiere, fue siempre el mar donde mejor te quise; al amor, como al mar, no hay quien lo alise ni al mar , como al amor, quien lo modere.
No hay quien como la mar familiarice ni quien como la ola persevere, ni el que más diga en lo que vive y muere nos dice más de lo que el mar nos dice.
Vamos de nuevo al mar; quiero encontrarte la hora más azul para besarte y el lugar más allá para quererte, donde el agua es al par agua y abismo, en la alta mar, en donde el aire mismo se da un aire al amor y otro a la muerte.
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Poeta
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Ya rindió una jornada la fiebre de mis brazos y aún están los leones de mi numen erguidos: los músculos alertas para nuevos zarpazos y firmes los pulmones para nuevos rugidos.
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Poeta
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No son para la Lira manos que odian la calma; ¡para cantarte me he pulsado el alma! Con un temblor de novia que se inicia, con un azoramiento de novicia, el candor de las páginas, rebaño de gacelas, aguarda ante mis ojos la llegada del Cántico, virgen como la espuma del Atlántico antes del paso de las carabelas...
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Poeta
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Murió de nuevo un día... yo la amaba, mas sin remedio se murió ese día... -¡Vuelve, Rabino, vuelve!... - yo clamaba - pero el Rabino rubio no volvía.
Pasó la niña veinte siglos muerta, murió Cafarnaún de Palestina y el alma mía, inútil y desierta, lloraba de inmortal sobre las ruinas.
¡Y la amaba, la amaba... Su blancura la buscaba en la blanca nebulosa, su cabellera entre la noche oscura y en el Poniente su color de rosa...
Y al fin la hallé... Escondida entre los tules de una puesta de sol, estaba Ella; su carne inmóvil entre dos azules inauguraba la primera estrella...
Y la encontré más blanca todavía, flotando en el azul, sin vestidura, ¡qué blanca estaba así!... la niña mía tenía veinte siglos de blancura...
Clamé al Amor entonces... Voces buenas dijeron a lo lejos: - Te ha escuchado! - clamé al eterno Amor... y a mi lado la blanca niña era una nube apenas...
Llegó el Amor. Los cielos fueron mudos, su leve paso silenció la esfera, llegó el eterno amor de pies desnudos, maduro el trigo de la cabellera...
"No es muerta... duerme!... y le ordenó: -¡Levanta! y Ella se alzó, delgada de martirio, y una voz le subió por la garganta como una abeja que abandona un lirio.
Y ha vuelto a mí... su cabellera oscura, su misma voz... pero en la mano fría con veinte siglos de amasar blancura, persiste el miedo de morirse un día....
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Poeta
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La sombra de una duda sobre mí se levanta cuando llega el arrullo de tu voz a mi oído; miedo de conocerte; pero en el miedo hay tanta pasión, que me parece que ya te he conocido.
Yo adiviné el misterio cantor de tu garganta. ¿Será que lo he soñado? Tal vez lo he presentido: mujer cuando promete y nido cuando canta; mentira en la promesa y abandono en el nido.
Quizá no conocernos fuera mejor; yo siento cerca de ti el asalto de un mal presentimiento que me pone en los labios una emoción cobarde.
Y si asoma a mis ojos la sed de conocerte, van a ti mis audacias, mujer extraña y fuerte, pero el amor me grita: -¡si has llegado muy tarde!...
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Poeta
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Luna de abril, descotada, con aguazal circunscrito, desnuda, con desnudez pura de pecho con niño. Luna llena, ubre de vaca, con lucero becerrillo; ¡qué puro se pone el pecho cuando se le cuelga el niño!
Esta noche yo no siento ni sombra de odio por nadie ni pena de verme preso, ni ganas de que me quiten los grillos que me pusieron.
Nada hay más impuro, nada, que el pecho de las mujeres, pero no hay nada más puro ni mejor para mirarlo que un pecho fuera del pecho y un niño al lado.
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Poeta
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De un amor que pasó, como un paisaje visto del tren, cuando se va de viaje; de un romance de un mes, en un cobijo del llano, una mujer me dejó un hijo.
Ella murió, y abrieron una fosa, y allí metieron el residuo humano, y una cúpula azul sobre una losa fue el mausoleo: el cielo sobre el llano.
Y me dejó un pequeño así de grande y como flor de harina, con unos ojos como para un sueño y el laberinto de su lengua china.
Yo vine de muy lejos para verle. Tenía las pestañas muy largas; me miró fijamente y me mostró la lengua bajo la calva encía, con una picardía de granuja que dice: "Qué me verá esta gente?"
Tuvo hambre. Yo anduve de covacha en covacha comprándole su leche al niño ajeno; cada vez que encontraba una muchacha, con cierta gula le miraba el seno.
Había seis mujeres: eran cinco doncellas y una vieja arrugada; eran diez pechos para los placeres y dos que no servían para nada.
