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Bate sin miedo el tambor, Y abraza a la cantinera: He aquí la ciencia entera; Esta, del libro mejor, Es la acepción verdadera. Que de tu tambor el ruido Despierte al mundo dormido: Toca con ardor diana. ¡Adelante, siempre erguido! Es la ciencia soberana. De Hegel es el profundo Sentido más acabado; Lo aprendí, y está probado: Soy un muchacho de mundo, Y un tambor aprovechado.
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Poeta
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¡Carcajadas y canciones! Los rayos del claro sol Sobre las aguas derraman Su sonriente fulgor: Alegre barca las ondas Mecen con su oscilación; Con mis amigos mejores Sentado en ella voy yo. Choca la barca, deshecha En mil trozos por el mar. Eran malos nadadores Mis amigos, por su mal, Y en las rocas de la patria Se vinieron a estrellar. A mí a los bordes del Sena Me llevó la tempestad. Otra vez los mares cruzo Sobre nueva embarcación: Nuevos amigos contemplo Girar a mi alrededor: De extraños mares me arrulla La melancólica voz. ¡Qué lejos está mi patria! ¡Qué triste mi corazón! ¡Canción nueva, y nuevas risas! Silba el viento con afán: Cruje herido el maderamen, Que bate iracundo el mar. Ya el postrer astro en el cielo Extinguió su claridad. ¡Qué triste que está mi pecho! ¡Qué lejos mi patria está!
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Poeta
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Cuando de noche pienso en Alemania, No desciende a mis párpados el sueño; Mis ojos no se cierran, mas los mojan Mis lágrimas de fuego. El tiempo va pasando; ya doce años Desde que vi a mi madre trascurrieron; Con la ausencia se acrecen cada día Mi pena y mis deseos. Aumentan mis deseos y mis penas; De extraño hechizo preso, A todas horas en mi mente viene La viejecita, que conserve el cielo. La pobre vieja me idolatra tanto, Que hasta en sus cartas veo Cómo su mano tiembla, y cuál se agita Su corazón de madre allá en su pecho. No se escapa mi madre de mi mente; Doce años trascurrieron, Doce años de dolor huyeron tardos, Después que la estreché contra mi pecho. Será eterna Alemania, Es país de robusto y sano cuerpo: Con sus fuertes encinas, con sus tilos, Siempre podré encontrar su amado suelo. Si allí mi pobre madre no viviera, No suspirara por volver mi pecho. No morirá Alemania, mas mi madre Puede volar al cielo. ¡Cuántos, después que abandoné mi patria, Besó la muerte con su helado beso! ¡Sangre derrama triste Mi pobre corazón cuando los cuento! Y es preciso contarlos; con el número Aumenta mi dolor, y que los muertos, Fríos y tristes ruedan, Creo ¡gran Dios! sobre mi herido pecho. ¡Dios de bondad! por mi balcón penetra Del sol de Francia el resplandor sereno; Mi esposa llega, y su sonrisa aleja Mis patrios melancólicos recuerdos.
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Poeta
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De Bruto con el sueño dormimos confiados; Mas despertó, y a César hirió con su puñal; Que los romanos eran malsines desalmados, Insignes tiranófagos sin ley y sin piedad. No vive entre nosotros romano peligroso; Fumamos buen tabaco; tocó a cada nación Una grandeza; Suavia, es el país dichoso Que la mejor morcilla a fabricar llegó. Nosotros somos probos, germanos que dormimos Con sueño sano y dulce, con sueño sin doblez; Al despertar es cierto que a veces sed sentimos, Mas nunca de la sangre de nuestros reyes es. Como la vieja encina, como el añoso tilo, Nosotros somos fieles y fieros a la par: Del tilo y las encinas en el país tranquilo, Seguramente un Bruto no nacerá jamás. Y si es que por acaso un Bruto aquí naciera, En vano, en vano un César buscar pudiera aquí; En cambio tenemos, en vez de su alma fiera, Pasteles con especias, que no hay más que pedir. Reyes y reyezuelos, que altivos se presentan (No es una cifra enorme), tenemos treinta y seis. Estrellas protectoras sobre su pecho ostentan: De marzo por los Idus no tienen que temer. Y padres les decimos, y patria apellidamos A este país honrado, que como herencia real Fue a nuestros reales padres: también idolatramos Las berzas con salchichas, magnífico manjar. Cuando a los tales padres hallamos distraídos, Nuestros sombreros ruedan ante sus reales pies: No es la Alemania inmunda caverna de bandidos; Romanos tiranófagos jamás podremos ser. Cebamos nuestros reyes, mas no los devoramos No es nuestra ley pagana, cristiano es nuestro afán Nuestro sabroso pato por San Martín matamos, Y lleno de castañas a nuestro vientre va.
