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CONFESIÓN GRAMÍNEA
El suelo es hondo y húmedo, tendrá que alimentarme y vestirme, aunque por ahora no sé si es de noche o de mañana, ni si soy un sueño de un futuro inexistente, insisto, e insisto en la orilla de la sequía que corta el agua en el cautiverio de la vida, con empeño admirable, y más duro de esta cáscara, abrigo sin tregua, en una metamorfosis continua que recupera mis caras anteriores, ignoradas en la corrupción confusa de los lugares dónde caduca. Es como la voz del paisaje subterráneo donde la vida y la muerte se hermanan, dónde se adelgazan los trinos a contraluz de una fuerza comprimida.
El cosmos aparece como un inmenso árbol, infinito, entre los promontorios de luz y sombras fusionadas, como el... divino ideograma vertical que crece y decrece de la raíz a la hoja inagotable...¡Vida qué se regenera al infinito!.
Siento, de eso estoy seguro, pienso, creo ser el receptáculo de la ignorancia fértil, alguna vez, astro, pájaro, serpiente arcaica, sin tener la pretensión de agotar todo el acto esencial de la renovación del universo en su actualización creativa, yo, ¡Sí, yo!. Un simple germen en el corazón de una semilla.
Me lo han dicho unos acuáticos recuerdos abrigados por el viento. Pues he perdido la memoria de mis muertes dónde ardientes bajaron los otoños en los cómplices inviernos, viajeros agitados por los siglos. Y ahí por dónde el desierto abrasador espera la frescura de la soledad obscura.
El hecho que ahora lo cuente (de alguna forma es confesión), me lacera, me deforma la insignificancia en el curso privilegiado de intuir tantas mutaciones y estragos dónde anida la última realidad... Aunque estando ausente haya buscado callado la intimidad de las ilusiones presentes, el pecho virginal del decoro honroso de la humanidad preocupada de sí misma...Pero el suelo aquí es árido, cemento, metal, granito, ambiciones injustas, desmedidas muecas de los huecos abundantes, nada puede germinar ni cultivarse, la misma sangre enramada tiene el corazón de plomo y mete toda consciencia en un molino que taladra el cielo.
Es el misterio que evidencia mi más absoluta ignorancia, el insigne fracaso ignoto. Es... Es... La misma síntesis del misterio agrario y funerario de Odín. Es... El espacio-tiempo dónde nos reunimos vivos y difuntos. Extremos dónde la hierogamia se verifica, en el gesto primordial. ¡En el acto genésico ilimitado!. El suelo aún ahora, conserva el color de un sol forastero dónde fluyen bifurcándose corredores más angostos, y sin duda escribe al margen más páginas que fueron rotas, acribilladas, acuchilladas, y ocultadas en la red de las serpientes horrorizadas en los extravagantes edificios del engaño, en todo ese vacuo majo con la fruslería de los micrófonos, por encamisar pasmadas a las calles, desvaído el colapso atribulado. Las campanas lo confirman, los féretros los resguardan, y el olvido está en las cosechas del desconsuelo desnudo, en el claro testimonio del fracaso. ¿Qué hacer, cómo, cuándo?.
Lo confiesa el aire, el fuego, el agua, y ahora este suelo no aligera el paso, ni en el camino más peregrino de las pupilas perdidas, ni en los fúlgidos reflejos sin atavío en la pulpa hechida de las pesadillas de dulces venenos que beben la brisa de sombras como un licor suave. ¿Qué hacer, cómo, cuándo?. Repiten los cristales fugitivos, la túnica sin fe ni flores despiadadas, plásticos vasallajes vehementes con la frescura inmóvil dirigiendo el vuelo del nido en ruinas, y repiten y repiten. Las mismas preguntas hasta el cansancio. Siento, pienso, creo hacerlo, aunque lo dude... Y me digo... Imposible saberlo a partir de un sólo grano, y mucho menos si andamos perdidos por el mundo, más qué anónimos, y mucho menos ignorando los altos designios qué deben ser cumplidos por alguien, y haciendo mofa de los árboles abundando en analogías inservibles, y en escrúpulos versátiles intactos.