Pasé por el corral y hallé en la puerta la vaca blanca y su ternera muerta. Y se vino hacia mí la vaca blanca, una estrella en la frente y una cruz en el anca...
Mi niño era de nieve; su ternera, de armiño; por su ternera, yo le di mi niño.
Y era aquel despertar por la mañana, cuando rompía el sueño el mugir de la vaca en la ventana, y el breve ordeñador iba al ordeño.
Y aquella boca en el pezón colgante, y aquel mirar de vaca, mansamente, y después, él delante del testuz, y la vaca le lamía la frente.
Hoy le enterramos. Vino la fiebre, y en dos días se me fue. En el camino he encontrado la vaca; por la tierra albariza se acercaba a lo lejos su dolor de nodriza...
Los dos nos arrimamos, y se puso a mirarme; en la frente dolida se le avivó el lucero, y sus remotos ojos parecían hablarme del dolor que le daba de perder mi ternero.
Y la nodriza y todo cuanto del llano tuve, se me quedó en el llano... La vaca me miraba..., me miraba de un modo, que yo sentí la angustia de tenderle la mano...
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Poeta
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¡Oh, blancura imposible de la Amada imposible! ¡Por todos mis desvelos cruza, como un fantasma, como un jirón de invierno, su carne sin penumbras, inverosímilmente blanca!
¡Oh, blancura imposible, que integra mis delirios y va sobre mi alma, con la apariencia leve de un sudario y la verdad de mármol de una lápida!
Si alguna vez la viste, filósofo ambulante, devanador de calles, enredador de plazas, tejedor de monólogos, si alguna vez la viste, di si es verdad que te espantó mirarla.
El resumen de todas las blancuras en Ella se anidó como una garza, y fue en sus manos un sopor de ovejas y fue lienzo de altar en su garganta.
Vibrante, musical y suspendida sobre la tierra, su blancura se alza y va floreando sobre el alto cielo como un arbusto bajo la nevada.
¡Blancura universal, ¡cómo te miro resumida al mirarla! ¡El blancor de esos días tercamente lluviosos; las estatuas de mármol recién inauguradas; el estertor de la pechuga exangüe; el ruedo que la mar prende a su falda; la capa voladora del beduino y sus tiendas errantes, palomar del Sahara; los caminos ahogados en la arena; al fondo de los árboles, la pared de una casa; las tumbas escondidas en la noche; el cirio iluminando la mortaja; ¡yacente livor del esqueleto que el cincel del gusano cincelara; esas frases inéditas, alargadas de aes, con que los sordomudos desahogan su rabia; las gotas de azahar sobre las bodas, y en la Suprema hora de las ansias, en el instante de aflojar los brazos, aquel blanco en los ojos de la mujer cansada!
Blancura universal, ¡Cómo te miro resumida, al mirarte! El remoto dolor de los pañuelos que aletean de adioses en la playa; las velas de cien barcos bajo el sol, que parece que un gran lirio se hubiera deshojado en la rada; las nubecillas huérfanas que entristecen los cielos con la miseria de su buche de agua; la alegría lustral del primer diente que en la frescura del pezón se clava y en la inquietud de una cabeza negra la aguja cruel de la primera cana; el alba, cuando bajo los rayos del ordeño se amanece de leche la penumbra del ánfora; el pan de trigo antes de entrar al horno; el lecho albar que está estrenando sábanas y la cuerda del patio con la ropa que ponen a secar por la mañana!...
Mucho de amargo y mucho de imposible tiene, en verdad, la carne de la Amada; en Ella hay la amargura de esas drogas blanquísimas, y es imposible como el Himalaya.
Su carne es la Primera Comunión de la Carne, y tiene lo intocado de las páginas donde no escribió nadie, porque esperan la mano que escriba con su sangre la Primera Palabra.
¡Mujer de Nieve, inédita de los llanos polares! ¡Mujer de Sal, como la vieja Estatua! Cuando duerme, su rostro se debe confundir con la almohada, y cuando muere la creerán dormida, porque después de muerta no podrá ser más pálida.
¡Mujer de Nieve, efigie de la Muerte, Mujer de Sal, Estatua! Si has de venir a mí, ven por la senda más nocturna o más blanca; así te fundirás en el camino y yo no te veré hasta la llegada.
Vendrás diciendo una palabra hueca, con muchas aes y la voz muy baja; tus dedos azulados palparán las tinieblas, y un collar de corales, ciñendo tu garganta, suspenderá hasta el vértice de mis presentimientos la evocación de las descabezadas.
Mujer de sal, mujer de nieve, siento como un largo vacío tu blancura en el alma, y voy a ti como al abismo el ciego, aunque presienta que has de ser mañana, Como la muerte, fría e imposible y como la mujer de Lot, amarga...
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Poeta
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