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Salvaje como el viento, y arisca, y triste a veces como un rezo a la muerte, y otras veces dichosa, y transparente, y otras veces turbia como esos charcos donde nadie bebe. Naranja salvaje, verde agria, y otras veces dulce, roja por dentro como tal vez fueran algunas de las que rezuman en el monte y nadie prueba. Salvaje, como mi cabello de batalla de insomnio, como mis uñas mordidas como mis cejas rebeldes, y otra vez tierna con la voz ausente. Salvaje, como la garra en la que estrujaría mi corazón cuando se encierra en víscera. como la despavorida coraza de la selva. Como el tigre en disentida mancha tras la presa. Como el asombro de Adán ante el rostro espiral de la tormenta. Como mi deseo si alguna vez se despertara y no hallara la multitud en torno. Como el gozo que entrecierra mis ojos y abre las puertas de mi grito de par en par. Como el dolor que me atraviesa con sus crines mordidas por el fuego. Con el infinito miedo de mis noches poblándose de monstruos. Como mi impulso frenético de golpear o o besar, y a veces recogida como un murmullo al sol, y a veces abandonada y a veces abandonada y quieta como la certeza del amor, y silenciosa, como la alcoba de mis horas entreabriendo furtiva a la sorpresa. Salvaje como mi audacia, y otras veces miedosa y tímida y cubierta, y otras veces con la impudicia latiendo a flor de ropa. Salvaje deshaciéndome de mí misma, y aullando y resonándome despedazada y estremecida y tensa entre el lino dormido de las sábanas. Fruta roída, y otras veces intacta, semilla, pulpa, zumo, toda guardándome para la augusta nada. Naranja salvaje, verde, agria, con dolor de colores en la cáscara, y algunas veces dulce, increíble y algunas veces, cuando nadie me prueba, miel y lágrima.
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Poeta
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Entonces, ciega y sorda, me abrazo a la poesía.
La aprieto contra el pecho, la muerdo, la trituro, me prendo a sus dos manos, hundo en ella mi grito, me aniño en su regazo, sollozo en sus rodillas, y encuentro que me acoge piadosa a su ternura, se adhiere a mi tristeza, me entrega gota a gota, su sangre, me amamanta, me acuna, me adormece, y en sueños, poesía madre, le elevo mi plegaria.
«Sé lecho a mi cansancio, sé sombra en este páramo amargo en que transito volcando ya mis pasos.
Sé el camino que busco, transvásame tu esencia, conviérteme a tu imagen, haz de mí, la elevada poesía de poesía».
Y caigo ya sin fuerzas de nuevo entre los hombres que aplastan mis cenizas, en tanto me perdonan la culpa de ser mártir.
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Poeta
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Cúbreme con un abrazo de tierra y de gusanos. Con un abrazo ancho que me envuelva por todos mis costados. Húndete en mi sangre, fúndete en mi carne, hazte a mi piel, erízate conmigo, extiéndete por todas las fibras de mi urdimbre, y guárdate, y quédate como el agua quieta debajo de los sauces. Plenitud abierta al cielo, al aire, a las estrellas. Cúbreme con un abrazo de tierra y pasto tierno, con toda la fuerza de todos los minutos asfixiados en la pausa desierta, de las horas vividas sin amor en esa feria, de cosas que se compran, de cosas que se venden, de cosas que se buscan, de cosas que se encuentran. Y mírate en mí, dentro de mí, y quédate y bésame como el agua besa y muerde y penetra la ávida boca de la tierra seca, y bébeme, y sofoca con tu boca entera, mi aliento y mi latido y mi memoria. Que ya no piense nada y que ya no recuerde, y al fin que ya no sepa si eres tú quien me muerde, si soy yo quien te besa. Enróscame a tus brazos, rama verde, y tórnate gusano, y devora hasta el final mi médula. Devuélveme a la nada, a la quietud más quieta, que la luz no me canse, que el viento no me mueva. Haz un surco en tus venas y siémbrame en la hondura de tu futura tierra. Mis raíces prendidas a tu sangre beben tu ser, y tus espigas se devoran mi hambre. Filtrando por mi piel corre tu río su frescura de paz bajo mi carne.
