Cuentos :  EL ÚLTIMO RELAJO
Terminé de vestirlo con su mejor traje. Aquel terno azul con el que a mí me parecía el más guapo de los hombres.

Esa noche el efecto era diferente. Andrés no sonrió ni me dijo esas cosas que, cuando hace años me las decía, me perturbaban. Con un hormigueo entre las piernas quería correr a sus brazos.

A las parientes que me ayudaron a limpiarle las manchas de sangre que aún quedaba en la cabeza y el torso; luego, con paciencia a vestirlo y, a acomodarle las manos cruzadas sobre su pecho, les pedí con tranquilidad que salieran del dormitorio. Oí que, en voz baja, preocupadas, comentaban sobre mi alarmante falta de lágrimas. No le di importancia. Tenía apuro de regresar junto a él, para reconocerlo justamente acostado en el sitio que él siempre ocupó en nuestra cama, frente al televisor donde, de manera infaltable, miraba los noticiarios o cualquier programa que le permitiera no tomarme en cuenta a ninguna hora.

A solas, con dificultad le descrucé las manos. Como pude, las coloqué hacia sus lados. Andrés, le dije, mientras primero me recosté junto a él como que nada hubiera pasado. Andrés, repetí y, sin darme cuenta o, quizá por una vieja costumbre, me encaramé sobre su pecho. Siempre me gustaron tus piernas, le susurré, tus manos, ay, tus manos, Andrés; pero nada como tus besos. De entrada me abrías la boca, atrapabas mis labios, me acaparaba tu lengua y, claro, después, ya no era mi culpa; pese a todas las broncas, yo cedía, fiel a tu deseo y a mi papel de idiota.

Yo sobre él, me afirmé a todo su cuerpo, creyéndolo así, mío para siempre. Lentamente delineé su perfil con mis yemas, condoliéndome milímetro a milímetro por los moretones que atravesaban su rostro. Lo contemplé largo rato. Sonreí evocando nuestros íntimos juegos, iba a decirle algo cuando, sin desearlo, mis lágrimas descendieron por mis mejillas y, sin poder evitarlo, cayeron directamente sobre sus ojos, como para hacerme creer que era él quien lloraba y que, al hacerlo, no deseaba otra cosa, sino que lo perdonara.

Lo abracé, ¡cómo no perdonarlo! Lo cubrí con el calor de mis senos esperando no ser rechazada. Que, compadecido ante mis miedos, me tomara entre sus brazos, y al fin, me mintiera o, a su modo, me amara. Esperé en vano. Andrés ya no podía responder a mis caricias. La verdad es que desde hacía tiempo me ignoraba del todo.

No recuerdo en qué momento pasé a convertirme en directora general de lo que terminó en un sepelio en el cual todos coincidían en que, Andrés, era el muerto. Sin embargo, y siempre sin una lágrima, ordené sus flores; me fijé que fueran llegando uno a uno sus amigos, mientras yo, temerosa de que se le fueran a abrir las suturas, suplicaba ¡con cuidado, con cuidado!, cuando oportunos familiares lo colocaron dentro de un cofre color gris brillante. Luego, acepté la sugerencia de velarlo en el jardín de la casa. La sala siempre fue pequeña y el calor de la temporada resultaba inaguantable. Así fue como, entre rezos y lamentos, no recuerdo de quién, lo acompañamos toda la noche. Yo siempre tranquila. Muchos creyeron que hasta indiferente; pero no, yo me daba cuenta de todo. Por eso, ante la circunstancia de una nueva capilla ardiente, levantada donde Andrés había sido hasta el día de ayer el jefe, sin poder hacer nada por evitarlo, observé cómo se llevaban el féretro donde, entre la comitiva, lo esperaba, hecha una ofrenda viviente, Valeria, su última amante, tal vez su favorita.

Aprovechando mis derechos de legítima viuda, acudí allá para poder contemplarlos a los dos, a mis anchas; tan juntitos, y al fin, separados para siempre.

¿Te das cuenta Andrés? … Ahora que estás muerto, tiene fuerza mi insignificante presencia. Yo, la loca, la inútil, como ella solía llamarme; tu estorbo tras tantos años de matrimonio, y ya ves, sin mayor esfuerzo, la verdad sin decir “ni pío”, mantuve a la raya a la gran puta que fue tu obsesión durante tantos años.

Desde el infierno, donde con toda seguridad te encontrabas, ¿podías leer mi pensamiento?

¿Adivinaste mi frialdad cuando me acerqué a mirarte tras el vidrio de tu marco mortuorio?, ¿te diste cuenta de que pensé en reclamarte?, recordarte lo canalla, lo vil que fuiste conmigo, ¿sentiste que creí conveniente abrirte las heridas, comprobar que no tenías corazón por ninguna parte? Palabrotas impronunciables se me ahogaron en la boca. Merecías que en medio de un alboroto, me lanzara contra ti, te rasguñara, pataleara, que ante tu prudente silencio, te armara un último relajo; pero, ¡qué te parece!, más pudo en mí la pena, al ver cómo, minuto a minuto, lo que quedaba de tu conciencia te fue desfigurando el rostro.

