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A Julieta, sobre la tumba de Julio El Dios duerme su gloria a tu amparo, Julieta; Una lanza de amor en tu brazo sonrosa; Su berceuse fue blanca, tu berceuse es violeta... Eras rosa en su lecho, eres lirio en su fosa.
-Las serpientes del mundo, apuntadas acechan Las palomas celestes que en tu carne sospechan-.
El dios duerme, Julieta; su almohada es de estrellas Pulidas por tu mano, y tu sombra es su manto; La veladora insomne de tu mirada estrellas En la Noche, rival única de tu encanto.
-Y las bellas serpientes, encendidas, meditan En las suaves palomas que en tu cuerpo dormitan-.
Y el dios despertará nadie sabe en qué día, Nadie sueña en qué tierra de glorificación. Si se durmió llorando, que al despertar sonría... En el vaso de luna de tu melancolía Salva como un diamante rosa tu corazón.
¡Y sálvalo de Todo sobre tu corazón!
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Poeta
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Es creciente, diríase Que tiene una infinita raíz ultraterrena... Lábranlo muchas manos Retorcidas y negras, Con muchas piedras vivas... Muchas oscuras piedras Crecientes como larvas.
Como al impulso de una omnipotente araña Las piedras crecen, crecen; Las manos labran, labran,
-Labrad, labrad, ¡oh manos! Creced, creced, ¡oh piedras! Ya me embriaga un glorioso Aliento de palmeras.
Ocultas entre el pliegue más negro de la noche, Debajo del rosal más florido del alba, Tras el bucle más rubio de la tarde, Las tenebrosas larvas De piedra, crecen, crecen, Las manos labran, labran, Como capullos negros De infernales arañas.
-Labrad, labrad, ¡oh, manos! Creced, creced, ¡oh, piedras! Ya me abrazan los brazos De viento de la sierra.
Van entrando los soles en la alcoba nocturna, Van abriendo las lunas el silencio de nácar...
Tenaces como ebrias De un veneno de araña Las piedras crecen, crecen, Las manos labran, labran.
-Labrad, labrad, ¡oh, manos! Creced, creced, ¡oh, piedras! ¡Ya siento una celeste Serenidad de estrella!
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Poeta
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Es un lago mi alma; Lago, vaso de cielo, Nido de estrellas en la noche calma, Copa del ave y de la flor, y suelo De los cisnes y el alma.
-Un lago fue mi alma...-
Mi alma es una fuente Donde canta un jardín; sonrosan rosas Y vuelan alas en su melodía; Engarza gemas armoniosamente En el oro del día.
-Mi alma fue una fuente...-
Un arroyo es mi alma; Larga caricia de cristal que rueda Sobre carne de seda, Camino de diamantes de la calma.
-Fue un arroyo mi alma...-
Mi alma es un torrente; Como un manto de brillo y armonía, Como un manto infinito desbordado De una torre sombría, ¡Todo lo envuelve voluptuosamente!
-Mi alma fue un torrente...-
Mi alma es todo un mar, No un vómito siniestro del abismo: Un palacio de perlas, con sirenas, Abierto a todas las riberas buenas, Y en que el amor divaga sin cesar... Donde ni un lirio puede naufragar.
-Y mi alma fue mar... -
Mi alma es un fangal; Llanto puso el dolor y tierra puso el mal. Hoy apenas recuerda que ha sido de cristal; No sabe de sirenas, de rosas ni armonía; Nunca engarza una gema en el oro del día... Llanto y llanto el dolor, y tierra y tierra el mal!...
-Mi alma es un fangal;
¿Dónde encontrar el alma que en su entraña sombría Prenda como una inmensa semilla de cristal?
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Poeta
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Cuando derramas en los hombros puros De tu musa la túnica de nieve, Yo concentro mis pétalos oscuros Y soy el lirio de alabastro leve.
Para tu musa en rosa, me abro en rosa; Mi corazón es miel, perfume y fuego, Y vivo y muero de una sed gloriosa: Tu sangre viva debe ser mi riego.
Cuando velada por un tul de luna Bebe calma y azur en la laguna, Yo soy el cisne que soñando vuela;
Y si en luto magnífico la vistes, Para vagar por los senderos tristes, Soy la luz o la sombra de una estela...
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Poeta
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Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa; En engañosa luna mi escultura reflejo, Ellos rompen sus picos, martillando el espejo, Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa, Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.
Amor de burla y frío Mármol que el tedio barnizó de fuego O lirio que el rubor vistió de rosa, Siempre lo dé, Dios mío...
O rosario fecundo, Collar vivo que encierra La garganta del mundo.
Cadena de la tierra Constelación caída.
O rosario imantado de serpientes, Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios, Que en tu sonrisa de cincuenta dientes Con un gran beso se prendió mi vida: Una rosa de labios.
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Poeta
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Lejos como en la muerte Siento arder una vida vuelta siempre hacia mí, Fuego lento hecho de ojos insomnes, más que fuerte Si de su allá insondable dora todo mi aquí. Sobre tierras y mares su horizonte es mi ceño, Como un cisne sonámbulo duerme sobre mi sueño Y es su paso velado de distancia y reproche El seguimiento dulce de los perros sin dueño Que han roído ya el hambre, la tristeza y la noche Y arrastran su cadena de misterio y ensueño.
Amor de luz, un río Que es el camino de cristal del Bien. ¡Tú me lo des, Dios mío!
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Poeta
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Los lechos negros logran la más fuerte Rosa de amor; arraigan en la muerte. Grandes lechos tendidos de tristeza, Tallados a puñal y doselados De insomnio; las abiertas Cortinas dicen cabelleras muertas; Buenas como cabezas Hermanas son las hondas almohadas: Plintos del Sueño y del Misterio gradas.
