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Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado con morosa embriaguez, con avidez golosa el incienso que invade la nave silenciosa, o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?
¡Oh mágico, profundo portento alucinado, presencia revivida de evocación brumosa, cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!
Selváticos efluvios se propagan al vuelo del espeso y elástico madejón de su pelo, como un incensario que sahuma la alcoba.
Y de las muselinas y el terciopelo oscuro de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro, negro aroma gemelo del lecho de caoba.
Versión de: Carlos López Narváez
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Poeta
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¡Triste espíritu, antaño amante de la lucha, la Esperanza, cuya espuela excitaba tu ardor, no quiere ya montarte! Échate sin pudor, viejo caballo cuyas patas tropiezan en todos los obstáculos.
Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.
¡Espíritu vencido, extenuado! Para ti, viejo merodeador, el amor no tiene ya sabor, ni tampoco la lucha; ¡adiós, pues, cantos del metal y suspiros de la flauta!, ¡placeres, no tentéis ya a un corazón sombrío y gruñón!
¡La adorable Primavera ha perdido su olor!
Y el Tiempo me devora minuto tras minuto, como la nieve inmensa a un cuerpo afectado por la rigidez; contemplo desde lo alto el globo de su redondez, y ya no busco en él el abrigo de una choza.
Alud, ¿quieres arrastrarme en tu caída?
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Poeta
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-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? -Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo. -¿A tus amigos? -Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer. -¿A tu patria? -Ignoro en qué latitud está situada. -¿A la belleza? -Bien la querría, ya que es diosa e inmortal. -¿Al oro? -Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios. -Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!
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Poeta
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Mi juventud no fue sino oscura tormenta que rara vez el Sol cortó con luz brillante, trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta que en mi jardín no existen los frutos incitantes.
Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas tendré que usar, rastrillos y palas poderosas, para juntar de nuevo las tierras inundadas donde los agujeros son grandes como fosas.
Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado encontrarán en este territorio lavado el místico alimento que las vaya elevando!
Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida, y el oscuro enemigo que nos va desangrando crece y se fortifica con la sangre perdida!
Versión de Pablo Neruda
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Poeta
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¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes! Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres! En ti revivirán los íntimos instantes y el sabor del hogar en los atardeceres, Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes!
Las noches que doraba la crepitante lumbre, las noches del balcón entre un vaho de rosas, cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre y el frecuente decirnos inolvidables cosas en noches que doraba la crepitante lumbre.
¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas! ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡ Inclinado hacia ti, Reina de las amadas, respiraba el perfume de tu cuerpo bravío. Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas.
En redor espesaba la noche su negrura y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas, yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura! Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas, y en redor espesaba la noche su negrura.
¡Es de artistas fijar los minutos del gozo remirando el ayer sumido en tus rodillas! ¿A qué vano buscar encanto langoroso, de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas? Es de artistas fijar los minutos del gozo.
Juramentos, aromas, besos innumerables: renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas como soles que suben a cielos inefables después de sumergidos en las amargas ondas? ¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables!
Versión de Carlos López Narváez
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Poeta
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Ésta es una mujer de rotunda cadera que permite en el vino mojar su cabellera. Las garras del amor , las mismas del granito. Se ríe de la muerte y la depravación, y, a pesar de su fuerte poder de destrucción, las dos han respetado hasta ahora, en verdad, de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.
Anda como una diosa y tiende sultana, siente por el placer fe mahometana. Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos demanda la mirada de todos los humanos.
Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!, necesaria, no obstante a la caterva inmunda, que la beldad del cuerpo es un sublime don que de cualquier infamia asegura el perdón.
Ella ignora el infierno y purgatorio ignora, y mirará por eso, cuando le llegue la hora, la cara de la muerte en un tan duro momento, como un niño: sin odio sin remordimiento.
Versión de María Fasce
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Poeta
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La avenida estridente en torno de mí aullaba. Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa, pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa Casi apartó las puntas del velo que llevaba.
Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa, Me hizo beber crispado, en un gesto demente, En sus ojos el cielo y el huracán latente; El dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza, Por tu brusca mirada me siento renacido. ¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?
¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza. Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías. Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
Versión de José Emilio Pacheco
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Poeta
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¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa! Pero en mí, la tristeza asciende como el mar, Y en su reflujo deja en mis cansados labios, El punzante recuerdo de sus limos amargos.
-Se desliza tu mano por mi agotado pecho; Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado Por las feroces garras que esconde la mujer. Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.
Ahora es como un palacio saqueado por las turbas, Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos. -Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!...
¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas! Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas, ¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras!
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Poeta
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Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva, Dando los buenos días como en una explosión -Feliz aquel que puede, por el amor transido, Saludar al poniente, más glorioso que un sueño.
¡Lo recuerdo!... Yo he visto todo, flor, surco, fuente, Caer bajo su mirada como un corazón vivo... -Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte Para atrapar al menos algún oblicuo rayo.
Pero persigo en vano al Dios que se retira; La irresistible Noche establece su imperio, Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos;
Un olor a sepulcro en las tinieblas boga, Y mi pie temeroso roza, junto al pantano, Sapos inesperados y babosas heladas.
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Poeta
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De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera, Con vigor tal, que todos os hubieran tomado, Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono Por un joven rufián que golpease a su amante.
La mirada incendiada por un fuego precoz, Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis, En esas construcciones, cuya audacia correcta, Anticipa los frutos de vuestra madurez.
Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa. ¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro, Que cada vena en fúnebre arroyo transformó,
Fue tres veces teñida en las sutiles lavas, De aquellos monstruosos reptiles vengativos, Que Hércules en su cuna un día estrangulara?
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Poeta
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