Después, a mis espaldas, cerca de mí, lejos y, hasta de frente, avispas dentro de muchas lenguas, aletearon venenosas ¿te fijaste? La viuda no llora. No se desmaya. No grita que su muerto vuelva a la vida, que no se vaya. Qué raro. Cierto ha sido. Con razón el licenciado siempre la traicionaba. La mujer siempre tiene la culpa. Motivos de sobra tenía para ser borracho. Dicen, yo no lo creo; pero, los dos es que se cuerneaban. Uhh, eso yo lo supe hace fuu. Ese bochinche se regó por todo el barrio; pero, como es feo meterse en la vida de los demás, yo no decía “ni esta boca mía”, ya saben, por mí, allá entre ellos. Claro, claro. Meterse en la vida de la gente es horrible. Eso ni Dios lo permita. Es de gentuza andar con dimes y diretes; pero, no es que yo me meta, peor que me importe; pero, que llore, que disimule; que guarde las apariencias como cualquier esposa decente. Sí, sí, alguien debería aconsejarle que disimule, aunque a las claras se ve que esta es una de esas viudas que se quitan el duelo en el mismo entierro. Sí, sí; pero, que disimule. No ve la otra, con los ojitos hinchados está allá atrás, escondida ¡la podre! Qué horror, doña Ana, ni llora, ni deja que nadie llore al finado. Ahí está, bien sentada, montando guardia. La propia altanera parece frente al marido muerto.

¿Te das cuenta, Andrés? Aún muerto, ¿me seguirás causando daño?

En medio de este desastre me hallé dándole gracias a Dios, porque al llevarte, Él, me hizo comprender que, al fin y al cabo, había escuchado mis ruegos.

Dios lo sabía.

Este funeral lo presentí desde hace tantos años.

Para ser precisa, este momento empezó desde la primera mujer de mierda que se cruzó en mi camino. Y fueron muchas, si no me equivoco, amantes fijas como ocho; simples deslices o entretenimientos nomás, que era como Andrés llamaba a sus concubinas, la verdad, fue difícil llevar la cuenta.

Nunca lo tuve para mí sola. Hasta las náuseas de mi primer embarazo las compartí también con las de alguna de sus fulanas. En los últimos años ya no me quedaban ni sus sobras o, a lo mejor, eran sobras sus insultos, sus frases hirientes, su directo desamor cual golpe bajo.

No sé, Andrés, pero te consta que justo la noche vísperas de todo, dominada por mis celos salí a buscarte. Desesperada, no me importó que ya fueran las dos de la madrugada. Conduje mi auto sin evadir los baches, la obscuridad, la terrible distancia. A través de las lágrimas distinguí tu carro convenientemente escondido entre las sombras. Me acerqué. Como siempre, estabas en arrumacos con tu prostituta de turno. Te grité, ¡maldito!, mal nacido, cobarde, te odio.

Lloré. Te supliqué que regresaras conmigo. Sin orgullo te confesé, Andrés, te necesito. Asustada, la mujerzuela te sugirió que sí, hazle caso, te dijo, no ves que estas amargadas son capaces de cualquier cosa. Ándate con ella, está como loca.

¡Maldita sea, que te largues, he dicho!, fue tu definitiva respuesta a mis histéricos gritos.

Regresé sola. Ansiando que se me atravesara el mundo. Queriendo morir, regresar a buscarte. Necesitando orar para que salieran de mi corazón esos demonios que me hacían amarte.

Tanto dolor para que a la mañana siguiente, tú y yo como que nada. Hechos los desentendidos sobre lo que ocurrió hacía pocas horas.

En silencio planché tu camisa blanca, sugerí que te iba bien la corbata gris con rojo. Esperé que de un rato a otro, tú, arrepentido por tu maldad en la noche pasada, me invitaras a la sesión donde, entre bombos y platillos, te condecorarían por ser un buen hombre, “el ejemplo a seguir por las futuras generaciones”. Nada me dijiste. Yo fingí no darme cuenta de que partiste feliz como pocas veces.

Por eso, cuando en medio de una tromba de gentes llegaron hasta mi casa un centenar de vecinos, parientes y entre tanta vieja chismosa, alguien atinó a repetir las mentiras de que “así es la vida”, que doña Anita “tenga valor”, que “hay que ser fuertes” y que, en resumidas cuentas, en un violento accidente, tú habías muerto a eso de las ocho después de una gran parranda; simplemente, me quedé impávida.

Así continúo hasta ahora. Sin poder hacer que brote una sola lágrima. Sin poder entender por qué no pude llorarte muerto. Después de tanto tiempo, no he hallado respuesta ni al recordar el pesar que produjo en la sociedad tu muerte. Es que no logré contagiarme ni de los llantos ajenos.

¿No sería que la noche de tu accidente, se me vino de golpe el recuerdo de esas veces cuando tú decidías irte de mi lado, y yo, a fuerza de una vez tras otra, aprendí que era inútil que me desesperara, que llorara pidiéndote que no te fueras? ¿No sería que al verte muerto, de entrada comprendí que era en vano recurrir al apoyo que otros encuentran en las lágrimas?