Mi propósito no ha sido contarles todo lo qué después será ignorado, olvidado, cercado en una fracción del campo, cómo el árbol qué a destiempo debió considerarse feliz. ¡Porqué no es cierto!. Aunque hay cuentos que no son prisiones obscuras al entendimiento, que tienen su verdad de porcelana que invade la ilusión más verosímil. ¡Vaya si no!. En todas partes se sabe qué ninguna semilla fructifica sin el suelo idóneo. Mucho menos, yo. ¡Yo qué aún no he sido!.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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PLANTANDO RECOVECOS
Caminé, me dices, como el rechazo que acepta el desórden establecido con los bolsillos en las manos de pié al cielo viendo las nubes duras, despacio cayendo entre las hojas del otoño gris gota a gota, camine y camine como cascarria. Porqué camino vamos, no lo sé, dices qué dije, caminando de manos, de menos, manando, porqué suelo a veces decirlo, y tienes razón al pensarlo callado entre las palabras inútiles de una mirada de miles. Es verdad, las casas salen de noche por las ventanas girando bruscamente al mar asombrado cabalgando las íntimas cobardías del espejo en las olas saludando a la puerta por dónde regresan las paredes, y los techos entrando de día a los hogares hechos islas, elegía de pañuelos, epopeya de lágrimas y estatuas en el aposento inundado de ausencias con el veneno del engaño furioso que sepulta la eternidad en una chispa de espeso insomnio. Planta de platos dolientes, éxtasis de horrores plagados, son las mesas vacías pasando años fragmentados por las lúgubres campanadas y las trémulas acacias... Camine le dices al camino paralítico sin orillas ni diminutos puertos escondidos en los segundos interminables... Tal vez eso sea lo mejor en las cifras impares de los premiados caimanes, gusanos con áureo estilo, camine y camine, del fugaz pasado al rústico futuro del comino y la pimienta violeta cultivados a los lados. ¡Recovecos!. Vaya pues si no, son. Esas cosas marcaron las suelas de las sandalias de los suelos desgastadas, como suelen quedar las marcas por el tiempo. Creo, no obstante, oler un dolor más profundo que derrumba cualquier nidal y acrisola del don de nadie al embeleso avieso. ¡Sí, eso es!. Dices que así lo crees, a pesar del dorso incrédulo de sus arenas lloviendo nubes. Muchas cosas se presentaron antes como las que escapan a la memoria, jinete sombrío. Mentor de trápala, con toda su emperifollada vileza que multiplica la ignominia con el grandilocuente polvo del olvido y la impotencia. ¡Vaya afanes ciegos que espían el eco, y más por el esaborío solemne!. Puedo estar equivocado, (a lo cual también tengo derecho), pero... Desgraciadamente me sobran motivos que no sólo he imaginado, y deploro no vestirlos con el secreto prisionero de las plegarias y los perdones. Dices que digo que plantes, con un silencio desplante en el suelo frigorífico al que suelo aludir como espumoso espejismo. Bueno, te diré. Como en este cuento creo que ya lo he dicho, me dices, que así es. Aunque tales metamorfosis con frecuencia agotan el caudal de significados en la mente estrecha de un ladrillo, como un ladrido, como un ladrón que temiendo amurallarse estalla en el tapete destejido, haciendo lo imposible para descubrir el fondo como si se tratara de un tesoro. En este caso no hay tal. Las cosas de este caminar (plantando sin hacer desplantes vanos ), pulen los evidentes recovecos de las cajas hipnóticas por el delirante anhelo de las últimas miradas. Es el caminar de los caminos, de lo cominos, y pimientas cultivados a los lados, de los caimanes que son cuestiones arbitrarias y causalmente planeadas por el absurdo organizado, como se ve en las pesadillas que se recuerdan en el ambiente invariable desplazado por las escaleras. Pobres y desempleadas, sólo huecos esperanzados.
No embargante, llegado a este punto, debo terminar, me dices, con razón qué te dijeron, las espinas prudentes que hablan desde las plantas que están en las sandalias honestas sin la palidez estupefacta ni la traza extraña del encanto con la placidez sonriente de la indolencia, y te doy la razón, me dices, que ya lo he hecho sin darme cuenta, ahora que ya lo he contado. Aunque solo pueda decir que. ¡Nada puedo hacer con las huellas borradas en la desnudez intacta de la indiferencia! y sólo sean incipientes intentos de plantar viejos recovecos en el epílogo agrio solitario.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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EL VIEJO DE LA BOLSA
Me encontré con el hombre de la bolsa,
y le dije.
.- Qué lleva en esa bolsa ?...
.- Recuerdos. Contestó .- Recuerdos buenos.
.- Y los malos ?...
.- Los malos pesan mucho, están en la bolsa del olvido.
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Poeta
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ESCARAPELA DEL EFUGIO
La infancia recorría las calles vestida en sus asfálticas antorchas con el vientre azul dejando huellas purpúreas sobre la alfombra de granito deslizándose por el lago en sangre, esclavo de los bosques sigilosos, y enredados en las lianas del hombre-mono contando la historia de las ovejas.
A las mismas abejas que lucían sus espadas de miel cazando la cera ascética con el desdén hecho un baluarte de suculentas viandas a nombre de los ausentes, soplos helados de las suaves ironías. ¡No lo creerías!. Sí, sí, de seguro ni lo imaginas. Nadie en todo el cosmos conocido tenía la menor idea de la fantasmagórica importancia de su obra y, sólo cuando el tiempo agrietado en una embriaguez encontró la evidencia que lo impuso, le dedicaron una fabulosa caverna. Sangre en la mirada, tirano y burlón, eco que más nadie desea escuchar, febril amenaza para cualquiera en la nueva edad de la vehemencia.
En síntesis, enfermo indecible después de lo pasado, carne campanosa hermana de las tumbas, ceniza de las canteras mientras calla el pozo su sed fiel al rebaño.
