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A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba, Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores. Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares Y cuando lanza Octubre su viento melancólico Que despoja a los árboles en torno de las tumbas, A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos Por dormir tibiamente bajo sus cobertores, Mientras que, devorados por negras pesadillas, Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho, Esqueletos helados que trabajó el gusano, Ellos sufren las nieves goteantes del invierno, Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos, Reemplacen los jirones que penden de sus verjas. Cuando silba y crepita el leño, si una noche, Tranquila, en el sillón la viera reclinarse, Si en una noche azul y helada de Diciembre La encontrara encogida en un rincón del cuarto, Grave y recién llegada de su lecho perenne, Ciñendo al niño grande con maternal mirada, A aquella alma piadosa ¿qué le respondería Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?
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Poeta
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Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad, Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila, La Pomona de estuco y la antigua Afrodita Velando su pudor tras una rala fronda, Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos, Parecía, gran pupila en el cielo curioso, Contemplar nuestras largas y solitarias cenas, Derramando sus bellos reflejos alongados En el estor de sarga y en el frugal mantel.
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Poeta
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Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente, Paseando el hastío de tu mirar profundo, Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento Mientras suena la música que se pierde en los techos.
Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola, Tu frente aureolada de un mórbido atractivo Donde las luces últimas del sol traen a la aurora, Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,
Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña! El taraceado recuerdo, pesada y regia torre, La corona, y su corazón, prensado como fruta, Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.
¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores? ¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas? ¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos, Almohadón acariciante o canastilla de flores?
Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía Que no guardan escondido ningún precioso secreto, Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.
Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia, Alegrando al corazón que huye de la verdad? ¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia? Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.
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Poeta
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La calle atronadora aullaba en torno mío. Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina Una dama pasó, que con gesto fastuoso Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,
Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas. De súbito bebí, con crispación de loco. Y en su mirada lívida, centro de mil tomados, El placer que aniquila, la miel paralizante.
Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer. ¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?
¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca! Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta, ¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!
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Poeta
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Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma. Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí: Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.
Mientras que la gran masa de los viles mortales, Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido, Cosecha sinsabores en la fiesta servil, Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí
Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;
Descansa bajo un arco el moribundo sol Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente, Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.
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Poeta
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Por la vieja barriada, donde, de las casuchas Las persianas ocultan las lujurias secretas Cuando el astro cruel furiosamente hiere La ciudad y los campos, los techos y sembrados, Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica Husmeando en los rincones azares de la rima, Tropezando en las sílabas, como en el empedrado, Acaso hallando versos que hace tiempo soñé.
Ese padre nutricio, que huye de las clorosis, En los campos despierta los versos y las rosas; Logra que se evaporen hacia el éter las penas Saturando de miel cerebros y colmenas. Es el quien borra años al que lleva muletas Y le torna festivo como las bellas mozas, Y a las mieses ordena madurar y crecer En la inmortal entraña que desea florecer.
Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades, Ennoblece la suerte de las cosas mas viles, Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa, Tanto en las casas regias como en los hospitales.
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Poeta
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Deseo, para escribir castamente mis églogas, Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos, Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas, Sus cánticos solemnes que propalan los vientos. El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla, Observaré el taller que parlotea y canta; Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles, Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno.
Es dulce ver surgir a través de las brumas La estrella en el azul, la luz en la ventana, Alzarse al firmamento los ríos del carbón Y derramar la luna sus desvaído hechizo. Veré las primaveras, los estíos, los otoños, Y al llegar el invierno de monótonas nieves, Cerraré a cal y canto postigos y mamparas, Para alzar en la noche mis feéricos palacios. Y entonces soñaré con zarcos horizontes, Jardines, surtidores quejándose en el mármol, Con besos y con pájaros que cantan noche y día, Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil. El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios, No hará que del pupitre se levante mi frente, Pues estaré gozando la voluptuosidad, De que la Primavera a mi capricho irrumpa, De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes.
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Poeta
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En las noches de invierno es amargo y es dulce Escuchar, junto al fuego que palpita y humea, Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos Al son de carillones que suenan en la bruma.
¡Feliz campana aquella de enérgica garganta Que, pese a su vejez, conservada y alerta, Con fidelidad lanza su grito religioso Como un viejo soldado que vigila en su tienda!
Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos, Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna, Con frecuencia sucede que su cansada voz
Semeja al estertor de un herido olvidado Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos, Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.
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Poeta
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Esta noche la luna sueña con más pereza, Cual si fuera una bella hundida entre cojines Que acaricia con mano discreta y ligerísima, Antes de adormecerse, el contorno del seno.
Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes, Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis, Y pasea su mirada sobre visiones blancas, Que ascienden al azul igual que floraciones.
Cuando sobre este globo, con languidez ociosa, Ella deja rodar una furtiva lágrima, Un piadoso poeta, enemigo del sueño,
De su mano en el hueco, coge la fría gota como un fragmento de ópalo de irisados reflejos. Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.
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Poeta
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Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera! Los distintos encantos que ornan tu juventud; Trazar deseo tu belleza Donde, a la par, se alían infancia y madurez.
Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda Semejas a un bajel que enfila la bocana Y anda balanceándose, desplegadas las velas, Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.
Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas Se pavonea con gracia tu altanera cabeza; Con aire plácido y triunfal Continúas tu camino, majestuosa niña.
Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera! Los distintos encantos que ornan tu juventud; Trazar deseo tu belleza Donde, a la par, se alían infancia y madurez.
Tu seno que se comba, oprimiendo el moaré, Tu seno triunfante es un pulido armario Cuyas dos jambas claras y arqueadas Se parecen a escudos que aferrasen la luz.
¡Provocantes defensas con dos rosadas puntas! Mueble dulce en secretos, lleno de cosas ricas: Vinos, perfumes, néctares, Que harían delirar mentes y corazones.
Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda, Semejas a un bajel que enfila la bocana Y anda balanceándose, desplegadas las velas, Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.
Tus piernas escultóricas, bajo airosos volantes, Provocan y exasperan las fiebres más oscuras, Cual dos brujas batiendo En profunda vasija el más siniestro tósigo.
Tus brazos que anhelaran los hércules precoces, Son los más firmes émulos de las boas deslizantes, Pensados para asir Como para tatuar en tu pecho a tu amante.
Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas, Se pavonea con gracia tu cabeza altanera; Con aire plácido y triunfal Continúas tu camino, majestuosa niña.
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Poeta
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