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Poeta
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Sopla, viento, sopla y arrasa, que también de ti saco conciencia. En tu furia mido mis fuerzas. Dóblame si puedes, y túmbame, mi sostén es de acero. Yo estoy sobre la línea de las cosas que no murieron nunca. Mi raíz emerge desde el primer asomo del comienzo, y brota y ensancha, y fructifica, y siembra, hasta el negado fin del infinito. Brioso y perverso y desafiante y ciego, no borrarás la luz de mi paisaje, ni el aroma del tiempo que me quiere. El canto de los pájaros ha de prender corolas de colores, siempre, y un recuerdo de nido entibiará mis ramas. La luna te cortará las carnes para verme. Estoy sobre el regazo de la tierra, bajo la cóncava mirada azul, con mi sabida sangre, a un murmullo del agua. Suéltate, desorbitado, atronador, deshecho, por la ladera fácil, a querer romperme los oídos; yo escucho con el corazón. Búscame, azota mi pensativa hora de preguntas, castígame el silencio, enfríame las manos, succióname la savia. Fatigarás tu furia hasta que caigas. Todos nosotros te derrotaremos; la gota de agua, el anuncio del pájaro sobre la primavera, la sonrisa del niño, y la sencilla calma de existencia. Raíz de tempestad, barre las caídas hojas, y la inclinada brotación de miedo. Tu voluntad altiva de torcerme no quebrará mi línea, respiro con las cosas que no murieron nunca. Soy de mí misma, indestructible, mía, en vertical esencia, y permanezco.
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Poeta
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Eres yo misma, yo soy tu nervio y tu dolor sintiéndote; te pronuncio con mi aliento, me nombras con tu sangre. «Mon amour», tus manos, déjame estar así, no estar, perderme, sumergir, sucumbir, no ser, soltarme, una incoherente voluntad me arrastra húmedo sitio de memoria, fijos ojos de un gato negro, de improviso fosforescentes como dos secretos desnudados, me miro, sótano antiguo de tortura y hondo, loca de hoguera y alarido huyo, quiebro mi imagen, quiebro mi pupila, rompo mi espejo, mi presencia, salto, salvo todos los cercos, cruzo el viento corto todos los campos, los veranos, bebo todos los frutos, me consumo, y me derramo a perdurar veinte años. Fue una leyenda que guardé, veinte años, en cada tramo de latido en cada pedacito de piel y de cabello. Irremediables de memoria juntos, deja que salga a gritos de esta noche, irresistible de ansiedad, me llevan soy de aquello que calzo, que me viste, cien potros vienen por su cuero, huyo, interminable corredor, paredes exhalándose en puertas imposibles y posibles herméticas, abiertas, una pared me arroja hacia la otra, inacabables de impiedad me arrojan, y recogen y juegan al sollozo conmigo, y a la risa. Recortados del conjunto, solos bajo la lupa, expuestos, quiero olvidar que existo, que no podré dejar de padecerme, y me renuevo y me desgasto y sigo. Alguien recoge mi silencio y grita, quién, desde cuándo, dónde, me acurruco; ensayamos morir y no morimos, nunca aprendimos a nacer y estamos sin embargo naciendo irremediables. Esta exótica forma de tu mundo esta palabra occidental que sabes aprendida de mi piel tu cielo, estas estrellas con que vas hablándome. Almendrados ojos tristes, me intuyes, hombros míos altivos, te recuerdo. Alguien tuerce mi mano hasta arrancarme de mi grito. Y huyo, y me persigo y huyo calle arriba y abajo, y mi latido sobre la piedra noche vacía, corro sobre la llama, corro, la detonada soledad, vacío, mundo vacío, corro y esta estridente oscuridad, te he visto en todos los descansos para piedad, te he visto. Quiero llorarte «mon amour», protégeme, desciende tu mansedumbre sobre este vivo torbellino mío, trázame como una figura en tu cuartilla, bórrame... toco tu piel, muerdo tu piel, quiebro mis dientes en tu piel, la escucho. Dónde comienza una esperanza, cuándo fue la primera vez que sollozamos. Duelo por alguien a quien no conozco, alguien duele por mí, sin conocerme. Manos tuyas creándome y matándome; «mon amour», tus manos, cómo he llorado, y cómo estoy llorando.
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Poeta
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Cómo quisiera despertar cantando. Pero amanezco, en cambio, dolorida de no haberme quedado en ese espacio, en ese tiempo de morir prestada. Una isla no inscrita en ningún mapa, una célula enferma de ignorancia, un asfixiado mundo en miniatura, una avanzada humanidad triunfante, en clarines y hogueras homicidas. Tabla sola, sin náufrago siquiera, y luchando, relincho hacia la costa, y animada no más por el recuerdo de un aliento mordido a sus astillas. Cómo quisiera despertar cantando, y me muero de sed y hambre de canto mientras desborda la preñada aurora en promisorio bermellón de vinos, y expandida, hoguera en panes, horneándose a lo alto. Yo estoy abajo, debajo de la historia, sepultada en antorchas apagadas y estandartes marchitos. Sumergida en humores subterráneos y en cenizas de huesos de bandido, soy el ser que no fue, lo que no pudo, la olvidada, desdeñada semilla, pero existo. Dentro, tengo un sauce inclinado que me llora. Un niño triste me llama, sin nombrarme. Me doy cuenta, me doy cuenta, yo existo. Mañana espero despertar, cantando.