Recién lo comprendo ahora, y ya han pasado seis meses desde tu entierro. ¡Cuándo no, la torpe de siempre!, estarás pensando; pero ya ves, nunca será tarde para desenmascararnos. Acabo de hallar la última carta que no tuviste tiempo de entregarle a Valeria. La verdad, también encontré tu poemario, inspirado en diferentes mujeres aunque con las mismas mentiras que a mí me dijiste un día. Más que absurdo, casi junto a tus poemas encontré los pedazos, amorosamente ordenados, de aquella fotografía que un día estuviste a punto de descubrir en mis manos y donde estoy –o estuve- apoyando mi cabeza en un hombre que no era el tuyo.

Andrés; pero, cómo es que tú no comprendiste a tiempo que, llegado el momento de rendirle cuentas a la lección de fuego y hielo que recibí en tus brazos, si no se hubiese atravesado el tráiler que te destrozó de contado, convéncete, yo mista te hubiera asesinado. No sé ni cómo, ni cuándo, (aunque supongo, no debes haber olvidado que yo sé mucho de mecánica). Mas, ¿te das cuenta? Ventajosamente tu muerte se adelantó al día en que, sumando tu vileza, al reptar de tu sombra enlodando las nítidas paredes de mis sueños, nada me hubiese costado no dejar rastro de la crueldad de tu sonrisa, la inutilidad de tus poemas, ni de la ironía con que solías mirarme.
Poeta

Cuentos :  A Ritmo de Bolero
Recuerdas?

Nadie tuvo que insistir para que el pretencioso chiquillo tomara por la cintura todos los nervios que, entre sonrisas a medias, intentaba disimular Mercedes.

Seguro que lo hacía y, como para que no todos lo escucharan, Álvaro se jactó -¡No hay problema, voy a enseñarte a bailar bolero!-.

-Reloj no marques las horas – repetían Los Panchos desde el sofisticado aparato Philco, flamante tocadiscos modelo 67, cuya diminuta aguja retomaba el tema musical cada vez que una espacie de magia acariciaba la última curva del negro long play.

Mercedes sin desviar su mirada de ese ir y venir de pies, dibujando lentos pasos al compás de –Ella se irá para siempre- infantil, evocaba sus recientes triunfos en la rayuela. Sin proponérselo, oía las instrucciones su vanidoso maestro, -Solo déjate llevar, es fácil bailar bolero-.

Aún no había cesado la llovizna que empezó en las primeras horas de aquel domingo, cuando las familias hallándose ya reunidas al calor de la cordialidad y la costumbre del café, las galletas y los quesos. Entre las bromas y las risas, la música fluía endulzada por el perfume achocolatado, que, sin poner resistencia, escapaba con cadencia desde la cercana cocina.

En medio de todos, Mercedes empezó a vivir una dimensión diferente. Nadie pudo convencerla luego, de que esas fracciones de tiempo no fueron invadidas por una atmósfera de lilas mariposas. Así, muy lejos del doméstico cuchicheo, ella unía su inexperiencia en el ritmo de –Yo sin su amor no soy nada- al descubrimiento de saber sus manos acaparados entre inusitadas sensaciones.

Cuando la tarde y la conversación fueron apretándose en la mañana el comentario político. Álvaro, comprendió que, al fin, había dejado de mirarlos. Prudente, se acercó al rostro ovalado de la niña –Reloj detén tu camino- enmarcó la voz, gutural, aun en el susurro de – como me gustas Mercedes-. Fue instantáneo en ella el desconcierto del pudor, unido a cierta alegría o a un concreto miedo.

Indiferentes al color cereza que se prendió a sus mejillas, Los Panchos, por quinta vez insistieron –Haz esta noche perpetuar-.

Dos

Sí, así fue.

Así empezó nuestra historia.

¿O jamás partimos de la nada?…

Fue hace tantas mañanas ese anaranjado verano cuando lloré inconsolablemente porque el viento despedazó mi primera y última cometa. Tantos soles acumulados y sin embargo, nuestros fantasmas bailarines no volvieron a recoger los pasos de su primera lección de bolero. En cambio, fantasmas al fin, desde aquella tarde aprendimos a mirarnos. Sin hablar creamos claves para el encanto del silencio.

Si, ahora tú te ríes. Más, ¿recuerdas nuestros alados juegos? ¿Nuestro tímido recoger pepinos y granadillas? A veces, solo nos sonreíamos. Lo más, nos eludíamos, al extremo de no mirarnos siquiera.

Fue en ese abril, cuando las lluvias vencieron las defensas de las ventanas y, de chapoteo en chapoteo, alegres invadieron corredores y zaguanes, cuando tu Raphael decidió ponerse de moda y a ti te pareció la excusa, libre de sospechas, para volver a inquietar mis tranquilas mariposas.

Tenía ya catorce años y confieso que, antes de que tu llegaras, por pura intuición, dejé en libertad los colores amielados que sostenían mis trenzas.

Fue mi abuela Rosaura, según tu, tu verdadero amor, la que, guiñándome el verde maravilloso de sus ojos, más con dulzura que con complicidad me cepilló el cabello, – para que estés bonita – me dijo, – y estás linda- repetías cuando creyéndote el galán de siempre, entraste por el jardín de mi casa, con tu Raphael bajo el brazo y su “Yo soy aquel”, y su “Nada soy sin Laura”.