A lo lejos, el calor caduco nacía en las orugas, enredadas en el cielo que sepultaba los espejos en la cara de los pétalos secos del cáñamo de penas dónde sólo vive la tristeza, y el amor divino se compra con tarjetas en el alma, de las águilas altivas, de los días que ya no hablan, del nido que fabrica montañas bajo las rosas petrificadas, y vende las cadenas con el tono de esperanza en el subsuelo...
Nubes, nubes. claras transparencias! Eufemismo sin tapujo, desperdigamiento engrescado, con todo lo cetrino taciturno, y la poltronería premiada en la zafiedad acumulada en el engolillado letargo pomposo y embetunado. Esto pasaba. Cuando escuchó el canto rojo, y blando del elefente, que solo acentuó su certeza, hasta que el canto se trocó en una sinfonía ahogada y gelatinosa que lo convenció de que no era algo fruto de una pesadilla, sino un monstruo más que real.
No obstante, nadie supo como, aunque hoy que te lo cuento ya son miles de millones que lo sospechan irremediablemente, y pese a que se tomaron todas las medidas de seguridad, voló como un espectral gusano, y se estremeció al sentir que nacía en su interior un sentimiento blindado de infraculpabilidad semiperdonada, sobre todo, considerando el más mínimo ultramomento apenas imaginado en el desenfreno y la desvergüenza, vergelero de la arrogancia con el escarabajear pulcro, inopinado en la inmundicia pavoneándose de inmune... Pues confiaba que no sería cierto el reproche directo al pedir comida con el alboroto respectivo al cuidado finísimo de los barrotes en la manada satisfecha haciendo un ademán triunfal.
Hoy esponja el aire acribillado, los buches de pichones en el pañuelo, y llegan de puntitas los recuerdos hechos lágrimas del polvo, en las palabras al claro desengaño con la aurora de la noche y sus pesatañas. ¡Creo que lo creerás... algún día en las cumbres marmóreas del bullicio de la congoja!. En caso contario... Para que seguir contándolo. En otra ocasión será, en otras calles, en otras infancias que vistan con asfalto las ovejas de improviso sin aliento.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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ENCHARCAMIENTO CIERTO
Cuando estuvimos muy cerca, agitados los pájaros marcaban una tibia humedad en el lago con su vuelo inexpresivo en la transparencia de las medusas. Se puede hallar la palabra fervorosa y pura al desbordar el polvo abatido en la funesta tiranía del tiempo, de tal forma que al mismo pensamiento espanta, entre la quietud y la soledad, al cerrar los ojos deslumbrantes.
Pero el tiempo pasa tan de prisa, tan radiante, tan consolador... Como el pasado en el futuro tropezando. Cierto, cierto a veces como una jícara sepia de albear, casi farruco del jironado, por la vida con cañadas y... Desazón por la estrictez de desfiladeros. En este momento no se ve, porque ya obscurece más temprano. En el gran sol es casi de noche.
Créeme. Para subir y luego ocultarse ha perdido la gracia. A todos nos llegará. No debemos, no debemos de ninguna forma impedir las cosas, ésas que al cabo de veinte años no tienen un minuto de sosiego. Como el charco que calumnia del ridículo al engaño, y las naves de quimeras por el viento, marchan los designios fatales del destino donde reposa la brisa entre cumbres lejanas. ¡Sí, cierto!. A veces es como dices que digo, con el pecho que al sueño alcanza, lo que a la sombra imanta en la convalecencia de jazmines entre consciencia y clemencia, un tanto próvido y otro tanto rumbático. Tú lo sabes, así soy, dices, en lo mismo que recíproco expreso, de la mariposa que volar anhela más allá del óbice al obcecarse con mesura anodina. ¿Encharcamiento?. ¡Claro!... Como la restitución vierte el despiste animalado, y una vez más, como un milagro, se repite día con día. Y ante la imposibilidad siempre pide consejo. Tiene la vaga sospecha, de los pies a la cabeza en los plegables suspiros, en la claridad prestada y quieta, lleno de hosquedad el paisaje con su fosfóreo resplandor, redondo verde, largo azul en un instante sólo, dónde la afinidad es posible, como así fue aquella tarde pragmática de flauta y tamboril al acercarse a la laguna.
Bien lo sabes, como dices que digo. A pesar de todo pasan los años, hablando de lo mismo con su microscópica mayoría en la desnudez poco más o menos ridícula, en el ultraje y el exabrupto. Pues bien, como esa vez fue, el raudal espumoso se derrumbó como la encina ruda, y el nido al colocar su tumba, lentamente, en el sonoro ímpetu que estuvo en la trinchera clavando sus pupilas redondas no lejos del fuego.