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Poeta
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¡Qué cambio! miradle, es el cansado, Viejo tambor mayor: Allá cuando el imperio florecía, Rozagante y feliz se contempló. Erguido, y en los labios la sonrisa, Orgulloso movía su bastón; Los galones de plata de su traje Brillaban deslumbrantes ante el sol. Cuando entraba en aldeas y en ciudad Entre alegres redobles de tambor, De niñas y mujeres se agitaba, Cual eco del redoble, el corazón. Llegar, ver y vencer fue su destino, Cual el del nuevo César, su señor; Y el llanto de las rubias alemanas Su rizado bigote humedeció. Preciso era sufrirlo; en cada tierra Que la planta del César dominó, Los hombres el Monarca sojuzgaba, Las mujeres hermosas el tambor. Pacientes, cual encinas alemanas, Mucho tiempo sufrimos tal baldón; Licencia al fin para librar la patria Nos dio nuestro legítimo señor. Cual del circo en la arena el bravo toro, Erguimos nuestros cuernos con furor, Y los cantos de Koerner entonando, Del francés sacudimos la opresión. ¡Canto terrible! sí; de horrible modo En los oídos del francés sonó; Y de espanto el espíritu invadido Huyeron el monarca y el tambor. El precio, al fin, un día hallaron ambos De su vida satánica y feroz, Y en manos del inglés, vencido y triste, Prisionero cayó Napoleón. De Santa Elena en el peñón desierto, Sufrió martirio, y penas y dolor; Tras sufrimientos largos é indecibles, De un cáncer del estómago espiró. Destituido, y sin amparo y viejo, La misma fue la suerte del tambor; Por no morir de hambre, el desdichado En nuestro hotel como criado entró. Él la sartén calienta, el piso lava; Y conduciendo el agua, en su dolor Sube con frente gris y vacilante La escalera, escalón tras escalón. Cuando mi buen amigo Federico A visitarme va, su buen humor No se priva del goce de reírse, A costa del rendido gigantón. ¡Oh, déjate de bromas, Federico! No es digna de un germano la misión De abrumar con sonrisas los caídos, Con mofas y con burlas el dolor. Tratar debes, amigo, tales gentes Con más respeto y más circunspección. ¡Por parte de tu madre, padre tuvo Acaso sea el mísero tambor!
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Poeta
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Mi padre fue un zoquete, templado y receloso; Mas yo el champagne apuro, y sé un monarca ser. ¡Oh mágica bebida! yo descubrí gozoso, Que cuando alegre libo el néctar espumoso, La China se embriaga de gloria y de placer. Cual tulipán precioso de púrpura manchado, Mi imperio, flor de Oriente, se extiende aquí y allá. A ser yo casi un hombre ¡oh cielos! he llegado, Y hasta mi esposa misma, mi esposa, en cinta está. Y por doquier la dicha y la abundancia crece: Se curan los enfermos, rnitígase el dolor; Y hasta Confucio, el sabio de corte, me parece Que filosofa ahora con claridad mayor. El negro pan del pueblo trocóse en pastaflora; El pobre sus harapos por sedas cambió, Y el mandarín, el sabio, legión abrumadora De monos jubilados, recobran en buen hora La varonil firmeza que de su cuerpo huyó. Chinesca maravilla que desafía al cielo, Ví de Pekín la iglesia severa terminar; Los últimos judíos la buscan con anhelo, Bautismo allí reciben, y por premiar su celo Les voy del dragón negro la cuarta cruz a dar. La revolucionaria idea se ha apagado, Y -«Oh, no, ya no queremos tener constitución, Hasta el mantschou más noble exclama entusiasmado -Es al Kantschou, al schiago al que ama la nación,» Me dicen los doctores: «no bebas,» mas yo bebo, Y sorbo y sorbo apuro, cumpliendo mi deber; Se trata de mis pueblos, a su salud me debo, Y debo por su dicha beber y más beber. Y un vaso, venga un vaso, un vaso todavía; Yo mi salud a China daré con loco afán; Mis chinos más felices se juzgan cada día, Y bailan, mientras cantan, riendo de alegría: «Heil dir in Siegerkranz, Retter des Vaterlands,»¹
¹ Ceñid la corona de vencedor, salvador de la patria.