Sentados de extremo a extremo en aquel sofá de terciopelo verde, la timidez humedeció con un inoportuno sudor mis manos. En realidad, llegué a pensar que desde el marco de su retrato, mi abuelo don Luis, se reía de los dos a carcajadas; entonces, adivinando sus burlones pensamientos, le di la razón al viejo y, mirándote bien, estuve de acuerdo con él: era ridículo tu “cásico corte de cabello”.

- A mí me fascinan los Ángeles Negros-, me animé a comentarte. Permaneciste callado, mientras tu mano se tendió no sé si para tomar la mía, porque más pudo en mí reaccionar con un inexplicable miedo. Lejos de lo que yo misma esperaba, en actitud contraria, me mostré ofendida, quizás, digo yo, para darme desde ya “aires de reina” o porque tal vez desde entonces ya era una dramática o la cursi sin remedio que aprendió a desahogarse en poemitas llorones.

Ante mi reacción, tú, eterno maestro de bolero, insististe en repetir esas cosas que solo tú me las decías y que en mí surtieron el efecto de un abracadabra. Sería por eso que te dejé tocar las puntas de mis dedos, y te dejé apretarlos y jugar con ellos ¿Recuerdas?, sin que dependiera de mí, te dejé mirarme directamente a los ojos y los dos supimos que, a partir de entonces, el calor de nuestra piel amenazaría con chispas lo que serían fuegos eternos.

Sin embargo, -tú lo sabes querido – nadie pudo detener el reloj para hacer la noche perpetua y a los dos, se nos fueron los días del bolero, pese a que tu Raphael quiso convencerme de que moriría de amor por Laura…

Tres

Cumplí quince años.

Todavía se me enredan los recuerdos de los lazos y las cintas tejidas en varios bucles a la madeja de mi melena. ¿Recuerdas qué bien quedó la fotografía aquella en que mis manos lucían más vaporosas que la gargantilla de pequeñísimas perlas?

El gran día fue un martirio principalmente para los ¡Ave María! Y, lamentos repetidos por mi madre. A regañadientes me dejé poner el portaligas de encajes rosados, en tanto, incrédula, escuchaba decir a mi entusiasta abuela, alabanzas sin par, a mis torneadas piernas.

Y ahora, ¿por qué te pones tan serio? ¿Tanto así te pareció el cambio de la Mechita?… ¡Ah, no exageres! Aunque, claro, reconozco que debí haber lucido diferente a la Mercedes oruga, siempre de pantalones y alborotadas trenzas.

¡Cómo olvidar tu asombro! Y más, el mío, al final de aquella fiesta. Es que no sé ni cómo nos atrevimos, ni cómo sucedió aquello, estando rodeada siempre de las atenciones de mi novio. Fue increíble. De repente tu rostro se acercó al mío, se repitió en mi alma lo que creí aleteo de crisálidas, y al son mi asombro y de tus ruegos, por primera vez, ¿recuerdas? Me diste un beso en la boca.

Desde entonces y para siempre estuviste condenado a mis mayores pecados y máximas penitencias. De todas maneras, te aclaro, Pablo fue mi primer amor, y, por eso de las reglas entre comillas y además condimentadas por la levadura religiosa de mi madre, se consideraba que para el primer beso, una señorita debía dejar pasar por lo menos un mes de iniciada su relación de novios, salvo querer parecer una coqueta, -y Dios nos libre de los escándalos. Repetían entre sus –Dios no quiera- las severas matronas que me educaban.

Ya puedes imaginarte, Pablo aún no me había besado más que en la mejilla, o en la frente cuando a la hora de saludarnos, nos lo permitía la vigilancia de mis padres o mis hermanos. Y ya ves, tú, rompiendo el encanto de los conjuros con que me amamantaron, anulando los estrictos conceptos, las pailas hirviendo y los ofrecidos infiernos.

Siempre tú a partir de ese beso en una relación que, aunque callada, audaz crecía como el involuntario misterio que rodeó nuestra vida.

Y nos nacieron los no me olvides, pese a que conociste a mis pretendientes (que no eran pocos), pese a que formé mi particular laguna para llorar mis desencantos, pese a la sombra de la culpa, pese a mis nuevas conquistas y pese a que tú, ¡te casaste con Lorena! ¡Fue el colmo! O, al parecer, nos habíamos propuesto volvernos locos.

Cuatro

Sí, así fue Mercedes.

Mas, te juro, ¡yo te amaba!, distinto, diferente a todas. Por ti fue la impaciencia, la ira, el llanto, los celos a la sola alegría de saberte cerca, aunque atrapado siempre en la consabida distancia.

No, Álvaro, nada nos justifica. Aunque quizá sea cierto que fuimos un par de niños tras el recuerdo de un beso cómplice y sugerente.

Mercedes, ¿es qué no fueron ciertas nuestras guerras y nuestros odios?, ¿o jamás pudimos retomar el después de esa caricia a hurtadillas?