Aunque sin hacer publicidad, los gusanos han empezado a volar, según ellos sumidos profundamente en las nubes más lejanas del mínimo margen evidente. Así que, como hemos visto, la luz hace correr la pesada cadena, invisible, a dónde la mirada no consigue llegar. ¡Sí, nuevamente lo digo!. Estuvo tan cerca de la máxima prudencia que se puso a toda prisa la inteligencia inconfundible del nadie ve nada, del es. muy fácil, del al cabo a quién le importa, y si acaso sea el infolio inmemorial, qué pena yo no pude hacer nada. Es el desastre perfecto. Y te doy la razón. ¡Si, te doy la razón!. Disimulando quizá la carencia de ella. Tan cierto como en ese charco es, lo que en el mismo lago lejano agitando, huesos y pellejos están, las medusas a diario.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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LUDIBRIO IMPOLUTO
En esos recuerdos verdes caballos amarillos, asoman el hocico desde el bolsillo del saco que arrastra su pelaje obscuro. Y me dices que los gritos, arrastran las arenas saltando por encima. Si, creo que hay algo de insistencia, tanteando las sorpresas lentamente, en el sonido seco de la madera golpeada, por la mano que nos separa del hastío entre la vertical tormenta.
¡Bueno, en fin, ya hemos llegado aquí!. Lo que fue solo deseo y pensamiento en un principio. De cualquier forma, quiero contarlo, evadiendo las sombras del olvido que tejen las corbatas, y los sillones sin tantas explicaciones. Total... Total... Ya estando arriba, el trepidante silencio es el mayor aliado, cómplice conversando lábil, animado, como estremeciendo de la carne ardores, por esa inmovilidad increíble, que afecta todas, las cosas que han perdido su valor. Parecida a una minúscula campana, gentil copa y sortilegio.
Mira, sucedió así. Caminábamos, pero nos detuvimos y de pronto, la noche selecciona descolgarse de esa luna. Tu sabes que al salir la calle nos rodeaba en aquel momento sin importancia. El tiempo colocaba una placa en cada túnel dentro de una flor, enardecida por la impureza de la realidad en el discurso sin lengua, convite convexo, rebosante y tartufo, del abigarramiento a la turbulencia, disimilitud holgada entre el cuello blanco al compulsar sus verdades, inconexas, asimétricas, en el vapuleo desacorde.
¿Sabes?... No fue precisamente a orillas de la playa, sino que estábamos situados más al fondo de las húmedas paredes, escribía, indudablemente influido por todos los inquietos lápices que se quejaban con amargura de las plumas digitales, con la fina capa de su extrema fugacidad.
Estábamos a solas con el silencio, nunca podré olvidarlo, me decían los pies bajo la tierra, las sandalias entre las nubes, el derrumbe formidable de los valles, y los restos taciturnos, que pueden jurar al cielo absolutamente avecindado, en la máxima injusticia jamás vista, con la diligencia del olvido. Debía ser algo parecido a la muerte. Pienso. Yo sentí su vacío, me lo dijo un cuaderno, antes de darse cuenta de su posición horizontal, y que sólo podía oírse en la atmósfera de un plato, de libros con la voz postrada en la imaginación del tren. Y... sacudiéndose las vías por las espaldas.
Entonces la escala de tiempo a que se sujetaba la vida, casi no hacía más que sonreír después de haberla visto vagar por diferentes lugares sin preocuparse por nadie en sí, en su plan infalible al desandar el camino de la eternidad. Heterogéneo, disgregado, abatido entre galerna, imperturbable, titubeo transfigurando la ordinariez, de aquéllo quejumbroso, y lastimero de su intrínseco escolio, con el apañico desbarro.
Era el camino de la eternidad prolongada en aquel aislamiento, sin advertir la presencia del hombre cerrando las últimas brechas, de la soledad circunspecta, un espolear borrascoso de la exasperante desvergüenza, con la impavidez abrutada, algarada y bureo. Por fuera, el viento calienta las nubes que sudan en la única cosa que puede representar el techo. Inundado con preguntas, y el olor bajo el piso... De la caterva al patíbulo, en la estrechez y el holgorio, proceroso amasijo, antípoda inexcusable por el ensalzar desdeñoso. ¿Porqué conservas la esperanza?, Hay algún premio por ello, en el más allá, me decías. El peso de la vida no se siente. ¿Cómo puedes pensar qué me parece bien todo el mal?. Te dije que no es mejor callar, eligiendo equivocadamente los frascos del elixir que daría la inmortalidad por las monedas aseguradas. Porque pienso a veces, que hoy es lo que ayer fuera, y lo que será mañana lo mismo al descorrer el velo del pasado, talud y garrampa, rapiñar artero recio, inextricable agostado. ¡Vaya pues!.
¿Quién hará por ti, lo qué a ti te corresponde?. Y si no es ahora... ¿Cuándo?. Acaso cuando las golondrinas errantes llamen a los cristales del mal, que pone al sol espuelas penetrantes, a modo de lámpara votiva, y que al mirarla partir, calla y espera. Tu decías que no te gustaba, como aquella tarde que apagaste de reojo en la piel de un flamazo, paseándose bajo la luz del abanico. Y como la pobre flor de ensueño, hecha de gloria falsa, indigesta deslustrada, al inficionar alevoso, se tiñe de anáfora por el rosicler macerado. Verde también, como los cabellos amarillos, dejaron en la memoria su pelaje obscuro.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Poeta
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FINALES POSTREROS
Todo ésto sucedió hace mucho tiempo y, desde entonces a menudo previo al inicio, sin dulcificar la acidez excelsa de las minúsculas amarguras, granuladas, encapsuladas, en gotas y soluciones en suspensión, estando lejos el refresco de las arrugas verticales por el atardecer con menos fuerza. En el taller, desempleado, con el agua que hierve las herramientas en alerta que encienden su tristeza, infiel de mano impía por el rencor de la moneda del blancor relajando un limonero.