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Poeta
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Lluvia, hoy no te siento. Hoy no eres nada mas que agua vertical. Apenas si te escucho golpear el pavimento y llamar con tu clave sobre mi ventanal
Lluvia, hoy no eres nada para mi desaliento nocturno y abismal.
Cuando era niña hallaba en tu canción un cuento, y ya en mi adolescencia me diste un madrigal. Ahora, lluvia, tengo tanta tristeza adentro, que no me dices nada, sólo te oigo golpear.
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Poeta
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Y la lluvia sonríe, canta dentro del cristal que me habita y repercute sobre un suelo ya antiguo en otras lluvias, y otras tardes miradas desde lejos. Mi ventana de ver el mundo, abierta, y mi puerta a algún náufrago, descubro que no hay puertas, que nunca hubo ninguna para abrir, ni cerrar; que estuve afuera. Y esta lluvia... La tarde me habla quedo como un hombre, cansado ya de días, que repite y repite la aventura no vivida, y es su única aventura. Que no sea la noche aún, imploro; que esta penumbra se prolongue y siga. Que no llegue la sombra, que no arribe la hora parda, y el agua me columpia; recién nazco, es temprano, necesito de la gracia de un pétalo de tiempo, del milagro de dar mi voz exacta. Un rocío ya apenas, esta lluvia se ha quedado fulgiendo en las corolas amarillas y rojas de mi patio. En cada gota –yo te absuelvo– escucho, de la espina y la herida que causaste. Esta lluvia, el perdón, y mis rosales. Emplumada de gris, vuela la tarde.
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Poeta
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Y mi duda, Descartes, tu «pienso, luego existo» no alcanza ni conforma. Insaciable y hambrienta, mi duda es una loba que corre tras la carne por la escarcha desierta. A qué distancia vivo de mi ser verdadero, no aquél que deja huella de pasos en el suelo, no aquél que pone sombra fugaz sobre la tierra. Qué hay de mío en mi angustia, cuánto hay de mí en mi pena, o es que esto que me agobia me viene desde lejos en secular herencia. Quien diseñó mi cuna, quién proyectó mi horca. Y desde la penumbra al umbral de la gota primera de mis venas, un dios que se me mofa. Y no es el Dios solemne que se signa en mayúscula, altiva inconsistencia por sobre nuestras culpas Hablo de un Dios humilde, hecho a mi imagen propia. Un Dios sin petulancia que peca y se equivoca, que lo llevo aquí dentro, sostén de mi maqueta carnal de imperfección. Que tan pronto me anima, me apacigua y me alienta, así como me humilla, me apostrofa y blasfema. Y mi pregunta eterna, y eterna sin respuesta. Qué será de mí luego; qué fui antes de ahora, y qué es esto que vivo cautiva de mi forma. Y nada hay que me sirva de todo este tatuaje que guardo en la memoria. Puesta sobre el abdomen abrupto de la tierra, una piedra entre piedras, una planta entre plantas, un hombre entre los hombres, y entre las bestias bestia, igual y misma cosa para una eterna mutación de sombras. Un fuego fatuo apenas, mi azul fosforescencia, ya preoscila en la cuerda... Y bajará mi duda, a saciarse en la húmeda carne de la tierra.
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Poeta
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Un gris limpio, monótono, inasible, en este día de lluvia y cielo enfermo, el corazón del agua está soñando con bandadas de pájaros de vidrio, y en la rama otoñal, junta la ausencia, luces mojadas, y voces de aluminio. Hay como un gato gris rondando en torno, así de blando, así de ojo amarillo. Es casi tarde, mi niñez descalza, viene a buscarme por un largo río, bajo un mar vertical deshilachado, y un silencio de océano dormido. Salgo a su encuentro, quedo de su mano, me desnudo en su piel, líquida cuna, vuelvo a mi antiguo manantial, deshago, gota a gota, pausada, mansa, muerta. Bajo un llanto de techos castigados, somnolientos, reencarno, soy de lluvia.
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Poeta
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