No lo sé, Álvaro, y a los mejor, por eso, entre escogidas y perversas palabras, te presenté a Ricardo. Ahora comprendo que de todas las maneras a mi alcance quise que te mordieran mis escorpiones; en tanto tú, atrevido contabas – Sin tiii, no podré vivir jamás-

No habían pasado ni cuatro meses desde tu matrimonio cuando no tardó en llegar el run run que escandalizó a todos. Nadie pudo explicarse el porqué de tu querer escapar de Lorena.

A tu estilo, y sin pensar más que en ti mismo, acudiste a buscarme donde recibía lecciones de música. Por supuesto, me expuse a las lenguas avinagradas y te dejé acompañarme.

Con pasos de ánimas fuera de sus sepulcros, fuimos a las cercanías del puente y, más esquiva que de costumbre, yo fingía entretenerme con las diversas formas del río o dibujaba garabatos en mi cuaderno de notas musicales.

No, Álvaro. No quieras ahora que no prosiga. Si lo tengo aquí, a punto de escaparse de mi alacena con gaviotas atrapadas en la plenitud del vuelo.

- Mercedes, estoy desesperado- alcanzaste a decirme entre sollozos. ¡Sí, claro que lloraste! Lloraste cono el niño que seguías siendo dentro de un hombre a punto de divorciarse.

Esa vez de tu particular laguna, surgió la Mercedes que intentó consolarte, sabiendo que no llorabas por ella, sino junto a ella. Encerrándola en tus brazos y sin proponértelo, absorbiéndola al fondo de tus aguas.

Qué extraño momento. Qué repetida escena. Qué carencia de recursos para doblegar a la nostalgia.

Cinco

Veo que te sonrojas…

Supongo que recuerdas muy bien lo que vino en el hilo de esta historia. Pero, ¿qué pretendes explicarme ahora?… déjame que prosiga, pues los colmos alcanzaron los niveles de la hecatombe, cuando tú, Álvaro Andrade Ramírez, te reconciliaste con Lorena Ríos de Andrade y, en una de esas estúpidas reuniones, donde como siempre, tu diva hacía peleles a los hombres, ocurrió el incidente que te llevó a crueles circunstancias. Una blanca sala de cuidados intensivos fue por mucho tiempo tu merecido reducto.

¿Qué te pasa? ¿Acaso, no me sabías capaz de odiarte?… Entérate, por ti hice un criadero de cobras.

Sí, acepto que tan pronto pudiste hablar, me llamaste. Mejor dicho, fue tu padre, el que muy di-plo-má-ti-ca-men-te me dijo aquello de que –como ustedes se han querido como hermanos desde niños- y yo, igual que tú en nuestra reminiscencia del bolero, elevando el tono de mi voz contesté con la cortesía propia de una hermana doliente o el sentido pesar de la mejor amiga.

¡Tanto cuento que se me vino abajo!, cuando ya en la clínica me sonreíste y acariciaste mi rostro. Pensando solo en nosotros, olvidé a tu padre y a la misma Lorena. Por mi cuenta adiviné tu deseo y te dejé besarme, te dejé morder la ansiedad que no podía disimular mi boca. Qué momento tan terrible. Qué cruel forma de descubrirnos ante todos. Me alejé odiando tus heridas, el calor de tus labios y la mirada azul veneno con que me enfrentó la señora de Andrade cuando, masticando bien las palabras, me gritó ¡zorra, descarada!

Sí, es cierto. Tú insististe en llamarme, pero, dime – ¿de verdad me amabas, o simplemente querías provocar celos en Lorena?

Seis

Decidí casarme.

Ricardo, con su alegría, sus misterios y la sencillez de sus ojos pardos, había conseguido que yo olvidara mis amenazas – sorprendentes para todos – de hacerme monja.

Escogí un domingo de septiembre para estrenar mis 20 años y la flamante sensación de ser amada.

Ricardo fue siempre un hombre espiritual; acostumbrado a la investigación y al estudio de temas esotéricos. Desde el inicio, nuestro noviazgo fue maravilloso.

Me extrañó que asistieras a la boda. Solo unos instantes celestinos cruzaron nuestras miradas. Me juré que los últimos.

Llegaron para mí, los días del amor a plenitud. Me dejé amar y aprendí a querer a Ricardo. Su amor copó mis estancias. Dio forma y aroma a la apetencia de mi ternura.

Ricardo hizo de tu recuerdo, un espectro, al que arrojé al fondo más secreto de mi nostalgia.

Y ahí permaneciste, a obscuras por varios años, hasta el día cuando se casó Milagros con Renán, él sí, mi mejor amigo y el último de tus hermanos.

Asistí a la ceremonia del brazo de mi esposo. Llevando de la mano a Carolina, mi segunda hija. Entre la alegría del ambiente, nadie pudo percatarse del efecto desolador de nuestro reencuentro. No nos hizo falta ni siquiera cumplir con protocolos. Tú sabías que yo había llegado y yo comprendí que no debí haber ido. Fue tremendo el remezón de distantes tormentas en el alma.

Y bien pudo ser ese instante, cometa fugaz cada dos mil años; pero no fue así, no lo permitiste y, por primera vez, en tantos giros que marcó el reloj en nuestras vidas, me llamaste.