¡Sí, en él!. Taller qué hace oscilar el baño de vapor giboso de las calles conmocionadas por el silencio. Estruendoso nadaba un pez abrumado por el óleo colgado en la madeja de lana en aquella pared rugosa. La noche verde aún la luna en su vejez contaba estrellas saltando como ovejas de miradas serpentinas limpiándose los dientes en un lobo qué temían moviendo el aire tembloroso sin inclinar la cabeza siendo imposible reconocerlo.
Entonces el hijo del carnicero se armó de valor y avanzó. Se amontonaron unas tijeras en los escalones como palomas en un peine desenfadado por la larga lista de caballos saltando arriba y abajo para calmarlos. Agitándolos con el acorde suave de agria voz. Por el ingrato silencio de la mirada devorando insectos.
Así el fueron muy felices quedó instalado en el dispensario recomendado por los mandriles cotidianamente iluminados por el uso de las profusas mordidas en un convulso epílogo, confundido con el prólogo a la defensiva con piedras y palos en la mano qué lanzó el primer inocente detectado, retirándose misteriosamente a meditar en un cómodo ataúd sumiso como el honor vendido, y ofrecido bondadosamente al colorín colorado.
Tomando en cuenta ya, el área posteroanterior del raro gris esmalto las auroras de fuego y la más herida luz sin vida dirigiéndose a los pianos. No embargante. Bien se supo lo mucho que lloró la noche desde que sus ojos cayeron al tomar las declaraciones llevando sobre su vestido un cable eléctrico mirando las peladuras del cielo más temprano que de costumbre tocando las heridas frescas en la multitud que quisiera salir de los abarrotes que brotan del asfalto con penetrante insistencia.
___ ¿Es un acertijo?. En ese instante las paredes se derrumbaron entre los recuerdos ya lejanos. Del... Había una vez entre un álbum fotográfico como una presencia amarillenta que permanecía escondida acariciando las condecoraciones perplejas. Del... ¿Qué importa?.
Ese que importa más apetecido con la ostensible emoción jadeante después de recorrer la explanada filosa produciendo el aleteo una figura lúgubre desplazándose en espirales lentas en la parte interior del saco. No está demás.
¡Sí, no está demás!. Diciendo: Debemos tener alguna precaución usando las palabras del dueño de la casa por la estafa lisa y llana después de los genealógicos segundos al asomarse el gato que comienza a lamerse con prolijidad por las calles con un gesto tímido hecho de marfil, sobre una pescadería de una sola pieza al cabo de muchos años, tropezando con los suspiros indolentes en esa parte de horizontalidad que nadie se atreviera a mencionar en una prueba de exterminio.
Así terminan las alegres mariposas en las tumbas caprichosas que plantan peregrinas las espinas estivales en el esplendor de las sombras tutelares en los calcinados precipicios de los claros vitrales.
Porqué las letras no resisten mucho tiempo altas dosis de continua realidad con sus impredecibles reacciones al pasar la eternidad al dar la vuelta a un periódico clima con la amenaza de ciertas divinidades de entrega inmediata, por el esfuerzo de querer reconocer sin remedio a la manzana enroscada, en una especie de eco aprendiendo a vender manojos de verduras al preparar la cena bajo el suelo bien ordeñado que se nota a simple vista de topo tragicómico en la ocupada cornucopia.
En cada final todo volvía a empezar para las casas sordomudas que se extendían con impotente desesperación bajo la forma de una clara y sana rigidez, ligada a una opinión muy diversa según la moda lo demostraba, en las armadas controversias del enrédote frágil velo de la concha impulso e igual indiferencia.
Uniéndose unos a los otros como en una imprevista bacanal que termina de arreglarse, y va a su dormitorio en los alevosos minutos cazadores dentro y fuera con su cuerpo de sirena, ladrona de frescas juventudes por la estrofa impenetrable de la montaña desnuda.
Así ha sido este brebaje de confines, ringlera de remates, pisaverde desenlace. Tanto como cuánto ladra el búho pálido de la fatal jornada, y dónde los mares enredan penas sin fe ni flores pero que aseguran servir de veladoras inestables en tiempos normales, y en la medida de su propia exigencia, por el porvenir que cae sobre ellos. Y... Como siempre. Terminan con el postre.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Increíble... ¿Para quién?.
Cuando llegamos en la menor obscuridad estaba el hoyo desierto amarillo colgando las huellas del crepúsculo inmóvil a lo largo del valle como un nido atento a proteger la luna vagando en ese cielo...
