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Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan corto, que duró más que un relámpago, que un milagro, más. El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya, para nada lo había querido antes. Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso; estoy solo con mis labios. Los pongo no en tu boca, no, ya no... -¿Adónde se me ha escapado?-. Los pongo en el beso que te di ayer, en las bocas juntas del beso que se besaron. Y dura este beso más que el silencio, que la luz. Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso, que se escapa, que me huye. No. Te estoy besando más lejos.
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Poeta
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Aquí en esta orilla blanca del lecho donde duermes estoy al borde mismo de tu sueño. Si diera un paso más, caería en sus ondas, rompiéndolo como un cristal. Me sube el calor de tu sueño hasta el rostro. Tu hálito te mide la andadura del soñar: va despacio. Un soplo alterno, leve me entrega ese tesoro exactamente: el ritmo de tu vivir soñando. Miro. Veo la estofa de que está hecho tu sueño. La tienes sobre el cuerpo como coraza ingrávida. Te cerca de respeto. A tu virgen te vuelves toda entera, desnuda, cuando te vas al sueño. En la orilla se paran las ansias y los besos: esperan, ya sin prisa, a que abriendo los ojos renuncies a tu ser invulnerable. Busco tu sueño. Con mi alma doblada sobre ti las miradas recorren, traslúcida, tu carne y apartan dulcemente las señas corporales, para ver si hallan detrás las formas de tu sueño. No la encuentran. Y entonces pienso en tu sueño. Quiero descifrarlo. Las cifras no sirven, no es secreto. Es sueño y no misterio. Y de pronto, en el alto silencio de la noche, un soñar mío empieza al borde de tu cuerpo; en él el tuyo siento. Tú dormida, yo en vela, hacíamos lo mismo. No había que buscar: tu sueño era mi sueño.
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Poeta
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Esta noche te cruzan verdes, rojas, azules, rapidísimas luces extrañas por los ojos. ¿Será tu alma? ¿Son luces de tu alma, si te miro? Letras son, nombres claros al revés, en tus ojos. Son nombres: Universum, se iluminan, se apagan, con latidos de luz de corazón. Universum. Miro; ya sé; ya leo: Universum cinema, ocho cilindros, saldo de blanco junto a las estrellas. Te quiero así inocente, toda ajena, palpitante en lo que está fuera de ti, tus ojos proclamando las vívidas verdades de colores de la noche. Las compraremos todas cuando se abran las tiendas, ahora mismo -Universum cinema-, cuando bese las luces de tu alma, sí, las luces, anuncios luminosos de la vida en la noche, en tus ojos.
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Poeta
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Ahora te quiero, como el mar quiere a su agua: desde fuera, por arriba, haciéndose sin parar con ella tormentas, fugas, albergues, descansos, calmas. ¡Qué frenesíes, quererte! ¡Qué entusiasmo de olas altas, y qué desmayos de espuma van y vienen! Un tropel de formas, hechas, deshechas, galopan desmelenadas. Pero detrás de sus flancos está soñándose un sueño de otra forma más profunda de querer, que está allá abajo: de no ser ya movimiento, de acabar este vaivén, este ir y venir, de cielos a abismos, de hallar por fin la inmóvil flor sin otoño de un quererse quieto, quieto. Más allá de ola y espuma el querer busca su fondo. Esta hondura donde el mar hizo la paz con su agua y están queriéndose ya sin signo, sin movimiento. Amor tan sepultado en su ser, tan entregado, tan quieto, que nuestro querer en vida se sintiese seguro de no acabar cuando terminan los besos, las miradas, las señales. Tan cierto de no morir, como está el gran amor de los muertos.
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Poeta
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Afán para no separarme de ti, por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú, aquí en los alfabetos, en las auroras, en los labios. Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias, de llegar atravesando todo lo que en ti cambia, a lo desnudo y a lo perdurable. Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose, engañándose, tus rostros, tus caprichos y tus besos, tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo, haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma, y verte cómo cambias, y lo llamas vivir, en todo, en todo si, menos en mí, dónde te sobrevives.