-¿Vas a ir al grado de Lina? – No, Alvaro, he decidido no ir más a compromisos familiares. – Mercedes- me interrumpiste – necesito verte, te lo suplico- Luego de un breve silencio, comprobé con espanto que mariposas de mil colores querían posarse en la palidez de mi rostro.

Aceptar verte, no fue lo escandaloso. Lo terrible y sin sentido han sido siempre nuestras contradictorias reacciones.

Te recibí en el jardín, por el que hace tantos años por primera vez me visitaste. Te esperé rodeada de la seguridad que me han dado siempre mis hijas. Ellas radiantes, jugaban con sus muñecas, distraídamente te saludaron, casi te ignoraron, mientras la empleada, a ratos recogía juguetes o, metódica, se entretenía en regar las matas de los acalorados geranios.

Y los dos, frente a frente, bajo el rendido sol de las cinco de la tarde, al cabo de diez años y de un beso con el estigma de un pecado. Nada te permití decirme. Me limité a encarnar la dicha que quise demostrarte.

En contrapartida, tú me hablaste sobre el éxito de tus empresas y de tus futuros viajes.

Así, de sonrisa en sonrisa, me fue insípido el té, sorprendida la tarde, sin brillo la fina vajilla, innecesarias las cucharitas de plata. Sin vida nuestras palabras.

Fue breve tu visita. Más bien, breve y desesperante, pues crueles sentimientos de culpa me rasguñaron la espalda.

Cuando partiste, sonó definitivo el adiós que nos dijimos. ¿Sería por eso que, de repente el jardín se tornó opaco, me asaltó un vacío en los brazos y no quise verme en el reflejo de la fuente, por no reconocer a mi corazón cobarde?…

Siete

Como en los mejores cuentos, también en mi historia pasaron eneros ataviados de lluvias, julios prometedores de vientos y, no faltaron en mi agenda, diciembres agobiantes por el cansancio.

Mis hijas Ricarda y Carolina se constituyeron en mi exclusivo motivo de alegría, aunque reconozco que los mimos y los regalos de Ricardo, hicieron más llevadera mi vida.

Retomé mis estudios de piano y una mañana, casualmente, en el portal del Conservatorio, nos encontramos.

Habías cambiado. No solo lucías patillas y bigote; definitivamente Lorena había salido de escena y, en su lugar, según supe, con una tal Pamela recorrías por cafés y galerías. Imagínate, ya eras todo un hombre con el irresistible encanto de treinta “primaveras”. Bromeamos sobre esto y yo me sonrojé, al recordar, casi con horror, que yo había cumplido ¡veintisiete!

La mañana me contagió su ánimo de sol, su color, su alegría. Me di cuenta de que alargabas la pequeña distancia entre el Conservatorio y mi casa. Manejabas con lentitud tu flamante Cóndor rojo. – Mercedes, ¿al fin aprendiste a bailar bolero?- Me preguntaste, deteniéndote para mirarme. Yo, me abracé a la tranquilidad del día para sobreponerme al recuerdo, me sentí serena. Libre de tu total influencia. Pensé que era el momento de creer que, a partir de ese casual encuentro, íbamos a ser, tú y yo, tan comunes y normales, como jamás fuimos.

Fue mentira. Éramos los mismos adolescentes desesperados en su intento de robarle un bolero a la mañana. Eras tú y tu caja de Pandora y fui yo, en ese purpurino espacio, saldando una alta cuenta que a la vida le debían nuestros sueños.

Antes de ayer cumplí mis treinta y siete. Por los mismos días de este perezoso septiembre, tú, celebraste, a lo grande, tus cuarenta. La fiesta que ofreció tu actual esposa, nos causó admiración a todos ¡Qué delicados los arreglos florales! ¡Qué hermosas las fuentes con exóticas frutas! Ni qué decir, de los vinos y los potajes.

Silvia me simpatiza. Es callada, discreta. Sugiere ser tu elegante sombra. Es diferente a las otras. Es más, nos hemos hecho amigas, aunque he sentido su temor indefinido cuando estamos los tres cerca. Sus dudas no se justifican. Tú y yo, por los elementales motivos que dicta la cobardía, nos mantenemos lo más lejos posible el uno del otro.

En fin, tu fiesta nos reunió a las familias de siempre y ahí estuvimos, fingiendo entre otros, que éramos tan jóvenes todavía, ignorando, a propósito, tus primeras canas. Sin querer ver que se redondeó mi espigada figura.

La cena en tu honor, se sirvió en el salón por cuyos vitrales descendió la noche. Camareros bailarines hicieron gala de elegancia con las bandejas servidas con copas relucientes.

Qué noche más perfecta. Cada cual más orgulloso de la última gracia o la picardía más ingeniosa de sus respectivos hijos. Mi hija Carolina, por ejemplo, tú la conoces. Quienes la miran opinan que es la viva reencarnación del señorío que tuvo su bisabuela Rosaura.

Ella es contemporánea de los hijos de tu hermano, de los de Lina y de los tuyos. Tuviste tres matrimonios y un hijo en cada uno; y hoy, los dos en esta fiesta, similar a la de hace ya veintisiete años, mirándonos casi a nosotros mismos a través de la tristeza del tiempo y las impuestas distancias. Mirándonos ya casi repetidos en la vida, aunque tu hijo David tenga los mismos ojos de la arrogante Lorena y, Carolina, sea la misma bella imagen de Ricardo.

