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Mi boca con un ósculo travieso buscó a tus golondrinas, traicioneras, y sentí tus pestañas prisioneras palpitando en las combas de mi beso.
Me libró la materia de su peso... pasó por mí un fulgor de primaveras y el alma anestesiada de quimeras conoció la fruición del embeleso.
Fue un momento de paz tan exquisito que yo sorbí la luz del infinito y me asaltó el deseo de llorar.
¿Te acuerdas que la tarde se moría y mientras susurrabas: "¡Mía! ¡Mía!" como un niño me puse a sollozar?....
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Poeta
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Tanta dulzura alcánzame tu mano que pienso si las frutas te engendraron, si abejas con su miel te amamantaron y si eres nieto excelso del verano.
Tanta dulzura no es de rango humano: los dioses tus pañales perfumaron, sobre tu sangre roja destilaron ojos de niños, lasitud de llano.
Tanta dulzura, que cayendo al alma mueve esperanzas, le procura calma y todo anhelo de virtud corona.
Tanta dulzura, para bien sentida, que digo al mal que me consume: olvida. y al fuerte daño que me dan: perdona.
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Poeta
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Has hablado, has hablado y me he dormido. Pero duermo y no duermo, porque siento que estoy bajo el supremo pensamiento: vivo, viviré siempre y he vivido.
Has hablado, has hablado y he caído en un marasmo... cede hasta el aliento. Tiempo atrás, en las sombras, me he perdido: estoy ciega. No tengo sentimiento.
Como el espacio soy, como el vacío. Es una sombra todo el cuerpo mío y puedo como el humo levantarme:
Oigo soplos etéreos... sobrehumanos... Sujétame a la tierra con tus manos, que si el viento se mueve ha de llevarme.
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Poeta
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Tu vida es un gran río, va caudalosamente. A su orilla, invisible, yo broto dulcemente. Soy esa flor perdida entre juncos y achiras que piadoso alimentas, pero acaso ni miras.
Cuando creces, me arrastras y me muero en tu seno; cuando secas, me muero poco a poco en el cieno; pero de nuevo vuelvo a brotar dulcemente cuando en los días bellos vas caudalosamente.
Soy esa flor perdida que brota en tus riberas humilde y silenciosa todas las primaveras.
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Poeta
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Soy suave y triste si idolatro, puedo bajar el cielo haSta mi mano cuando el alma de otro al alma mía enredo. Plumón alguno no hallarás más blando.
Ninguna como yo las manos besa, ni se acurruca tanto en un ensueño, ni cupo en otro cuerpo, así pequeño, un alma humana de mayor terneza.
Muero sobre los ojos, si los siento como pájaros vivos, un momento, aletear bajo mis dedos blancos.
Sé la frase que encanta y que comprende y sé callar cuando la luna asciende enorme y roja sobre los barrancos.
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Poeta
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Me besarás los ojos... estarás a mi lado... -Adiós, hasta mañana, hasta mañana amado.
Y caerá en mis pupilas una luz bienhechora, la luz azul-celeste de la última hora.
Una luz tamizada que bajando del cielo me pondrá en las pupilas la dulzura de un velo.
Una luz tamizada que ha de cubrirme toda con su velo impalpable como un velo de boda.
Oh, silencio, silencio... esta tarde es la tarde en que la sangre mía ya no corre ni arde.
Oh, silencio, silencio... en torno de mi cama tu boca bien amada dulcemente me llama.
Oh silencio, silencio que tus besos sin ecos se pierden en mi alma temblorosos y secos.
Oh silencio, silencio que la tarde se alarga y pone sus tristezas en tu lágrima amarga.
Oh silencio, silencio que se callan las aves, se adormecen las flores, se detienen las naves.
Oh silencio, silencio que una estrella ha caído dulcemente a la tierra, dulcemente y sin ruido.
Oh silencio, silencio que la noche se allega y en mi lecho se esconde, susurra, gime y ruega.
Oh silencio, silencio... que el silencio me toca y me apaga los ojos, y me apaga la boca.
Oh silencio, silencio... que la calma destilan mis manos cuyos dedos lentamente se afilan...
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Poeta
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Tengo el presentimiento que he de vivir muy poco. Esta cabeza mía se parece al crisol, Purifica y consume. Pero sin una queja, sin asomo de horror, Para acabarme quiero que una tarde sin nubes, Bajo el límpido sol, Nazca de un gran jazmín una víbora blanca Que dulce, dulcemente, me pique el corazón.
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Poeta
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Tú me dijiste: no lloró mi padre; tú me dijiste: no lloró ni abuelo; no han llorado los hombres de mi raza, eran de acero.
Así diciendo te brotó una lágrima y me cayó en la boca... más veneno. Yo no he bebido nunca en otro vaso así pequeño.
Débil mujer, pobre mujer que entiende dolor de siglos conocí al beberlo: ¡Oh, el alma mía soportar no puede todo su peso!
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Poeta
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Unos besan las sienes, otros besan las manos, otros besan los ojos, otros besan la boca. Pero de aquél a éste la diferencia es poca. No son dioses, ¿qué quieres?, son apenas humanos.
Pero, encontrar un día el espíritu sumo, la condición divina en el pecho de un fuerte, el hombre en cuya llama quisieras deshacerte ¡como al golpe de viento las columnas de humo!
La mano que al posarse, grave, sobre tu espalda, haga noble tu pecho, generosa tu falda, y más hondos los surcos creadores de tus senos.
¡Y la mirada grande, que mientras te ilumine te encienda al rojoblanco, y te arda, y te calcine hasta el seco ramaje de los pálidos huesos!
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Poeta
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Oye: yo era como un mar dormido. Me despertaste y la tempestad ha estallado. Sacudo mis olas, hundo mis buques, subo al cielo y castigo estrellas, me avergüenzo y escondo entre mis pliegues, enloquezco y mato mis peces. No me mires con miedo. Tú lo has querido.
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Poeta
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