Se levantó, y fue a tomar un vaso de agua lleno del plástico infantil moviéndose en las palabras tiernas completamente absorto, sin contenido... ¡Estaba fascinado...Dos manos de luz sobre la testa habían dejado toda blanca la cabellera obscura, entre la matidez y la mortaja, alhajas del cutis vistiendo su desnudez intacta. ¡Increíble!. Es el vértigo con sus arterias de plata. Increíble. Es el cuento sin principio. Los abuelos hablaban de él, noche a noche, a la misma hora, en el espacio absoluto que solo las letras detienen, y la imaginación recrea, como un ritual dulce y misterioso, dibujando aventuras en las paredes de la penumbra sin advertir la vacuidad más fecunda. Sublime estando en la emoción la inspiración armada en lo menos encendido del vil amor enternecido con sus lamentos. Increíble. Es el cuento sin principio. Del que hablan los abuelos con los ensueños que hierven la excelsa beatitud, y que la más sensible imaginación implora. Ningún prólogo se acercó a mi lecho. ___Entonces recordó algo. ¡Me prometiste no contarlo!. Eres el último que lo sabe, y el primero que niega recordarlo. Pensé en lo prometido como todas las noches desde meses atrás, graves, modestos, en todo lo que mata el tiempo, y hace figuras de las tormentas, en el fondo de una gota. ___¡He cumplido, no se lo he dicho nunca a nadie, en cierto sentido!. Y nadie hace todo lo posible por entenderlo. ___¿Sabes?, estrictamente hablando, carece de importancia. Aunque solo la ilusoria apariencia. Sólo ese himno dócil que es la cerradura de la esencia sin disfraz. Puerta talismánica, que rompe la suerte infiel, del sutil padecimiento arcano, que no se han atrevido, sino pocos, jamás nadie a sondear. No embargante, enmudece su aroma suave hoy que embate, la esperanza apagada y lejana, en el turbio oleaje que al ascender murmura. Una vez más, la tarde, durante todo aquel verano, extendía sus extrañas sensaciones al contraluz de la luna milenaria, donde el vientre aprisco se desgrana, y escucha la voz del manantial, que inunda con su canto el zenzontle florido, que mis recuerdos alimenta. ___¡No está mal recordar!. Después de todo... ¿A quién le importa?. Ese quién peregrino, que se inclina en el pasado, y que cubre con el ramaje el rumbo intacto del espacio leve, donde las ausencias retornan. ¡Quién lo sabe como nadie!. Para ellos es tan bellamente increíble este cuento, en la esencia sin principio, verídico en la transparencia. No lo cuentes. No lo cuentes. Voy a estudiar todo el problema, y a plantear las cosas desde una perspectiva distinta. ¡Que no asombre!. ¡Que disperse todo falso asidero!. ___Me decía, el sosiego ocioso, la suerte mísera, el inmutable concierto del abismo en su belleza donde los sueños fallidos fenecen. ¡Sí, sí!. Me decía nadie, en vez de declarar enseguida, que las exigencias del ser verosímil son inaceptables, como lo habíamos visto en ocasiones anteriores, con la terrible certeza del desconcierto que se tornaba en realidad en el mismo instante de ser comprendido. _¡Ni modo, ni manera!. Es el peligro que se enfrenta. No podía pensar en otra cosa, y nadie lo sabía. Y no sabía, porque podía definirlo con tanta nitidez al cerrar la boca.
Hablar con la mirada. Escuchar el mar entre las chispas danzando con los leños. La chimenea meditabunda vencedora de los tiempos, sepultura de los serafines ingenuos que buscan el candor de la ignorancia en su follaje acogedor y obediente. En el cuento sin principio, sordo a las vanidades de la fama del bronce sin encanto, del rostro gentil intangible, del alto ideal de frágil memoria y vacío... No lo cuentes, no lo cuentes... Replica el eco con el cariño del antes... Las brumas siembran la sed a la deriva con la ambrosía diamantina de los dardos. ¡Quien nadie más para saberlo! Bien lo sé. Me dicen que soy el último en saberlo y el primero en negarlo. Es... Es como... Caminar sobre el tiempo reuniendo el hermoso libro de cristal. Mostrando, sí, mostrando maravillosas ilustraciones ante los ojos cerrados, deslumbrados, palpando los colores musicales del olor que invade el pasado con el futuro, febrilmente curioso, y extrañamente tranquilo. Decidimos enterrarlo en el jardín. La exclusión del principio fue total en ese relato, incompleto en parte. Desteñido lo divino de la fragua, que tal vez nunca lo fuera. Pero ahora me preocupa saber si existe alguien que guarde la sonrisa del limbo donde reposa, y si entre las nubes, todavía tejen los cantos el zenzontle, y la enredadera junto al nogal de la noria, del amplio patio cubierto de tiempo, y recuerdos perennes.
___No es que no cumpla las promesas. Ahora empiezo a hablar con los abuelos de nuevo, nadie lo sabe muy bien, y me cuentan lo que nunca he querido escribir, como lo hago hoy. Pero no creo que nadie lo entienda, aunque él me dice qué sí, que casi lo logra, y de seguro sin que quién se entere que está publicado bajo las mismas narices de la sangrienta memoria, teñida con los bálsamos del polvo de la lengua de los mandriles, que ladran sobre los sillones.