Por eso he sonreído, cuando mi hija, extendiendo su natural perfume, meció su negra cabellera y tu hijo, créeme, ¡enmudeció de admiración y sorpresa!

Más aún esta noche.

Precisamente, cuando Luis Miguel desempolvando antiguos relojes, desde su plateado compacto evocaba –Dicen que la distancia es el olvido- figúrate, mi niña, maga sobre el equilibrio de sus primero tacones, y, decidida ante la mirada zafiro mar de tu hijo, musical, se atrevió coqueta –David, ¿sabes tú bailar bolero? …
Poeta

Cuentos :  EL RICO Y EL PESCADOR
Un hombre rico caminaba por la playa, y se horrorizó cuando vió a un pescador tranquilamente recostado contra su barca conversando animadamente con sus amigos.

Por qué no has salido a pescar? Le preguntó el rico. Porque ya ha pescado lo necesario. Pero por qué no pescas más de lo que necesitas? le insistió el rico. Y qué voy hacer con ello? Ganarías más dinero respondió el rico. De esa manera podrías ponerle motor a tu barca y, pescar más peces en aguas profundas, asi ganarías lo suficiente para comprarte dos barcos y obtendrías más pesca y por ende, más dinero y, podrías tener una flota.
Y qué haría entonces pregunto el pescador?
Podrías sentarte y disfrutar de la vida respondió el hombre rico.
Y qué crees que estoy haciendo en estos momentos dijó el pescador con una gran sonrisa en su boca.
MORALEJA.- Cuando eres un ser positivo, te sientes relajado y tranquilo, con una gran paz interior que te permite estar en armonía contiho mismo, con DIOS y con quienes te rodean. Delfin
Poeta

Cuentos :  El Filòsofo
1-Moraleja
La risa tiene tiempos complementarios con la tristeza.

2-Personajes
El Filòsofo
El Sofista

3-Dificultad
Es dificil sonreir en tiempos adversos.

4-Comienzo
El Filòsofo y El Sofista fueron invitados a un programa de televisiòn muy visto en el mundo donde mostraron dos posturas contrarias.

5-Desarrollo
El Sofista empezò diciendo:
-"Para el ateo la pena es un dolor inagotable".
-"La tristeza es una fuente de aprendizaje en nuestra vida".
-"La tristeza es un calvario necesario".
-"La tristeza es una enfermedad de nuestro tiempo".
-"La tristeza es una gran adversidad".
-"La tristeza produce mucho dolor".
-"La tristeza no necesita presentaciòn, pues llega sòla".
-"La tristeza es una llaga abierta que nunca sana y que produce mucho dolor".
-"La tristeza es un camino que todos los vivimos"

Retrucò El Filòsofo:
-"La risa se complementa sanamente con el dolor".
-"No hay risa sin pena, ni pena sin sonrisa".
-"La risa es el remedio para nuestra vida"
-"La risa se fundamenta en que siempre que buscamos mòviles para reir los encontraremos".
-"La risa es el remedio de la vida".
-"La risa se produce por el amor y por el amor se produce la risa".
-"El dolor se remedia con la risa y la risa remedia el dolor".
-"El dolor se sana con el amor y el amor sana el dolor".

6-Conclusiòn
Termina El Sofista recalcando su frase:
-"La tristeza es una fuente de aprendizaje en nuestra vida".
Concluye El Filòsofo:
-"La risa se fundamenta sanamente con el dolor".
Poeta

Cuentos :  Gaturrìn
Enseñanza
El Optimismo es la puerta de la Felicidad

Gaturrìn viajò a la Isla del Deseo
Con el propòsito de compartir
Su optimismo con sus nuevos
amigos que conociera.

Gaturrìn siempre deseaba la paz,
La esperanza, la confianza, la fe
y el amor.

Gaturrìn conociò a su primer
amigo, un zorro muy audaz,
que siempre deseaba a otros
la felicidad.

Después conociò a un leòn
Que deseaba la amabilidad.
Posteriormente conociò a
un perro que lo deseaba
como una futura comida.

Gaturrìn siempre fue
optimista y deseò la felicidad
de todos ellos.

Gaturrìn en la Isla de los Deseos
se convirtió en leyenda por su
optimismo.

Gaturrìn viviò su primer adversidad
Porque fue raptado por el perro que lo
querìa comer.

Pasò el tiempo y el perro se volviò su
mejor amigo porque compartìan sòlo
risas y mucha felicidad.




























Poeta

Cuentos :  Gaturrín
Enseñanza
Bendecir es el valor de los valientes

Ambiente
Isla de la Imaginación

Personajes
Gaturrín
El brujo
El espejo
Un lobo
Un cóndor

Les voy a contar el cuento
Del famoso gato Gaturrín, el Optimista.

Gaturrín se fue de paseo a la Isla de la Imaginación,donde todo lo que uno se imaginaba se hacía realidad.

Había un brujo que
maldecía siempre a sus adversarios
hasta causarles mucho dolor.