Si así en un lecho como flor de muerte, Damos llorando, como un fruto fuerte Maduro de pasión, en carnes y almas, Serán especies desoladas, bellas, Que besen el perfil de las estrellas Pisando los cabellos de las palmas!
-Gloria al amor sombrío, Como la Muerte pudre y ennoblece ¡Tú me lo des, Dios mío!
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Poeta
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Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego, Apagando mis sienes en frío y blanco ruego... Engarzad en un gesto de palmera o de astro Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro Tallada a besos puros y bruñida en la edad; Sereno, tal habiendo la luna por coraza; Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza, Y desde el tabernáculo de vuestra castidad, Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma; Mi sombra besará vuestro manto de calma, Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos; Luego será mi carne en la vuestra perdida... Luego será mi alma en la vuestra diluida... Luego será la gloria... y seremos un dios!
-Amor de blanco y frío, Amor de estatuas, lirios, astros, dioses... ¡Tú me los des, Dios mío!
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Poeta
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(Al Excelso escritor uruguayo Manuel Medina Betancort)
Entre el raso y los encajes de la alcoba parisina La enfermiza japonesa, la nostálgica ambarina, Se revuelve en las espumas de su lecho de marfil; El incendio de la fiebre ha pintado en sus mejillas -Sus mejillas japonesas como rosas amarillas- Sangraciones de claveles, centelleos de rubí.
Vibra en llamas del delirio la muñeca principesca, Se estremecen los marfiles de su faz miniaturesca, Su pupila enloquecida lanza chorros de fulgor; Burbujeantes las palabras efervescen locamente Con hervores de champaña de su boca balbuciente, De su boca de topacio, moribunda, sin frescor.
Sueña ahora de su infancia: blancas, leves las visiones Van pasando juguetonas en alígeras legiones, Con sus vestes de albas gasas, con sus nimbos de claror; Nievan lirios, perlas, rosas, rosas blancas como espumas, Avecillas eucarísticas, suaves copas de albas plumas, Son las aves del recuerdo, van diciendo su canción.
Cruza ahora misteriosa, inefable, aristocrática Una pálida figura de expresión honda, enigmática, Perezosos movimientos, fatigoso, lento andar; En sus ojos tristes, suaves, hay miradas que sollozan, Hay reproches hondos, dulces, que acarician, que destrozan, Con la blanda inconsistencia del enojo maternal.
Extinguióse ya la fiebre, la enfermita no delira, Centellea en sus pupilas el sol rojo de la ira Y sus brazos se retuercen como sierpes de marfil; Brota un nombre de sus labios entre espuma y maldiciones, Su nacáreo cuerpecito se revuelca en convulsiones, Tremular de lirio enfermo, sacudidas de jazmín.
Es que vibra en su cerebro con malditas resonancias El recuerdo del lord rubio de imperiales arrogancias, El altivo millonario de los ojos de zafir, El que en redes misteriosas de promesas quebradizas, Apresó el pájaro blanco de su almita asustadiza Arrancándola a sus padres, sus ensueños, su país.
Y en la cárcel principesca de la alcoba parisina La olvidada japonesa, la nostálgica ambarina Desfallece sofocada por agónico estertor, ¡Oh, mimosa susceptible, por un soplo deslucida! Devolviérale la gracia, devolviérale la vida Una gota de cariño, un efluvio de su sol!
En sus ojos, hondos cauces, hay un algo extraño, helado, Reflectores de la muerte, ésta en ellos se ha mirado Y es su imagen la que flota en su fondo de carey, Pero... súbito se animan, arde en ellos la alegría, Alegría de muriente con vislumbres de sombría, La enfermita vibra toda su figura de poupée;
Sus deditos finos, pálidos, como niños macilentos, Han tomado, y ahora oprimen con nerviosos movimientos Un marchito crisantemo; blanco hermano del Japón! Él también sufre nostalgias, hondas, diáfanas, impías Abejillas de oro y ópalo que se clavan lentas, frías, En el glóbulo de aromas de su raro corazón.
La enfermita las comprende, las nostalgias amarillas Del pequeño moribundo, y le acerca a sus mejillas Y a sus labios en arranques de cariño fraternal, Es su hermano, sí, es su hermano ese copo de albo lino, Como ella agonizante, como ella nacarino, Como ella desmayando en lujosa soledad.
Duerme, duerme la enfermita entre cirios de oro escuálidos Hay un muerto crisantemo en sus dedos finos, pálidos, Su cajita funeraria es estuche de blancor.
En lo alto: al regio alcázar del Eterno, del Clemente, Entre angélicos festejos, leve, diáfana, sonriente, Llega el alma de una niña, trae el alma de una flor!
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Poeta
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Blandos preludios, Nievan orquídeas opalinas, pálidas; Lánguidos lirios soñolientos riman
Estrofas perfumadas. Hay roces blancos, leves, Hay notas leves, blancas...
Viene... es ella, es mi musa, La suave niña de los ojos de ámbar; Es mi musa enfermiza: la ojerosa, La más honda y precoz, la musa extraña!
Es pálida, muy pálida, en sus ojos Bate el Enigma sus pesadas alas; En las cadencias de su blanda marcha Los misterios desmayan... Es la musa enfermiza, la ojerosa, La más honda y precoz, la musa extraña!
Viene... no trae lira La suave niña de los ojos de ámbar... Ella canta sin lira, Mi dulce musa extraña! Sus lánguidos arpegios, Sus vibraciones de pasión, arranca, Con angustias que crispan, ¡A las fibras sensibles de su alma!
¡Ven, canta, canta! ¡Oh, mi musa enfermiza! ¡Oh, mi musa precoz, mi musa extraña!
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Poeta
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