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Poeta
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A orillas del mar desierto, Junto al piélago intranquilo, Un joven lleno de dudas Se detiene pensativo, Y así a las ondas inquietas Dice con aire sombrío: -«Explicadme de la vida El arcano no sabido, Enigma que tantas frentes Ardieron por descubrirlo; Cabezas engalanadas Con adornos pontificios, Frentes con mitras hieráticas, Con turbantes damasquinos, Con birretes doctorales, Con pelucas, con postizos Cabellos, y tantas otras Cabezas que el escondido Enigma saber quisieron, Decidme, yo os lo suplico: ¿Qué es el hombre? ¿de dó viene? ¿Adónde va su camino? ¿Qué habita en el alto cielo Tras los astros encendidos -» El mar su canción eterna Murmura triste y dormido; Sopla el viento; huyen las nubes; Los astros en el vacío Fulguran indiferentes Con sus resplandores fríos, Y un demente una respuesta Espera en tanto intranquilo.
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Poeta
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-Oh, amigo mío, el de las largas piernas, El de las largas piernas de progreso. ¿Por qué a París tan azorado vienes? ¿Qué hay tras el Rhin de nuevo? ¿Ha sonado por fin en nuestra patria De libertad el salvador acento? -Todo va a maravilla: en nuestra patria Hay paz fecunda, bendición del cielo; Y Alemania, con pie firme y seguro, Con pacíficos medios, En lo exterior y en lo interior su vida, Poco a poco, con calma, va extendiendo. Prósperos somos, sí; no la de Francia Prosperidad superficial tenemos, Donde la libertad va destrozando El exterior progreso: Su libertad el alemán no lleva Sino de su alma en los profundos senos. Ya acabóse la iglesia de Colonia; De Hohenzollern al linaje excelso Debemos tal merced; Halzbourgo un poco Contribuyó a tal hecho, Y un rey de Wittelsbach fue el encargado De hacer pintar los vidrios con esmero. Leyes, constitución y libertades, Con palabra del Rey nos prometieron, Y del Rey la palabra soberana Joya es de tanto precio, Cual de los Niebelungos el tesoro Que del Rhin enterrado está en el lecho. El libre Rhin, el Bruto de los ríos, Que nadie ha de robarnos en su anhelo, Los holandeses graves lo sostienen Por las plantas sujeto, Y los suizos pacíficos lo guardan Por la altiva cabeza prisionero. Dios también una flota nos regala; De una armada alemana, ya hablaremos; Y la sobra de vida de la patria Ya sobre barcos nuestros Se extenderá gallarda y altanera, De corrección las casas suprimiendo. Llegó la primavera; la flor brota, Los gérmenes estallan ante el viento; Respiremos pacíficos y libres, De la naturaleza libre en medio; Y como nuestros libros se prohíben Antes de estar impresos, Seguramente dejará bien pronto La censura cruel de ser un hecho.
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Poeta
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El león falleció ¡triste desgracia! Y van, con la más pura democracia, A nombrar nuevo rey los animales.
Las propagandas hubo electorales, Prometieron la mar los oradores, y… aquí tienen algunos electores:
Aunque les parezca a ustedes bobo Las ovejas votaron por el lobo; Y como son de buenos corazones Por el gato votaron los ratones;
A pesar de su fama de ladinas Por el zorro votaron las gallinas; La paloma inocente, Inocente votó por la serpiente;
Las moscas, nada hurañas, querían que reinaran las arañas; El sapo ansía, y la rana sueña Con el feliz reinar de la cigüeña;
Con un gusano topo Que a votar se encamina por el topo; El topo no se queja, mas da su voto por la comadreja;
Los peces, que sucumben por su boca, Eligieron gustosos a la foca; El caballo y el perro, no les asombre, Ellos votaron por el hombre.
Y con dolor profundo Por no poder encaminarse al trote, arrastrábase un asno moribundo A dar su voto por el zopilote.
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Poeta
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En torno de una mesa de cantina, una noche de invierno, regocijadamente departían seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban y de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio.
El humo de olorosos cigarrillos en espirales se elevaba al cielo, simbolizando al resolverse en nada, la vida de los sueños.
Pero en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros, y, repartidas en la mesa, copas pletóricas de ron, whisky o ajenjo.
Era curioso ver aquel conjunto, aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca, la que vierte veneno, lo mismo que, melosa y delicada, la música de un verso.
A cada nueva libación, las penas hallábanse más lejos del grupo, y nueva inspiración llegaba a todos los cerebros, con el idilio roto que venía en alas del recuerdo.