El Brujo era muy disciplinado en el arte de maldecir, y era muy envidioso. Con el tiempo se encontraron y el Brujo juró maldecir a Gaturrín con el fin de que su vida sea muy mala.

Gaturrín era muy optimista, creía que el Espíritu Santo le regaló el Don de Piedad, por eso siempre bendecía a todos, aún a sus enemigos.

Gaturrín recibió la primera maldición del Brujo, y la recibió como con una gran bendición. Gaturrín sabia que cumpliendo con Dios recibiría una promesa de Dios.

Gaturrín decía que fuimos llamados para bendecir y de esta manera alcanzaremos la promesa de Dios. El brujo creía en el poder del mal y perdío, porque después de recibir muchas bendiciones se retiró.

Gaturrín en la Isla de la Imaginación pasó su primera odisea con el brujo.
Luego siguió un espejo que reflejaba quienes somos en realidad. El espejo reflejó mucho amor en la imagen de Gaturrín.

El espejo dijo que cuando necesite ayuda recurra a él, porque el mal se va cuando se refleja. El reflejo es porque damos lo que recibimos y recibimos en la medida en que damos.

Gaturrín conoció después a un lobo que era el más inteligente entre sus pares.
El lobo le dijo que la inteligencia se produce cuando más amamos, si compartimos el amor el Universo realizará nuestros deseos más íntimos.

Gaturrín luego se hijo amigo de un cóndor, que volaba con mucha imaginación y le dijo que la imaginación es la llave del Paraíso. Todos tenían miedo al brujo porque era muy malvado y como Gaturrín le ganó al brujo por eso aconsejaron a Gaturrín como un regalo por su poderosa bendición.

Poeta

Cuentos :  Gaturrìn
Les voy a contar el cuento del famoso gato Gaturrìn el optimista, que es un destacado luchador en contra de la infelicidad.

Gaturrìn un dìa fue elegido como consecuencia de una vida dedicada al pròximo como rey, y pidiò al Pueblo que siempre reine la risa.

El rey Gaturrìn siempre reìa, por eso ademàs fue muy codiciado entre las gatititas del Pueblo. Las gatititas querìan conocerlo para casarse con èl.

Una bella gatitita llamada Vanina, quizo conquistar su amor sin conseguirlo. Vanina era muy seria.

Gaturrìn tenìa en mente un campeonato de la risa entre las gatititas y la que màs hagan reir al Pueblo y al rey finalmente serìa su esposa.

El campeonato fue ganado por Cleopatra un amor que siempre soñò y que se volviò realidad para siempre.

Cleopatra de ahora en màs serìa la reina de la risa y su esposa. Y colorìn colorado este cuento ha terminado.

Poeta

Cuentos :  Gaturrìn
Les voy a contar el cuento del famoso gato Gaturrìn el optimista, implacable luchador contra la infelicidad.

Un dìa vino Felipe el gato, para saludarlo y compartir unas risas.

Gaturrìn le dijo que el dìa era un tan bello que se reirìa.

Gaturrìn riò y despuès lo hizo Felipe. Ambos eran muy amigos por la risa.

Gaturrìn le pidiò que comparta la risa con su familia y cualquier gato que lo necesite.

Gaturrìn estuvo feliz porque la risa se expandìa como una plaga en aquel dìa, donde todo era alegrìa.
Poeta

Cuentos :  Gaturrìn
Les voy a contar el cuento del famoso gato Gaturrìn el optimista.

Gaturrìn un dìa conociò al gato Felipe el pesimista que siempre se quejaba de todo y nunca sonreia.

Gaturrìn le hacìa gestos para reirse y Felipe se reia a carcajadas. Gaturrìn le dijo:" que una risa produce vida"

Gaturrìn estaba muy feliz de verlo a Felipe sonreir. Felipe finalmente pudo con su mal que era la tristeza, pues nadie antes lo habìa hecho sonreir.

Gaturrìn el optimista consiguiò otra sonrisa que le diò mas fama de optimista.
Poeta

Cuentos :  Gaturrìn
Les voy a contar el cuento del famoso gato Gaturrìn el optimista, implacable luchador contra la infelicidad.

Gaturrìn un dìa fue buscado por un sabio para conocerlo personalmente. El sabio era el gato Dumas.

Dumas era muy conocido por su serenidad. Dumas estaba muy contento de poder hablar con Gaturrìn el gato màs optimista del mundo.

Gaturrìn tenìa un mensaje para Dumas, que la risa es el remedio alternativo màs poderoso de la tierra, porque producìa muchas paz interior.

Gaturrìn a cada gesto de Dumàs le devolvìa su clàsica risa, y que los ponìa muy feliz a ambos, por tan càlido encuentro.

Gaturrìn admitiò que tambièn èl tenìa sus momentos de tristezas, que no eran muchos y eso sì no lo reprimìa, sino que lo recordaba en futuro para reirse de ellos.

Dumàs le dijo a Gaturrìn que era un gato increìble por su optimismo, porque veìa la luz en la oscuridad interior.

Gaturrìn riò a carcajadas por su confesiòn al sabio Dumàs. Y colorìn colorado este cuento ha terminado.
Poeta