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A oscuras, yacentes en el mismo lecho, somos brasas despiertas que vigilan el pulso de sus lumbres. Me animo y aventuro mi mano por su cuerpo: voy encontrando laderas y llanuras, asomo de pezones y un par de lomas redondas que en un precipicio aparta, haciendo entre las dos una cañada. A tientas en su fondo palpo un inasible vello casi sueño... Parece que ando cerca de las puertas del cielo. El merodeo prosigue y después de subidas y bajadas, bajadas y subidas, doy con algo inédito y matrero. - ¡Hallazgo afortunado que al fin me queda como anillo al dedo!-
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Poeta
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La luna, que brincó por la ventana, en el piso del cuarto se restira rebotando en el muro que la mira y del rebote, la penumbra emana.
Su luz, entre las sombras deshilvana un metálico brillo que delira, y el espejo sediento le suspira desde el rincón, como presencia humana.
Perforada la sombra, se estremece, y el rayo de la luna me parece escalera pendiente de los cielos.
Y asido a la visión que me rodea, el afán de mi alma se recrea al subir por el rayo sus anhelos.
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Poeta
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Cada mañana, al despertar, resucitamos; porque al dormir morimos unas horas en que, libres del cuerpo, recobramos la vida espiritual que antes tuvimos cuando aún no habitábamos la carne que ahora nos define y nos limita, y éramos, sin ser, misterio puro en el ritmo total del Universo.
Porque al dormir morimos sin saberlo; nos vamos al espacio en ágil vuelo sin perder la unidad que nos integra, y somos como somos: idénticos, sin cambio, extensos y desnudos como el azul en el temblor del aire. No extrañamos el cuerpo; no sufrimos la ausencia de la piel que nos cobija; somos como antes de nacer: etéreos, vivos en plenitud de firmamento y penetrantes como luz en sombras.
Y nadie, cuando duerme, acaso piense que yace en los dominios de la muerte: porque el cansancio, apenas agonía, nos borra la razón, desciende con ternura nuestros párpados, apaga nuestros ojos, anestesia la carne y nos separa de ella para dejarnos vivos en el sueño.
Y esta costumbre de morir a diario, sin dolor, sin sorpresa, natural como el agua que se deja atraer por el declive, no nos deja pensar que es una muerte cada vez que dormimos, y que, de cada muerte transitoria, aprende nuestro ser la verdad de morir su muerte eterna.
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Poeta
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Deletreo el espacio y no comprendo esas gotas de luz en plena noche que tiemblan, que se ensanchan, que se encogen, y expresan desde el cielo las frases de su pulso luminoso.
Yo no sé si es altura o es abismo el sitio en donde asoman, o si son o no son; pero las miro como enjambre de islas en incendio y sufro su atracción, su intenso brillo, su tímido mirar...
Las cuento, muchas veces, muchas veces... Me olvido de la cuenta y me detengo para empezar la cuenta nuevamente, y la vuelvo a perder, cayendo siempre en la fuga de un número disperso.
Las cuento, muchas veces, muchas veces... Y si gozo al contar, es porque siento que capto más y más, al Creador, cuando sumo y me sumo en sus estrellas.
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Poeta
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El azul es el verde que se aleja -verde color que mi trigal tenía-; azul...de un verde, preso en lejanía, del que apenas su huella se despeja.
Celeste inmensidad, donde mi queja tiende su mudo velo noche y día, para buscar el verde que tenía, verde en azul...allá donde se aleja...
Mi angustia, en horizonte liberada, entreabre la infinita transparencia para traer mi verde a la mirada.
Y en el azul que esconde la evidencia: yo descubro tu faz inolvidada y sufro la presencia de tu ausencia.
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Poeta
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Es mentira que mi corazón porque palpita esté despierto. Sus latidos son tan sólo el goteo de su llanto glacial como el que llora al fundirse el témpano de hielo.
Es mentira que mi corazón porque palpita esté despierto. Su misión se reduce a mantener de pie a un muerto que esperanzado aún persigue sus sueños.
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Poeta
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De manera distinta cada cual debe morir su propia muerte y afrontar el naufragio en la perenne inmensidad del polvo.
Nadie ha vuelto del seno de la muerte, por esto su misterio se conserva intacto, amenazante.
Sin saber si es amiga o enemiga, ángel que nos transporte al otro lado para ganar la ubicuidad eterna, o fuerza que nos retorne a la materia: todos vivimos la medrosa espera resignados a la sorpresa de su encuentro y al suplicio mortal que nos imponga.
(Vivo pensando en el trágico momento que me transforme en ausencia sin regreso, nombre sin rostro huyendo hacia el olvido, absoluto silencio que se ahogue en la ciega pupila del vacío, o sombra que se incolore en la distancia.)
(Me duele presentir y también creer que después de la muerte, nadie podrá ir más allá del polvo, del polvo donde debe consumar su fin eterno.)
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Poeta
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Estás en mí, como latido ardiente, en mis redes de nervios temblorosos, en mis vetas de instintos borrascosos, en los mares de insomnios de mi frente.
Estás fuera de mí, como corriente de voces imprecisas, de sollozos, de filos de secretos tenebrosos. de roces de caricia inexistente.
Me cubres y me encubres, sin dejarme un espacio de ser sin tu presencia un átomo sin linfa de tu aliento.
Estás en mí, tocándote al tocarme, y palpita la llama de tu esencia hasta en la entraña de mi pensamiento.
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Poeta
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Mi corazón se pierde en la nevada ascensión de tu cuerpo, sin consuelo, y enfrías la fuerza del anhelo en medio de tu carne congelada.
Cada día te ofrezco una alborada de ilusión y de vida, todo un cielo palpitante de sol, que funda el hielo y transforme tu cuerpo en llamarada.
Pero toda mi vida es poca vida para matar la muerte que se esconde y circula en tu sangre adormecida.
Has desatado el nudo de tus brazos, tu voz a mi llamado no responde, y es sólo un eco el paso de tus pasos.
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Poeta
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De desnuda donde está, brilla la estrella Rubén Darío Cuando en noches anuentes de intimidad celeste contemplo las estrellas desnudamente bellas: me invaden arrebatos de cósmica lujuria y sufro y desespero al no poder siquiera coger alguna de ellas.
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Poeta
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