___La única dificultad, nadie me lo ha dicho, reside invariablemente en la simple razón de pensar instantáneamente, en atrapar la fantasía, silenciosa y enigmática, capaz de abrir la morada de un sueño a voluntad. Supongo que apresurándose a escuchar el rumor de la lejanía que rompe tembloroso, los gritos de alegría, sin darse cuenta de que los ruidos que oía, eran los símbolos de unión del corazón introvertido al reflexionar acerca del espanto del mundo que no ve nada. ¡Sí!. No ve nada mejor que seguir igual que siempre.
Nadie lo sabía al cerrar la boca, y comprender sin principio este cuento. Este cuento del todo puede ser mejor mañana en la realidad más perfecta del engaño, de la letra y la palabra. Pero sobre todo, al despreciar el Caos predestinado a desaparecer eternamente. Ese Caos sagrado que muda el tiempo, donde desbordan las almas sus lamentos claudicantes, que lloran entre los trinos, perdidos, siderales, por el injusto desdén de la maldad que generan.
___Prometí no contarlo... Pero hoy si. Cuando lo inalcanzable es más posible en la realidad de los sueños que los escritos contienen, por el inmenso libro de la vida, en los ventisqueros, y páramos del vasto silencio vespertino, que bosteza inquieto en la angustia de perderse. Es por ello que lo he cumplido así. Cuando llegamos a saber que yo y nadie somos lo mismo, en el cuento sin principio. ¿A quién le importa?.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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DISCROMATOPSIA INSTINTIVA
No creo que haya sucedido. Sin embargo, es un cuento que me contó un buzo, y dentro del cual me cuento a diario como realmente fue.... Absolutamente los mismo siempre que lo recuerdo diferente. Muellemente acostado y corriendo solapado forrando un terraplén sobre un abismo. Siendo como lucero nocturno. Por lo que será mejor que volvamos a empezar por el principio de no contar con un eventual aterrizaje.
¡Mira, me decía!. Conforme se va alcanzando el fondo el paisaje cambia de colores. Están prohibidas las palabras por un rato de largos meses las angustias son el único derecho a la escamosa serenidad que pesa y daña con aspereza por el ceremonial de las algas que nadan por el deseo de posesión perdidas en pormenores... ¿Diría algo el especialista en espectros?.
Nada los detiene. El insomnio fue a la peluquería. El efecto sedante puede amenizarse con las tijeras atravesando la calle sin mirar el semáforo. ¡Piénsalo!... Es inútil cualquier grito. Escapa de la basura. Una vez amenazó con devorarme. Sonreía. ¿Sabes?. Por el humo al borde de la ceniza, parada, la solución más apropiada es, fabricar esperanzas astronómicamente.
Porqué cuando le toca el turno a los patos las escopetas corren por las monedas en manadas gastando la vista descifrando noticias de tonalidad rosácea. Caperucita come lobos matando las manzanas. con motivo de duraznear las piadosas masacres en el despacho de los gatos al verse perdidos bajo un lustro de tierra, sin haber llegado el cemento, y la cal sin dar señales de vida. ¡Señal de curación total!. ¿Cómo si no?. La habitación se acostó en mi cama, luego la puerta entró por la ventana del piso, y el techo tomaba unas vacaciones en la luna.
Por eso, a lo mejor, no lo entiende. Aunque el pasillo al correr dice que sí, al patio que se contorsiona lentamente. Después de todo, es bastante aceptable el frasco que lo contiene.
A la larga no me disgusta. Aunque tu no lo creas, de la misma manera que yo al principio nada sabía... Pues no tiene problemas complicados, la humedad a montones reposa con sus ladridos y pierde su apetito hablando de alguna manera con el auténtico misterio de la televisión que le habla por el radio enemistado con el teléfono hecho un chismoso espía de los lentes impostores de las lupas. ¿Es una broma?. En este siglo, pensar libremente es anacrónico, la lógica está en cuarentena, y ha sido desempleada, por un buen precio puede adquirirse una flamante corrupción, por un polvo proporcionan cualquier eternidad, usada estrictamente hablando de polímeros pero nada de abrazos, nada de cocodrilos en una lágrima y menos de flaquezas técnicamente obesas.
Lo mismo da que sean las once como las diez de la mañana, al espectroscopio no le importa ser viscoso ni la suave somnolencia en el mantel, sólo a veces solicita, numerosas innovaciones, puestas de moda en breve tiempo y que nadie entiende y menos usa.
Ya llegado al fondo, el silencio devora, acogedoramente la vida con agrado, en la prudencia estadísticamente significativa en los panteones más lujosos. ¡No se si sea cierto!. Mors est redemtio. La muerte es redención.
