|
|
|
Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía, y dejando el navío y el muelle, por callejas (entre el polvo mezclados pétalos y escamas), llegué a la plaza, donde estaban los bazares. Era grande el calor, la sombra poca.
Con el pecho desnudo iba, distraído como si familiares fuesen la villa y sus costumbres, y miré en un portal al mercader de sedas que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos, sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza. Ante un ciego cantor estuve largo espacio, único espectador, y parecía cantar para mí solo. Compré luego a una niña un ramo de jazmines amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.
Desanudada la faja en la cintura, unos muchachos que pasaban, reían, volviendo la cabeza. Acaso me creyeron Ebrio. Los ojos de uno de ellos eran como la noche, profundos y estrellados.
La humedad de la piel pronto se disipaba por el aire ardoroso, a cuyo influjo mi pereza crecía. Me detuve indeciso, acariciando el cuerpo, sintiendo su tibieza lisa, como si acariciara un cuerpo ajeno.
Seguí, por parajes nunca vistos, mas presentidos, igual a quien camina hacia cita amistosa. Deponía la tarde su fuerza, cuando al fin quise buscar reposo ante un umbral cerrado.
Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban (acaso dormí mucho), y al abrirlos de nuevo ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente. Una presencia ajena pareció despertarme, porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.
Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta ante demanda informulada, me miraba, insegura; aunque yo nada dije, con gesto silencioso, invitándome adentro, me tomó de la mano. La seguí, con recelo más débil que el deseo.
La sala estaba oscura (ya caía la tarde). Sobre la estera había almohadas, un cestillo anidando manojos de magnolias mojadas, de excesiva fragancia. filtró la celosía unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».
Las pensé referidas a un camarada, quizá presagio de mi sino. Pero ella, atrayéndome a sí, sobre la alfombra el ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina, fría, dura, flexible, escurridiza.
Mis manos en sus pechos, su cintura quebrarse pareció al extenderme sobre ella, y en el silencio circundante, al ritmo de los cuerpos, oí su brazalete, queja del ave fabulosa que escapaba.
La oscuridad llenó la sala toda cuando saciado y satisfecho quise irme. En la puerta (ella como mi sombra me seguía), al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.
Mucho tiempo ha pasado. No aceptara revivir otra vez esta existencia. Mas no sé qué daría por sólo aquel instante revivirlo. Bien sé que apenas tengo con qué tiente al destino, ni el destino tentarse dejaría.
Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas (¿no es el recuerdo la impotencia del deseo?). Es que a él, como a mí, la vejez vence; y acaso ya no tengo lo único que tuve: Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.
|
Poeta
|
|
|
|
Al despertar de un sueño, buscas Tu juventud, como si fuera el cuerpo Del camarada que durmiese A tu lado y que al alba no encuentras.
Ausencia conocida, nueva siempre, Con la cual no te hallas. Y aunque acaso Hoy tú seas más de lo que era El mozo ido, todavía
Sin voz le llamas, cuántas veces; Olvidado que de su mocedad se alimentaba Aquella pena aguda, la conciencia De tu vivir de ayer. Ahora,
Ida también, es sólo Un vago malestar, una inconsciencia Acallando el pasado, dejando indiferente Al otro que tú eres, sin pena, sin alivio.
|
Poeta
|
|
|
|
Escondido en los muros este jardín me brinda sus ramas y sus aguas de secreta delicia. Qué silencio. ¿Es así el mundo?... Cruz al cielo desfilando paisajes, risueño hacia lo lejos. Tierra indolente. En vano resplandece el destino. Junto a las aguas quietas sueño y pienso que vivo. Mas el tiempo ya tasa el poder de esta hora; madura su medida, escapa entre sus rosas. Y el aire fresco vuelve con la noche cercana, su tersura olvidando las ramas y las aguas.
|
Poeta
|
|
|
|
Eras, instante, tan claro. Perdidamente te alejas, dejando erguido al deseo con sus vagas ansias tercas.
Siento huir bajo el otoño pálidas aguas sin fuerza, mientras se olvidan los árboles de las hojas que desertan.
La llama tuerce su hastío, sola su viva presencia, y la lámpara ya duerme sobre mis ojos en vela.
Cuán lejano todo. Muertas las rosas que ayer abrieran, aunque aliente su secreto por las verdes alamedas.
Bajo tormentas la playa será soledad de arena donde el amor yazca en sueños. La tierra y el mar lo esperan.
|
Poeta
|
|
|
|
Con tal vehemencia el viento viene del mar, que sus sones elementales contagian el silencio de la noche.
Solo en tu cama le escuchas insistente en los cristales tocar, llorando y llamando como perdido sin nadie.
Mas no es él quien en desvelo te tiene, sino otra fuerza de que tu cuerpo es hoy cárcel, fue viento libre, y recuerda.
|
Poeta
|
|
|
|
Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho su ala, Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su vida, Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres, Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto en niebla, ausencia, Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos; Donde habite el olvido.
|
Poeta
|
|
|
|
Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos, como nace un deseo sobre torres de espanto, amenazadores barrotes, hiel descolorida, noche petrificada a fuerza de puños, ante todos, incluso el más rebelde, apto solamente en la vida sin muros.