Olvidaba decir que aquella noche, aquel grupo bohemio celebraba entre risas, libaciones, chascarrillos y versos, la agonía de un año que amarguras dejó en todos los pechos, y la llegada, consecuencia lógica, del “Feliz Año Nuevo”...
Una voz varonil dijo de pronto: —Las doce, compañeros; Digamos el “requiéscat” por el año que ha pasado a formar entre los muertos. ¡Brindemos por el año que comienza! Porque nos traiga ensueños; porque no sea su equipaje un cúmulo de amargos desconsuelos...
—Brindo, dijo otra voz, por la esperanza que a la vida nos lanza, de vencer los rigores del destino, por la esperanza, nuestra dulce amiga, que las penas mitiga y convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia puesto fin con violencia esgrimiendo en mi frente mi venganza; si en mi cielo de tul limpio y divino no alumbrara mi sino una pálida estrella: Mi esperanza.
—¡Bravo! Dijeron todos, inspirado esta noche has estado y hablaste bueno, breve y sustancioso. El turno es de Raúl; alce su copa Y brinde por... Europa, Ya que su extranjerismo es delicioso...
—Bebo y brindo, clamó el interpelado; brindo por mi pasado, que fue de luz, de amor y de alegría, y en el que hubo mujeres seductoras y frentes soñadoras que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura que hoy cubre de negrura mi corazón, esparce sus consuelos trayendo hasta mi mente las dulzuras de goces, de ternuras, de dichas, de deliquios, de desvelos.
—Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente brote un torrente de inspiración divina y seductora, porque vibre en las cuerdas de mi lira el verso que suspira, que sonríe, que canta y que enamora.
Brindo porque mis versos cual saetas Lleguen hasta las grietas Formadas de metal y de granito Del corazón de la mujer ingrata Que a desdenes me mata... ¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!
Porque a su corazón llegue mi canto, porque enjuguen mi llanto sus manos que me causan embelesos; porque con creces mi pasión me pague... ¡vamos!, porque me embriague con el divino néctar de sus besos.
Siguió la tempestad de frases vanas, de aquellas tan humanas que hallan en todas partes acomodo, y en cada frase de entusiasmo ardiente, hubo ovación creciente, y libaciones y reír y todo.
Se brindó por la Patria, por las flores, por los castos amores que hacen un valladar de una ventana, y por esas pasiones voluptuosas que el fango del placer llena de rosas y hacen de la mujer la cortesana.
Sólo faltaba un brindis, el de Arturo. El del bohemio puro, De noble corazón y gran cabeza; Aquél que sin ambages declaraba Que solo ambicionaba Robarle inspiración a la tristeza.
Por todos estrechado, alzó la copa Frente a la alegre tropa Desbordante de risas y de contento; Los inundó en la luz de una mirada, Sacudió su melena alborotada Y dijo así, con inspirado acento:
—Brindo por la mujer, mas no por ésa en la que halláis consuelo en la tristeza, rescoldo del placer ¡desventurados!; no por esa que os brinda sus hechizos cuando besáis sus rizos artificiosamente perfumados.
Yo no brindo por ella, compañeros, siento por esta vez no complaceros. Brindo por la mujer, pero por una, por la que me brindó sus embelesos y me envolvió en sus besos: por la mujer que me arrulló en la cuna.
Por la mujer que me enseño de niño lo que vale el cariño exquisito, profundo y verdadero; por la mujer que me arrulló en sus brazos y que me dio en pedazos, uno por uno, el corazón entero.
¡Por mi Madre! Bohemios, por la anciana que piensa en el mañana como en algo muy dulce y muy deseado, porque sueña tal vez, que mi destino me señala el camino por el que volveré pronto a su lado.
Por la anciana adorada y bendecida, por la que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño; por la que fue la luz del alma mía, y lloró de alegría, sintiendo mi cabeza en su corpiño.
Por esa brindo yo, dejad que llore, que en lágrimas desflore esta pena letal que me asesina; dejad que brinde por mi madre ausente, por la que llora y siente que mi ausencia es un fuego que calcina.
Por la anciana infeliz que sufre y llora y que del cielo implora que vuelva yo muy pronto a estar con ella; por mi Madre, bohemios, que es dulzura vertida en mi amargura y en esta noche de mi vida, estrella...
El bohemio calló; ningún acento profanó el sentimiento nacido del dolor y la ternura, y pareció que sobre aquel ambiente flotaba inmensamente un poema de amor y de amargura.
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Poeta
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