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Lector apacible y bucólico, Ingenuo y sobrio hombre de bien, Tira este libro saturniano, Melancólico y orgiástico.
Si no cursaste tu retórica Con Satán, el decano astuto, ¡Tíralo! nada entenderás O me juzgarás histérico.
Mas si de hechizos a salvo, Tu mirar tienta el abismo, Léeme y sabrás amarme;
Alma curiosa que padeces Y en pos vas de tu paraíso, ¡Compadéceme!... ¡O te maldigo!
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Poeta
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Conoces, tal mi caso, ese dolor sabroso, Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!» -Iba a morir. Y había en mi alma amorosa, Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento;
Angustia y esperanza, sin humor encontrado. Mientras más se vaciaba la arena ineluctable, Más deliciosa y áspera resultó mi tortura; Se desgajaba mi alma del mundo familiar.
Y era como ese niño, ávido de espectáculos, Que odia el telón igual que se odia una barrera. Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló:
Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin? El telón se había alzado y yo aguardaba aún.
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Poeta
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Bajo una pálida luz Corre, danza y se retuerce La Vida, impura y gritona. Tan pronto como a los cielos
La gozosa noche asciende Y todo, hasta el hambre calma, Ocultando la vergüenza Se dice el Poeta: «¡Al fin!
Mis vértebras, como mi alma, Codician dulce reposo; De fúnebres sueños lleno
La espalda reclinaré Y rodaré entre tus velos, ¡Oh refrescante tiniebla!»
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Poeta
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¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir Y besarte la frente, triste caricatura? Para dar en el blanco, de mística virtud, Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?
En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos, Y más de un bastidor hemos de destruir, Antes de contemplar la acabada Criatura Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.
Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo, Escultores malditos que el oprobio marcó, Que se golpean con saña en el pecho y la frente,
Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío! Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado, Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.
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Poeta
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Poseeremos lechos colmados de aromas Y, como sepulcros, divanes hondísimos E insólitas flores sobre las consolas Que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos.
Avivando al límite postreros ardores Serán dos antorchas ambos corazones Que, indistintas luces, se reflejarán En nuestras dos almas, un día gemelas.
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico, Intercambiaremos un solo relámpago Igual a un sollozo grávido de adioses.
Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso, Los turbios espejos y las muertas llamas.
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Poeta
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La mujer, entre tanto, de su boca de fresa Retorciéndose como una sierpe entre brasas Y amasando sus senos sobre el duro corsé, Decía estas palabras impregnadas de almizcle: «Son húmedos mis labios y la ciencia conozco De perder en el fondo de un lecho la conciencia, Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales. Y hago reír a los viejos con infantiles risas. Para quien me contempla desvelada y desnuda Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas. Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites, Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos O cuando a los mordiscos abandono mi busto, Tímida y libertina y frágil y robusta, Que en esos cobertores que de emoción se rinden, Impotentes los ángeles se perdieran por mí.»
Cuando hubo succionado de mis huesos la médula y muy lánguidamente me volvía hacia ella A fin de devolverle un beso, sólo vi Rebosante de pus, un odre pegajoso. Yo cerré los dos ojos con helado terror y cuando quise abrirlos a aquella claridad, A mi lado, en lugar del fuerte maniquí Que parecía haber hecho provisión de mi sangre, En confusión chocaban pedazos de esqueleto De los cuales se alzaban chirridos de veleta O de cartel, al cabo de un vástago de hierro, Que balancea el viento en las noches de invierno.
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Poeta
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En cenicientas tierras, sin verdor, calcinadas, Como yo me quejase a la Naturaleza, Y el puñal de mi mente, caminando al azar, Fuese afilando lento sobre mi corazón, Una gran nube oscura, de un temporal surgida, Que albergaba una tropa de viciosos demonios, Semejantes a enanos furiosos y crueles. Se volvieron entonces fríamente a mirarme, Y, como viandantes que se asombran de un loco, Los escuché entre sí reír y cuchichear Intercambiando señas y guiños expresivos:
-«Contemplemos a gusto a esta caricatura, A esta sombra de Hamlet que su postura imita, Los cabellos al viento, la indecisa mirada. ¿No es en verdad penoso ver a tal vividor, A este pillo, a este vago, a este histrión perezoso, Que, porque representa con arte su papel, Pretende interesar, cantando sus pesares, Al águila y al grillo, al arroyo y las flores, E inclusive a nosotros, autores de esas rúbricas, A voces nos recita sus públicas tiradas?»
Hubiera yo podido (alto como los montes Es mi orgullo y domina a diablos y nublados) Apartar simplemente mi soberana testa, Si no hubiera atisbado entre la sucia tropa, ¡Y este crimen no hizo tambalearse al sol! A la reina de mi alma de mirada sin par, Que con ellos reía de mi sombría aflicción, Haciéndoles, de paso, una obscena caricia.
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Poeta
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Es una mujer bella y de espléndido porte, Que en el vino arrastrar deja su cabellera. Las garras del amor, los venenos del antro, Resbalan sin calar en su piel de granito. Se chancea de la muerte y del Libertinaje: Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera, Ha respetado siempre, en sus juegos fatales, La ruda majestad de ese cuerpo arrogante. Camina como diosa, posa como sultana; Una fe mahometana deposita en el goce y con abiertos brazos que los senos resaltan, Con la mirada invita a la raza mortal. Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen, Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo, Que la hermosura física es un sublime don Que de toda ignominia sabe obtener clemencia. Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora, Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche, Contemplará de frente el rostro de la Muerte, Como un recién nacido -sin odio ni pesar.
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Poeta
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Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas, Pródigas de sus besos y ricas en salud Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren, Bajo la eterna siembra jamás fructificó.
Al poeta siniestro, tara de las familias, Valido del infierno, cortesano sin paga, Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel, Un lecho que jamás la inquietud frecuentó
Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias, Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas, Placeres espantosos y dulzuras horrendas.
Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás? ¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante, A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?
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Poeta
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Como bestias inmóviles tumbadas en la arena, Vuelven sus ojos hacia el marino horizonte, Y sus pies que se buscan y sus manos unidas, Tienen desmayos dulces y temblores amargos.
Las unas, corazones que aman las confidencias En el fondo del bosque donde el arroyo canta, Deletrean el amor de su pubertad tímida Y marcan en el tronco a los árboles tiernos;
Las otras, como hermanas, andan graves y lentas, A través de las peñas llenas de apariciones, Donde vio san Antonio surgir como la lava Aquellas tentaciones con los senos desnudos;
Y las hay, que a la luz de goteantes resinas, En el hueco ya mudo de los antros paganos, Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre. ¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!
Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios, Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas, Mezclan en las umbrías y solitarias noches, La espuma del placer al llanto del suplicio.
Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires, De toda realidad desdeñosos espíritus, Ansiosas de infinito, devotas, satiresas, Ya crispadas de gritos, ya deshechas en llanto.
Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno, ¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión, Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed y las urnas de amor que vuestro pecho encierra.
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Poeta
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