Corazas infranqueables, lanzas o puñales, todo es bueno si deforma un cuerpo; tu deseo es beber esas hojas lascivas o dormir en ese agua acariciadora. No importa; Ya declaran tu espíritu impuro.
No importa la pureza, los dones que un destino levantó hacia las aves con manos imperecederas; no importa la juventud, sueño más que hombre, la sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad de un régimen caído.
Placeres prohibidos, planetas terrenales, miembros de mármol con sabor de estío, jugo de esponjas abandonadas por el mar, flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.
Soledades altivas, coronas derribadas, libertades memorables, manto de juventudes; quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua, es vil como un rey, como sombra de rey arrastrándose a los pies de la tierra para conseguir un trozo de vida.
No sabía los límites impuestos, límites de metal o papel, ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta, adonde no llegan realidades vacías, leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.
Extender entonces la mano es hallar una montaña que prohíbe, un bosque impenetrable que niega, un mar que traga adolescentes rebeldes.
Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte, ávidos dientes sin carne todavía, amenazan abriendo sus torrentes, de otro lado vosotros, placeres prohibidos, bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita, tendéis en una mano el misterio. Sabor que ninguna amargura corrompe, cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.
Abajo estatuas anónimas, sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; una chispa de aquellos placeres brilla en la hora vengativa. su fulgor puede destruir vuestro mundo.
|
Poeta
|
|
|
|
Por el campo tranquilo de septiembre, del álamo amarillo alguna hoja, como una estrella rota, girando al suelo viene.
Si así el alma inconsciente, Señor de las estrellas y las hojas, fuese, encendida sombra, de la vida a la muerte.
|
Poeta
|
|
|
|
Quiero vivir cuando el amor muere; muere, muere pronto, amor mío. Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo, aunque el amante se crea sepultado en un súbito otoño, aunque grite: Vivir así es cosa de muerte.
Pobres amantes, clamáis a fuerza de ser jóvenes; sea propicia la muerte al hombre a quien mordió la vida, caiga su frente cansadamente entre las manos junto al fulgor redondo de una mesa con cualquier triste libro pero en vosotros aún va fresco y fragante el leve perejil que adorna un día al vencedor adolescente. Dejad por demasiado cierta la perspectiva de alguna nueva tumba solitaria. Aún hay dichas, terribles dichas a conquistar bajo la luz terrestre. Ante vuestros ojos, amantes, cuando el amor muere, vida de la tierra y la vida del mar palidecen juntamente; el amor, cuna adorable para los deseos exaltados, los ha vuelto tan lánguidos como pasajeramente suele hacerlo el rasguear de una guitarra en el ocio marino y la luz del alcohol, aleonado como una cabellera; vuestra guarida melancólica se cubre de sombras crepusculares todo queda afanoso y callado.
Así suele quedar el pecho de los hombres cuando cesa el tierno borboteo de la melodía confiada, y tras su delicia interrumpida un afán insistente puebla el nuevo silencio.
Pobres amantes, ¿de qué os sirvieron las infantiles arras que cruzasteis, cartas, rizos de luz recién cortada, seda cobriza o negra ala? Los atardeceres de manos furtivas, el trémulo palpitar, los labios que suspiran, la adoración rendida a un leve sexo vanidoso, los ay mi vida y los ay muerte mía, todo, todo, amarillea y cae y huye con el aire que no vuelve.
Oh, amantes, encadenados entre los manzanos del edén, cuando el amor muere, vuestra crueldad; vuestra piedad pierde su presa, y vuestros brazos caen como cataratas macilentas, vuestro pecho queda como roca sin ave, y en tanto despreciáis todo lo que no lleve un velo funerario, fertilizáis con lágrimas la tumba de los sueños, dejando allí caer, ignorantes como niños, la libertad, la perla de los días.
Pero tú y yo sabemos, río que bajo mi casa fugitiva deslizas tu vida experta, que cuando el hombre no tiene ligados sus miembros por las encantadoras mallas del amor, cuando el deseo es como una cálida azucena que se ofrece a todo cuerpo hermoso que fluya a nuestro lado, cuánto vale una noche como ésta, indecisa entre la primavera última y el estío primero, este instante en que oigo los leves chasquidos del bosque nocturno. Conforme conmigo mismo y con la indiferencia de los otros, solo yo con mi vida, con mi parte en el mundo.
Jóvenes sátiros que vivís en la selva, labios risueños ante el exangüe Dios cristiano, a quien el comerciante adora para mejor cobrar su mercancía pies de jóvenes sátiros, danzad más presto cuando el amante llora, mientras lanza su tierna endecha de: Ah, cuando el amor muere. Porque oscura y cruel la libertad entonces ha nacido; vuestra descuidada alegría sabrá fortalecerla, y el deseo girará locamente en pos de los hermosos cuerpos que vivifican el mundo un solo instante.
|
Poeta
|
|
|
|
¿Mi tierra? Mi tierra eres tú.
¿Mi gente? Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte para mi están adonde no estés tú.
¿Y mi vida? Dime, mi vida, ¿qué es, si no eres tú?
|
Poeta
|
|