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Poeta
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A esa, a la que yo quiero, no es a la que se da rindiéndose, a la que se entrega cayendo, de fatiga, de peso muerto, como el agua por ley de lluvia. hacia abajo, presa segura de la tumba vaga del suelo. A esa, a la que yo quiero, es a la que se entrega venciendo, venciéndose, desde su libertad saltando por el ímpetu de la gana, de la gana de amor, surtida, surtidor, o garza volante, o disparada -la saeta-, sobre su pena victoriosa, hacia arriba, ganando el cielo.
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Poeta
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¡Soledad, soledad y siempre soledad! Palabras, ruidos, ecos; almas, tristezas, nada: apenas un deseo de vivir y de amar. Los días se deshacen como nubes ligeras; y como todo pasa, ¿dónde está la verdad? Las ideas son chispas que descubren honduras, y el placer más seguro, descansar, descansar.
El alma es como un pozo que contempla a una estrella y que la siente dentro, sin tenerla jamás… Las flores son tan bellas que duran un instante, y el amor cuando nace, se alza a volar. Y todo esto que digo, sólo son frases, humo que el soplo de una noche de lluvia, apagará. Hermano: estoy muy triste -¿me perdonas?- muy triste… - ¡Soledad, soledad y siempre soledad ¡
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Poeta
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¿Nada más que tu amble disciplina merezco, y el cariño oportuno que dices que me das, y sonrisas piadosas para el mal que padezco? ¿Nada más, nada más?...
Yo sé que no te he dado sino un alma sincera, y un amor que no buscas y que no buscarás, y los días opacos de una vida cualquiera. Nada más, nada más…
Tal vez como un sonido que se pierde en la altura, vagamente en ti misma, mi ensueño sentirás; y será mi recuerdo, delicada amargura. Nada más, nada más…
Pero cuesta volverla juiciosa, a la esperanza, mostrarle que su ensueño querido está de más, y sólo es una sombra que sobre el suelo danza. Nada más, nada más…
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Poeta
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Esta pena mía no tiene importancia. Sólo es la tristeza de una melodía, y el íntimo ensueño de alguna fragancia.
-Que todo se muere, que la vida es triste, que no vendrás nunca, por más que te espere, pues ya no me quieres como me quisiste-.
No tiene importancia… Yo soy razonable; no puedo pedirte ni amor ni constancia: ¡si es mía la culpa de no ser variable!
¿Qué valen mis quejas si no las escuchas; y qué mis caricias, desde que las dejas, quizá despreciadas porque fueron muchas?
¡Si esta pena mía no es más que el ensueño de alguna fragancia, no es más que la sombra de una melodía! Ya ves que no tiene ninguna importancia…
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Poeta
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La rama de los astros se estremece en la altura, movida por el viento de la eterna armonía, y el silencio murmura su vaga poesía.
Tú ya no estás conmigo para hacerme dichoso, y te hallas tan lejana, que eres una tristeza…; pero todo, esta noche, se vuelve más hermoso, tal como si estuviese pensando en tu belleza.
Un arroyito claro por la pradera, ondula, el temblor de las plantas le descubre su anhelo, y la tierra se azula deseando ser un cielo…
Siento que te aproximas en esta noche tierna; pues aunque vives lejos, el ensueño nos une, como a dos estrellitas una misma cisterna, donde la fantasía del agua las reúne.
La belleza es misterio, que tu amor profundiza, tu recuerdo, en guiadora claridad se convierte; y la ausencia idealiza la pena de quererte.
¡Si no sólo en mis versos, si en realidad vinieras! ¿No oyes la melodía que, de cariño, llora? Se muestra el mundo bueno, como si me quisieras… ¿Dónde estarás ahora? ¿Dónde estarás ahora?
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Poeta
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