Y en la hora postrimer, en su agonía, implora un año más, siquiera un día. Ignorando las noches y los días que lanzó al mar de la existencia con su presencia y nada de lo humano puede perturbar. No embargante. Este cuento me lo contó un buzo traslúcido que atraviesa las paredes, enmudeciendo entre el daltonismo. Con el velo que cruza la mirada y la sutil decoración en la punta de un hilo, por las horas sin rumbo abiertas a todos los senderos, en el embeleso más profundo que hace enrojecer al mismo Caos, en la gran ceguera multicolor en el tropel de su armonía rota. ¡No lo sé!. Tal vez lo crea algún día. Hoy solo se los cuento, como un cuento menos real que la más verdadera fantasía.
Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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EVARISTO El día que el hombre invisible llegó a mi pueblo, ni yo me enteré. Recién a los cuatro días, el veinticinco de mayo de mil novecientos sesenta y seis, cinco días después de su llegada, que según me contó él, había sido el veinte de mayo. Cuando estaba disfrutando de la tradicional carrera de sortijas, veo con estupor, a un tipo en bolas abajo del arco por donde pasan los caballos. Pero la mayor sorpresa fue, cuando vi que a ninguno de los asistentes les parecía extraña esta presencia. Primero pensé que entretenidos como estaban con el espectáculo de destreza criolla, no se habían percatado del hecho, luego, que yo estaba en pedo, estado no muy infrecuente en mi, pero no, no había tomado una sola gota de alcohol desde el día anterior. Repasé rápidamente los momentos previos. Me había levantado más tarde que de costumbre, de eso estaba seguro, es decir no estaba soñando y había tomado un mate cocido con galleta, había ido al corral a ensillar el alazán, me acordaba patente que pisé una bosta de vaca, fresca, y me tuve que cambiar las alpargatas nuevas, que había comprado para ir al pueblo, por las viejas con bigotrs...¿ Y qué más ?...Ah sí...me había pegado un baño, en homenaje a la fecha patria.¿ Sería eso ?...Lo descarté, pero seguía preguntándome si no era una alucinación, porque aparentemente solo yo lo veía. Un tipo en bolas y con ese frío!... Pero parecía no sentirlo...Su cara no me parecía conocida, tampoco era una cara demasiada común como para confundirla con otra, en un pueblo de trescientos habitantes en que nos conocíamos todos, hasta por el grosor del pelo. No me cabía duda de que el tipo era forastero. Medio rubión, de pelo largo, orejas puntiagudas, ojos claros, cuerpo musculoso y alto, exageradamente alto, como de dos metros. No le podía dejar de sacar los ojos de encima...Cuando de pronto veo que un paisano con el caballo a toda carrera, parado en los estribos le va tomando puntería a la sortija, y el muy guacho, cuando la va a ensartar, se la hace a un lado. Ole!!!...Me cagué de risa. El paisano no lo podía creer, le habrá echado la culpa al viento!... Solo yo y él sabíamos la verdad. Esta joda la repitió varias veces. Yo me fui acercando, no fuera cosa que me perdiera la oportunidad de saber quien era. Cuando estuve a su lado, no sabía como interpelarlo, le extendí la mano y le dije. _ Disculpe paisano, soy Juan Tapera, le ofrezco mi poncho si tiene frío, yo vengo bien abrigado...Me miró soprendido y me tendió la suya, en un franco apretón.-¿ Usted me está viendo, amigo?... No lo puedo creer, es la primera vez que me pasa...Le agradezco el poncho, pero cualquier cosa que me ponga me daría volumen y esta gente es supersticiosa. Se imagina si vieran un bulto flotando...Aparte soy atérmico.... Registro mi cara de ignorancia y aclaró.-Que no siento frio ni calor...Y perdone que no me presento, porque no tengo nombre.Llameme como guste, amigo. .. Bueno, entonces, Evaristo,..¿ Le parece Bien?...Asi se llamaba mi padre, el que nunca vi. .-Si no tiene otro mejor...Sonrió...- Evaristo entonces. Nos fuimos, de las carreras y lo llevé en ancas hasta las casas. Yo me hice unos churrascos, él no quiso comer nada, dijo que se alimentaba de la energía que le mandaban desde su planeta, que hacía un par de meses que lo habían desembarcado en la tierra, que su misión era haber si quedaba algún descendiente de unos Evaristos que llegaron a la tierra unos miles de años atrás. Que andaba al boleo y así llegó a Blaquier el veinte de mayo, colado en el colectivo que viene de Ameghino, y andaba por la zona porque sintió como una premonisión de que iba a hacer contacto con algún pariente. Nos quedamos charlando la noche entera. A la madrugada se fue. Al despedirse me dijo y me explicó que abriera un correo a mi nombre en internet, para comunicarse conmigo. .- Debo continuar mi camino, hermano Evaristo. Me dijo, nos abrazamos y se perdió en el horizonte. Pasado un tiempo comencé a notar, que los conocidos y amigos no me saludaban, pasaban a mi lado como si no existiera, el alazán corcoveaba cuando lo montaba y ni los perros me reconocían, así que me fui del pueblo, a recorrer caminos, hasta que me encontré con vos, Evarista.
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